Vicente de Paúl, Conferencia 071: Sobre el fin de la Compañía

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(18.10.55)

(Reglas comunes, art. 1, 2, 3)

Hijas mías, hoy nuestra conferencia no va a ser de la manera acostumbrada. En las otras conferencias teníais la costumbre de decir vuestros pensamientos; en ésta os explicaré las reglas. En la última os explicaba las que se referían a la superiora y a las oficiales y os dije en general lo que se refiere a todas las hermanas. Hoy empezaremos a explicar lo que concierne en general a toda la Compañía y a cada hermana en particular. Lo que la última vez dijimos solamente para las oficiales, lo diremos ahora para todas las hermanas, de forma que al escucharlo cada una verá con claridad lo que se refiere a ella y podrá decir: *Eso es para mí+. Por esta razón estas reglas que vais a escuchar se llaman Reglas comunes, porque todas las tienen que guardar, en cualquier lugar en que se encuentren, no solamente en París, sino también en los hospitales, en las aldeas, en las parroquias, en todas partes. En los galeotes, en el Nombre de Jesús, en los pobres locos, en los niños expósitos, en todas partes hay que observar estas reglas. Esto mismo es lo que se hace en todas las Compañías, que tienen, lo mismo que vosotras, sus reglas comunes y sus reglas particulares.

Reglas comunes que las hijas de la Caridad tienen que guardar: *Pensarán muchas veces que el fin principal para el que Dios las ha llamado y reunido es para honrar a Nuestro Señor Jesucristo, su patrono. Así pues, esto es lo que dice la regla o, mejor dicho, Nuestro Señor Jesucristo a través de ella: *Pensarán muchas veces que el fin principal para que Dios las ha llamado es honrar a Nuestro Señor+. Mis queridas hermanas, éstos son los pensamientos que deben ocupar vuestro espíritu, los de las reglas. Lo mismo que uno se llena de gozo considerando un hermoso jardín lleno de toda clase de flores, también vosotras debéis pensar con deleite en vuestras reglas, que son otras tantas flores muy bellas en el jardín de Nuestro Señor, vuestro Esposo, que os invita a cogerlas; lo cual se hace por medio del pensamiento. Pues lo mismo que una persona que se deleita en ver y considerar las flores y los frutos de un jardín, las trasfiere a sí mismo, del mismo modo, mis queridas hermanas, las hijas de la Caridad que se recreen en los pensamientos de sus reglas se apoderarán de tan hermosas flores, que las harán agradables a Nuestro Señor; y además, esto hará que no les cueste guardarlas. Por ejemplo, al despertarse por la mañana, pensará en que va hablar con Dios en la oración y dirá: «¡Qué felicidad conversar con un Dios que nos ama tanto!», y deteniéndose en estos pensamientos se levantará con ligereza y con alegría.

Cuando servís a los enfermos, tenéis que acordaros también de que es a Nuestro Señor a quien representa ese pobre.

Cuando estáis unas contra otras, vuestras conversaciones tienen que ser de las virtudes de nuestras hermanas, que han amado tanto sus reglas, y de las cosas que os pueden ayudar a progresar en la perfección de vuestra vocación, sobre todo de vuestras reglas. Os recomiendo que ocupéis en ello el espíritu, que os acordéis de ellas, dado que os son necesarias para adquirir las virtudes propias del fin principal para el que ha sido fundada vuestra Compañía. A esto es a lo que tenéis que aspirar continuamente, mis queridas hermanas. Para esto os habéis entregado a Dios, y así es como tenéis que serviros de los medios que pueden ayudaros a llegar adonde pretendéis. Lo único necesario es pensar con frecuencia en el fin para el que ha sido instituida la Compañía y en la intención por la que cada una de vosotras habéis entrado en ella. Pues bien, es preciso que sepáis que entre todas las Compañías que sirven a Dios más particularmente, cada una tiene su fin especial, lo mismo que en cada república cada profesión tiene su oficio particular: los sastres, los panaderos, los zapateros, etcétera. Lo mismo ocurre con las Compañías dedicadas a Dios.

