(08.08.55)
Hijas mías, vamos a continuar con el tema que empezamos hace ocho días. No os voy a preguntar, sino que os diré solamente lo que se me ocurre sobre este tema, que es: 1.° las razones que tenéis para observar bien las reglas; 2.° las faltas que observáis contra ellas; 3.° los medios para observarlas bien en el futuro.
El primer motivo es que son de Dios, y él es su autor, pues – como dice san Agustín – todo lo que nos lleva al bien procede de Dios; y como nuestras reglas nos llevan al bien, es seguro que proceden de Dios y que están inspiradas por él.
El segundo motivo es que esas reglas están todas ellas distribuidas por la Sagrada Escritura, de donde se han recogido. Por consiguiente, son santas. Producen en vosotras dos efectos, el primero de los cuales es que os hacen llegar a lo que Dios pide de vosotras en calidad de buenas cristianas; y el segundo es que os hacen servir a los pobres de la manera que Dios pide de vosotras y tratar con el prójimo con espíritu de humildad y de caridad, especialmente entre vosotras. Todas vuestras reglas tienden a ello y os sirven como las alas a los pájaros para volar. Notad bien esto, mis queridas hijas, lo mismo que los pájaros tienen alas para volar, sin que les sirvan de estorbo, también las hijas de la Caridad tienen sus reglas, que les sirven de alas para volar a Dios; en lugar de resultarles un peso, ellas vuelan cuando las practican bien. Pero si una hija de la Caridad no tiene esas alas, que son sus reglas practicadas con fidelidad, se puede decir muy bien que está perdida. Sería de desear que tuviéramos los pensamientos y sentimientos del bienaventurado Juan Berckmans, al que considero un santo. Decía: «O morir o guardar las reglas+, pues las tenía en alta consideración.
El tercer motivo, hijas mías, es que son fáciles. No se os ordena ninguna cosa difícil, como en otras comunidades. Ved si son austeras las carmelitas; ayunan ocho meses al año, no tienen sábanas, se levantan a media noche, están casi siempre rezando. Las hijas de Santo Tomás hacen casi lo mismo, y son mujeres distinguidas, hijas mías, acostumbradas a vivir delicadamente en el mundo. A pesar de ello, su comida ordinaria es un par de huevos, y todas ellas se disciplinan y llevan la cadenilla y el cilicio muchas veces.
Las religiosas de Santa María, a pesar de ser de una orden menos austera, están obligadas por sus reglas a tomar la disciplina en común los viernes de cada semana. A vosotras no se os manda esto, hijas mías, a no ser que alguna tenga esta devoción de tomarla con permiso de los superiores. Ved entonces cuán culpables seríais ante Dios si, teniendo unas reglas tan fáciles, no las observaseis. Además, son suaves y ligeras, y quienes las aman no se sienten cargadas con ellas lo mismo que el pájaro con sus alas.
El cuarto motivo para inclinaros a la observancia de vuestras reglas de consejo es que no os obligan bajo pecado. Hijas mías, escuchad bien esto; hay que tener en cuenta esta distinción y comprenderla bien. Tenéis algunas reglas de mandato, que están sacadas de los mandamientos de Dios y de la Sagrada Escritura. Algunas de vosotras habéis hecho votos, y se peca al faltar contra esos votos; por ejemplo, cuando una hermana peca contra la obediencia debida a los superiores, en ese caso peca contra las reglas de mandato, y la Sagrada Escritura manda esta obediencia. Del mismo modo, las que cometen alguna falta contra la castidad, que no permite ni una sola mirada voluntaria por un mal fin, especialmente en las personas de otro sexo. Porque, desde que os consagrasteis a Dios por medio de los votos, no tenéis ya nada vuestro, ni siquiera vuestro espíritu, ni una sola mirada que no pertenezca a vuestro Esposo. Así pues, las hermanas que faltan a sus votos, pecan sin remedio. Por eso debéis tener cuidado con las ventanas por donde quiere entrar el mal. Una ojeada resulta a veces muy peligrosa. La que rompe la regla contra la pureza, la obediencia o la pobreza, peca mortalmente. Las hermanas que caen en faltas deben hacer penitencia y confesarse lo antes posible de ellas.
En cuanto a las reglas de consejo, no obligan bajo pecado, a no ser que haya desprecio. Por ejemplo, faltar a la regla de levantarse a las cuatro de la mañana, de acostarse a las nueve faltar al silencio, a ponerse de rodillas al entrar o al salir, todo eso son reglas de consejo. Faltar a ellas por fragilidad no es pecado; pero faltar por desprecio es un pecado, lo mismo que faltar a las reglas de los votos, sacadas de la Sagrada Escritura, ya que es una regla general que todo desprecio de un bien es un pecado mortal.
