Vicente de Paúl, Conferencia 058: Sobre el orgullo oculto

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(15.03.54)

Mis queridas hermanas, el tema de esta conferencia es sobre el orgullo oculto, no ya del orgullo generalmente hablando, sino del orgullo oculto. Se divide en tres puntos. El primero es sobre las razones que tenemos para precavernos de este orgullo oculto; el segundo, sobre las señales por las que podremos conocer si reina en nosotros ese orgullo oculto; el tercero, sobre los medios para impedir que entre en nuestro corazón, o echarlo de allí si ya lo tenemos.

Díganos, hermana; ¿qué razones tenemos para conocer si está en nosotros ese orgullo oculto?

– Padre, una razón que nos obliga es que ese orgullo es muy desagradable a Dios, mientras que, por el contrario, la humildad agrada mucho a nuestro Señor Jesucristo, que nos dio él mismo ejemplo de ello durante toda su vida y quiso que su madre fuera la más humilde entre todas las criaturas.

Me parece que tenemos ese orgullo oculto cuando despreciamos a las demás, cuando nos juzgamos superiores a ellos y nos gusta que se nos estime.

– Hermana, aunque no hubiera más razón que la que acaba usted de indicar, que nuestro Señor vino para combatir este vicio y para derribarlo con sus acciones contrarias, ya es un motivo poderoso para que huyamos de él.

Bien, hija mía, ¿cree usted que las Hijas de la Caridad pueden tener ese orgullo oculto?

– Sí, padre; me parece que también ellas pueden sentir estima de sí mismas, murmurar de las acciones de las demás, despreciarlas, controlar lo que hace el prójimo, y otras muchas cosas.

– Tiene usted razón, hija mía. Sin embargo, la vanagloria no debería entrar en vosotras, porque el orgullo proviene de ordinario del origen y de la condición de las personas, y vosotras sois casi todas pobres aldeanas, hijas de labradores como yo. Somos todos muy poca cosa. Por el vestido, el tocado y todo lo demás, tampoco hay muchos motivos para sentir vanidad. Y del espíritu ¡ay!, la mayor parte sois del campo y no podéis tener un espíritu muy educado. Por el alimento, los pobres comen casi como vosotras: un poco de carne de buey, o algo semejante. Tampoco hay ahí motivos para presumir. Por lo que se refiere a vuestras relaciones, no tratáis más que con los pobres y sois sus servidoras; no hay ciertamente mucho de qué enorgulleceros. Por consiguiente, no será ese el orgullo que entre en vosotras. Pero hay dos clases de orgullo: uno proviene de los cargos y es propio de las personas que se pavonean por sus cargos y se llenan de vanidad. Una hermana que saliese ya muy de mañana para ir a ver a los pobres, y esto únicamente para dar gusto a una dama y para verse estimada de ella, haría un acto de orgullo. La otra clase de orgullo puede arroparse muy bien con un vestido vulgar lo mismo que con otros muy cuidados; de éste es del que hablamos; porque puede estar en nosotros. Lo conocemos por sus efectos.

Ese orgullo es la causa de todos los pecados que cometemos, lo mismo que la humildad es el origen de todo el bien que hacemos. No hay ningún mal que no comience por el orgullo oculto. Si una hermana dice algo en su propia alabanza, si es desobediente, si está mal con su hermana, si siente deseos de ser hermana sirviente, todo esto es orgullo oculto. La primera razón por la que hemos de huir de este vicio, es por consiguiente, porque es la causa de todos los males.

La segunda razón es que Dios no concede nada a los que son orgullosos, pues aunque digan algunas oraciones y hagan algún bien, Dios no les escucha. Está escrito: «Dios resiste a los soberbios y concede sus gracias a los humildes» (1) Hay que ponderar bien estas palabras: «Dios resiste a los soberbios», y decir: «¡Qué! Yo tengo ese orgullo y Dios dice que no concederá nada a esas personas; ¡oh! ¡quiero librarme de él!».

La tercera razón es que Dios permite que las almas orgullosas caigan en grandes pecados: la impureza, la pérdida de la vocación; sí, hermanas mías, la pérdida de la vocación. ¿No ha dicho Dios: «¡Ah! Tú te has enorgullecido y ensalzado; ya caerás»? (2). Una hermana es estimada en una parroquia, se imagina que tiene más maña para agradar a un confesor, a una dama: que tenga miedo de caer y de perder su vocación.

