(27.07.53)
Mis queridas hermanas, el tema de la presente conferencia se divide en tres puntos. El primero es sobre las ventajas de no hacer nada sin permiso de los superiores y superioras; el segundo, sobre los grandes males que vienen sobre la Hija de la Caridad cuando faltan al no pedir permiso; el tercero, sobre las faltas principales que se pueden cometer contra esta práctica de no hacer nada sin permiso; el cuarto, sobre los medios que hay que emplear para adoptar esa práctica, o mantenerse en ella si ya se observa.
Mis queridas hermanas, es éste uno de los temas más importantes que se han tratado entre vosotras. ¡Que el Salvador de nuestras almas os dé la gracia de entrar en esta práctica y de vivir en conformidad con lo que podáis oír!
Dígame, hija mía, ¿qué ventajas se siguen para una Hija de la Caridad y para toda la Compañía de esta práctica de no hacer nada sin permiso de los superiores?
– Padre, yo no tengo mucha capacidad para comprender bien todo esto; pero me parece que una hermana que es obediente tiene que estar segura de que perseverará en su vocación. Y como el Hijo de Dios fue obediente durante toda su vida hasta la muerte (1), nosotros debemos sentirnos muy honradas al imitarle en eso. Además, sin la obediencia, todo es turbación, e inquietud.
– Hija mía, hay una diferencia entre la obediencia y el tema que se ha propuesto; ahora se trata de no hacer nada sin permiso. A vosotras os toca pedir permiso. La obediencia supone ya un mandato; consiste en hacer lo que se ha ordenado; empieza por aquel que manda; pero la práctica de la que ahora hablamos empieza por el que pide permiso. Ha dicho usted muy bien, hermana, al afirmar que una hija obediente persevera en su vocación, ya que no es posible esperar que una Hija de la Caridad pueda perseverar sin la obediencia. Aquí se trata de decir las razones por las que una Hija de la Caridad tiene que pedir continuamente permiso a sus superiores.
Usted, hermana, ¿qué dice de esto?
– Padre, la obediencia nos proporciona una gran tranquilidad, porque, cuando se pide permiso, se sabe que la voluntad de Dios es que hagamos tal cosa.
– ¡Dios la bendiga hija mía! Mirad, hermanas, acordaos de esto. Esta hermana ha dicho que la voluntad de Dios es que no se haga nada sin la obediencia, y añade que esta práctica nos llena siempre de satisfacción. No hay nadie en el mundo tan contento como los que viven bajo obediencia; y en los remordimientos de conciencia yo no veo más que personas que faltan a la obediencia. He aquí dos cosas que nos proporciona la sumisión: una gran tranquilidad de espíritu y la gracia de cumplir la voluntad de Dios. Pues bien, fijaos, hijas mías, cumplir la voluntad de Dios es empezar el paraíso en la tierra. Enseñadme una persona, enseñadme una hermana que cumpla, durante toda su vida, la voluntad de Dios; empieza a hacer ya en la tierra lo que hacen los bienaventurados en el cielo; empieza su paraíso ya en este mundo, ya que no tiene más voluntad que la de Dios; y esto es participar de la dicha de los bienaventurados.
Hermana, ¿qué ventajas se obtienen de la obediencia?
– Padre, no sé decir nada más que lo que mis hermanas han dicho; además, me parece que esto proporciona también un gran consuelo a los superiores.
– ¡Bien, hija mía!, ¿cree usted que es una gran satisfacción para los superiores ver que son sumisos sus súbditos?
– Sí, padre, veo que los superiores y los inferiores reciben entonces un gran consuelo.
– ¿Tiene usted deseos de vivir de este modo? ¿No le parece, hija mía, que sería, un gran bien ver a toda la Compañía en esta práctica, en la que creo que ya está, gracias a Dios?
– Sí, padre; esto me da un gran consuelo.
