Vicente de Paúl, Conferencia 056: A las hermanas enviadas a Nantes

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(12.11.53)

El miércoles, día 12 de noviembre de 1653, las tres hermanas anteriormente nombradas (1) salieron de París para ir a Nantes, y esta es la exhortación que les dirigió nuestro muy venerado padre.

Mis queridas hermanas, Dios os ha escogido para ir al hospital de Nantes, y tenéis que entregaros por entero a nuestro Señor, ya que se ha fijado en vosotras por encima de todas las demás. Tenéis tres razones para entregaros a Dios, y cumplir bien con vuestro deber en ese lugar.

La primera razón, mis queridas hermanas, es la razón general que nos obliga a todos durante toda nuestra vida a esforzarnos en cumplir la voluntad de Nuestro Señor, de modo que no hagamos jamás nuestra propia voluntad.

La segunda es que vais a un gran hospital, donde hay más que hacer que en cualquier otro lugar. No es como en una parroquia de París, donde sólo tenéis que cuidar de un pequeño número de enfermos, ni como en los pueblos, donde no tenéis que hacer más que visitar e instruir a los pobres. Allí las cosas son distintas, y por eso tenéis que entregaros a Dios, para que os conceda las gracias que necesitáis.

La tercera razón, mis queridas hermanas, creo que tengo necesidad de decíroslo, es que por instigación del espíritu maligno la división ha entrado en ese hospital. Sí, hermanas mías, el diablo ha tenido tanto poder que con sus astucias ha sembrado la discordia entre nuestras hermanas; y vosotras tendréis que poner remedio con la unión y la concordia que tiene que reinar entre vosotras. No hay que extrañarse de que el diablo haya librado esta dura batalla, pues es costumbre suya atacar especialmente a los siervos y siervas de Dios; dirige su odio contra las Compañías más santas por la rabia que les tiene. No se preocupa mucho de tal o cual persona determinada, porque ya son suyas; pero las casas que están consagradas al servicio de Dios y unidas por el vínculo de la caridad, ¡ay, hermanas mías!, allí es donde siembra la discordia. Hijas mías, tendréis que remediar por tanto los desórdenes que el espíritu maligno ha causado en aquel hospital.

¿Y para esto qué podéis hacer? Hijas mías, tenéis que saber que cuanto más elevado es el estado de una persona, más virtud tiene que demostrar. La cualidad de Hijas de la Caridad que tenéis os obliga a la más alta perfección que pueda pretenderse de forma que es eso lo que espera de vosotras; por eso habéis sido escogidas para acudir en ayuda de las que están heridas. Sabéis que, cuando se va a la guerra, se toman las armas, se lucha, unos caen muertos, otros son heridos, unos quedan vencedores y los otros vencidos. Nuestras pobres hermanas han sido heridas en la guerra que nuestro enemigo les ha hecho. No hay que despreciarlas por ello. Son muy virtuosas, pero ese enemigo de división ha librado contra ellas una cruel batalla, con el permiso de Dios, que ha querido darnos ocasión de humillarnos en nosotros mismos demostrándonos que no hay ninguno exento de peligro, y enseñarnos que las aflicciones no las envía siempre como castigo, sino para ejercitar a sus siervos y siervas.

El diablo amenazó un día a san Francisco: «Tus religiosos, le dijo, están tranquilos por ahora; pero llegará el día en que los probaré como es debido, y será cuando entren en la Orden algunas personas de calidad». Y así lo hizo, hermanas mías. Por tanto, no hay que extrañarse de que el demonio haya atacado a nuestras hermanas, ya que se atrevió a hacer lo mismo entre los compañeros de nuestro Señor.