El cuarto mal es que el orgullo estropea todo el bien que hacemos y pone en nuestras acciones un desorden tan grande que dejan de ser agradables a Dios. Es lo que pasa de ordinario con las almas vanas y orgullosas: las buenas obras que hacen están totalmente estropeadas. Tanto si se trata de una hermana en particular, como de la Compañía en general, todo lo que haga no valdrá para nada.

La quinta razón es que el orgullo oculto es una señal de condenación, lo mismo que la humildad es una señal de predestinación. ¿Y acaso no hemos de echarnos a temblar cuando está en peligro nuestra salvación? Ya veis, por consiguiente, la importancia que tiene pedir a Dios que nos conceda la gracia de librarnos de este veneno. ¡Salvador nuestro, líbranos, líbrame a mí, que soy quizás el más culpable de este vicio!

Me diréis: «Son demasiadas cosas; ¿cómo podré yo conocer si tengo ese orgullo oculto? Quizás, cuando lo sepa, empiece a ser más humilde».

Mis queridas hermanas, la primera señal es si tenemos una elevada estima de nosotros mismos y de lo que hacemos, si tenemos deseos de que los demás tengan una buena opinión de nosotros, que nos estimen nuestros confesores y las damas. Dos cosas, por tanto: tener buena opinión de sí misma y desear que los demás, los superiores y las hermanas, nos estimen y digan: «He aquí una buena hermana, que hace mucho bien». Pero ¿cómo sabremos que nos estimamos a nosotros mismos y que nos gusta que los demás nos estimen? Cuando tenemos deseos de que nos alaben y nos sentimos satisfechos de que estén contentos de nosotros.

La tercera señal consiste en hacer alguna cosa fuera de la obediencia, ya que la desobediencia es una señal de soberbia. La señorita, o el confesor, le han dado alguna orden, pero la hermana no la tendrá en cuenta para nada. Esa es una señal de orgullo oculto.

La cuarta señal es cuando alguien dice algo en su propia alabanza. No lo dirá quizás abiertamente, pero la verdad es que le gusta presumir: «Yo he hecho esto y aquello». Lo mismo que la fiebre se manifiesta en el calor, también el orgullo se da a conocer en la lengua. ¿Nos gusta tanto contar lo que hemos hecho! Esto lo traemos de lejos de modo que no parece que deseamos que se nos alabe.

La quinta señal, mis queridas hermanas, es cuando se hacen cosas expresamente para conquistar la benevolencia de una superiora, de una hermana. Ir a ver a los enfermos para dar gusto a aquella dama o a aquella otra, hacer todo lo posible por conquistar su simpatía, todo esto es señal de un orgullo oculto; y tenemos que poner mucho cuidado en ello.

La sexta señal consiste en disputar con las otras hermanas y no querer ceder en nada.

La séptima señal es la obstinación. Una hermana querrá que se haga algo de una manera; otra lo querrá de otra forma. Se mantendrá firme en su opinión. No serán capaces de disuadirla ni los consejos de su hermana sirviente, ni los de su confesor, ni de los de su director, ni los de su superiora, porque está empeñada en defender su propia opinión. Ha arraigado bien esa idea en su cerebro, no es posible quitárselo de la cabeza. Esa es una señal de orgullo oculto, porque solamente es propio de los demonios permanecer en su obstinación. Por tanto, es un espíritu diabólico que se empeña tanto en permanecer en el mal que no hay quien lo mueva de él. Algunas veces le entran remordimientos a esa persona, pero no tiene fuerzas para seguirlos; le gustaría hacerlo, pero no puede.

La octava señal es la singularidad, incluso en las cosas de devoción, como querer comulgar con mayor frecuencia que las demás, tener un rosario, llevar un cuello mejor planchado, distinguirse por su tocado o por su vestido. Todo esto es una señal de orgullo, hijas mías. Tened mucho cuidado y no aceptéis ninguna singularidad.

