Vicente de Paúl, Conferencia 067: Sobre la obediencia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(23.05.55)

Mis queridas hermanas, el tema de esta conferencia es de la obediencia. El primer punto es de las razones que tenemos para aplicarnos a una perfecta obediencia y para hacerlo todo por obediencia; el segundo punto, de las señales que harán ver si tenemos esta perfecta obediencia; el tercero, de los medios para adquirir esta perfecta obediencia y hacerlo todo por obediencia.

Así pues, trataremos hoy de la virtud de la santa obediencia, que es la virtud de Nuestro Señor, la virtud propia de nuestro Salvador, pues la practicó durante toda su vida hasta la muerte (1).

– Hermana, ¿qué razones tenemos para aplicarnos a una perfecta obediencia?

– Padre, creo que lo que nos obliga a la obediencia es el ejemplo de Nuestro Señor.

– Hermana, cuando se responde aquí, hay que decir primero: el tema de la conferencia es tal, como hoy, de la obediencia; y luego las razones que tenemos para ser muy obedientes. Después de repetir los tres puntos, hay que decir los pensamientos que Dios le haya dado. Así es como hay que responder, hermanas.

Esta hermana ha dicho una razón por la que hemos de aficionarnos a la virtud de la obediencia: el ejemplo de Nuestro Señor. ¿Alguna otra razón, hermana?

– Padre, sobre el tercer punto, creo que un medio para adquirir esta virtud es pensar que en todo lo que he hecho por mi propia voluntad no he tenido nunca éxito.

Otra hermana respondió que, para obedecer como es debido, hay que creer que es Dios el que nos manda por medio de nuestros superiores.

Otra razón por la que Dios nos manda esta obediencia es que, al habernos llamado a la Compañía, estamos doblemente obligadas a ella. Añadió que era éste un buen medio para perseverar en la vocación.

Esta hermana, por tener el corazón lleno de pena, se excusó de no poder hablar más, aunque tenía otras ideas, y dijo que ella no había obedecido nunca.

– Bueno, bueno, hija mía; Dios le dará la gracia de obedecer en adelante. Tiene razón. Un motivo que nos obliga a la obediencia es que sin ella no podéis perseverar en vuestra vocación; apenas desapareciera la obediencia de entre vosotras, adiós a la pobre Caridad, estaría muerta. Pero mientras siga en pie esta santa práctica en la Compañía, todo irá bien. Y una señal para conocer si una hermana tiene la virtud de la obediencia, es que no tiene repugnancia en hacer lo que le ordenan los superiores, que está dispuesta a ir a cualquier parte, a volver cuando se le dice, que no está apegada a lo que hace cuando se le manda dejarlo. Esa es una verdadera señal. Pero criticar lo que dicen los superiores, murmurar de sus decisiones, decir que una cosa está mal ordenada, eso es una señal de desobediencia.

Pues bien, hermanas mías, mientras la Compañía tenga esta santa virtud, permanecerá en pie; pero cuando le falte, vendrá la decadencia. Pues, lo mismo que la iglesia no subsiste más que por la obediencia de los obispos al papa, de los párrocos a los obispos, y así en lo demás, del mismo modo todas las comunidades, y especialmente la vuestra, necesitan para perseverar esa obediencia de las inferiores a las superioras, especialmente en las antiguas. ¡Vosotras, las antiguas, cuánto tenéis que preocuparos de edificar a las nuevas! Aunque esto les conviene a todas, son sin embargo las mayores las que están más obligadas; pues la gente dice: «Tal hermana hace esto; yo también lo haré; si fuera malo, no lo haría». Eso es, hermanas mías, lo que dirán las nuevas.

Hermana, ¿qué señales hay del vicio contrario a esta virtud?

– Padre, creo que el tener apego a nuestra propia voluntad es lo que nos impide seguir la de Dios y la de los superiores.

– Bien dicho, hija mía. El apego a la propia voluntad. Me dicen que vaya acá o allá, pero estoy tan apegado a mi voluntad que no quiero ir; me prohíben hacer tal cosa, y yo me empeño en hacerla por creer que esa prohibición no es justa. Cuando se llega a ese punto, viene la ruina de las comunidades.

Usted, hermana, ¿nos dice alguna razón sobre la obligación de la obediencia?

