Vicente de Paúl, Conferencia 061: A cuatro hermanas enviadas a Sedán

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(23.07.54)

El jueves 23 de julio de 1654, nuestro venerado padre Vicente dio sus instrucciones a nuestras cuatro hermanas Ana Hardemont, Francisca Cabry, Juana María y Ana Thibault, la víspera de salir para Sedán, adonde iban a asistir a los pobres enfermos.

Mis queridas hermanas, habéis sido escogidas para ir a atender a los pobres heridos en servicio del rey; por eso creo que será conveniente ver las razones que tenéis para poneros en manos de Dios a fin de cumplir bien vuestro oficio.

La primera es que habéis sido escogidas. ¿Y por quién, hermanas mías? Por Dios, que se ha dirigido a vosotras. Aunque hay muchas jóvenes en Sedán y en los lugares de alrededor, no ha puesto sus ojos en ellas. No se ha dirigido a las jóvenes de Sedán, sino a las hijas de la Caridad y a vosotras en especial. Esta es la primera razón.

Otra razón es que se trata de una obra santa, que es preciso hacer con toda perfección Podríais preguntarme: «¿De dónde saca usted eso?». Lo dice el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura. Toda obra buena viene de Dios (1). Pues bien, si hay algo bueno, es servir a los enfermos, ya que esta obra supera el valor de todas las demás. Es Dios el que os llama a ello, puesto que se trata de hacer el bien; pues él es el que mueve a todo bien, mientras que es el demonio el que incita al mal, y también el mundo. ¡Salvador mío! ¿Cómo es posible escuchar esas palabras sin derramar lágrimas?: «Voy a hacer lo que un Dios hizo en la tierra». ¿Hay felicidad mayor que ésta? No la hay, hermanas mías.

La tercera razón es que os ha pedido la reina. ¡Cómo, hermanas mías! ¿Qué somos nosotros para que nos recuerde la reina más grande del mundo, a pesar de que somos unas pobres y miserables criaturas, o mejor dicho, unos pordioseros? Sí, hijas mías, lo sois vosotras y lo soy yo. Por tanto, tenemos muchos motivos para humillarnos. Este es un motivo muy importante: que os manda la reina, aunque esto no es nada comparado con la voluntad de Dios. Hijas mías, ¡la voluntad de Dios! Eso sí que os obliga a marchar allá con todo entusiasmo. Dios quiere que vayáis a atender a aquellos pobres heridos; y tenéis que obedecerle, pues ¿qué son todos los poderes del mundo delante de Dios?

Veamos ahora qué es lo que tenéis que hacer para honrar a Dios en ese trabajo. Creo, hermanas mías, que no se necesita nada más que la práctica de las virtudes que componen vuestro espíritu: la caridad, la humildad y la sencillez.

Entonces, ¿para qué tenéis que ir a ese sitio? Para hacer lo que Nuestro Señor hizo en la tierra. El vino a reparar lo que Adán había destruido, y vosotras vais poco más o menos con ese mismo designio. Adán había dado la muerte al cuerpo y había causado la del alma por el pecado. Pues bien, Nuestro Señor nos ha librado de esas dos muertes, no ya para que pudiéramos evitar la muerte, pues eso es imposible, pero nos libra de la muerte eterna por su gracia, y por su resurrección da vida a nuestros cuerpos, pues en la santa comunión recibimos el germen de la resurrección. He aquí, pues, hermanas mías, cómo Nuestro Señor hace lo contrario de lo que había hecho nuestro primer padre.

Para imitarle, vosotras devolveréis la vida a las almas de esos pobres heridos con la instrucción, con vuestros buenos ejemplos, con las exhortaciones que les dirigiréis para ayudarles a bien morir o a recobrar la salud, si Dios quiere devolvérsela. En el cuerpo, les devolveréis la salud con vuestros remedios, cuidados y atenciones. Y así, mis queridas hermanas, haréis lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra. ¡Qué felicidad!

Pero, a fin de honrar a Dios con vuestras acciones, es preciso que vayáis allá con el espíritu de verdaderas hijas de la Caridad y de mortificación, y no para buscar vuestra satisfacción, vuestros gustos, la estima, el honor o cosas semejantes. Hermanas mías, tenéis que guardaros mucho de eso, pues en vez de darle gloria Dios, se la quitaríais al buscarla para vosotras. Hay que mortificar la honra, referir a Nuestro Señor la que os den y huir todo lo que podáis de los aplausos.

Se necesita además mortificación para no hacer lo que os gustaría hacer. En vez de ir a misa, os quedaréis al lado de ese enfermo. Es la hora de la oración; si oís a los pobres que os llaman, mortificaos y dejad a Dios por Dios, aunque tenéis que hacer todo lo que podáis para no omitir vuestra oración, pues eso será lo que os mantenga unidas a Dios; y mientras dure esa unión, no tendréis nada que temer. Pues bien, para conservar esa unión de caridad con Dios, tenéis que manteneros encerradas en vuestro interior, conversando con Nuestro Señor.

También se necesita mortificación, hermanas mías, para sufrir esas pequeñas penas que puede haber en vuestro trabajo y las quejas que los pobres puedan tener de vosotras. Tenéis que prepararos a ellas, hijas mías. Cuando esos señores que atienden a los heridos vayan a veros, quizás oigan quejas de vosotras; los heridos les dirán que no les habéis curado, que los dejáis abandonados desde la mañana hasta quién sabe cuándo. Pues bien, hermanas mías, tenéis que sufrirlo sin quejaros; no os pongáis a buscar razones para justificaros; no, jamás. Si el rey, o la reina, o el cardenal van al hospital y les presentan esas mismas quejas, hay que sufrirlo, con la idea de que Dios lo permite así, y no decir nada. Ese es el medio para llenaros de virtudes y dar gloria a Dios. Si fueseis orgullosas, si no quisierais padecer nada, si os sintieseis heridas por cualquier ofensa, desedificaríais mucho a quienes vieran vuestra agitación; os despreciarían tanto como ahora os aprecian, y no sin razón, pues no hay nada tan contrario a las hijas de la Caridad como el orgullo.