Los cartujos tienen como finalidad principal una gran soledad: están ocultos a los ojos del mundo, de forma que no se les ve; están en una continua prisión, por amor a Nuestro Señor. Los capuchinos tienen como finalidad la pobreza, que practican en sus hábitos, calzado, etcétera: creen que pueden honrar la pobreza de Nuestro Señor, abrazando este estado de vida pobre, que efectivamente le es muy agradable, ya que vino del cielo a la tierra para hacerse pobre. ¿Cómo podría haberla abrazado y recomendado a la santísima Virgen y a san José, si no le hubiera sido agradable? Las carmelitas, que son muy austeras, tienen como finalidad una gran mortificación: van con los pies desnudos, a no ser en Francia que llevan a veces sandalias; aquí no sé bien como van, pero en España no llevan sandalias ni nada, sino que van con los pies y las piernas desnudos y duermen en un poco de paja o de heno, a pesar del rigor del invierno. Esas religiosas, que son de clase distinguida, recién salidas del mundo, aceptan esa situación. ¿Por qué, hermanas mías? Por agradar a Dios, por hacer penitencia, por rezar por la Iglesia. Las hermanas del Hotel-Dieu, de las que ya os he hablado, tienen como finalidad principal trabajar por su propia salvación y por la de los pobres enfermos del hospital. Las de la plaza Real tienen como fin principal asistir a las pobres mujeres enfermas que reciben, no a los hombres; y como son ésas sus reglas, creen que consiguen su salvación observándolas.

Pero vosotras, mis queridas hermanas, os habéis entregado principalmente a Dios para vivir como buenas cristianas, para ser buenas hijas de la Caridad, para trabajar en las virtudes propias de vuestro fin, para asistir a los pobres enfermos, no en una casa solamente, como las del Hotel-Dieu, sino en todas partes como Nuestro Señor, que no hacía distinción alguna, pues asistía a todos los que recurrían a él. Es lo que empezaron a hacer nuestras hermanas con los enfermos, asistiéndoles con tanto esmero; y Dios, al ver que lo hacían con tanto cuidado, yéndolos a ver en sus propias casas, como hacía Nuestro Señor muchas veces, ha dicho: «Estas hermanas me gustan; cumplen bien con esta misión; voy a darles una nueva».

Y entonces vinieron, hijas mías, esos pobres niños abandonados, que no tenían a nadie que se cuidara de ellos; y Nuestro Señor se quiso servir de la Compañía para cuidarles, por lo que le doy las gracias a su bondad.

Y luego, al ver cómo habíais abrazado todo esto con tanta caridad, dijo: «Todavía quiero darles un nuevo empleo». Sí, hermanas mías, es Dios el que os lo ha dado, sin que nosotros pensáramos en él, ni la señorita Le Gras ni yo; pues así es como se hacen las obras de Dios, sin que los hombres piensen en ellas. Cuando una obra no tiene autor, hay que decir de ella que es Dios el que la ha hecho. Pero ¿cuál es ese empleo? Fue la asistencia a los pobres criminales o galeotes. Hermanas mías, ¡qué dicha servir a esos pobres presos, abandonados en manos de personas que no tenían piedad de ellos! Yo he visto a esas pobres gentes tratados como bestias; esto fue lo que hizo que Dios se llenara de compasión. Le dieron lástima y luego su bondad hizo dos cosas en su favor: primero, hizo que compraran una casa para ellos; segundo, quiso disponer las cosas de tal modo que fueran servidos por sus propias hijas, puesto que decir una hija de la Caridad es decir una hija de Dios.

Todavía quiso dar una nueva ocupación a esas hijas, que es asistir a los pobres enfermos, a los pobres ancianos del Nombre de Jesús y a esas pobres gentes que han perdido la razón. Sí hermanas mías, es Dios mismo el que se ha querido servir de las hijas de la Caridad para cuidar de esos pobres locos. ¡Qué dicha para todas vosotras! ¡Qué gran favor es, para todas las que están ocupadas en eso, tener un medio tan hermoso para hacer un servicio a Dios y a Nuestro Señor Jesucristo, su Hijo!