– Sí, hermanas mías. Uno de mis mayores consuelos es saber que la Compañía no hace nada sin permiso, y es esta la recompensa que Dios da a los superiores en este mundo, si es que les da alguna. Yo he tenido algunas veces esta recompensa. No debería hablar de mí mismo, que soy tan pobre y miserable pecador. Yo he sido párroco de una aldea (2) (¡pobre párroco!). Tenía un pueblo tan bueno y tan obediente para hacer todo lo que le mandaba que, cuando les dije que vinieran a confesarse los primeros domingos de mes, no dejaron de hacerlo. Venían y se confesaban, y cada día iba viendo los progresos que realizaban sus almas. Esto me daba tanto consuelo y me sentía tan contento, que me decía a mí mismo: «¡Dios mío! ¡Qué feliz soy por poder tener este pueblo!». Y añadía: «Creo que el papa no es tan feliz como un párroco en medio de un pueblo que tiene un corazón tan bueno». Y un día el señor cardenal de Retz me preguntó: «¿Qué tal, padre? ¿cómo está usted?». Le dije: «Monseñor, estoy tan contento que no soy capaz de explicarlo». «¿Por qué?». «Es que tengo un pueblo tan bueno, tan obediente a cuanto le digo, que me parece que ni el santo padre ni su eminencia son tan felices como yo». Sí, hermanas mías, esto da un consuelo admirable, al ver cómo un rebaño camina con obediencia.
Hermana, dijo el padre Vicente, ¿cuáles son las ventajas que se siguen de la obediencia?
– Padre, me parece que la virtud de la obediencia no va nunca sola, sino que ordinariamente va acompañada de otras muchas virtudes, especialmente de la humildad, del amor de Dios y otras muchas.
– Bien dicho, hija mía; la obediencia no va nunca sola; porque la veréis junto con el temor de Dios, el amor al prójimo, a la vocación y a todas las demás virtudes. ¿No veis, por el contrario, mis queridas hermanas, la verdad de esto? Dadme una hermana que no sea obediente. Observadla bien. Veréis que le falta todo y que no tiene virtudes ni amor de Dios, ya que ese amor no es bastante fuerte para obligarle a pedir permiso de lo que hay que hacer. En fin, como ha dicho nuestra hermana, el ser obediente es signo, y muy claro, de una gran virtud. Por el contrario, la desobediencia es señal de que hay poca virtud.
Hermana, un seglar no se escandalizaría si pidiese a una hermana que fuera a un lugar, que le hiciera tal y tal cosa, y la hermana le dijese: «Señor, me gustaría hacerlo, pero no puedo sin permiso». Y si alguno os regalase ropa, o unas Horas o algo semejante, ¿creéis que vería mal que no lo aceptaseis sin permiso?
– No, padre; por el contrario, esto le daría buen ejemplo.
– Y si os diesen unos zapatos, un rosario, o cualquier otra cosa, ¿creéis que deberíais tomarlo?
– No, padre.
– Y si insistiesen para que lo aceptarais, tendríais que responder: «Señor, no puedo tomar nada sin permiso+. ¿Creéis que se sentiría poco edificado con eso? Por el contrario, vería con admiración que unas pobres hermanas viven de esa manera, porque hay algo divino en todo ello. Habéis de creer, mis queridas hermanas, que si hay algo que mantiene a la Compañía es que nuestras buenas hermanas que se han ido al cielo aceptaron esta práctica. Si una hermana dice: «No tengo necesidad de estar siempre pidiendo permiso cuando recibo esto o aquello; se trata de poca cosa», ¿creéis que cumple la voluntad de Dios y que puede perseverar en su vocación?
– No, padre; al contrario, de esa manera irá cayendo cada vez más.
– Dice usted bien, hermana; la Compañía es como el mar, que no puede sostener un cuerpo muerto; es preciso que lo rechace, porque es incapaz de sufrir la corrupción. Si en una Compañía alguna quiere vivir su propia vida, esto es, seguir su propia voluntad, está muerta y la Compañía no la puede tolerar; Dios y el ángel de la Compañía la echarán fuera; esa es la piedra de toque.
¿Le parece a usted que es así? Si una hermana recibe y lee alguna carta sin dársela a la superiora, o la envía sin permiso, ¿cree usted que puede estar contenta?
– No, padre.