Otra señal es ambición de cargos o de ocupaciones más distinguidas? que hace que una quiera ser hermana sirviente. Si enviamos a una parroquia a una hermana que tiene este deseo, no podrá someterse a la otra hermana, creerá que ella es más capaz que la otra, que lo haría todo mejor, que tiene más experiencia, que reza mejor y que, por consiguiente, le correspondería a ella ser hermana sirviente. Cuando se da cuenta de estos sentimientos y no los rechaza inmediatamente, sino que les da vueltas, es un espíritu diabólico; sí, presumir de que uno hace las cosas mejor que los demás, es un espíritu diabólico.

Estas son, hermanas mías, las señales por las que podemos conocer si tenemos ese orgullo oculto; porque, fijaos, ese vicio es tanto más de temer, cuanto que es oculto y no lo conocemos.

Pero ¿qué hay que hacer para librarnos del mismo? Nos resultará muy difícil precisamente por desconocerlo y por ser ciegos ante nosotros mismos; y cuando nos dicen que lo tenemos, no nos lo queremos creer. Observad muy bien que sólo podremos conocerlo por sus efectos.

Lo que lo hace más peligroso es que no se presenta nunca más que bajo la apariencia de bien. Por ejemplo, si una hermana pide comulgar con más frecuencia que las otras, su confesor, que no está muy experimentado, creerá que va impulsada por un gran amor de Dios y un gran cariño para con nuestro Señor. Y le dirá: «Comulga, hija mía». ¿Quién no se imaginará que se trata de un gran bien? Y sin embargo, es orgullo.

El orgullo va acompañado de la desobediencia. Por ejemplo, cuando no se hace oración. ¿Por qué? Me diréis: *Es que he estado ocupada; estaba escribiendo una carta a un pariente, o me había ido a ver a una dama o a un pobre, o es que no quería incomodar a una hermana, que tampoco ha hecho oración, por no parecer mejor que ella+. Bien, ¿verdad que todos creerán que es una bonita apariencia de bien?

Por consiguiente, lo que hace que ese pecado sea incurable o casi incurable es que se comete siempre con alguna apariencia de bien.

Me preguntaréis: «Pero, padre, yo me reconozco culpable; me siento muy a gusto cuando me alaban; soy desobediente; he dicho cosas en mi propia alabanza, por parecer firme a una hermana que me parecía más cobarde. ¿Qué tengo que hacer entonces?».

Mis queridas hermanas, os aconsejo dos o tres cosas. La primera, que procuréis descubrir si se tiene este orgullo. Si os dais cuenta de ello, protestad delante de Dios que queréis dedicaros con todo vuestro corazón a la santa humildad y pedidle que os conceda esa gracia.

La segunda, que examinéis vuestras acciones todos los días con mucha frecuencia y que penséis: «¿No me he sentido muy halagada cuando me alababan? Si así es, otra vez pondré más cuidado; me acordaré de la confusión que sufrió nuestro Señor Jesucristo delante de Pilato; me pondré a los pies de tu santa cruz». Tenéis que preguntaros si habéis cometido alguna desobediencia, si habéis sido obstinadas, incluso con el confesor, al que a veces una contesta y resiste, o con los superiores, con la superiora. «¡Oh! ¿no he tenido yo algún pensamiento de arrogancia, deseos de ser hermana sirviente?». Si reconocéis ese deseo, hay que cortarlo y decir: «Renuncio a ello, Señor mío, con todo mi corazón y prefiero seguir siendo durante toda mi vida una simple hermana de la Caridad en vez de hermana sirviente».

Además hay que preguntarse si una ha tenido alguna disensión con la otra hermana, si no está dispuesta a ceder, si le replica en todo lo que dice. La que quiera ser humilde tiene que ceder en todo, en todo, a no ser que vaya contra su conciencia.

Si una hermana quisiera traspasar las reglas, si, por ejemplo, le dijese a su hermana sirviente: «Las cuatro es demasiado temprano para levantarse; tenemos que levantarnos más tarde»; o bien, si a la hora de ir a misa, objetase: «Hermana, hoy tenemos demasiados quehaceres»; en ese caso, la hermana sirviente tiene que mantenerse firme y no ceder. Pero en las cosas indiferentes, las que sean de Dios cederán en todo. Así es como conviene que os examinéis todos los días y, si encontráis algún fallo en vuestra conducta, pedid perdón a Dios y la gracia de corregiros.

