(29.09.55)
Mis queridas hermanas, el tema de esta conferencia es sobre la lectura de las reglas. La última vez os dije que os las leería y explicaría. Creo que el día de san Miguel, de quien la iglesia nos propone en el evangelio (1) de hoy la imitación de los niños, es una buena ocasión para pedirle a Dios, por los méritos de este arcángel, que nos dé una especial disposición para sacar provecho de ellas. Pero, antes de dar lectura a las reglas, os diré algunas cosas sobre la obligación que tenemos de entregarnos a Dios para observarlas debidamente.
La primera razón que os propongo es la bondad de Dios, la voluntad de Dios, los deseos de Dios y el gozo de Dios. Los que hablan de cumplir la voluntad de Dios entienden por esta voluntad sus mandamientos y los de la iglesia, que nos obligan a obedecer al papa, a los obispos y a las demás personas que hayan recibido de ellos el poder de mandarnos. Los mandamientos de Dios obligan a todos, incluso a los príncipes y a los reyes de la tierra. Además, cada uno está obligado a guardar las reglas del estado de vida que ha escogido para asegurar su salvación. Pues bien, es cierto que las reglas de vuestra Compañía tienden a perfeccionaros y a ayudaros a cumplir los mandamientos de Dios. Por eso son de Dios, ya que todo lo que tiende al bien procede de él. Según esta máxima, cuando guardáis vuestras reglas, hacéis siempre la voluntad de Dios; sí, hermanas mías, mientras las guardéis, podéis estar seguras de que cumplís la voluntad de Dios. ¡Qué consuelo tener la seguridad de que se agrada a Dios, de que se hace lo que él quiere y se le da alegría! ¡Qué consuelo para un padre ver que sus hijos no hacen más que su voluntad! Pues eso es lo que pasa con Dios, hijas mías. Se complace en ver a las personas que no hacen más que su voluntad. Humillémonos al ver cómo nosotros, miserables criaturas, damos gozo a ese buen Dios, que no lo necesita para nada, pues se basta a sí mismo, pero no deja de complacerse en los que no buscan más que agradarle. El Hijo de Dios no hizo otra cosa en la tierra más que la voluntad de su Padre; siguió toda su vida las reglas de su divino Padre, aun cuando no las tuviese por escrito; porque las sabía antes de venir al mundo y se ofreció a venir para cumplirlas. Y las observó perfectamente en todas las cosas, pues no hizo nunca más que lo que sabía que era conforme a ellas y lo que era agradable a Dios.
Pues bien, hermanas mías, podéis pensar esto, que estamos en el estado de hacer siempre la voluntad de Dios, si somos fieles en guardar nuestras reglas. ¡Qué dicha, mis queridas hermanas, haber sido llamadas a esta Compañía! Dad gracias a Dios por haberos asociado a su Hijo para darle gozo y placer. Hermanas, alegraos vosotras, las que cumplís las reglas. Las que no sientan reproche por haberlas roto, las que tengan dentro de sí mismas el testimonio de haberlas observado siempre desde que entraron en la Compañía y deseen seguir guardándolas siempre sin omitir nada, tienen que alegrarse mucho y dar gracias a Nuestro Señor. Pero las que no las guardáis, las que decís: «Desde que estoy en la Compañía no guardo mis reglas», o: «Las guardo mal», afligíos con razón por haber sido tan negligentes y proponed ser más fieles a Dios.
Otra razón para guardar bien vuestras reglas es que todo va bien en una casa o Compañía donde se observan las reglas: la caridad, la paciencia de unas con otras, la humildad, la cordialidad; en una palabra, donde se guardan bien las reglas, las cosas van siempre bien, pues ellas señalan lo que hay que hacer para con Dios y para con el prójimo. ¡Qué hermoso ver cómo cumple cada uno con su deber, cómo los inferiores son sumisos y respetuosos con los superiores, cómo los encargados de cada cosa cumplen bien con su cargo! No hay satisfacción semejante. Podéis verlo en las familias de las aldeas, adonde vais con frecuencia: cuando los niños son obedientes, los padres y las madres cuidan de que cumplan con su obligación, y todo está bien ordenado, se aprecia a esas familias, se edifican de su manera de ser, y todo va bien en su casa. Por el contrario, donde no hay orden, todo es- miseria y confusión.