– ¡Claro que no, hijas mías!
Y usted, hermana, ¿cree que los seglares se van a escandalizar de ver a una hermana que no quiere tomar nada ni hacer nada sin permiso de sus superiores?
– No, padre; por el contrario, quedarán edificados.
– Hermanas, ¿lo creéis así?
Todas las hermanas se levantaron para responder:
– Sí, padre.
– Si así lo creéis, ¿queréis que nos entreguemos a Dios, vosotras y yo, para no hacer nada sin permiso de los superiores? ¿Verdad que estáis de acuerdo en que las que no quieren hacer nada sin permiso, dan buen ejemplo a toda la Compañía y consuelan mucho a los superiores?
– Sí, padre.
– ¿No queréis hacerlo todas así?
– Sí, padre.
– ¡Que Dios os bendiga, hermanas mías!
Y hemos dicho ya los dos primeros puntos. Nos queda por ver las faltas que se pueden cometer contra esta práctica.
Hermana, ¿qué faltas se pueden cometer principalmente contra esta práctica?
– Me parece, padre, como ya han dicho otras hermanas que se puede faltar de muchas maneras.
– Fijaos, hermanas; hay cosas para las que no es necesario pedir permiso; son las que están ordenadas por nuestras reglas; en las demás, sí que hay que pedir permiso, ya que la misma regla dice que no hay que hacer nada sin permiso. Todo lo que hacéis para cumplir con las reglas lo hacéis ya con permiso, como levantarse, ir a la mesa o al examen. Dios os llama allí y cuando vais, lo hacéis por obediencia. Por ejemplo, suena la campana y os dice: «Levantaos, hermanas». Así conocéis la voluntad de Dios. Las que se levantan, cumplen la voluntad de Dios; pero las que se queden en la cama a pesar de lo que la regla les manda, tienen que pedir permiso. Si la noche anterior prevén que van a necesitar descansar más, han de pedir permiso a la señorita; y de esta forma obedecerán quedándose en la cama. Las hermanas que están en las parroquias tienen que dirigirse a la hermana sirviente: *Hermana, le ruego me permita quedarme un poco en la cama. Si se trata de la hermana sirviente, le dirá a su compañera: «Hermana, me parece que tengo necesidad de descansar»; y la otra hermana le dirá: «Hágalo usted, por favor».
Dígame, hermana, una que tienen necesidad de comer algo fuera de las horas ordinarias y lo hace sin permiso, ¿va en contra de la voluntad de Dios?
– Sí, padre. La hermana que estaba conmigo me decía que era un pecado contra la virtud de la sobriedad; cuando ella creía que yo lo necesitaba, me animaba a comer; pero ella no quería hacer lo mismo, en parecidas circunstancias.
– ¡Es muy hermoso! ¡Buena hermana sirviente! Pero, hija, el comer después de haber pedido permiso, ¿es obedecer?
– Sí, padre.
– ¿Hace mal la que, tanto para tomarse mayor libertad como para poder hablar, no quiere ir a la primera mesa? Pues todas tenéis que acudir a ella, a no ser las oficiales, que no pueden hacerlo a causa de sus ocupaciones.
– Sí, padre. Desobedece a la regla; y la libertad que quiere tomarse es también otra falta.
– Pero, hija, si no va después de haber pedido permiso por algún motivo, ¿cumple la voluntad de Dios?
– Sí, padre.
He aquí, pues, tres cosas que, según nuestra hermana, no pueden hacerse contra la regla: no levantarse al sonido de la campana, comer fuera de hora y no querer acudir a la primera mesa. Bien, hermana, le voy a preguntar una cosa: una hermana que quisiera comprarse algo, unas Horas, un rosario o algo semejante, sin permiso, ¿obraría contra las reglas?
– Sí, padre.
– ¿Y si le diesen alguna otra cosa?, ¿debería tomarla sin permiso?
– No, padre.
– ¿Podría hacerlo con permiso?
– Sí, padre. Yo recibí una vez un libro de un buen párroco sin permiso. Se lo dije luego a mi hermana. Pero ya no volveré a hacerlo, padre.
