Vicente de Paúl, Conferencia 068: Sobre la observancia de las reglas

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(01.08.55)

Primer punto: razones que tenemos para observar bien las reglas.

Segundo punto: faltas que se han observado contra la observancia de las reglas.

Tercer punto: medios para observar bien las reglas.

Mis queridas hermanas: el tema de esta conferencia es sobre vuestras reglas y las nuestras. Veamos las razones que tenemos para observarlas.

Una hermana dijo:

Padre, me parece que una razón que tenemos para observar las reglas es que va en ellas la gloria de Dios y la edificación de nuestro prójimo.

– Hermana, ¿cree entonces que la gloria de Dios consiste en observar bien las reglas?

Sí, padre.

– Hijas mías, ¡qué importante es para la salvación de nuestras almas observar bien las reglas! Y usted, hermana, ¿qué razones tenemos para observar bien las reglas?

– Padre, me parece que es ése el medio para hacernos semejantes a Nuestro Señor, que no vino al mundo más que para observar las reglas que su Padre le dio. En segundo lugar, creo que nuestras reglas no son más que amor y que, por consiguiente, hay que ser fieles por amor.

– Hija mía, debe darle gracias a Dios por haberle inspirado tan hermosos pensamientos. ¡Bendito sea Dios! ¡Dios le hace un gran regalo a una hermana cuando le da la gracia de ver que guarda sus reglas al levantarse, al acostarse, en el silencio y en todas las demás prescripciones. ¡Dios mío! ¡Qué consuelo para una hermana que es fiel a las reglas! ¡Que la ame Nuestro Señor! Jamás esposo alguno ha mirado con tanto cariño a su esposa como mira Nuestro Señor a una hija de la Caridad que observa bien sus reglas. Por ejemplo, si fuera voluntad de Dios que tuvieseis que asistir a un enfermo en domingo, en vez de ir a oír misa, aunque fuera obligación, habría que hacerlo. A eso se le llama dejar a Dios por Dios. Hermanas mías, ¿hay en el mundo algunas personas que tengan mejores medios para avanzar en la perfección que vosotras, que tenéis reglas tan fáciles? Así pues, es un gran consuelo poder decir: «Yo guardo bien mis reglas». Por el contrario, ¡qué remordimientos de conciencia tiene uno y cuánta culpa si no las observa! Con esto basta para el primer punto.

Veamos el segundo, que es sobre las faltas que se han observado contra las reglas. Hermana, ¿qué faltas ha observado usted en general que se cometen en la Compañía contra las reglas?

– Padre, he observado que en la parroquia se falta a lo de levantarse a las cuatro; yo misma he faltado mucho en ello. No nos acostamos a la hora debida.

– Hermanas, procurad ser exactas en esto. No hay nada tan importante como levantarse por la mañana a la hora señalada, porque de eso depende todo el resto. de la jornada. No sé si lo cumplen bien las hermanas de otras parroquias.

Hermana, ¿se levantan ustedes a las cuatro?: le preguntó a otra.

– Padre, yo soy muy descuidada en esto; le pido perdón a usted y a todas las demás hermanas.

– ¡Dios la bendiga, hermana! Pediré por usted en la santa misa.

Le preguntó a otra:

Dígame, hermana, ¿en casa de ustedes son fieles a la regla de levantarse a las cuatro?

– Yo no falto en eso, padre; pero falto mucho al silencio.

– Hija mía, el silencio es de mucha importancia. Yo aprecio mucho a los religiosos que guardan el silencio. Pero ¿qué digo, hijas mías? ¿compararos con las religiosas? Os creo inferiores a ellas. Así pues, el silencio sirve para hablar con Dios; en el silencio es donde él comunica sus gracias; fuera del silencio no nos habla; pues las palabras de Dios no se mezclan con las palabras y el tumulto de los hombres. Hijas mías, ¿no queréis por fin ser cumplidoras en esto?

Todas respondieron que sí, y él dijo: ¡Bendito sea Dios, hijas mías! ¡Que él os dé la gracia de hacerlo así!

Hermana, ¿ha observado usted alguna otra falta en la Compañía contra las reglas?

– Padre, en lo que a mí toca, yo falto mucho en levantarme.

– Es por causa de su enfermedad, hija mía. ¿Hace usted la oración?

– Sí, padre.

– ¡Bendito sea Dios!

¿Y usted, hija mía?, dirigiéndose a otra, ¿qué ha observado?

He notado que falto al silencio y que no tengo abertura de corazón con mis superiores, y también que falto a lo de levantarme a las cuatro.

– No me cansaré de deciros, hijas mías, que las hijas de la Caridad tienen que guardarse mucho del espíritu de doblez. Hay que decirlo todo a los superiores con sencillez. No hay nada que no se deba decir; aunque no es necesario decírselo a todos. ¿Sabéis, hermanas mías, dónde habita Nuestro Señor? En los sencillos de corazón. Por tanto, no hay que ocultar nada. Decir una cosa y no la otra: jamás una hija de la Caridad tiene que obrar de ese modo con los que ocupan para ella el lugar de Dios. Al contrario, hay que decir el bien y el mal, tal como son. El mundo empieza a conocer que ese espíritu de sencillez se muestra en la Compañía. Si no en todas, al menos en la mayor parte de ellas. ¡Bendito sea Dios, hermanas mías! Alabo a su bondad por haber elegido en estos últimos tiempos a unas pobres y sencillas mujeres para la última de las Compañías de su iglesia.

– Padre, dijo una hermana, le ruego que me diga si está mal que la hermana sirviente salga sin decírselo a la otra hermana.

– Ha hecho usted bien en preguntar eso; es algo importante. Sí, hijas mías, hay que decir adónde se va. Si no está allí la hermana, que se lo diga a los vecinos

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