Del mismo modo, hermanas mías, guardemos nuestras reglas y todo irá bien. ¿De dónde nacen los desórdenes en tantos monasterios? ¡Ay! ¡Es demasiado evidente! Es que no observan sus reglas. Eso es lo que los ha puesto en tan pobre estado, que vemos a religiosos vivir en tanta libertad y desorden como si estuvieran en el mundo. ¿De dónde creéis que viene esto? Es que han roto sus reglas; han preferido un placer momentáneo a la felicidad eterna; han querido entregarse a sus caprichos y en consecuencia han visto cómo su casa y todo lo demás iba a la ruina, por no haber sido fieles a lo que Dios les pedía.
Eso mismo pasará si las hijas de la Caridad desprecian sus reglas, cuando se vean sus espíritus disipados y que no tienen en cuenta la observancia; dirán: «¡Bah! ¡Es una cosa sin importancia!; no he hecho más que romper una pequeña regla que no obliga bajo pecado; ¿y hablar tanto para eso?». ¡Qué desgracia entonces para esa hermana y para todas las que sean causa de tan mal ejemplo y de la pérdida de la Compañía al mismo tiempo! Pues seguramente se perderá, apenas llegue su relajamiento. Entonces se podrá decir: «¡Adiós las hijas de la Caridad!». Sí, hermanas mías, habrá que hacer las exequias de vuestra Compañía apenas caigáis en el desprecio a vuestras reglas.
La tercera razón es que son fáciles. No son tan duras como otras muchas que obligan a ayunos, vigilias y otros ejercicios de penitencia. Tenéis a las pobres hijas de Santo Tomás que no comen casi nada más que pan. Se levantan a media noche, hacen tres horas de oración, cantan la misa mayor y además trabajan en obras pesadas, no comen más que hasta las once o mediodía, sin carne, sino sólo huevos, como las carmelitas, que les dan unas veces en tortilla, otras estrelladas, o de otras maneras. Y no les ponen nada más en el plato. Además, toman todos los días la disciplina. Gracias a Dios, vosotras no estáis obligadas a tantas cosas; tenéis todos los días en la comida algún trozo de carne. Por eso seríais más criminales si, teniendo reglas tan fáciles, no las guardaseis.
No creo que haya en el mundo una Compañía donde se encuentren tantos consuelos como en la de las hijas de la Caridad. Van a ver a un pobre por caridad y reciben mil bendiciones del enfermo y de quienes las ven, pues hay pocas personas que no quieran a nuestras hermanas, al ver el esfuerzo que ponen, y no las bendigan, si no con la boca, al menos con el corazón. A mí me lo dicen más que a vosotras, y con frecuencia algunas personas que no saben que yo tengo el honor de servir a vuestra Compañía.
Así pues, vuestras reglas son fáciles; y esto es conforme con lo que dijo Nuestro Señor:»Venid a mí todos los que estáis agobiados, y yo os consolaré; venid a mí los que gemís bajo el peso de vuestras imperfecciones, y encontraréis paz en vuestras almas; venid los que estáis cargados y tenéis alguna pena, y yo os consolaré; pues mi yugo es suave y mi carga ligera»: eso son vuestras reglas.
Lo que más os tiene que animar es que vienen de Dios y tienden todas a Dios. Lo pensaba hoy cuando las leía. No tienen otra finalidad más que la de perfeccionaros. Pues bien, es una máxima en la iglesia y según san Pablo que todo lo que tiende al bien procede de Dios (4). Por eso esas reglas vienen de él, puesto que tienden a ayudaros a que os salvéis más fácilmente. Hermanas mías, si las observáis, podéis alcanzar la santidad sin ser carmelitas; y sin más vocación que la vuestra, podéis llegar a la perfección.
No son los hombres lo que las han inventado; es Dios el que las ha inspirado, después de haber consultado y probado por la experiencia si estaban bien. Hace ya unos veinticinco años que se hace observar las mismas reglas y que Nuestro Señor ha dado a conocer poco a poco lo que se debía hacer. Finalmente las ha recibido la iglesia; y esto es una señal muy segura de que son de Dios, como hemos dicho, ya que la iglesia no aprueba nunca más que lo que viene de él.