– No, hija mía, no lo haga usted. Piense en la gran edificación que habría recibido aquel buen sacerdote si hubiese rechazado su libro, diciendo que necesitaba permiso para ello. Una persona que le viera obrar así se convertiría, si era mala, y adquiriría seis grados de virtud, si antes tenía cinco.
Hermana, ¿estaría mal dar dinero, si se tiene?
– Sí, padre.
– Usted, hermana; ¿es un defecto tomar o entregar dinero a algún pariente o conocido?
– Sí, padre.
– ¡Ya lo creo!, hermanas mías, porque la pobreza dice que no hay que tener nada en contra de las reglas.
La hermana que había hablado anteriormente se levantó y dijo:
– Padre, cuando estaba en el pueblo, nos daban trigo algunas veces.
– Pero, hija mía, ¿es que no lo necesitabais?
– Sí, padre; porque no teníamos.
– Entonces, hija mía, hicisteis bien; pero, si hubieseis tenido hubierais hecho mal al aceptarlo.
– Padre, una dama de la Caridad, al volver de un viaje, dirá: «Mire, hermana, el rosario que le he traído; le ruego que lo tome». Como no se trata de un pobre, sino de una dama, ¿estaría mal aceptarlo?
– Sí, hija mía, no hay que tomarlo, y no tengáis miedo de desedificar a nadie; al contrario, adquiriréis mejor fama, porque se fían de vosotras y os entregan el dinero para atender a los pobres. Esas damas tendrán entonces más confianza en vosotras y dirán: «¿Cómo van a tomar nada esas hermanas de lo que se da a los pobres, si no quieren recibir nada sin permiso?».
¿Y usted, hermana? Una hermana que recibe cartas y las abre sin permiso de sus superiores, ¿obra contra la obediencia?
– Sí, padre.
– ¿Entonces, está mal escribir y recibir cartas sin enseñarlas?
– Creo que sí, padre.
– Prometed a Dios portaros bien en esto, porque es la puerta de perdición para las Hijas de la Caridad, hasta el punto de que, si no las enseñáis, es señal de que hay dentro alguna queja o algo que no queréis que se vea, y por consiguiente algo malo. ¡Oh, Señor! ¡Cuántas personas hay en nuestra casa que se han guardado las cartas dos y tres días sin abrirlas hasta que las viera el superior!
Hermana, ¿está bien ir a visitar a algún que otro pariente y rogarles que vayan a visitaros ellos mismos?
– No, padre.
– Hermanas mías, me parece que esto no se da entre vosotras. Si se diese, llegarían a despreciaros los mismos a quienes visitáis.
Usted, hermana; una hermana que compra zapatos elegantes, que manda hacer un corpiño bordado, que compra guantes y arregla sus cabellos, ¿obra según la obediencia?
– No, padre.
– Hermanas, mías, las que quieran llevar zapatos elegantes o corpiños bordados, están ya medio fuera. No deseéis nada de lo que no tengan las demás; porque, si tenéis algo que no se usa en casa, pecáis de singularidad.
– ¿Y usted, hermana? Si una hermana aprende a leer y a escribir o sangrar sin permiso, ¿van en contra de la voluntad de Dios?
– Sí, padre.
– Sí, hija mía, obra en contra de la voluntad de Dios, que quiere que una hermana no se ponga a hacer nada en contra de la obediencia, sino que se conforme a lo que está ordenado.
Fijaos, mis queridas hermanas, no podéis ser todas iguales: unas valen para los enfermos y otras para las escuelas. Les toca a los superiores mirar para qué valéis. No todas sirven para sangrar, pues hay algunas que tienen las manos demasiado torpes. Los dedos de la mano no son iguales en todas; por eso no todas podéis ser semejantes.
Se dice en san Pablo: «Unos profetizan, otros son apóstoles o evangelizan» (4); y Dios se complace en ver esta variedad en las cosas espirituales, lo mismo que en las temporales. Por tanto, hermanas mías, tenéis que estar contentas con vuestras ocupaciones; pero que ninguna se meta a hacer nada en contra de la obediencia. Si una hermana que es buena para la escuela se empeñase en aprender a sangrar, quizás no aprendería nunca y lo estropearía todo. ¡Quiera Dios que, por haber sangrado sin saber, no hayáis herido a nadie, ni le hayáis causado daño alguno, ni le hayáis dado muerte!