Es preciso que sepáis, hijas mías, que Nuestro Señor quiso experimentar en su propia persona todas las miserias imaginables. Nos dice expresamente la Escritura que quiso pasar por escándalo para los judíos y por locura para los gentiles (1), para señalaros que podéis servirle en todos los pobres afligidos. Por eso quiso entrar en ese estado, para santificarlo lo mismo que a todos los demás. Es menester que sepáis que él está en esos pobres privados de razón lo mismo que en todos los demás. Con esta creencia tenéis que servirles y, cuando vayáis a verlos, alegraos y decid dentro de vosotras mismas: «Me acerco a esos pobres para honrar en sus personas a la persona de Nuestro Señor; voy a ver en ellos a la sabiduría encarnada de Dios que quiso pasar por tal, sin serlo efectivamente». Así pues, hijas mías, hasta el presente vuestros fines han sido hacer lo que acabamos de decir. No sabemos si viviréis lo bastante para que Dios dé nuevas ocupaciones a la Compañía; pero sabemos muy bien que, si vivís en conformidad con el fin que Nuestro Señor pide de vosotras y cumplís como es debido con vuestras obligaciones, tanto en el servicio de los pobres como con vuestras reglas, si lo hacéis bien, como espero que lo vais a hacer, Dios bendecirá cada vez más vuestros trabajos y os conservará; pero es preciso ser fieles para haceros dignas de ello.

Por tanto, el fin al que debéis tender es honrar a Nuestro Señor Jesucristo, el siervo de los pobres, en los niños para honrar su infancia, en los pobres necesitados, como en el Nombre de Jesús y como esas pobres gentes a las que asististeis cuando vinieron a refugiarse en París por causa de las guerras. Así es como tenéis que estar dispuestas a servir a los pobres en todos los sitios adonde os envíen: a los soldados, como habéis hecho cuando os han llamado allá, a los pobres criminales y en cualquier otro lugar en donde podáis asistir a los pobres, ya que es ése vuestro fin. Para eso, mis queridas hermanas, tenéis que preguntaros muchas veces, siguiendo el ejemplo de san Bernardo, por qué habéis entrado en la Compañía. Aquel gran santo se decía a sí mismo: «Bernardo, Bernardo, ¿para qué has entrado en religión? ¿Ha sido para hacer tu voluntad y vivir libremente? Ni mucho menos». Y cuando sentía alguna repugnancia, se hacía esta misma pregunta y respondía: «Te has entregado a Dios para vivir como buen religioso, para renunciar a tus propias satisfacciones y para hacer todo lo que Dios pide de ti en la religión».

También vosotras, mis queridas hermanas, tenéis que preguntaros del mismo modo: «¿Para qué ha instituido Dios la Compañía de la Caridad? ¿Para qué me ha llamado aquí?». Y luego responderos: «Para honrar a Nuestro Señor, para servirle en los pobres y para hacer todo aquello en lo que él ha querido emplearme». Así es como debéis excitaros a trabajar en vuestras ocupaciones. ¿No os sentís dichosas, hermanas mías, de que Nuestro Señor se digne servirse de vosotras? Que las hermanas del Hotel-Dieu hagan lo que están obligadas a hacer; en cuanto a vosotras, tenéis que ser indiferentes para hacer todo lo que requiere vuestro fin. Esa es vuestra misión, y no tenéis que envidiar otros ejercicios. Si fueran a decirles a los carmelitas, a los cartujos, a los capuchinos, que hicieran otra cosa distinta de lo que hacen, ¿la harían? No, porque es ése su fin y les basta con hacer aquello a lo que les obliga su Instituto. Nuestro Señor no ha escogido otra Compañía para servirle en la persona de los pobres enfermos de la manera con que vosotras estáis obligadas a servirle. ¡Hermanas mías, qué honor! Es Dios el que os ha encomendado el cuidado de sus pobres y tenéis que portaros con ellos con su mismo espíritu, compadeciendo sus miserias y sintiéndolas en vosotras mismas en la medida de lo posible, como aquel que decía: «Yo soy perseguido con los perseguidos, maldito con los malditos, esclavo con los esclavos, afligido con los afligidos y enfermo con los enfermos.