La hermana respondió poco más o menos lo mismo y dijo además que habíamos venido a la Compañía a obedecer; que como ésa había sido nuestra intención al principio, teníamos que continuar en esta práctica, y que un medio para ayudarnos a ello es preguntarnos con frecuencia por qué habíamos venido a la Compañía.

– ¡Bien dicho, hija mía! Ese es un buen medio para excitarnos a la práctica de esta santa virtud. San Bernardo se hacía muchas veces esa misma pregunta, sobre todo cuando sentía alguna repugnancia a la práctica de esta virtud. Se preguntaba diciendo: «Bernardo, Bernardo, ¿por qué has entrado en religión? ¿Ha sido para mandar? ¿Ha sido para hacer tu voluntad o para andar con delicadezas? Ni mucho menos. Ha sido para obedecer, para renunciar a tu propia voluntad y para no ahorrar esfuerzos».

Eso es, hermanas mías, lo que se decía aquel gran santo para excitarse al cumplimiento del deber, y lo que deberíamos hacer nosotros. Un gran medio para progresar en la virtud es preguntarse con frecuencia: Francisca, Juana, María, por qué has venido aquí? ¿Ha sido para hacer tu voluntad y vivir libremente? No, no tenías esa idea cuando dejaste el mundo, si hubieras pensado así, estarías equivocada. Pues si he venido aquí para servir a Dios en la forma que él lo pide, ¿por qué no lo voy a hacer?

Hermanas, es una gran locura haber venido a un sitio a obedecer y no querer luego hacerlo. Los obreros van al taller para trabajar, los alumnos van a la escuela para aprender; ¿y vosotras habéis venido aquí a no hacer nada, o al menos a no hacer más que lo que queréis y como queréis? Si es así, tened miedo de que Dios os quite sus gracias para dárselas a otras más fieles que vosotras. Por eso decidámonos desde ahora a hacerlo todo por obediencia y digamos en nuestro interior

«Dios mío, tú me has hecho el favor de ponerme en una Compañía que se gloría de pertenecerte, para obedecer a los que has puesto como directores. ¿Y voy a hacer yo todo lo contrario? ¡Cómo! ¿Acaso los alumnos van a la escuela para convertirse en bestias? AL contrario, van allá para aprender y en ello ponen todo su esfuerzo; ¿y tú no cumplirás con tu deber para agradar a Dios? Desde ahora quiero ser más fervorosa para hacer lo que se pida de mí».

Bien, hijas mías, estoy muy contento de haber escuchado vuestros pensamientos. Pero, antes de pasar adelante, hemos de saber que estamos compuestos de dos hombres: de Adán que de justo que era se convirtió en pecador por su desobediencia y fue despojado de todos los dones de la gracia que Dios le había concedido, y de Jesucristo, que vino a salvar a los que se habían perdido por su propia voluntad. Lo repito: en nosotros hay dos espíritus, el del hombre viejo y el del hombre nuevo. El primero quiso hacer su propia voluntad y hacerse independiente del mismo Dios; por eso le dijo la serpiente: «Seréis como dioses» (2); y al obrar de aquel modo, nos perdió a todos con él. El nuevo Adán, Jesucristo, vino del cielo a la tierra para hacerse obediente y contrario en todo al primero. Ved la diferencia que hay entre los dos. El nuevo busca hacer la voluntad de su Padre, y el viejo la suya propia; el nuevo se somete hasta a sus inferiores, el viejo no quiere someterse a su Creador; en fin, el nuevo no intenta más que quebrantar su propia voluntad, como nos lo enseñó en el huerto de los olivos (3), mientras que el Adán viejo sólo ansía hacer su propio gusto.

Pues bien, una persona que ama la obediencia, que quebranta su voluntad, indica que tiene el espíritu de Nuestro Señor. Si queréis saber si una hermana de la Caridad tiene el espíritu del nuevo Adán, ved si es obediente; ésa es una buena señal. Pero si le gusta hacer su voluntad en todas sus acciones, ésa es la señal del viejo Adán, o mejor dicho la señal del diablo; y bastaría con estar bien convencido de esta verdad para no hacer nunca nada por ese maldito espíritu diabólico, que no es más que la propia voluntad. Esa es, por tanto, la primera razón para obligarnos a la práctica de la santa obediencia: que las hermanas que aman la obediencia tienen el espíritu de Nuestro Señor.

