Vicente de Paúl, Conferencia 053: Sobre el jubileo

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(17.04.53)

Mis queridas hermanas, el tema de la conferencia de hoy va a ser el jubileo. Hay tres puntos. El primero es sobre las razones que tenemos para entregarnos a Dios y ganar el jubileo; en el segundo diremos en qué consiste el jubileo, qué es lo que se entiende por la palabra jubileo, pues muchos hablan de jubileo sin saber lo que es; el tercer punto es sobre lo que hay que hacer para ganarlo debidamente.

Hermana, dígame por qué razones hemos de entregarnos a Dios para ganar bien el jubileo.

– Padre, me parece en primer lugar que Dios recibirá honor en ello, porque cuando hacemos una buena obra como es debido, Dios es glorificado. Otra razón es que quizás se trata del último jubileo de nuestra vida.

– Bien dicho. Esta hermana ha indicado dos razones. La primera, que Dios se ve honrado por nuestras buenas acciones, cuando están bien hechas. Y como la obra del jubileo es una obra santa e importante para nuestra salvación, por eso es preciso entregarse totalmente a Dios para hacerla bien, según decía un gran santo: «Decid a los justos que hagan bien lo que hacen, tanto si descansan como si rezan, tanto si conversan entre sí como si hacen cualquier cosa; que lo hagan todo como es debido». La segunda tazón es que quizás no veremos ningún otro. ¡Ah! Yo he conocido varios jubileos, pero quizás no los he ganado nunca.

Todas podéis decir que quizás no veréis ningún otro, ya que las jóvenes pueden morir pronto, y las ancianas ya no pueden vivir mucho tiempo. Por eso mismo, todas tienen que honrar a Dios para hacerlo bien.

¿Y usted, hermana, conocía ya el tema de la conferencia?

– Sí, padre.

– Bien, hija mía. ¿Qué razones tenemos para entregarnos a Dios y ganar bien el jubileo?

– Padre, es preciso que nos entreguemos a Dios, porque sin su gracia no podemos hacer nada.

– Bien dicho: no podemos hacer nada sin su gracia (1). y desde ahora hemos de entregarnos a Dios para hacer bien las oraciones que se nos ordenen.

¿Y usted, hija mía?, ¿qué razones tenemos para entregarnos a Dios?

– Creo, padre, que es necesario entregarnos a Dios, ya que sin él no podríamos hacer nada.

– ¡Dios le bendiga, hija mía!

¿Y usted, hermana Antonieta?, ¿sabe lo que es el jubileo?

– Padre, creo que es Dios quien nos abre sus tesoros para concedernos muchas gracias.

– Bien, mis queridas hermanas. Voy a enseñaros lo que es el jubileo, y os ruego que atendáis bien para que se lo podáis enseñar luego a las que están ausentes, y principalmente a los pobres. Esa palabra jubileo quiere decir júbilo. Antes de la venida de nuestro Señor, tenía lugar cada cincuenta años. Aquel año, Dios mandaba que no se labrase la tierra; se vivía de los bienes recogidos el año anterior. Nadie trabajaba; todo el mundo se dedicaba al descanso en aquel año de júbilo.

En segundo lugar se devolvían los bienes a todos los que los habían perdido; se alegraban por ello y se veían libres de todas las deudas. Los esclavos recibían la libertad. De forma que aquel año todo el mundo participaba de las gracias del jubileo. En aquel tiempo, hermanas mías, se vendían hombres: pero ahora ya no se venden, al menos en los países cristianos. Así pues, los esclavos que habían sido vendidos eran puestos en libertad, y dejaban de estar sometidos a los que los tenían cautivos. Aquel era un gran motivo de júbilo y de alegría para aquella clase de hombres. Lo podéis imaginar: ¡después de tantas fatigas y miserias, cuánto consuelo para todos! Eso es lo que se esperaba en el jubileo: el descanso, la recuperación de todos los bienes y la liberación de los esclavos.