Una hermana que quisiese cambiar de confesor, hacer ciertas penitencias o mortificaciones, o rezar el oficio de la Virgen, ¿peca contra la obediencia?
– Sí, padre, porque se pierde.
– No hermanas mías; no hay que hacer nada sin permiso del confesor que se ponga aquí, o de la señorita. ¡Que Dios las bendiga!
Hija mía, una hermana que pide una cosa a los superiores. y no la obtiene, y se marcha enfadada diciendo para sus adentros: «Ya no les pediré nada; me lo niegan todo; no quiero pedirles nada», ¿de qué espíritu estaría animada, hija mía?
– Del espíritu de orgullo.
– Bien dicho: del espíritu de soberbia. No hay que pronunciar jamás esa palabra diabólica, hija del orgullo. ¡Quiera Dios que estéis muy lejos del mismo! Si os niegan lo que pedís, es porque no os conviene o es para probaros. Por eso tenéis que seguir pidiéndolo. Quizás os permitan mañana lo que hoy os han negado.
¿Comulgáis sin permiso? No, no deberíais hacerlo. ¿Dejáis de comulgar por vuestra cuenta? Tampoco debéis hacerlo. ¿Qué habéis de hacer para pedir y para recibir permiso de tomar la disciplina? Apruebo que todas tengáis disciplinas, pero también apruebo que no os sirváis de ellas sin permiso.
Pero quizás me digáis: «Padre, nos está diciendo usted muchas cosas, un montón de cosas; pero ¿no se cansarán nuestros superiores de que les pidamos tantas cosas?». No, hermanas mías, jamás se cansarán de eso vuestros superiores; al contrario, se sentirán muy consolados, al ver que una hermana no hace nada sin permiso. Por lo que se refiere a vuestras reglas, tenéis permiso para seguirlas, y sobre eso no tenéis que pedir permiso; pero para todo lo demás, sí. Las que están en una parroquia, al saber que dicen un sermón en algún lugar de devoción, no tienen que ir sin permiso de su hermana sirviente. La misma hermana sirviente tiene que pedírselo a su hermana. Para lo de mayor importancia, es menester que las hermanas de las parroquias vengan a pedir permiso a la señorita y que le escriban las que están en los pueblos.
Me diréis: «Padre, ¿no podríamos pedir un permiso general para todas las cosas necesarias?». Tenéis que guardaros mucho de hacer esto, y nosotros procuraremos no darlo, porque entonces careceríais del mérito que se obtiene en cada petición de permiso.
Tengo que deciros además que hay algunas que sacan a la fuerza los permisos. Son las que tienen un espíritu pequeño y se preocupan e inquietan si no se les trata con condescendencia. No está bien sacar el permiso por la fuerza. Pedidlo siempre con indiferencia y no insistáis jamás si veis que no les gusta concederlo. Decid dentro de vosotras mismas: «Si me lo conceden, muy bien; si me lo niegan, quizás lo hagan para mortificarme». Dios decía a Moisés: «Es verdad que tú se lo has permitido, pero ha sido por causa de su dureza». De la misma forma, se concede a veces a una hermana un permiso, cuando se ve que no es capaz de dejarse llevar por la voz de la razón.
Me preguntaréis: «Un confesor de la parroquia donde yo estoy, ¿no podría darme permiso para hacer alguna penitencia?». No, no puede. Su jurisdicción no llega hasta allí; no tiene poder más que para confesaros y para permitiros o prohibiros la comunión.