De ahí se sigue que, si una hermana dijera por desprecio: «¿Para qué levantarse tan temprano, fastidiarse tanto por el silencio y otras reglas, tener que dar cuenta a los superiores tantas veces?», pecaría gravemente y les daría a las demás muy mal ejemplo, siendo causa de que también ellas cayeran en el desprecio a sus reglas. Esa hermana sería un instrumento del infierno; no hay que escucharla, lo mismo que al demonio. Hay otras que son todo lo contrario; están tan apegadas a sus reglas que no las quieren dejar por nada del mundo. Por ejemplo, irán a decirle a una hermana: «Hay un enfermo que urge»; tiene que dejar la oración para ir a ayudar a aquel enfermo, y estaría mal que no fuese, a no ser que haya algún modo de hacer las cosas sin perjudicar al enfermo; pues hay cosas que pueden y deben dejarse para otra ocasión.
Finalmente, el medio para observar las reglas es ver que son como alas que os permiten volar hasta Dios. Por tanto, antes morir, Salvador mío, que faltar a las reglas. Si falto a ellas, propongo hacer alguna penitencia. Se puede examinar por la noche cuántas caídas se han tenido durante el día y, para acordarse mejor, poner un alfiler en la manga cuando una haya faltado. Un doctor, muy buena persona y amigo mío, tenía tan grande amor a sus reglas que decía: *Haré tantos nudos en mi cinturón cuantas faltas cometa en contra de mis reglas, pues apreciaba mucho su observancia. Si resulta que uno no ha faltado, ¡cuánto hay que agradecérselo a Dios!
Otro medio es pedirle a Dios la gracia y decirle: «Dios mío, si me permites pedir alguna cosa, te pido la gracia de observar bien mis reglas».
Otro medio es leerlas. Hasta ahora no las tenéis, pero con la ayuda de Dios se os darán. Los capuchinos las mandan leer todos los viernes, y lo hacen por la autoridad del Santo Padre, que les ordena esta lectura tan frecuente de las reglas para hacerles ver la necesidad que tienen de observarlas para su salvación. Seguramente, hijas mías, la lectura de las vuestras os es tan necesaria a vosotras, para vuestras perfección, como para ellos la lectura de las suyas.
El mismo Santo Padre ha dado a los sacerdotes de la Misión la facultad de fundar en Francia y en Saboya la cofradía de las damas de la Caridad. Pero como se ha visto que las damas no podían dedicarse al servicio de los pobres enfermos como sería su deseo, para suplirlo se creyó conveniente tener muchachas de humilde condición e instruirlas para ello; es lo que ha estado haciendo la señorita Le Gras durante veinticinco años con gran bendición de Dios; la primera de ellas murió de la peste en San Luis, por haber dejado por caridad que durmiera con ella una mujer apestada.
Esas muchachas tuvieron reglas y vivieron siempre bajo la observancia de las mismas. Al comienzo era una pequeña bola de nieve, pero esta pequeña Compañía ha ido aumentando y haciéndose tan agradable a Dios que se puede decir con certeza que es el dedo de Dios el que ha hecho esta obra, pues se extiende por todas partes. Sí, hermanas mías, vuestro nombre se extiende por tantos lugares que ha llegado hasta Madagascar y os esperan desde allí. Los padres que allí tenemos nos han dicho que sería de desear que hubiera allí hermanas de vuestra Compañía para ganar con mayor facilidad las almas de aquellos pobres negros. ¡Dios mío! ¡Hijas mías! Dios bendice vuestra Compañía y, si le sois fieles, la seguirá bendiciendo.
Quiero leeros ahora la aprobación de vuestra fundación por el señor arzobispo de París y la confirmación de la misma por el señor cardenal de Retz, su coadjutor, También os leeré vuestras reglas
Así lo hizo efectivamente y nuestras hermanas quedaron tan impresionadas que no podían contener sus lágrimas.