Queridas hermanas, aquel jubileo era temporal y era sólo una figura de nuestro jubileo espiritual. Los que cumplen su jubileo espiritual como es debido reciben las mismas gracias espirituales: quedamos libres y volvemos a entrar en posesión de los bienes que habíamos perdido y que nos había llevado el diablo, el mundo y la carne. Por ejemplo, nos habíamos que dado sin fe, sin esperanza, sin caridad, sin justicia, sin fortaleza sin templanza. Esas hermosas virtudes son los tesoros de los cristianos y como los soles que iluminan nuestras almas y nos hacen agradables a los ojos de Dios. Pues bien, por el pecado se pierde todo esto, y por el jubileo se vuelve a recibir; se libera uno de la cautividad del demonio y de sí mismo para poder gozar de la libertad de los hijos de Dios; se goza del descanso de la buena conciencia y se ve uno libre de las penas del purgatorio que habíamos merecido con nuestros pecados.

El jubileo temporal concedía bienes terrenos, y el jubileo espiritual nos concede los bienes de la gracia. Gracias a él, volvemos a entrar en posesión de todas las virtudes infusas, la fe, la esperanza, la caridad. Ved, pues, hermanas mías, cuántos motivos tenemos para alegrarnos de haber cambiado todas esas cosas temporales por bienes espirituales.

Veamos ahora, mis queridas hermanas, qué es propiamente hablando el jubileo. Es una remisión total de los pecados y un perdón de las penas por las que tendríamos que satisfacer en el purgatorio. Nos habíamos visto privados de nuestros bienes y habíamos sido hechos esclavos del pecado; la gracia nos devuelve esos bienes que el pecado nos había arrebatado.

Me diréis: «Pero, padre, ¿no hace esto mismo la confesión?».

Queridas hermanas, sabed que en el pecado hay dos males: el mal de culpa y el mal de pena. La culpa, hermanas mías, es la injuria que cometemos contra Dios dándole la espalda; nos hace indignos de ver nunca a Dios. La pena nos obliga a sufrir en el purgatorio o en este mundo. Por la culpa volvemos la espalda a Dios, por la pena damos la cara a las criaturas, a nuestros padres, a nuestro país y a todas las demás aficiones malas.

Tenéis un ejemplo de esto en David, que había pecado contra Dios. El profeta Natán le dijo: «Has cometido tal pecado, David; has ofendido gravemente a la divina bondad. A ti ya te ha perdonado; pero el hijo que has tenido no será lo que tú crees, porque morirá». David, al escuchar estas palabras del profeta, se echó a llorar, porque quería tiernamente al niño.

Fijaos, pues, hermanas mías, Dios había perdonado el pecado de David, y sin embargo lo castiga por la pena debida a ese pecado. Veis entonces cómo en el pecado mortal hay dos cosas: una que separa nuestra vista de Dios y otra que nos la hace volver a las criaturas. Creo que lo habéis entendido, hermanas mías. Uno se llama mal de pena; el otro, mal de culpa.

La confesión borra el mal de la culpa, de forma que, si teníais el rostro vuelto hacia las criaturas antes de la confesión, después lo tenéis vuelto hacia Dios. Se os ha perdonado la culpa, pero no la pena. La pena se perdona en el purgatorio por el fuego. Como habíamos buscado nuestro gusto y habíamos entregado nuestro corazón a las criaturas amándolas demasiado, ese gusto nos obliga a ir al purgatorio, que es un fuego, dice san Agustín, mayor y más ardiente de lo que se puede imaginar, y del que el fuego elemental no es más que una figura. «Habéis pecado, dice san Pablo, y tenéis que ser purgados, pero purgados como por el fuego; por eso arderéis».

Mis queridas hermanas, ¿por qué santa Magdalena quiso hacer una penitencia tan grande, a pesar de la seguridad que tenía de que nuestro Señor le había perdonado toda su culpa? Quiso hacer esa penitencia, porque sabía que le quedaba la pena debida por sus pecados. Se fue a una montaña muy alta (4), tan escarpada y difícil de escalar que se necesitan varios días para subir y para bajar, tan fría que yo mismo, a pesar de que era en el mes de agosto, tuve que arroparme bien porque hacía frío; y cuando bajamos de la montaña, resultó que hacía un calor excesivo. Pero santa Magdalena se fue a aquella montaña para llorar sus pecados, pensando en las penas del purgatorio.

