(03.31.55)
El primer punto de esta conferencia es sobre las razones que tenemos para practicar la mortificación de los sentidos y de las pasiones; el segundo dirá en qué consiste y en qué casos hay que practicarla principalmente; el tercero, qué medios hemos de utilizar para este efecto.
Este es, hermanas mías, el tema de esta conferencia, en la que veremos qué importancia tiene entender lo que quiere decir mortificación interior, o en otras palabras mortificación de las pasiones.
Hermana, ¿qué razones tenemos para practicar la mortificación de nuestros sentidos y de nuestras pasiones?
– Padre, la obligación que tenemos de edificar al prójimo, y no lo podemos hacer sin esta práctica.
– Y usted, hermana, ¿cuál es el oficio de la mortificación?
– Me parece que es el de sujetar la naturaleza a la gracia.
– Bien dicho, hermana; me consuela escuchar esa frase. Pero para explicarla con mayor claridad, hemos de saber que hay dos cosas en el hombre: la parte inferior y la superior. La primera nos hace semejantes a las bestias, ya que esa parte es totalmente animal; por eso comemos, bebemos, caminamos y descansamos como las bestias. Es la parte que hace al hombre como un animal. Hay otra parte que tiende a Dios, que aspira a las cosas celestiales y que se relaciona con la naturaleza de los ángeles. Según esto, veis que el hombre está compuesto de dos partes bien distintas. ¡Qué motivo para humillarnos el ser semejantes a las bestias! Pues el que abriera a un hombre, hijas mías, encontraría las mismas partes que las de un cerdo, esto es, un corazón, el hígado, los pulmones y todo lo demás. Pero Dios ha puesto un alma en el cuerpo que le da la vida y el movimiento.
Pero para comprenderlo mejor, imaginaos en el hombre dos almas, dos voluntades totalmente contrarias entre sí, pero esto después del pecado, ya que antes del pecado de Adán el apetito estaba perfectamente sujeto a la razón. Después que Dios hubo creado todas las cosas, el cielo, la tierra y los animales, formó al hombre y sopló sobre él, y con ese soplo le inspiró en el cuerpo un alma racional, justa, capaz de gozar eternamente de Dios. Pues bien, este alma bestial o parte inferior quedó sujeta a la razón, y la parte superior quedó a su vez sujeta a Dios. Pero, como sabéis, Adán desobedeció a Dios, mordiendo la manzana; de allí brotaron dos males, pues así como el hombre no quiso sujetarse ya a su Creador, también el alma perdió su dominio; y no sólo Adán experimentó esa miseria, sino todos sus hijos con él, ya que, después de que él pecó, la voluntad humana no ha sido absoluta: unas veces la parte de la bestia quiere sus placeres, otras veces quiere honor y reputación; y a veces la parte superior quiere lo contrario. Por ejemplo, cuando estamos a la mesa, el apetito sensual desea satisfacerse con los manjares, quiere darse gusto y rechaza lo que le desagrada.
Para entenderlo mejor, imaginaos un animal a la mesa con una naturaleza angélica. El animal busca sus placeres a toda costa. El alma o la parte superior responde: «No es razonable que tú te satisfagas». El animal quiere ser el dueño. Pero, si ese alma está en gracia de Dios, dirá: «No te toca a ti mandar y yo no tengo que obedecerte». Si no tiene esa gracia, no tendrá fuerzas para resistirle. Aun cuando quiera decir a aquel esclavo que se calle, éste no obedecerá y se rebelará. Una hermana bien ejercitada en la virtud y en la mortificación, cuando siente algún deseo de satisfacerse, bien en la bebida, bien en la comida, o en otras cosas, en contra de lo que Dios pide de ella, le dice a esa bestia: «Cállate, miserable; me toca a mí ordenar lo que hay que hacer; no, no haré lo que tú me propones, sino que practicaré las virtudes contrarias».