Bien, hijas mías, ¿qué hemos de hacer para practicar bien todo esto? Si alguna vez hemos tenido una conferencia importante, ha sido ahora. Sé muy bien que la mayor parte de vosotras lo practicáis ya, pero os ruego que lo hagáis todas; al obrar así, cumpliréis la voluntad de Dios en la tierra, como la cumplen los ángeles en el cielo, y gozaréis de una paz y de una tranquilidad de espíritu inconcebible. Las mayores sobre todo tienen que dar ejemplo en esto, ya que, si ellas se permiten obrar sin pedir permiso, las jóvenes las imitarán creyendo que no es nada malo. Por el contrario, si ellas son fieles en pedir permiso, edificarán a las más jóvenes, al prójimo, y sentirán ellas mismas un gran consuelo, en vez de la pena extraña e inimaginable que sentirían por haber faltado y desedificado a las demás.
Teniendo esto en cuenta, el primer medio que hay que emplear es pensar con frecuencia: «Estoy empezando una vida bienaventurada, que continuaré luego en el cielo».
Como segundo medio, acostumbraos a la mortificación; mortificarse, es no hacer cada uno su voluntad, que le gustaría ir unas veces por aquí y otras veces por allá. Hay que superar esos movimientos y mantenerse firme en la obediencia.
En tercer lugar, pedid incesantemente esta gracia a Dios. No hay nada tan fácil como pedir permiso de lo que uno quiere hacer. La misma urbanidad lo exige a veces.
Bien, hijas mías, estos son más o menos los medios que habéis de emplear para habituaros a esta práctica. Pido a nuestro Señor Jesucristo que os conceda ver y conocer que es ésta una de las conferencias más importantes que hemos tenido jamás. Ruego a su divina bondad que os mantenga fuertes en esta práctica, lo mismo que mantuvo a nuestras buenas hermanas que se encuentran ahora entre los bienaventurados del cielo. Procuremos imitarlas y especialmente en esta práctica, con lo que la Compañía quedará muy edificada.
¡Oh Salvador de nuestras almas, que has escuchado lo que se ha dicho y has sido tú mismo tan obediente que preferiste morir antes que desobedecer! ¡Quisiera tu divina bondad, por la obediencia de que nos diste ejemplo en la tierra, concedernos la que tanto necesitamos para no hacer nada en contra de la gloria de Dios! Y como tenemos necesidad, hermanas mías, de su gracia, os ruego que ofrezcáis vuestra primera comunión a Dios para alcanzar de él la gracia de no hacer nunca nada en contra de esta práctica. De esta forma no tendréis por qué sentir envidia de las Carmelitas, porque seréis tan felices como ellas, podréis dar gloria a Dios en el estado al que os ha llamado lo mismo que se la dan ellas en el suyo.
Señorita, ¿quiere usted decirnos sus ideas?
– Padre, no tengo nada que decir después de lo que ha dicho su caridad, a no ser que siempre he observado que tiene mucha razón en todo esto y que todas las que han salido de la Compañía, se han salido únicamente por haber estado apegadas a su propia voluntad y por su afecto a estas singularidades.
– Así pues, señorita, dice usted que las que se han salido y han perdido su vocación, ha sido por haber seguido su propia voluntad y por no haber hecho lo que acabamos de decir. Dice usted mucho en pocas palabras. Fijaos bien, hermanas mías, en lo que acaba de decir la señorita; es de mucha importancia; y no hagáis como las que se han salido, sino entrad en la práctica de la obediencia, estando seguras de que se trata de la obra de salvación que os conducirá hasta el eterno santuario. Poned mucha devoción, por favor, cuando decís estas palabras: «Fiat voluntas tua» y repetidlas con frecuencia durante vuestra oración, cuando escucháis la palabra de Dios, para demostrarle que estáis sometidas en todo a su voluntad.
Luego nuestro muy venerado padre se puso de rodillas y añadió:
Mis queridas hermanas, esta es la súplica que hago a Dios, y le pido expresamente que, cuando pronuncie las palabras de la bendición, nos haga capaces de cumplir su santa voluntad, vosotras y yo miserable pecador, que no he hecho nunca más que mi propia voluntad, y que derrame sobre vuestros corazones la gracia de no hacer nunca nada sin permiso de las reglas o de vuestros superiores. Tal es lo que le pido con todo mi corazón
Benedictio Dei Patris…