Estas son las razones que tienen que animaros a ser fieles a la observancia de vuestras reglas y a no pensar: «Si rompo esta regla, peco mortalmente; ¡ay! ¡qué molesto es tener que observar todo esto!». Hijas mías, no hay que pensar en ello, sino sólo observarlas, ya que esto es lo que agrada a Dios. Las almas que aman a Nuestro Señor, no se ponen a mirar: «Si no hago tal cosa, ¿pecaré?»; al contrario, basta con decirles que con ello agradan a su divino Esposo para que se pongan a hacer todo lo que pueden. Así pues, no os pongáis a cavilar demasiado, sino guardad vuestras reglas, porque son fáciles y ligeras.
Cuando digo que no hay que pensar en si es pecado faltar las reglas quiero decir que es menester que esto no os desanime; pues la verdad es que hay que pensar en ello porque, si faltaseis a un mandamiento de Dios al no observar vuestras reglas, pecaríais. Por ejemplo, tenéis reglas relacionadas con los mandamientos de Dios; si no observarais esas reglas, pecaríais. Entre ellas está la regla que os recomienda la pureza, que no tratéis con los hombres. Esto se refiere a Dios, y si faltáis en ello, pecáis contra sus mandamientos. Si se os dice que llevéis la vista baja, que no dejéis entrar a los hombres en vuestras habitaciones, que huyáis de toda clase de afectación, es para que guardéis mejor los mandamientos que prohíben la impureza. Faltar a ello es romper una regla de mandato. Se os recomienda la castidad, que guardéis la modestia, que no tengáis amistades particulares ni apego a lugares o personas. Si atendéis a estos consejos, esto os ayudará a guardar los mandamientos. Sabéis bien que, si admitís a un hombre en vuestra habitación, os ponéis en peligro de cometer algún pecado contra la pureza, pues es muy difícil guardarla si no se huye de las ocasiones de perderla. Por esa misma razón os hemos recomendado que no admitáis a ningún sacerdote ni laico, por ninguna razón, ni siquiera a los sacerdotes de la Misión, ni a mí mismo, a no ser en caso de enfermedad. Mirad si no hemos tenido razón al obrar de este modo y si una persona que faltase a esta regla no se pondría en peligro de caer en la impureza, de faltar a los mandamientos de Dios y por consiguiente de pecar mortalmente. Mirad entonces cómo esta regla es útil y razonable y cómo castigaría Dios a las que no la observasen.
Cuando se os manda que os améis las unas a las otras y faltáis a ello, rompéis una regla y además pecáis contra los mandamientos de Dios, que os dicen que no hay que odiar al prójimo, sino amarlo, pues está escrito: «El hombre que tiene odio está muerto, pues está fuera de la caridad». Se os recomienda la cordialidad y el respeto; si faltáis a ello, pecáis contra vuestras reglas y contra este mandamiento.
Además tenéis otras reglas que no os obligan bajo pecado, por no estar sacadas de los mandamientos de Dios; por ejemplo, se os manda que os levantéis a las cuatro; en ninguna parte se encuentra que Dios haya ordenado esto. Por tanto, no pecáis si no os levantáis a esa hora. La Sagrada Escritura no os ha mandado nunca que os levantéis a las cuatro ni que hagáis oración. Después, escribís hasta cierta hora. Si lo hacéis, observáis la regla; si no lo hacéis, no es pecado. Por tanto, el no levantarse a las cuatro no es pecado, a no ser que por vuestro mal ejemplo no se levante la otra; pues cuando hay mal ejemplo, hay pecado, y por tanto hay que confesarse de ello y acusarse de mal ejemplo, pues ¡ay de aquel por quien venga el escándalo, ya que es causa de que se cometa alguna falta o se deje de hacer algún bien!
Por tanto, hermanas mías, quedaos en paz y no os preguntéis: «¿Hay pecado?». No os fijéis en ese momento de placer que se recibe al tomarse alguna licencia, al traspasar alguna regla, sino pensad en el gozo de Dios cuando las observamos por su amor. Cuando yo digo: «No os fijéis en ello», hay que fijarse ciertamente para no ofender a Dios, pero nunca para tomarse mayor libertad.