La segunda es que hay un doble mérito en hacer las buenas acciones por obediencia. Esto es tan seguro que no cabe duda de ello. Y no sólo las buenas obras adquieren una nueva belleza, sino que las indiferentes se hacen meritorias cuando se hacen por obediencia. Por ejemplo, cuando vais a servir a los pobres, es una buena obra, que es meritoria de suyo. Pues bien, si la hacéis por obediencia, es doble mérito; es como un bajorrelieve que la hiciera más brillante; es como si se añadieran unas piedras preciosas sobre otras.

Imaginaos, para entender bien esto, que os hacen un hábito de rico tafetán. Aunque no hubiera otra tela sería un hermoso hábito. Pues bien, si a ese tafetán se añade otro, son dos tafetanes juntos. Y entonces es más bonito que antes. Pero añadid a todo ello un buen bordado de oro y tendréis dos bellezas a la vez: la tela y el oro. Pues bien, hermanas mías, lo mismo pasa con las obras hechas con obediencia. ¡Qué consuelo para las hijas de la Caridad! No hacéis más que una acción y tenéis dos clases de recompensa.

Más todavía. Como ya os he dicho, hacer una obra indiferente, como beber, comer, descansar, pasear, todas esas obras que no son nada, la obediencia las hace meritorias y más agradables a Dios que las obras buenas hechas sin obediencia. Es una piedra filosofal. Todo lo que toca, lo convierte en oro. Las obras buenas hechas sin esa virtud no son agradables a Dios. Entonces conviene no hacer nada sin obediencia. Conozco personas muy distinguidas que no hacen nada sin obediencia. Un consejero de la corte, que fue hugonote, amaba tanto a la obediencia desde que se convirtió que consultaba a su lacayo cuando tenía alguna cosa que hacer, para poder gozar de ese mérito de la obediencia en sus acciones. Cuando había que ir a algún sitio, le preguntaba si había que ir por tal camino. Hermanas mías, ¡un hombre del mundo hacía eso! ¡Qué confusión para nosotros, que tenemos tantos medios para progresar en la virtud y no hacemos caso de ellos!

¡Dios mío! ¡que haya pobres hijas de la Caridad que pierden mucho por su culpa! Sirven a los pobres, van y vienen, se matan por no hacer nada, puesto que siguen su propia voluntad. Hijas mías, haced todo lo que queráis, pero vuestras mejores obras no serán meritorias sin esta virtud. Es preciso reconocer que hay grandes bienes en la obediencia, ya que el Hijo de Dios quiso hacerlo todo por obediencia y fue tan sumiso que prefirió morir antes que faltar a la obediencia. Y, por el contrario, hay grandes males en el vicio opuesto.

Se dice en la Sagrada Escritura (4) que cuando Saúl quiso presentar batalla intentó ofrecer un sacrificio a Dios para obtener la victoria. Le hubiera gustado que viniera el profeta a ofrecerlo personalmente, pero como no vino el profeta lo ofreció él mismo. Mas como no estaba ordenado por Dios, para este oficio, su sacrificio no le agradó y Saúl fue condenado por Dios, por haber obrado sin obediencia. Apenas hizo él aquella acción por su propia voluntad, Dios mandó elegir otro rey en su lugar; y nos dice la Escritura que Saúl fue reprobado. Esto nos demuestra que las buenas obras hechas por propia iniciativa y sin obediencia son inútiles y hasta perjudiciales.

Si este ejemplo no os hace tener miedo de tamaña desgracia, no sé qué os podría impresionar. ¡Cómo! ¡Aquel rey se vio reprobado por haber hecho una obra buena por amor de Dios! ¿Qué hemos de temer nosotros si hubiera alguna en la Compañía que estuviese apegada a su propia voluntad? ¡Sería un demonio, ya que no habría demonio ni infierno si no existiera la voluntad propia!