Así es como habéis de portaros para ser buenas hijas de la Caridad, para ir adonde Dios quiera; si es a Africa, a Africa; al ejército, a las Indias, adonde os pidan, ¡enhorabuena!; sois hijas de la Caridad y hay que ir. Por tanto, Nuestro Señor ha hecho una Compañía más suya que vuestra, y vosotras sois miembros de ella. Por eso os llama hijas de la Caridad, esto es, hijas de Dios. Humillaos, rebajaos por debajo de todo el mundo, al ver que Dios quiere servirse de unas pobres mujeres aldeanas para hacer tan grandes cosas. Humillaos delante de Dios: es vuestra obligación. Y estad dispuestas a abrazar todos los trabajos que la divina Providencia os envíe. Nunca os lo recomendaré bastante, hermanas mías, pues ése es el fin de vuestra Compañía. Y si faltaseis a ese fin, todo se habría acabado para vosotros, ¡adiós la Compañía!

Artículo tercero. – «Practicarán todos su ejercicios, tanto espirituales como corporales, con espíritu de humildad y caridad, y en unión de los que Nuestro Señor Jesucristo hizo en la tierra».

Mis queridas hermanas, vuestras reglas dicen que Dios pide en general y en particular que hagáis tres cosas, que son que vuestras acciones vayan acompañadas de esas tres virtudes de la humildad, la caridad y la imitación de Nuestro Señor; es lo que enseña este artículo.

«Practicarán siempre sus ejercicios en unión de los que Nuestro Señor Jesucristo hizo en la tierra». Por ejemplo, yendo a la parroquia a ver a los enfermos, ir para honrar a Nuestro Señor en su persona; cuando vais a la oración, pensar así poco más o menos: «¡Ay, miserable de mí! ¿Soy yo digna de ir a la oración a hablar con Dios?». No dejar nunca de acudir a la oración con deseo de humillaros y de honrar las oraciones de Nuestro Señor. Al ir a la mesa, pensar del mismo modo que no sois dignas de comer a la mesa con las demás, y decir: «¡Ay, Señor! No merezco ir a comer el pan de los pobres, ni estar en compañía de mis hermanas, que tan bien les sirven, mientras que yo no valgo para nada».

Así es como tenéis que reconoceros siempre incapaces de hacer nada que valga; porque mirad, hijas mías, hasta que no os hayáis, convencido interiormente de que sois pobres, ruines, incapaces de algún bien, y no os guste que os consideren como tales, jamás llegaréis a la perfección. Y después de haber hecho esta reflexión sobre vuestra indignidad, hay que levantarse por un acto de amor a Dios y decir: «Aunque no sea digna de hacer tal cosa, como Dios la quiere, la haré para darle gusto, va que él así lo espera de mí».

Cuando vayáis a la oración, tenéis que ir puramente por complacer a Dios, diciendo: «No soy digna de conversar con Dios; pero, como lo quiere la obediencia y es ésa su voluntad, voy a ella para honrar a Nuestro Señor». Pues ¿qué creéis, hermanas mías? No se trata de hacer oración siguiendo la propia fantasía, sin atención y cada una a su manera; no, no hay que hacerla así; hay que hacerla como la hizo Nuestro Señor en la tierra. El la hacía con gran respeto, en la presencia de Dios, con confianza y humildad. Lo mismo con las otras acciones: siempre hay que conformarlas a las suyas, si queréis que sean meritorias. Voy al refectorio para honrar la modestia con que Jesucristo tomaba su comida; por eso, hay que portarse como si lo viéramos: mantenerse erguido y modesto, tomar el pan y la comida con urbanidad, comer tranquilamente, sin echarse sobre la carne o sobre lo que se nos presente, como si lo quisiéramos devorar.