Esto es, hermanas mías, lo que hace la gracia en un alma en la que hay mortificación: subordina la parte inferior a la razón, como acaba de decir esta hermana. Pero podríais preguntarme: ¿cuándo hay que ejercitarse de esta manera? Siempre que veamos que nuestras pasiones desean rebelarse contra la razón. Si uno siente el deseo de ser honrado por las personas conocidas, apenas se da uno cuenta de ello, entra dentro de sí, v con el pensamiento de que solamente Dios merece ser honrado, le dice a esa esclava: «Cállate, a ti te toca sólo vergüenza y castigo por tus pecados». Si sentimos ganas de murmurar, lo mismo; si nos cuesta sufrir alguna pequeña palabra, alguna negativa, o cosas semejantes, superarlo por la mortificación y no dejarse llevar a devolver palabra por palabra, negativa por negativa, tal como le gustaría hacer, si pudiera, a esa parte animal. Por eso hay que acostumbrarse siempre a contradecir el apetito sensual. De ahí viene que las hijas de la Caridad que están bien instruidas y ejercitadas en la mortificación no obedecen a la parte inferior; pues la parte inferior, como saben muy bien, no busca más que su satisfacción. Le gusta exigir a esas hermanas, por ejemplo, que reciban visitas en su habitación, en sus parroquias; pues ellas no las recibirán. Otra hermana tiene ganas de ver a su confesor y hablar con él; si hace caso a la gracia, no lo hará porque sus reglas no se lo permiten; y si no hace caso, se dejará arrastrar por la tentación. Esta es la diferencia que hay entre las hermanas que entienden lo que quiere decir la mortificación y las que no lo entienden.
Esto es lo que quiso decir esta hermana.
¿Lo entendéis todas bien? ¡Dios mío! No sé si me explico, porque la base y la regla de la perfección consiste en esta práctica. Por ejemplo, la naturaleza me pide descanso. Cuesta mucho, sobre todo ahora con tanto frío, levantarse a las cuatro. A esta sirviente le gustaría quedarse en la cama, pues le parece que no ha dormido bien por la noche. ¿No hay razones muy bonitas para hacer caso? Sí que las hay; y una persona que no supiera cómo la naturaleza busca sus excusas se convencería fácilmente de que tiene necesidad de descansar más. Pero, si sabe rechazar esa idea, dirá: «Levantémonos, en nombre de Dios», y lo hará. Si esa naturaleza quiere resistir, le dirá: «Tú buscas tu propia satisfacción, pero no será así». Así es, hermanas, como hay que portarse y acostumbrarse a contradecir siempre a la voluntad, sobre todo cuando no es conforme con la de los superiores, por los que se manifiesta la voluntad de Dios.
Veamos cuáles son los actos de esta virtud. Habría muchas cosas que decir sobre esto, y no tenemos tiempo para ello. Bien, hijas mías, para deciros algo sobre estos actos, por ejemplo, os cuesta trabajo observar fielmente los mandamientos de Dios, ir a la iglesia a escuchar el servicio divino; al mismo tiempo que advertís esta repugnancia, hay que resistir y hacer lo contrario, pues si no, ofenderéis a Dios. Una hermana os ha dicho o hecho alguna cosa e inmediatamente sentís indignación contra ella, notáis cómo se enfría vuestro corazón y hasta os cuesta trabajo hablar con ella. Si no resistís a esa tentación, os llevará a hacer alguna cosa contra la caridad. Por eso tenéis que deciros a vosotras mismas: «¿Quieres acaso conservar ese resquemor que tienes contra tu hermana? ¿Cómo? ¿No quieres hablar con ella? No, no, no tiene que ser así».
Otra siente la tentación de tener bienes, o alguna cosa semejante. Apenas sienta eso, hay que contradecir a esa parte inferior; y si ella se empeña en mandar, hay que darle en la cabeza y mandarle callar. Porque una hija de la Caridad que no se porta de ese modo no es verdaderamente hija de la Caridad si, apenas siente un pensamiento contrario a lo que Nuestro Señor pide de ella, no lo rechaza en su corazón ¿Cómo va a reinar Dios en un alma que se deja gobernar así por sus apetitos? Es imposible. Jamás tendréis la paz interior si no mantenéis esa práctica que se llama mortificación interior, que es la que hace a los santos; pues, hermanas mías, sin ella no ha habido ni habrá nadie que sea santo. Todos los santos del cielo han ido por ese camino y, si queréis llegar a la perfección, tenéis que contradecir continuamente a vuestras pasiones, a vuestras inclinaciones y sobre todo a vuestra propia voluntad.
Bien, pasemos a los medios para conocer en qué hay que practicarla y ayudarnos a ello. Por ejemplo, si una hermana siente inclinación a una limpieza exagerada, a ser muy correcta, muy educada, a verse estimada de los superiores y de las damas, si ella misma se da cuenta de que es así, es un buen medio para superar esas imperfecciones y ser como debe ser. Se necesita la mortificación interior para renunciar a esa estima y a todas esas exquisiteces.