Habrá algunas que quieran ayunar para satisfacer su gusto y su capricho, para ser tenidas por más virtuosas que las demás

pues, cuando uno intenta singularizarse, de ordinario es para ser más estimado. Otras querrán ir a ver a aquel pobre; y tanto si se les permite como si no, ellas irán porque quieren. Otras se pondrán a rezar mucho sin permiso. Son sacrificios que son de suyo buenos, pero como se hacen por propia voluntad Dios no los quiere. Digamos en este instante, y yo lo diré con vosotras: «Dios mío, si el viejo Adán quiere que yo haga mi voluntad, Jesucristo quiere por el contrario que siga la de mis superiores. Así lo haré en adelante, con ayuda de tu gracia que te pido para ello».

Otra razón es que, si hacéis las cosas por obediencia, podéis estar seguras de que cumplís la voluntad de Dios. No cabe duda de ello, pues ha dicho: «El que os obedece, a mí me obedece» (5). Y por consiguiente el que os desobedece, a mí me desobedece. ¡Qué consuelo para las buenas almas aficionadas a esta santa virtud estar seguras de que cumplen la voluntad de Dios! Consolaos vosotras, las que sois fieles a la obediencia. Pero las que os encontréis con el espíritu contrario y no os sintáis inclinadas a obedecer más que cuando lo que se os manda está de acuerdo con vuestra voluntad, como se ve cuando obedecéis en unas cosas y no en otras, ¡ay!, tened miedo no sea que, en vez de cumplir la voluntad de Dios, cumpláis sólo la vuestra o, mejor dicho, la voluntad del demonio.

Podéis decirme: «¿Cómo es posible que se trate de la voluntad de Dios, si es sólo la de mi superiora, o la de una hermana que no es más que yo, que es una pobre aldeana, que entró en la Compañía mucho después que yo?». ¡No importa! Desde el momento en que esa hermana ha recibido el poder de mandaros, cumplís la voluntad de Dios cuando la obedecéis.

«¡Pero si es una hermana que no vale más que yo, que no tiene mucha inteligencia y que no me resulta simpática!». Estáis obligadas a someteros a ella. Es Dios el que lo dice, y es un artículo de fe del que no hay que dudar; y si faltáis a ello, ofendéis a Dios.

Estoy seguro de que todas diréis: «¡Ay! Yo no pensaba en eso cuando me ordenaba tal cosa, pues entonces habría obedecido prontamente. ¡Dios mío! Veo que la virtud de la obediencia es tan agradable a tus ojos que todas las acciones hechas por esta virtud adquieren una nueva belleza y un relieve que las hace agradables a Dios. Por eso deseo que me concedas la gracia de no obrar más que por obediencia para tener esta seguridad de que hago siempre tu santa voluntad».

Padre, ése es el primer punto. Pero díganos las señales de una hermana obediente. – Hijas mías, una señal de la obediencia es cuando se hace todo lo que se ordena. Una hermana que hace sólo lo que le gusta y lo que quiere, que dice: «No quiero hacer esa cosa porque no me gusta», o bien la hace a su manera y se somete, pero diciendo: «Haré esto o aquello, pero comprendo que es inútil», esa hermana tiene un espíritu desobediente.

Cuando el Padre eterno quiso enviar a su Hijo al mundo, le propuso todas las cosas que tenía que hacer y padecer. Ya conocéis la vida de Nuestro Señor, cómo estuvo llena de sufrimientos. Su Padre le dijo: «Permitiré que seas despreciado y rechazado por todos, que Herodes te haga huir desde tus primeros años, que seas tenido por un idiota, que recibas maldiciones por tus obras milagrosas; en una palabra, permitiré que todas las criaturas se pongan contra ti».

Eso es lo que el Padre eterno le propuso al Hijo, que le respondió: «Padre, haré todo lo que me mandes». Esto nos demuestra que hay que obedecer en todas las cosas en general.

Hay algunas que quieren obedecer en las cosas fáciles de hacer y que son según su capricho. No basta con eso. Hay que obedecer en todas las cosas y a todos aquellos que tienen poder para mandaros. Basta con que sepamos que han recibido ese poder, para que tengamos que someternos a ellos.

Esta es la segunda señal de la perfecta obediencia: someterse a toda clase de superiores, a una hermana que no tiene mucha prestancia, lo mismo que a otra que nos resulta simpática. Y no sólo hace esa virtud que nos sometamos a los superiores, sino también a los iguales e inferiores, considerando a todos como superiores a nosotros. Es lo que nos ordena san Pablo.