Nos toca ahora ver vuestras reglas y dar lectura a las mismas. Tenéis algunas que tienen relación con el estado y el gobierno de la Compañía, como las que se refieren a los superiores y a las oficiales. Estas ya las habéis oído. Están por otra parte las reglas comunes, que todas deben guardar, y otras particulares que son propias de cada oficio, como la cocinera, la portera, etcétera. Creo que será conveniente empezar por el fin de la Compañía.
El padre Vicente, después de leer el primer artículo, se detuvo y nos habló poco más o menos en estos términos:
Conozco varias reglas, pero no creo haber visto ninguna que honre más a Dios que las vuestras; no, no he visto jamás a una Compañía que dé más gloria a Dios que la vuestra. Ha sido instituida para honrar la gran caridad de Nuestro Señor. ¡Qué felicidad, mis queridas hermanas! Ese sí que es un fin noble. ¡Estar fundadas para honrar la gran caridad de Nuestro Señor, tenerlo a él por modelo y ejemplo, junto con la santísima Virgen, en todo lo que hacéis! ¡Dios mío, qué felicidad! ¡Qué dichosas son las madres que llevan a sus hijos a que hagan este ejercicio, que debe ser la continuación de aquel que hicieron en la tierra Nuestro Señor y su santísima Madre!
¿Habéis visto alguna vez a una casa religiosa que tuviera tan noble fin? Yo puedo deciros que no conozco congregación ni comunidad religiosa que pueda hacer lo que vosotras hacéis. Las carmelitas tienen por finalidad el espíritu de oración; las hijas de Santo Tomás cantan las alabanzas de Dios y asisten al prójimo cuando pueden; las hermanas del Hotel-Dieu trabajan primero en su propia perfección y luego asisten a los enfermos, lo cual en cierto modo es hacer lo mismo que vosotras. Pero ellas no tienen regla que les obligue a asistir en general a todo el mundo, esto es, a todos los pobres, mientras que vosotras debéis, sin excepción alguna de personas ni lugares, estar siempre dispuestas a ejercer la caridad. Dios os ha escogido para esto; os ha escogido además para ser las madres de los niños que esas desventuradas, indignas de serlo, exponen y abandonan.
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué consuelo, hijas mías! Vosotras sois vírgenes y madres a la vez. Sí, sois madres de esos pobres niños, puesto que cumplís con ellos los deberes más fundamentales, y sois vírgenes, puesto que habéis dejado el mundo por eso y para conservar ese precioso tesoro. Hermanas mías, ¡qué gran motivo para confundiros delante de Dios, reconociéndoos indignas de tantas gracias, y para entregaros a él para honrarle con la pureza de intención que hemos de tener en todo lo que hacemos!
Fijaos en las hermanas de la plaza Real; tienen todo lo más 25 enfermos y ellas son por lo menos 40 religiosas. Las hospitalarias tienen quizás 16, y ellas son unas 26 hermanas para servirles. Pero a vosotras una sola parroquia os proporciona 20, 30, 40 y a veces 60. Las hermanas del Hotel-Dieu, como os he dicho, tienen enfermos, pero no trabajan con los pobres condenados. ¿Quién tiene compasión de esos pobres criminales, abandonados de todos? Las pobres hijas de la Caridad. ¿No es esto hacer lo que hemos dicho, honrar la gran caridad de Nuestro Señor, que asistía a todos los pecadores, incluso a los más miserables, sin tener en cuenta sus delitos?
Hijas mías, os lo repito de nuevo, nunca ha habido una Compañía que haya alabado más a Dios que vosotras. ¿Ha habido alguna para cuidar a los pobres locos? No la encontraréis, pero vosotras tenéis esa dicha. Los señores de la Administración General han creído que, para llevar bien esa gran casa de pobres locos, había que acudir a las pobres hijas de la Caridad. Y en efecto, no han dejado de urgirnos hasta que se las hemos enviado. Hijas mías, ¡qué agradecidas habéis de estar a Dios! Seríais unas ingratas si no lo reconocieseis y no guardaseis las reglas de semejante vocación, que es tan agradable a los ojos de Nuestro Señor y tan provechosa para el prójimo. Realmente habría que ser insensible para no sentirse inclinado a esta práctica. Después de todo lo que sabemos? ¡cómo no observar las reglas de semejante Compañía, que se refieren a Dios, puesto que son suyas! Creo que no hay infierno ni purgatorio suficiente para castigar la ingratitud de una hermana que faltara a ellas.