Veis, pues, hermanas mías, cómo después de la confesión nos queda todavía la obligación de hacer penitencia en este mundo o en el purgatorio durante mucho tiempo. Pero por el jubileo nos vemos libres de esas penas, lo mismo que por la confesión quedamos libres de la culpa. Voy a poneros una comparación. Cuando un hombre ha merecido la muerte y apela al rey para solicitar su gracia, el rey le perdona la vida, ya que es el señor de nuestra vida y se la puede devolver a los culpables. Entonces, ese hombre gozará de la gracia del rey, que le conserva la vida. Pero es preciso que presente sus cartas al parlamento, el cual confirmará esa misma gracia y dirá que el criminal goce de la gracia del rey, esto es, que quede a salvo su vida. Pero será condenado a la confiscación de sus bienes, o a estar en galeras por cuatro o cinco años, o al pago de cierta cantidad de dinero a la viuda, en el caso de que haya sido un asesino; porque la ley ordena que muera todo el que ha matado a alguien; hay que pagar vida por vida. En una palabra, el rey le devuelve la vida; pero todavía le queda la pena para que repare el mal; se le da la vida, pero sigue en pie la pena.

De la misma forma, por la confesión se nos da la gracia del príncipe, que es Dios; pero hay que padecer la pena que el pecado trae consigo. ¿Lo habéis entendido bien, hermanas mías?

Por tanto, hay que satisfacer por nuestros pecados; ¿y cómo podemos satisfacer a Dios? Es el jubileo el que pone en nuestras manos los tesoros de la iglesia. ¿Cuáles son esos tesoros? Son los méritos de la vida y de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, de la santísima Virgen y de los santos.

La santísima Virgen no pecó jamás y sufrió mucho; ¿dónde han ido a parar todos los méritos de sus sufrimientos? A los tesoros de la iglesia. Lo mismo pasa con los tormentos que padecieron todos los santos. Acordaos de san Lorenzo, vuestro patrono (5) (tenéis que tenerle mucha devoción, porque quería mucho a los pobres); con qué entereza sufrió un tormento tan extraño como el de ser quemado vivo, atado a unas parrillas, de forma que la grasa que salía de su cuerpo servía para alimentar más el fuego. Pero él lo sufría todo con mucha alegría y entusiasmo, llegando a decir a los verdugos: «Volvedme del otro lado, que por este ya estoy bien tostado». Así pues, san Lorenzo sufrió más de lo que debía por sus pecados, y esos méritos han entrado en los tesoros de la iglesia.

He aquí, hermanas mías, de qué están compuestos estos tesoros. ¿Y quién es el que puede aplicarlos? El papa, vicario de Jesucristo en la tierra. También los concilios generales han otorgado a veces el jubileo. Los obispos en sus diócesis, pueden, igualmente, disponer de estos tesoros por medio de indulgencias de cien días solamente 6, El papa y los concilios generales pueden conceder una indulgencia plenaria y un jubileo. ¿Quién es el que nos enseña todas estas cosas? La Sagrada Escritura, en la que nuestro Señor dice a san Pedro:»Todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desates será desatado». Ved, hermanas mías, qué gran poder ha dado nuestro Señor a sus apóstoles y al mismo tiempo a sus sucesores con estas palabras: «A quienes les perdonéis los pecados (en el sacramento de la penitencia en cuanto a la culpa, y en el jubileo en cuanto a la pena), les serán perdonados; y a los que se los retengáis, les serán retenidos».

Queridas hermanas, para que os acordéis bien, os lo repetiré una vez más: la culpa se nos perdona por el sacramento de la penitencia, y la pena se nos perdona por los méritos de Jesucristo, de la Virgen y de los santos, que se nos aplican por medio del jubileo; y los papas son los que han recibido de Dios el poder de aplicarnos esos méritos. Entonces, esos méritos satisfacen por nosotros a la divina justicia. Pero, como conviene que sepáis bien todo esto, voy a haceros algunas preguntas.