Eso en cuanto a lo interior; veamos ahora lo exterior. Cuesta mucho y resulta mortificado soportar alguna aflicción, bien sea la enfermedad, o bien cuando le acusan a uno de haber hecho una cosa en la que quizás ni siquiera ha pensado; puede suceder que nos reprendan por haber obrado bien. La naturaleza se -molesta y no se pliega fácilmente a esas cosas. Pero hay que saber dominarla y, en vez de impacientarse, de murmurar, de intentar justificarse, obligarla a aceptar esa contradicción que Nuestro Señor nos envía, abrazarla y decir: «Sé bienvenida, hermana cruz; te recibo de todo corazón». Y si el diablo os tienta para que no sufráis o hagáis algo indigno de una hija de la Caridad, enseguida, hermanas mías, vosotras y yo digámosle a Dios: «No quiero consentir en eso, con tu santa gracia».
Está la mortificación de los cinco sentidos exteriores, la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, que tenemos en común con los animales. Debemos mortificar esos sentidos, principalmente la vista y guardar que no se deje llevar por la curiosidad hacia objetos capaces de hacernos ofender a Dios. Os recomiendo sobre todo que no miréis a los hombres, a no ser por utilidad o necesidad. Hijas mías, muchas de vosotras me llenan de consuelo cuando las veo por las calles con mucha modestia. Digo entonces en mi interior: «Sin duda Dios está allí». Hace algunos días estaba en una casa religiosa y vi a dos monjas que se mostraban poco mortificadas en lo exterior. Hijas, ¿os lo diré?, cuando vi aquello pensé enseguida en vosotras y me puse al punto a dar gracias a Dios por haberle dado a esta Compañía la gracia de practicas esto, que sin embargo no sirve de nada si no añadís a ello la mortificación interior. Pues si os eontentáseis con ir con la vista baja y darle a vuestro espíritu libertad para ir de acá para allá, esa modestia exterior no sería una verdadera virtud. Lo mismo pasa con una hermana que dice sus faltas y las confiesa. Si lo hace por vanidad y para que la tengan por virtuosa, sería disimulación y no virtud. Hijas mías, procurad unir siempre lo interior a lo exterior y conservad esta santa práctica de la modestia, pensando muchas veces que no habéis entrado en la Compañía para vivir según vuestras inclinaciones ni para satisfacer al cuerpo.
Me acuerdo, a este propósito, de las religiosas carmelitas. ¿De qué creéis que viven, hijas mías? ¿De manjares bien preparados? Ni mucho menos. Comen sencillamente grandes platos de potaje y huevos podridos. Ese es su alimento, aunque sean de casas ricas y hayan vivido antes con delicadeza. Y no digo nada sin saberlo antes de buena tinta: los huevos que les sirven huelen como carroña. Y se los tienen que comer.
Lo repito, hijas mías, comer y beber sin mortificarse en algo, seguir el apetito, rechazar lo que a uno no le gusta, es vivir como una bestia. Tenéis que alimentaros y comer el pan suficiente, debido al mucho trabajo que tenéis; pero os ruego que huyáis del exceso y de las cosas delicadas todo lo que podáis, y esto para dar gusto a Dios.
Todo lo que acabamos de decir se refiere más bien a los casos en que hay que mortificarse que a los medios que hay que tomar.
El primer medio, hijas mías, consiste en resolverse a obrar así, empezando desde hoy, pues hemos de creer que, si estuviéramos decididos a mortificarnos en las ocasiones que se presentan, no faltaríamos tanto como faltamos.
El segundo medio son los motivos que nos dice san Pablo el primero es cuando escribe: «El que quiera vivir según la carne, morirá». Esto es, morirá a la vida de la gracia. El que mortifique esa misma carne, vivirá la vida de los hijos de Dios. Y yo os aseguro que una hija de la Caridad que tenga bien mortificadas sus pasiones vivirá la vida de la gracia y será santa en este mundo y gloriosa en la otra. Me gustaría poder decírselo a todas las hijas de la Caridad; pero como la mayoría están ausentes, os lo digo a vosotras y os aseguro, de parte de Dios, que es ése el camino de la santidad y que no hay otro. Por mucho que busquemos, no podremos salvarnos sin eso.
Otro motivo es que hay que mortificarse en este mundo o sufrir en el otro para satisfacer por nuestros pecados. Mirad la diferencia que hay: o quemarse en el otro mundo o poner un poco de esfuerzo en superar las dificultades y practicar las reglas. Ved lo que dice san Pablo: «Yo castigo mi cuerpo para llegar a la eternidad», y «Por un momento de mortificación adquiero una eternidad de consuelo». Hijas mías, por momento, pues ese gran santo compara los sufrimientos de esta vida con un momento.