Un día que estaba con el bienaventurado obispo de Ginebra, me dijo: *Padre Vicente, le pregunté una vez a nuestra Madre si las hermanas guardaban la modestia en la mesa; me respondió: Monseñor, convendrá que usted las vea+. Y cuando supo que podía hacerlo, se colocó en un lugar desde el que podía observar fácilmente cómo se portaban y vio que guardaban una gran modestia, como personas que estuvieran en presencia de Dios y de los ángeles. ¡Cuánto le consoló aquello!

Mis queridas hermanas, tened cuidado de que todas las obras que hagáis vayan acompañadas de estas tres virtudes, de forma que al mismo tiempo que practicáis la acción exterior, vuestro espíritu se ocupe interiormente con Dios. Esto se puede hacer así: cuando vayáis a ver a los enfermos, decid dentro de vosotras mismas: «¡Miserable de mí! ¿cómo me atrevo a ir a ver a ese pobre, yo que delante de Dios estoy más enferma que él? Si muchas almas santas tuvieran la oportunidad de hacerlo, lo cumplirían mucho mejor que yo». Y después, tomar de nuevo ánimos con este pensamiento: «Voy allá por amor de Dios. ¡Cuán feliz soy por haber sido escogida para tan santa ocupación!».

¿Creéis, hermanas mías, que es importante hacer lo que hacéis, si no lo eleváis por la intención? ¿Creéis que servir a los enfermos por humor, ir a tal sitio porque os resulta agradable, obedecer porque os mandan lo que os gusta, rezar porque las demás lo hacen, todo eso es cumplir con vuestro deber? Ni mucho menos, hermanas mías, no os engañéis; el mérito de nuestras acciones viene del fin por el que las hacemos. Yo he celebrado hoy misa; si no lo he hecho con las condiciones requeridas, no he conseguido nada con ello; vosotras habéis comulgado, habéis servido a los pobres, habéis hecho oración v todo lo demás; pero, si no habéis juntado lo interior a lo exterior, no habéis hecho nada, porque todo el mundo podría haber hecho lo mismo. Hasta un pagano podría hacer lo que hacemos por gusto y puramente como una obra material; puede ir a ver a un enfermo por pasar bien el rato, beber y comer, descansar y trabajar, sin ningún mérito ni demérito. Lo mismo pasa con nosotros, cuando realizamos nuestras obras. Por muy buenas que sean en sí mismas, sin una pura intención y deseo de dar gusto a Dios, no son más meritorias que si fueran cosas indiferentes. Si queréis que todas vuestras obras sean agradables a Dios, hacedlas con espíritu de humildad, de caridad, en unión con las que hizo Nuestro Señor; y acordaos bien de que es preciso tener esta intención, pues sin ella nos privamos muchas veces de la recompensa debida a las obras buenas que se hacen.

Ya sabéis que, cuando se bautiza a un niño, se le lava con agua, se pronuncian todas las palabras y se hacen todas las ceremonias requeridas; pero, además de eso, hay que tener la intención de hacerlo cristiano. Si falta esa intención, queda sin bautizar. De forma que no es sólo el agua que se le echa, ni todas las demás ceremonias, lo que hace al niño cristiano; se necesita además que el que bautiza tenga intención de hacer un cristiano. Del mismo modo, las hijas de la Caridad que hacen sus ejercicios de la manera que hemos dicho y sin intención, no agradan a Dios, que pide primero el corazón y después la obra.

Hay algunos años tan prósperos que, en vez del centeno y del trigo mezclados que han sembrado los labradores, la fertilidad del año hace que la tierra sembrada de esta mezcla de dos granos produzca trigo puro en lugar de la mezcla que se había sembrado. Del misma modo, hijas mías, todo lo que hagáis por el motivo de estas tres virtudes se convertirá en trigo. Aunque no sembréis más que centeno, esto es, aunque sólo hagáis acciones indiferentes, recogeréis trigo y recibiréis la misma recompensa por las pequeñas cosas que por las grandes hechas con pereza y sin el afecto requerido.