Por consiguiente, para aprovecharos de ellas, animaos unas a otras y decid: «Hermana mía, ¿no somos dichosas de estar en tal Compañía? ¿Habíamos pensado alguna vez en lo que este hombre acaba de decirnos?». Las antiguas que han estado trabajando desde entonces hasta ahora tienen que continuar con más fervor no sea que, al relajarse por causa de su antigüedad, pierdan el mérito que han adquirido. Las nuevas deben decir: «Si nuestras hermanas mayores han trabajado tanto para adquirir estas gracias a la Compañía, ¿no vamos a cuidar nosotras de conservarlas por la fidelidad a la práctica de nuestras reglas? ¡Queremos no solamente conservar las gracias que Dios ha derramado sobre la Compañía, sino adquirir otras nuevas!».
¡Dios mío!, dijo el padre Vicente como arrebatado y fuera de sí, ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Pobre señora Goussault! La noche en que murió me dijo: «Padre, he visto delante de Dios a las Hijas de la Caridad; ¡qué grandes designios tiene sobre ellas!». Hijas mías, tenedle mucha devoción, pues creo que es una gran santa.
Ved cuán noble es el fin de esta Compañía: tenéis que asistir a los pobres enfermos espiritual y corporalmente para honrar la gran caridad de Jesucristo; para ello es necesario que hagáis el oficio de pastores y de madres. Los pastores cuidan de las almas; los príncipes y magistrados, de los cuerpos; pero vosotras tenéis que servir a los pobres enfermos de pastores, de padres y de madres, procurándoles para el alma y para el cuerpo todo el bien que podáis, ya que muchas veces no tienen a nadie que cuide de ellos, más que a vosotras. ¡Cuántos mueren en vuestras manos, hijas mías, y se presentan ante Dios después de haber recibido por vuestra solicitud todos los sacramentos! ¡Dios mío, cuánto te honra esta Compañía! ¡Bendito sea Dios’ Un hombre me decía, hablándome de cierta comunidad: «No diré cómo han muerto los que se han salido de ella, pero sí sé cómo han muerto los que se han quedado». Lo mismo digo, hermanas mías; sé muy bien cómo han muerto las que han perseverado en la Compañía; pero no sé cómo morirán las que se han salido. Hemos visto morir, o mejor dicho, comenzar una vida eterna, a varias de nuestras hermanas. ¡Qué felices son por haber sido fieles a Dios en su vocación! ¡Y cuánta obligación tenemos nosotros de seguir el ejemplo que nos han dejado!
Ya os he leído este artículo. Vuestra Compañía está compuesta de «jóvenes y de viudas». La superiora, por ser «como el alma que anima el cuerpo», hará observar estas reglas, recibirá e instruirá en la práctica de las virtudes cristianas a dichas jóvenes y viudas, las llamará y las enviará a todas partes adonde sea necesario que vayan, todo ello con el consejo del superior general.
Lo que se refiere a las otras tres oficiales ya se ha dicho en la otra conferencia, cuando el padre Vicente reunió a las hijas de la Caridad para darles los consejos necesarios sobre todas las cosas.
Esto es, hijas mías, lo que se refiere a la superiora y que siempre se ha observado bien, gracias a Dios y a la acertada conducta de la señorita Le Gras. Dad gracias a Dios por la buena conducta que habéis seguido hasta el presente. La superiora será como el alma de la Compañía. Hijas mías, ¡cuántos motivos tenéis para dar gracias a Dios y para pedirle que dé a la Compañía personas celosas, para hacer observar las buenas prácticas que hasta ahora se han cumplido! Hay que pedirle muchas veces a Nuestro Señor, ya que es él el autor de esta obra, que llene a las personas que entren en la Compañía de aquel espíritu que quiere que tengáis todas, para proseguir por este medio el bien que se ha comenzado. Ya os he dicho, hijas mías, que sois vírgenes y madres; pero para ello es preciso que estéis dispuestas a ir a servir a esos pobres niños cuando se os ordene, y así participaréis de la felicidad de las que trabajan efectivamente en eso. ¡Qué grande es este empleo y cuánto tienen que agradecer a Dios el haberlas llamado a él!