Luego añadió:
Hermanas mías, se ha creído oportuno que continuaseis con el nombre de sociedad o de cofradía, y así lo ha ordenado el mismo señor arzobispo, por miedo a que, si se os diese el nombre de congregación, os quisieran quizás en el futuro cambiar de casa en claustro y haceros religiosas, como ha pasado con las hijas de Santa María. Dios ha permitido que unas pobres muchachas sucediesen a esas damas (3). Y como es de temer que con el tiempo suceda que un mal espíritu quiera hacer algún cambio en esta sociedad y compañía, bien en sus hábitos, bien en su manera de vivir, o que intentase cambiar vuestro tocado o vuestro hábito, y os dijera: «¡Cómo! ¡Llevar ese tocado para ir a ver a los pobres! Tenéis que llevar una cofia y un pañuelo al cuello para cubriros», si alguno quisiera convenceros de estas cosas, mandadlo lejos de vosotras y decidle que queréis tener la corona que Dios había preparado para las hijas de Santa María. No consintáis nunca en ningún cambio de ninguna clase; huid de él como de un veneno y decid que ese nombre de cofradía o de sociedad se os ha dado para que permanezcáis en el primer espíritu que Dios ha dado a vuestra congregación desde su cuna. Hijas mías, os conjuro a ello con todas las entrañas de mi corazón.
Los religiosos de san Francisco hacían como vosotras. Al principio se ganaban ellos mismos la vida. Un día san Francisco, lleno de admiración por las grandes bendiciones que Dios derramaba sobre su orden, tuvo una visión del diablo que le dijo: «Yo destruiré tu orden; pondré en ella a personas distinguidas y de gran inteligencia, que la destruirán y acabarán con todas las buenas máximas que en ella se observan». En efecto, siempre ha habido necesidad de reformarla, para que veáis cómo las personas distinguidas son muy peligrosas en donde hay que observar una verdadera pobreza, ya que ello va en contra de su origen. No es que no haya entre vosotras algunas que cumplan muy bien con su deber, ¡bendito sea Dios!; pero, hijas mías, no recibáis jamás a esas personas, si no tienen voluntad de vivir según las reglas y máximas de vuestra Compañía, sin buscar jamás la vanidad.
Manteneos, pues, en el estado en que Dios os ha puesto; procurad conservar siempre vuestro primer espíritu de humildad y de sencillez. Puesto que Dios os ha escogido como escogió a san Francisco, para honrarle en vuestra condición pobre y humilde a los ojos del mundo, manteneos en ella y él os bendecirá.
También hemos de temer a esos espíritus que querrían convenceros de que fueseis bien vestidas y que despreciéis todo esto. Manteneos en el espíritu que tenéis. Dios os ha escogido para vivir de esta manera. Mis queridas hijas, ¿qué son vuestras reglas? ¿hay algo más ligero y más suave que la observancia de vuestras reglas que consisten en imitar a Nuestro Señor, que empezó a obrar, y luego a decir? Así es como debéis practicarlas.
Aquí están, mis queridas hermanas, vuestras reglas, para que se las enseñéis a la posteridad. Dad gracias a Dios de que os haya escogido para cosas tan grandes. ¿Podía caer sobre vosotras mayor bien que el ser del número de aquellos de los que dice el apóstol san Pablo: Quos praescivit et praedestinavit conformes fieri, etcétera: a quienes Dios ha escogido para ser predestinados los ha hecho semejantes a la imagen de su Hijo?.
Así pues, hijas mías, habéis sido escogidas por Dios para ser predestinadas, si sois fieles a la observancia de las reglas; no las habéis escogido vosotras, sino que Dios os ha escogido para que las cumpláis. Sois los apóstoles de la caridad. ¿Qué queda entonces sino dar gracias a su divina bondad por haberos escogido entre mil millones para ser sus esposas y para haceros semejantes a su Hijo? Habéis sido escogidas para que seáis el fundamento de vuestra Compañía. Hay que entregarse de corazón a Dios en acción de gracias por haberos escogido para que seáis sus esposas. Hay que entregarse a Dios para observar vuestras reglas. Lo que falta saber ahora es si queréis perseverar todas en esta observancia.
Todas las hermanas respondieron que sí.
El padre Vicente les preguntó de nuevo:
– ¿Aceptáis estos reglamentos?
– Sí, padre.
– Recemos a la santísima Virgen para que ella pida a su Hijo por nosotros, a fin de que nos dé las gracias necesarias para ello. Santísima Virgen, tú que hablas por aquellos que no tienen lengua y no pueden hablar, te suplicamos, estas buenas hijas y yo, que asistas a esta pequeña Compañía. Continúa y acaba una obra que es la mayor del mundo; te lo pido por las presentes y por las ausentes. Y a ti, Dios mío, te suplico por los méritos de tu Hijo Jesucristo que acabes la obra que has comenzado. Continúa tu santa protección sobre esta pequeña Compañía y esas bendiciones con que hasta ahora la has colmado, y concede a estas buenas hermanas la gracia de la perseverancia final, sin la cual no podrían conseguir ese mérito que espero les concederá tu bondad a todas las que sean fieles a su vocación.
Benedictio Dei Patris…