Se dice de una piedra que llaman filosofal que convierte en oro todo lo que toca. Mis queridas hermanas, todo lo que hagáis, si va acompañado de estas tres hermosas virtudes, todo se cambiará en oro; es una piedra filosofal que lo convierte todo en oro; y así todas vuestras obras serán agradables a Dios y a los ángeles. Esto se llama gracia santificante. Es una hermosura que hace al alma agradable a Dios, que logra que Nuestro Señor se complazca en ella y en todo lo que hace. Cualquier cosa que haga ese alma, todo lo agrada a Dios: ir, venir, servir a un enfermo, componer una medicina, todo es agradable a Dios. Hermanas mías, las hijas de la Caridad son más agradables a Dios cuando cumplen debidamente con su obligación que lo es un niño para su padre o su madre. ¡Qué hermosas son las almas que están adornadas de esta gracia santificante! ¡Qué dichosas son y cómo deben crecer de virtud en virtud, para hacerse cada vez más agradables a su Esposo!

Más aún, esto os hace tener la gracia misma del paraíso. Sí, hermanas mías, esas acciones hechas por amor de Dios y con humildad son merecedoras de la gloria eterna, no solamente de la gloria común que se les da a todas las almas bienaventuradas, sino de una que irá aumentando cada vez más, a medida que las personas a las que hayáis edificado se sirvan de vuestros buenos ejemplos. Mis queridas hermanas, no volveréis jamás con las manos vacías, si tomáis la resolución de practicar lo que vuestros padres os han dicho. Es lo que Dios pide de vosotras y tenéis que entregaros a su bondad para ello. ¡Señor, concédenos esta gracia de conocer bien el valor y el mérito de las acciones hechas en unión con las tuyas! ¡Hijas mías, que esta lección penetre bien en vuestras almas! Si hubiera alguna entre vosotras que dijera en su corazón: «¿Qué medio hay para cumplir bien todo esto? ¿Cómo podré tener siempre el espíritu ocupado en lo que he de hacer para practicar estas virtudes? ¡No podré nunca estar pendiente de eso!», yo le respondo: «Empieza hoy, continúa mañana y te será fácil». Desde ahora mismo decid en vuestro interior: «Soy indigna de escuchar la palabra de Dios, ya que tantas veces me ha concedido esta gracia y nunca mejoro». Pensad de cada una de vuestras hermanas en particular que ellas se aprovecharán mucho mejor que vosotras de lo que hemos dicho. Y al volver, decid: «*Me vuelvo al lugar de donde vine por obediencia, y no porque me guste estar allí; pero, si Dios así lo quiere, volveré a recorrer el mismo camino para honrar los pasos de Nuestro Señor cuando volvía de sus viajes».

Mañana, al levantaros para hacer oración, pensad que no sois dignas de que Dios os permita hablar con él; pero, puesto que así lo quiere, haced vuestra oración en unión con la de su Hijo. Y de este modo id a la oración con la alegría de que cumplís la voluntad de Dios y con gran deseo de darle gusto.

Cuando vayáis a ver a los pobres, y en todo lo que vayáis a hacer pasado mañana, haced lo mismo, continuad así y os resultará más fácil. Procurad poner atención en estas prácticas otros cuatro o cinco días más. Y luego ya veréis cómo no os resulta nada tan fácil; a continuación llegaréis a encontrar este santo hábito de forma que, no sólo no os cansaréis de practicar estas virtudes, sino que hasta os costará mucho dejar de obrar así. Nuestras buenas hermanas que gozan ya de la presencia de Dios han practicado muy bien lo que os decimos; experimentaron que la virtud no es tan difícil de adquirir como nos imaginamos a veces. No hace falta más que quererlo y esforzarse un poco. Hermanas mías, si al principio os cuesta un poco, tenéis que acordaros de que se trata de agradar a Dios y que esa pena no durará mucho. Continuad diez o doce días y ya no encontraréis ninguna dificultad; al contrario, os gustará realizar vuestras acciones con recogimiento y aplicación de espíritu; esto atraerá sobre vosotras grandes gracias y esas gracias pondrán en vuestro corazón tales disposiciones que algún día no podréis ya impedir seguir haciendo ese bien, al que os habéis acostumbrado. Es lo que decía san Bernardo: Non possibile, etcétera.