Ya habéis oído que se las enviará y se las mandará volver cuando se juzgue conveniente. Tenéis que estar en esta disposición de ir a cualquier parte, ya que se os pide de diversos lugares. En Toulouse están insistiendo mucho para que enviemos algunas. El señor obispo de Cahors me ha escrito también para ello, y no descansaremos hasta que haya algunas allí. En Madagascar nuestros padres nos piden que les enviemos algunas hijas de la Caridad, que les ayuden a atraer a las almas. Los padres Mousnier y Bourdaise me dicen que creen que será ése el mejor medio para conseguir que los de aquel país reciban la fe, pues se podría hacer un hospital para los enfermos y un seminario para instruir a las niñas. También nos piden niños expósitos que sepan trabajar, para enseñar a otros. Por eso tenéis que disponeros para ello. Hay cuatro mil quinientas leguas hasta allí, y se necesitan seis meses de viaje. Hijas mías, os digo esto para haceros ver los designios que tiene Dios sobre vosotras. Disponeos, pues, hijas mías, y entregaos a Nuestro Señor para ir adonde a él le plazca.
– ¿Estáis resueltas a ir a cualquier parte, sin excepción?
– Sí, padre; dijeron ellas.
– Pero ¿os sentís de verdad todas en esta disposición? Si lo estáis, decídmelo.
Todas las hermanas se levantaron y respondieron por segunda vez que sí.
¡Ay! ¡Qué desventurada sería la que enfriase a las demás y fuera causa de que se desanimaran las que tienen esa buena voluntad! ¡Qué digna sería de un gran castigo! ¿Con qué suplicio se podría castigar a la hermana que fuera tan desgraciada que fuera causa de la pérdida de esta Compañía, que se quejase de las órdenes de los superiores, que murmurase, que criticase, que fuera la causa de que esas almas sencillas, que siempre se han dejado guiar, desconfiaran y empezaran a querer obrar por su cuenta, sin dejarse conducir? ¡Qué desventurada sería! Debería sentir un gran temor.
Hijas mías, continuad como habéis empezado. Habéis hecho como los niños que se fían de sus padres; os habéis dejado conducir. Y por eso no os ha engañado nadie. Las que enfriasen a esas buenas almas y dijesen: «¿Por qué esto? ¿por qué aquello? ¿Para qué esos hábitos? Habría que vestirse de otro modo. Resulta molesto ir tan lejos; ¿no se podría hacer el bien en este país?», ¡Salvador mío!, ¿qué es lo que hacen cuando razonan de ese modo? ¿Hay un castigo bastante duro para castigar a esa personas, que destruyen así todas estas buenas obras y asesinan a las almas que las escuchan? Porque es un verdadero asesinato fomentar esta relajación de la Compañía; es matar a todas aquellas a las que se hace tan mal servicio. Hijas mías, es verdad lo que digo, es un asesinato. ¿No veis que digo la verdad? ¿Habría un castigo bastante grande para esa hermana, que intenta impedir los designios de Nuestro Señor sobre esas almas?
Cuando veáis obrar así a alguna, murmurando y criticando, miradla como a un Judas que desea destruir vuestra Compañía y huid de ella todo cuanto podáis. Si ella quiere deteneros, decidle que tenéis otra cosa que hacer y dejadla. No escuchéis a esa serpiente; es un Judas. Porque Judas hacía eso: murmuraba, iba a los judíos a acusar a Nuestro Señor y les decía: «Hace esto y esto», criticando unas veces con unos, otras con otros, porque veía mal al Hijo de Dios y todo lo que él hacía. Del mismo modo, la desgraciada hermana que se pusiera a criticar alguna cosa, hace el oficio de Judas; va murmurando por aquí y por allá: «Se dice esto», «¿Por qué hacer esto?», «¿Por qué aquello?». Hijas mías, si por desgracia os encontrarais con alguna de esas, haced la señal de la cruz cuando la veáis; es un Judas; no hay que escucharla; quiere echar a perder a la Compañía y arruinarla por completo. Judas no sólo veía mal a Nuestro Señor, sino que tenía envidia de los apóstoles, de la Magdalena y de toda la religión católica, a la que quería arruinar. En fin, querer cambiar el orden que se ha establecido en la Compañía es querer arruinarla. ¡Ved lo que merecería esa persona!