El tercer medio es, mis queridas hermanas, preguntar al confesor, al director, a la superiora: «¿Tengo yo orgullo oculto?». Si os dice que sí, creedle, aunque no lo conozcáis vosotras mismas, porque somos ciegos. Un médico enfermo no se guía por sí mismo, sino que llama a otro. Y aunque esté sano, también lo hace así.

De la misma forma, una persona enferma de orgullo oculto no se conoce a sí misma. Dios permite que el diablo le tape los ojos, de forma que no se da cuenta de ese vicio, ni habla de él, ni se acusa de él. ¿Cómo podrá deshacerse de él si no se le da a conocer? Preguntad a vuestro confesor: «Padre, ¿no le parece a usted que yo tengo orgullo oculto? Le suplico que me lo diga». Y habrá que creer lo que él diga.

Si hay orgullo oculto en vosotras, ¿qué habrá que hacer? Pedir a Dios las armas para combatirlo, ya que se trata de nuestro mayor enemigo; es causa de todos los males y pérdida de todos los bienes; nos hace enemigos de Dios, que resiste a los soberbios y concede su gracia a los humildes. Por eso mismo decid todos los días en vuestras oraciones: «¡Salvador mío!, líbrame del orgullo oculto, del aprecio de mí misma, del deseo de que me estimen los demás». Tened también mucha devoción a nuestro Señor, a la santísima Virgen, que decía de sí misma que Dios la había mirado porque era humilde, a los santos y a vuestro ángel de la guarda que nos han dado todos ellos ejemplo de humildad.

En tercer lugar, haced todos los días algunos actos de humildad, no necesariamente externos, aunque sean buenos, como besar los pies a los demás, sino actos del corazón. Digámonos interiormente que no somos nada, que somos pecadores, deseemos no ser conocidos ni estimados, lo mismo que nuestro Señor que vivió oculto; cuando lo veían, decían de él: «¿No es ese el hijo del carpintero?» (4). Para imitar esta humildad de Jesús, hay que amar la vida oculta, lo mismo que él, creerse las más pequeñas de la Compañía, reconocerse miserable, sin espíritu ni poder, creer que, si hay algo malo, somos nosotros los que lo hemos hecho, y atribuir todo el bien a las demás. Si seguís este consejo, mis queridas hermanas, ¿a qué grado de gracia no llegaréis? Lo dice Dios mismo: «¿Sobre quién creéis que pongo mis ojos sino sobre la que se oculta? Esa es mi esposa, esa es mi amante, en la que pongo todas mis delicias».

¡Qué dulzuras, qué suavidades interiores recibe un alma que se oculta de esta forma a los hombres y se siente feliz de ser conocida solamente de Dios! Sólo aquéllas que lo experimenten podrán decirlo.

De este modo, hermanas mías, podréis descubrir al enemigo; os lo he indicado; velad con cuidado y tomad desde ahora buenas resoluciones. Si sois fieles a ellas, la Compañía será la Compañía de nuestro Señor Jesucristo y adquiriréis la condición de esposas suyas.

Nuestro muy honrado padre se puso entonces de rodillas y dirigió a Dios esta oración, después de habernos dicho que la dijéramos con él:

Señor, lo que acabo de oír me hace ver la importancia que tiene conocer los grandes males que ese orgullo trae al alma. Pero ¿cómo podré conocerlo si tú mismo no me concedes esa gracia? Y si tú no me das tu luz y tus inspiraciones, ¿cómo podré vencer? Tú pides a cada uno su buena voluntad para cooperar a tus gracias, Señor, aquí estamos postrados a tus pies; te presentamos esta buena voluntad y no queremos que se nos estime. Tú diste a la santísima Virgen gran abundancia de humildad; por ella te pedimos que a nosotros nos concedas alguna parte. Tú fuiste tan humilde que quisiste ser tenido por pecador y ser clavado en una cruz. Tú no sólo quisiste ser humilde durante tu vida, sino también después de muerto, para que te siguiesen tus hijos. Por tanto te pedimos, Señor y Salvador nuestro, la gracia de trabajar por la adquisición de esta virtud, tal como tú lo quieres de nosotros.

Santísima Virgen, que quisiste compartir tan bien esta santa humildad, ayúdanos, alcánzanos de tu querido hijo esta virtud para toda la Compañía, para todas nuestras queridas hermanas que están lejos de aquí. Es la oración que te dirijo con todo el corazón.

Benedictio Dei Patris…

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