Otra señal es obedecer con puntualidad, esto es, hacer las cosas tal como se ha ordenado. Hay ciertamente algunos que hacen lo que les han dicho los superiores, pero a medias. No es eso lo que hay que hacer para obedecer perfectamente.

Además, la obediencia tiene que ser voluntaria y no a la fuerza y a disgusto. Si se presenta alguna cosa que hacer, hay que abrazarla de todo corazón y bien dispuestos, de forma que el gozo interior que se sienta por obedecer se muestre en nuestro rostro y en nuestra actitud.

La quinta señal de una perfecta obediencia es cuando se sigue la intención de los que nos ordenan alguna cosa. Por ejemplo, os envían a algún recado, y entonces se presenta alguna dificultad en su ejecución; ¿qué hacer para cumplir bien? Mirad la intención de la superiora y seguidla, sin decir que estaría mejor de otra manera y sin consultar a vuestro capricho.

Una sexta señal de esta virtud es hacer nuestras acciones por complacer a Dios, sin buscar en ellas la alabanza y el aplauso de los superiores ni de alguna otra persona, sino sólo para seguir la voluntad de Dios, que se encuentra en la obediencia.

La séptima señal es cuando uno somete no sólo su voluntad, sino también el juicio, creyendo que lo que se nos dice está bien ordenado. Hay algunas que someten ciertamente su voluntad, pero no quieren someter el juicio. ¿Qué significa someter el juicio? Significa que, cuando os mandan hacer un voto que os repugna o que no os parece bien, hay que renunciar inmediatamente a vuestro juicio particular y buscar razones para convenceros de que la cosa está bien de la forma en que se os ordena.

En fin, mis queridas hermanas, una verdadera señal de la santa obediencia es perseverar en ella hasta el fin. Hay algunas que se muestran muy obedientes al principio, pero se relajan al final. Cuando entran, parece que hacen maravillas; lo encuentran todo bien; nada les parece difícil o imposible. Pero cuando han estado algún tiempo con las demás, empiezan a descuidarse y demuestran que no tienen la perfecta obediencia.

Estas son, hijas mías, las ocho condiciones necesarias para ser perfectamente obedientes. Quienes las tengan pueden estar seguras de que lo hacen todo a gusto de Dios y de que cuanto hagan será agradable a Nuestro Señor y merecerán una doble recompensa. Sí, es un brillo que hace a sus acciones más agradables a los ojos de su Esposo. Sí, mis queridas hermanas, porque Dios se complace en mirar a las almas deseosas de agradarle en todas sus acciones, a las hijas de la Caridad que son puntuales en la obediencia y que no tienen más motivo que complacer a su bondad. Indudablemente Nuestro Señor se recrea en esas almas y les concede muchas gracias.

Me diréis: «Padre, todo eso es muy bonito; pero ¿qué medios hay para adquirir esa perfecta obediencia?». Mis queridas hijas, el medio de adquirir esa virtud las que no la tengan y perseverar las que la tengan, es el siguiente.

Primero, como se trata de un don de Dios, hay que pedírselo con insistencia, importunarle hasta que nos conceda esa gracia. Dios mío, concédeme la gracia de que no haga nada según el viejo Adán, que no quiere más que seguir su voluntad y sus inclinaciones. Concédeme que todas mis acciones, mis palabras y mis intenciones sean conformes con el ejemplo que tu Hijo nos ha dejado. Pues bien, Jesucristo ha sido obediente a su Padre en todo; y los santos dicen que es la obediencia del Hijo de Dios lo que fue la causa de su entrada en la gloria, ya que, si no hubiera cumplido las órdenes de su divino Padre, no habría recibido la recompensa que recibió después de morir.

El segundo medio es considerar en nuestro interior  – me lo digo yo a mí mismo, pues tengo mis superiores lo mismo que vosotras –  es considerar cómo obraba Nuestro Señor, y preguntarle: «Señor, ¿hacías tú alguna cosa sin la obediencia? Cuando querías hacer algo, ¿le pedías permiso a tu madre y a san José?». Y os responderá que sí; y con estas consideraciones os animaréis a la obediencia.