¡Qué estado tan dichoso estar en tal situación en que uno no sabe ya seguir su voluntad, a no ser que sea conforme con la voluntad de Dios, sin poder hacer más obras que las que agradan a Dios! Eso es hacer en cierto modo lo que Dios hace, pues todo lo que él realiza es para su gloria y su placer; de modo que podemos decir que, cuando hacemos alguna obra con esa finalidad de agradar a Dios, hacemos en cuanto es posible, lo que él hace, y de esta forma somos Dios mismo. Hijas mías, animaos pues a llegar a ese grado de perfección. Conseguiréis, como os he dicho, habituaros al bien, de forma que no podréis menos de hacerlo y todas vuestras acciones irán acompañadas de esas tres virtudes, sin forzaros en nada, ya que no es posible impedir que se haga algo a lo que uno está habituado. Tenéis muchos motivos para entregaros a Dios y corresponder a las inspiraciones que os dé y que nunca os faltarán si reconocéis que por vosotras mismas no podéis hacer más que pecados. Si adoptáis esta práctica, mis queridas hermanas, haréis vuestras obras como Nuestro Señor quiere que las hagáis, tomándole a él por ejemplo, como os enseñan vuestras reglas. Si continuáis así, no tendréis por qué envidiar a ninguna otra Compañía, pues teniendo presente a Dios lo tendréis todo. ¡Cómo habéis de humillaros al pensar en esto: hacer lo que Dios hace, hacer continuamente su voluntad, y por consiguiente obligar a su bondad a que ponga en nosotras sus complacencias! El no se complace más que en las almas que trabajan por su amor. Cuando digo que sólo se complace en ellas, me refiero a su complacencia entre las criaturas, ya que tiene otras complacencias: se complace en sí mismo y en sus perfecciones; pero no hay más placer fuera de él que estar con aquellos a los que ama. Su gozo y su placer es permanecer en las almas que ha santificado. ¡Qué consuelo para sus hijas pensar: «Dios me ve, se recrea en lo que hago; es él quien me hace obrar, quien me hace ir y venir»! Un soldado que ve a su capitán se anima al combate con su presencia. ¡Animo, hermanas mías! Dios os bendecirá si le sois fieles. ¡Animo! El hará por vosotras lo que, sin él, os sería imposible hacer.

Le ruego a Nuestro Señor que así lo haga y, aunque soy un miserable, no dejaré de pronunciar las palabras de la bendición, rogando a Dios que, al mismo tiempo que las diga, derrame ese espíritu en vuestras almas, para que hagáis todas vuestras acciones con humildad y caridad y en unión con las que hizo Nuestro Señor en la tierra. Así te lo pido, Salvador mío, para todas las almas que has llamado a esta Compañía.

La señorita Le Gras, al ver que el padre Vicente iba a dar la bendición, le preguntó si sería conveniente que se diera cuenta en la primera conferencia del uso que se haría de los consejos que acababa de dar. El entonces contestó:

La señorita me pregunta si sería conveniente que dierais cuenta de cómo practicáis estas virtudes. Efectivamente, creo que estaría muy bien, ya que tenemos necesidad de ser ayudadas para entrar en la práctica de algunas virtudes. Pues bien, entre los medios que nos pueden servir, el rendir cuentas es uno de los mejores. Por eso tiene razón la señorita. Dios ha sido el que le ha inspirado este pensamiento. Así pues, hermanas mías, lo haréis así la primera vez que nos reunamos.

Encomiendo a vuestras oraciones a dos hermanas enfermas, para que Dios quiera darles la gracia de aprovecharse de sus sufrimientos. También os ruego que os acordéis de la pobre Polonia, que se encuentra en difícil situación. El rey y la reina han dejado Varsovia y se han marchado a Cracovia. Tenemos muchos motivos para encomendar esto a Dios.

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