Eso es, hermanas mías, lo que tenéis que hacer allí; pero, antes de llegar, observaréis por el camino las normas que se suelen cumplir; ya sabéis con cuánta modestia hay que portarse en el viaje. No falléis en vuestros ejercicios, haced oración y, cuando haya que terminar, que una dé la señal a las demás.

En las conversaciones, no intervengáis si son malas o inútiles; si son buenas, esperad a que os pregunten para contestar, ya que va contra la modestia y la urbanidad hablar cuando nadie se ha dirigido a nosotros.

Un buen doctor que iba en coche hace algún tiempo se portaba de la siguiente manera: cuando se tenían malas conversaciones, no decía nada, sino que conversaba con Dios; pero cuando se hablaba de cosas buenas, tomaba parte en lo que se decía. Algunos de sus acompañantes, al verle obrar de ese modo, se convirtieron. Eso es lo que hizo aquel buen doctor con su ejemplo. Ya veis cuán importante es edificar a las personas con las que estamos. Es preciso que las mujeres se callen, si no se les habla.

¡Cuán felices sois, mis queridas hermanas, de que Dios os haya escogido para atender a esos pobres heridos! Desde el momento en que salgáis de aquí, vuestros ángeles contarán vuestros pasos; todo lo que digáis, hagáis y penséis, contará delante de Dios. A los grandes del mundo se les conoce por sus éxitos y por el gran número de personas que les acompañan. Pues bien, la verdadera nobleza consiste en la virtud y cuando las almas que han trabajado mucho por Dios van al cielo después de esta vida, les acompañan todas sus buenas obras, y cuanto más excelentes y numerosas son, tanto más demuestran la grandeza de sus almas; son como sus damas de honor. Hermanas mías, ¡qué felices seréis por haber asistido a tantos pobres, cuando comparezcáis ante Nuestro Señor!

Al final de su exhortación, nuestro venerado padre le dijo a la hermana sirviente:

Así pues, hermana, ¿es mañana vuestra partida?

– Sí, padre. Si hubiéramos podido encontrar la forma de llegar antes, ya habríamos partido. Cuando fui a ver a la señora condesa de Brienne, me dijo que la reina le pedía a la señorita Le Gras que nos enviase cuanto antes y que no se preocupase por sus hijas, que ella no dejaría que les faltase nada.

– ¿Les han dado dinero para ir allá, hermana?

– No, padre; la señorita Le Gras nos dará lo que necesitemos; creo que la reina se lo devolverá. Cuando fuimos a Châlons, así es como se hizo.

– ¡Bendito sea Dios, queridas hermanas! Les daré dos cartas de recomendación para Reims. Vayan a ver al vicario general; le escribiré con este motivo y les recomendaré a él.

– Padre, ¿me permite que le pregunte una cosa? ¿No sería conveniente que, cuando lleguemos, cada una tenga su cargo y que la hermana encargada de la ropa tenga su propia llave?

– Sí, hermanas; me parece bien.

– Padre, antes de que se encargara de la ropa la hermana Juana en Châlons, perdíamos muchas cosas; pero desde que tuvo la llave, algunos se quejaban, pues siempre era preciso ir a buscarla para sacar la ropa necesaria.

– Mirad, hermanas; es menester que haya orden en todo, y no tiene que pareceros mal el que una tenga un cargo y otra otro.

– Padre, a veces hay algunos pobres tan importunos que, cuando una hermana les niega algo, se lo piden a otra; y cuando ésta se lo concede, la alaban, les parece bien todo lo que hace, y aunque las otras hagan las cosas lo mejor del mundo, eso no vale nada a sus ojos. De ahí nacen muchas veces los desórdenes y hasta la envidia. Lo mismo pasaba en Châlons. Todo lo que las hermanas podían coger en la botica, se lo daban a los enfermos.

Otra cosa que nos podría hacer daño es que las hermanas se quejaran unas de otras, incluso ante los externos. Quiero decirle esto delante de las hermanas, porque de ahí nacería un gran descrédito para nuestra compañía.

– ¡Jesús! Hermana, tiene usted razón; le agradezco que hable así; es la cuerda que yo debería haber tocado. Hermanas, no tienen ustedes que querer más que lo que las otras deseen, y no dar nada sin permiso de sor Ana; si no, vendría la guerra entre ustedes: a una la querrían los enfermos y a otra la odiarían: una les gustaría en todo lo que hace, las otras a su juicio no harían nada bien. No hay que obrar de ese modo.

De todas esas pequeñas preocupaciones que puedan tener ustedes, no hablen más que con la que ocupa el lugar de Dios; a las otras no hay que decirles nada, ni darles ninguna señal de ello. Apenas se note entre ustedes cierta frialdad, pueden decirle adiós a la buena opinión que se tiene de la compañía. Esta es una de las razones que tienen para temer este mal. ¡Cómo!

¡Ser motivo para que se desprecie lo que antes estaba en tan buena consideración! Guardaos mucho de esto, hermanas mías.

Ruego a la bondad de Dios que les dé su espíritu para llevar a cabo esta santa obra según su voluntad.

Benedictio Dei Patris

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