Otro medio es considerar a los buenos servidores, que están tan dispuestos a hacer lo que les dicen sus amos, la obediencia de los soldados a su capitán, pues esto debe ser para nosotros un motivo poderoso. ¿Estará uno más dispuesto a servir a los hombres que a Dios? Los criados que no tienen más finalidad que complacer a sus amos ¿serán más puntuales que yo, a pesar de que sé muy bien que, si hago mis acciones por obediencia adquiero doble mérito? ¡No será así! Hace veinte años que estamos en guerra; no he oído decir nunca que un soldado haya desobedecido a su capitán; más aún, jamás lo he visto en la historia de Francia.

Hijas mías, otro medio es pensar con frecuencia en lo que se ha dicho. Imaginaos toda la belleza, toda la bondad y toda la perfección que os plazca; todo eso se encuentra en la obediencia, pues la obediencia es una de las acciones que más agrada a Dios. Más aún, si desobedecéis, obráis como el diablo. Sí, las hijas de la Caridad que siguen su propia voluntad actúan como el diablo, que no hace ni puede hacer otra cosa más que desobedecer. Al contrario, las que sólo piensan en cumplir la voluntad de Dios por medio de su sumisión a sus superiores, están seguras de que agradan a Nuestro Señor. Mirad a ver lo que preferís: o hacer como Nuestro Señor u obrar como el demonio. No dudo de que preferiréis tener el espíritu de Dios más que el del diablo, que es el espíritu de desobediencia.

Pues bien, después de todo lo dicho, una de las razones que más os debe impresionar es lo que me decía un buen siervo de Dios: «Pienso con frecuencia en la caridad de esas buenas damas, en el alivio que proporcionan a los pobres, en las hijas de la Caridad que trabajan en ello. ¿Sabe usted, padre, que forman todo un hospital los pobres que asisten esas hermanas y que eso supone un gran alivio para el Hotel-Dieu, que de esta manera se ve descargado de los dos tercios de pobres que tendrían que acudir allá si les faltase esa caridad?». Ved, hijas mías, lo que decía esa persona. Tendrá que haber hecho un cálculo de los pobres a los que servís. Pues bien, Dios ha hecho también ese cálculo por vosotras. Por eso, humillaos profundamente y juzgaos indignas de tantas gracias.

¡Dios mío! ¿cómo se te ha ocurrido hacer la compañía de la Caridad? Tú no dijiste nada; nadie pensaba en ello, y tú decidiste hacer esta obra. Quisiste, Dios mío, hacer otra especie de Hotel-Dieu, pero mayor, que pudiera atender a los dos tercios del de París. ¡Seas bendito para siempre!

Las antiguas que están desde el principio saben cómo fue aquello y que no procedió de los hombres. Y como están desde el principio, están más obligadas a una mayor perfección. ¡Ay, antiguas! ¡Ay, antiguas! ¿qué es lo que hacéis cuando vuestras acciones desmienten vuestra antigüedad? ¿Qué le diréis a Dios cuando os pida cuentas de vuestros pensamientos, palabras y acciones, especialmente de las que hayan desedificado a las recién venidas?

¿Y yo, miserable? ¿Qué diré por haber escandalizado tanto a los más jóvenes? Tenéis que saber que la ancianidad no se mide por la cantidad de años, sino por la virtud.

Aquel buen señor me decía también: «A veces vemos en nuestra casa a las hijas de la Caridad, incluso a algunas hermanas que sólo llevan allí tres o cuatro meses. Quedamos asombrados al verlas tan despegadas de todo, tan indiferentes, tan sumisas. En fin, es admirable cómo Dios modela a esas almas en tan poco tiempo». Esto es para que veáis, mis queridas hermanas, cuánto quiere Dios a esta Compañía, pues derrama en tanta abundancia sus gracias sobre ella, y para que sepáis la obligación que tenéis de ser fieles a Nuestro Señor.

Señorita, ¿quiere decirnos lo que haya pensado sobre este tema?

– Padre, hay varias razones que deben excitarnos a practicar una exacta obediencia, incluso en la naturaleza, pues vemos cómo, si las criaturas  – incluso las más insensibles –  no obedecieran a las órdenes de Dios, todo se vendría abajo; lo mismo pasa en los asuntos civiles, todo se destruiría si los inferiores no fueran obedientes con sus superiores. Las sociedades humanas no subsisten si no es por la obediencia imperceptible de sus partes.