Mis queridas hermanas, era necesario que os dijera estas cosas, para que os armaseis de las virtudes necesarias para derribar a ese enemigo y a ese espíritu de división. Los que van a la guerra, llevan armas consigo. Vuestras armas tienen que ser la humildad, la mansedumbre y la condescendencia. Cuando tengáis esas virtudes, os veréis armadas de punta en blanco para combatir al enemigo. La condescendencia es un medio muy poderoso para conservar la unión entre las personas que se han entregado a Dios; es menester, mis queridas hermanas, que reine entre vosotras esa virtud y que prescindáis de vuestra voluntad siempre que vuestras hermanas sean de un parecer distinto del vuestro, ya que una Hija de la Caridad tiene que estar dispuesta a hacer o no hacer lo que la hermana sirviente le manda o le prohíbe. Hablo de la hermana sirviente, porque no hay que escuchar lo que dice otra hermana, cuando sus consejos pretenden otra finalidad. Pues, si se quisiera escuchar a todo el mundo, no se haría nada útil. Hacer lo que dice la sirviente y nunca lo que diga Jacoba, María o cualquier otra, si la hermana sirviente ha dado alguna orden. Y ese será el medio verdadero para permanecer unidas, como tienen que estar las verdaderas siervas de Dios. De lo contrario, será todo un desorden. Una piensa de una manera, y otra de otra. No es que haya que menospreciar los consejos de nuestras hermanas; no, pero las que aconsejan tienen que tener una gran indiferencia, los sigan o no los sigan.

El obispo de Ginebra decía: «Prefiero hacer la voluntad de los demás antes que hacer que los demás se conformen con la mía; prefiero ajustar mi voluntad a la voluntad de cien personas antes que conformar a una sola con la mía». Ved, hermanas mías, cómo ese bienaventurado nos enseña muy bien la práctica de la condescendencia y cómo la necesitáis vosotras. Un gran santo decía que, para llegar a la perfección, hay que abandonar la propia voluntad, y que no se necesita ninguna otra cosa para llegar a la perfección. Esas son, mis queridas hermanas, las armas con que os enviamos, para que conquistéis a nuestras buenas hermanas por el buen ejemplo que les daréis. Todo el mundo está esperando esto de vosotras; y el buen olor que nacerá de esas hermosas virtudes hará que no llevéis en vano el nombre de Hijas de la Caridad.

Allí tendréis que tratar con los administradores y en general con todos los que tienen algún cargo referente a los pobres. Tendréis con ellos todo el honor y el respeto que os sea posible. Hay algunos sacerdotes que están en pensión en el hospital. Resulta un poco difícil deciros la manera cómo habéis de portaros con ellos, porque les gustaría recibir otra comida distinta de la que quieren los administradores. Y achacan a las hermanas el que no les den la comida que desean. Todo esto es un poco molesto, hijas mías; de ahí procede en parte el descontento y el desorden. Pero, aunque os digan lo que sea, aunque los sacerdotes quieran comer de manera diferente y mejor de lo que quieran los administradores, no os dejéis arrastrar, manteneos firmes y no hagáis nada en contra de las órdenes de los superiores. Procurad condescender con esos pensionistas y satisfacerles de palabra lo mejor que podáis. Si los administradores os dijesen: «Hay que hacer tal cosa», y los sacerdotes quisiesen que hicierais tal otra, habría que hacer lo que quieran los administradores.

Está además el señor obispo de Nantes. El dice que sois religiosas, porque le han dicho que hacéis votos. Si os habla de esto, respondedle que no sois religiosas. Sor Juana (3), que es la hermana sirviente, le ha dicho: «Monseñor, los votos que hacemos no nos convierten en religiosas, porque son votos simples, que puede hacer cualquiera, incluso viviendo en el mundo».

En efecto, no puede decirse que las Hijas de la Caridad sean religiosas, ya que si lo fueran, no podrían ser Hijas de la Caridad, pues para ser religiosas hay que vivir en el claustro. Las Hijas de la Caridad no podrán jamás ser religiosas; ¡maldición al que hable de hacerlas religiosas!

Id pues, mis queridas hermanas, trabajad por nuestro Señor, quered mucho a nuestras queridas hermanas y respetadlas; procurad no despreciar a ninguna de ellas; en fin, dad a conocer a todos que tenéis el verdadero espíritu que Dios quiere que tengáis.

Benedictio Dei Patris…

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