Después de que el padre Vicente leyó lo que se refiere a la fundación de la Compañía y a los nombres de las oficiales, donde se hace mención de la obediencia que hay que tener a las órdenes de la superiora, nos dijo que había que ir o volver apenas nos lo ordenase la obediencia, sin escoger ni decir que se prefiere ir a un sitio o a otro.
Entonces la señorita Le Gras le dijo en voz baja que no había visto nunca a las hermanas faltar en esto y que siempre se habían mostrado dispuestas a ir y a volver cuando se les había ordenado.
¡Bendito sea Dios, hijas mías!, siguió diciendo el padre Vicente, me alegra mucho saber que es así. La señorita acaba de decirme que, cuando se os ha dicho: «Id», habéis ido; y cuando se os ha dicho: «Volved», habéis vuelto. ¡Animo, hijas mías, ánimo! Seguid así y dad gracias a Dios por la estima en que se os tiene. Y usted también, señorita, que ha dado este testimonio de alabanza a la Compañía, agradézcaselo. Si Dios no hubiera visto esto, ¿qué habría hecho? ¿Cuántas casas habéis visto en París que han desaparecido por faltar a esta sumisión? Tampoco la vuestra podrá subsistir a no ser por este medio ¡Animo, pues, hijas mías, ya que se os ha dado, fiesta de san Miguel, un testimonio que os obliga a alabar mucho a Dios!
Y reanudó la lectura de las reglas en el artículo en que se dice que las hijas de la Caridad «no se olvidarían de ellas mismas, a fin de que sirviendo a los demás se hagan dignas de recibir la recompensa que promete Nuestro Señor a los que hayan ejercitado la caridad; y para ello tendrán cuidado de mantenerse en estado de gracia», esto es, añadió, no tener ningún pecado mortal que remuerda en la conciencia, ni tampoco venial si es posible. Esto es lo que significa mantenerse en estado de gracia: sentir un gran odio contra el pecado mortal y huir de él como del demonio, y también del venial; y cuando se haya cometido alguno, confesarse lo antes posible, sobre todo si es mortal. No hay que acostarse nunca sin haberlo confesado.
El señor cardenal de la Rochefoucauld no podía sufrir en su conciencia la más pequeña cosa que le remordiera; incluso hacía que el confesor durmiera en su habitación; y apenas tenía un mal pensamiento, decía inmediatamente: «Padre, he pensado tal cosa; me la confieso con usted». Hijas mías, ¿qué es lo que obligaba a aquel santo varón a hacer esto, sino el odio al pecado? Por tanto, no os extrañéis que se os pida que huyáis del pecado mortal; porque nuestras bienaventuradas hermanas que han ido al cielo no sólo han tenido miedo del pecado mortal, sino también del venial, como si fuera la muerte. Las reglas siguen diciendo que las hijas de la Caridad intentarán adquirir y practicar las virtudes y observar las reglas comunes. Hijas mías, es lo que Nuestro Señor pide de vosotras, y tenéis que suplicarle muchas veces que os conceda la gracia de guardarlas bien.
Eso es todo lo que os decimos por ahora. Sólo me resta encomendarme a vuestras oraciones. Todos los días, en mis oraciones y en la santa misa, le pido a Nuestro Señor que conceda a las hijas de la Caridad la gracia de ser tan fieles a su vocación que le agraden siempre en ella. Concédenos, Señor, que estas pobres hermanas que recibimos en nuestra Compañía como enviadas por ti, procuren agradarte cada vez más por la práctica de las virtudes que pides de ellas. Esto es, mis queridas hermanas, lo que tenéis que pedir muchas veces a Dios, y yo le suplico que os conceda la gracia de practicarlo.