Pero las comunidades cristianas, especialmente la de las hijas de la Caridad, tienen razones muy concretas y necesarias para afanarse en una exacta y ordinaria obediencia.

La primera es la obediencia que Dios les pidió a los primeros hombres en la creación, y la pérdida de su felicidad por haber faltado a ella (8).

Otra razón es el ejemplo del Hijo de Dios en todas las acciones de su vida, y lo que se dice de él que fue obediente hasta la muerte más ignominiosa, junto con los honores que recibió su humanidad, lo cual nos demuestra que se debe a su voluntaria obediencia y no a constricción alguna.

Otra razón es la utilidad de la obediencia, ya que ella nos libra de toda falta, nos hace obrar siempre bien, aunque seamos necias e incapaces.

En el segundo punto, las señales de que deseamos esta gran virtud de la obediencia y de que nos afanamos en practicarla, es prescindir libremente de nuestra voluntad para hacer la de los demás, no hacer nada de lo que no estemos enteramente seguros que verían bien nuestros superiores, si tuviéramos ocasión de pedirles permiso.

En el tercer punto, un medio que me parece muy adecuado para adquirir la práctica de esta virtud es tenerla en gran estima; considerarla como una ayuda muy poderosa para ser siempre agradables a Dios mediante la unión de nuestra voluntad con la suya.

Otro medio es no ser obstinadas en nuestras opiniones en las cosas indiferentes y acostumbrarnos a seguir más bien los sentimientos y la voluntad de los otros cuando no nos lo impida nada que importe para la gloria de Dios.

Un medio algo más alejado es acostumbrarnos a las humillaciones, ya que la obediencia es hija de la humildad.

Un buen medio para adquirir el hábito de la obediencia es obedecer con prontitud, sin escuchar los razonamientos de nuestro espíritu.

Otro medio es no apreciar nuestra propia gloria, ni nuestras satisfacciones, acordándonos de que Nuestro Señor no buscó más que la gloria de su Padre.

Pero como nuestro amor propio nos pone muchas veces en la ignorancia y en la ceguera, el medio más seguro es pedirle a Dios esta virtud de la forma que él quiere que la practiquemos.

Luego, nuestro venerado Padre le preguntó sus pensamientos a una hermana, y ésta dijo:

– Las razones que me obligan a la obediencia son, primero, el ejemplo de Nuestro Señor, que fue obediente hasta la muerte de cruz. Y como no tenemos más modelo que a él, estamos más obligadas que nadie a imitarlo.

La segunda razón es que una persona desobediente da muy mal ejemplo, especialmente una hija de la Caridad, a todas las demás, v de esta forma atrae la maldición pronunciada contra los que dan escándalo.

La tercera es que estamos seguras de cumplir la voluntad de Dios, cuando cumplimos la de los superiores.

En el segundo punto, he pensado que tenemos esta perfecta obediencia cuando hacemos prontamente lo que se nos manda, sin querer terminar la obra que estamos haciendo antes de ir adonde se nos envíe.

Otra señal es cuando obedecemos de la misma manera a una hermana que a otra, sin mirar si nos es simpática o no.

La tercera señal es la perseverancia, que hace que una no se canse de cambiar varias veces de ocupación y que deje de buena gana las cosas que está haciendo, para abrazar otras que resultan menos agradables.

El medio para adquirir la obediencia, según creo, es acostumbrarse a ser diligente, incluso en las cosas pequeñas, porque así llegaremos a adquirir el hábito de la virtud de la obediencia, y luego será más fácil obedecer en todo lo demás.

Otro medio es ver a Dios en la persona de los que nos mandan hacer alguna cosa.

El tercero es rechazar con prontitud las pequeñas repugnancias que a veces se nos presentan, haciendo las cosas con tanta mayor prontitud cuanto más repugnantes nos parecen.

Nuestro venerado padre, estando a punto de concluir, le dijo a una hermana que por timidez no se había atrevido a contestar a sus preguntas:

Hermana tal, pida perdón por la desobediencia que acaba de cometer cuando se le preguntó y no respondió nada, y por el mal ejemplo que ha dado a la Compañía. Así lo hizo la hermana. Luego dio brevemente su bendición.

Benedictio Dei Patris…

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