El tercer motivo es que hay también cierta satisfacción en superarse. Se lo decía hoy mismo a algunos y creo que ya os lo he dicho a vosotras alguna otra vez: había dos religiosos carmelitas descalzos que conversaban un día entre sí: «¿Cómo es posible que las cosas que creíamos que nos iban a costar más nos dan por el contrario mucho gozo, y que donde pensábamos que íbamos a encontrar mortificación encontramos gran satisfacción?». Ved cómo esos dos buenos religiosos encontraban consuelo en las mortificaciones. Esto nos enseña que no es tan difícil practicar la virtud como parece. Sabemos por experiencia la verdad de estas cosas. Mirad cómo se arrepiente enseguida una hija de la Caridad que ha cedido a la tentación de dejar su vocación. Por el contrario, ¡cuánto consuelo sentís al resistir esta misma tentación o alguna otra! Así pues, mis queridas hermanas, ¿no vale la pena que nos esforcemos en superarnos?
Además, es necesaria la oración. Apenas se sienta uno asaltado por algún mal pensamiento, hay que recurrir a la oración. Además nos ayudará lo siguiente: hacer hoy mismo el propósito de hacer todos los días tres o cuatro actos de mortificación. Por ejemplo, hay que ver a qué se siente uno inclinado. Si a murmurar, a criticar lo que hacen los superiores, hay que proponerse todas las mañanas mortificarse en todas las ocasiones que se presenten de murmurar, morderse los labios para no hablar. Lo mismo, en los movimientos de impaciencia, no dejarse llevar nunca a hacer o decir lo que nos propone la pasión, mirar a qué se siente inclinada cada una y luego decidirse a mortificarse con valentía. Si así lo hacéis, mis queridas hermanas, ése es el verdadero camino de la santidad y la clave de la perfección de las hijas de la Caridad.
Señorita, ¿quiere usted decirnos sus pensamientos?
– Una razón es que, como cristianas, tenemos que mortificar en nosotros lo que vive fuera de la gracia. La segunda es que nada envilece tanto a la criatura racional como el uso de las pasiones en contra de los designios de Dios su creador. Y la tercera, que nada parece tan despreciable en las personas de razón como el uso desordenado de sus sentidos y pasiones.
La mortificación de los sentidos consiste especialmente en no usar de ellos en contra del orden por el que Dios nos los ha dado, en usar y servirnos de ellos para practicar la mortificación. La de las pasiones consiste en no servirse de ellas más que para inclinarnos a hacer todas las cosas con razón y justicia, para ejecitarnos al amor de Dios y del prójimo.
Los medios que yo me he propuesto utilizar son, primero, el pensamiento de la equivocación que cometemos. En vez de ser semejantes a Dios por el buen uso de nuestras pasiones, nos hacemos semejantes a las bestias e incluso peores, cuando nos dejamos llevar por la malicia de la naturaleza humana.
En segundo lugar, he pensado que debía cuidar mucho de mis pasiones y de mis sentidos, para no dejarme sorprender de ellos.
En tercer lugar, creo que puede ayudarme en esta superación la consideración de que todas las personas con las que he de tratar tienen que usar lo mismo que yo sus sentidos y pasiones y que la caridad me obliga a no inducirlas a que usen mal de ellos.
El cuarto medio es pensar con frecuencia en el mal uso que he hecho de ellos durante toda mi vida, para desconfiar de mí misma, recurrir a Dios con confianza y pedirle fuerzas.
– Bien; ¡bendito sea Dios, hermanas mías! ¿No os parece que todas sentís deseos de tener alguna ocasión para mortificaros y demostrar a Dios que seréis fieles en esta práctica? Sí, yo creo que todas estáis decididas a ello, a pesar de la experiencia que tenéis de vuestras debilidades, que os obligan a recurrir a Nuestro Señor para que os dé la gracia de sacar provecho de todo lo que acabo de decir; así se lo pido yo también para vosotras. Te lo pido, Salvador mío, de todo corazón. Pon en nosotros el espíritu de la santa mortificación. Haz, Señor, que no vivamos como animales, sino como criaturas racionales. Así te lo prometemos. Pero, como esto depende de ti, te suplico, por su santa vida, tan llena de mortificación interior y exterior, que nos concedas esta gracia.
Benedictio Dei Patris…