Hermana, ¿qué quiere decir la palabra jubileo?

– Padre, el jubileo nos libra de las penas del purgatorio después de una buena confesión, acompañada del pesar de haber ofendido a Dios.

– Muy bien, hija mía.

¿Y usted, hermana? ¿qué quiere decir jubileo?

– Quiere decir alegría.

– ¿Y antiguamente, hija mía, el jubileo era como es ahora?

– El antiguo jubileo era temporal, para entrar de nuevo en posesión de sus bienes; nuestro Señor ha cambiado estas gracias temporales en espirituales.

– Bien dicho. ¡Dios la bendiga, hermana! Dice usted que el jubileo temporal se ha convertido en espiritual. Fijaos, aquel pueblo antiguamente sólo alcanzaba el jubileo cada cincuenta años, y esto era para él un motivo de gran alegría, porque volvía a entrar en posesión de sus bienes; descansaba durante todo aquel año y los esclavos recibían la libertad. Ved si no tenemos nosotros un motivo mucho mayor para alegrarnos. Aquel jubileo no era más que una figura de nuestro jubileo espiritual. Si estamos bajo la esclavitud del espíritu maligno, somos puestos en libertad; si hemos perdido los bienes de la gracia, volvemos a entrar en posesión de los mismos.

Usted, hermana; ¿ese jubileo temporal se ha convertido en espiritual y se reciben los bienes perdidos?

– Sí, padre.

– Si estuviésemos en manos del diablo y hubiésemos perdido nuestros bienes, que son la fe, la esperanza y la caridad, ¿volvemos a recuperarlos?

– Sí, padre; y se nos concede la remisión de nuestros pecados en cuanto a la pena y en cuanto a la culpa.

– ¿Qué hay que hacer para ganarlo?

– Hay que hacer lo que el papa ordena.

– Bien dicho: hay que hacer lo que el papa ordena, que es confesarse y comulgar, visitar las iglesias y rezar las oraciones mandadas. Si una persona está ya en estado de gracia, puede hacer las estaciones antes de confesarse.

Hermana, ¿cuántos males hay en el pecado?

– Dos males, la culpa y la pena.

– ¿Qué es la culpa, hija mía?

– Es lo que nos hace volver las espaldas a Dios; y la pena, es lo que nos apega a ]as criaturas.

– Usted, hermana; ¿hay dos males en el pecado?

– Sí, padre; está la culpa y la pena. Por la culpa volvemos la espalda a Dios, y la pena nos hace volver el rostro a las criaturas. La culpa se borra por la confesión, y la pena por el jubileo y por las indulgencias.

– Hermana, ¿en qué se basa el jubileo?

– En los tesoros de la iglesia.

– ¿Qué quiere decir eso de los tesoros de la iglesia?

– Son los méritos de nuestro Señor Jesucristo, de la Virgen y de los santos.

– Bien, muy bien; son esos los tesoros de la iglesia. ¿Quién puede distribuir esos tesoros?

– Sólo el papa puede conceder el jubileo y la indulgencia plenaria; los obispos pueden conceder una indulgencia de cien días solamente (9).

– Entonces, ¿qué es el jubileo?

– Es una aplicación de los méritos de Jesucristo que concede el papa para la remisión de las penas debidas a nuestros pecados en este mundo y en el otro.

– Usted, hermana, que es tan joven; vamos a ver qué es lo que sabe. ¿Cuántos males hay en el pecado mortal?

– Está el mal de culpa y el mal de pena. La culpa es volver la espalda a Dios; y la pena es apegarse a las criaturas.

– ¿Cómo se borra la culpa?

– Se borra por la confesión, y la pena se borra por el jubileo.

– Dígame, hija mía, ¿de dónde se saca el jubileo?

– De los tesoros de la iglesia.

– Bien dicho. ¿Quién puede aplicarlos?

– El papa y los concilios generales.

– Sí, el papa y los concilios generales pueden concedernos el jubileo y las indulgencias plenarias. Hermana, ¿qué quiere decir jubileo?

– Quiere decir alegría.

– Hija mía, ese jubileo que era antiguamente temporal ¿se ha cambiado en espiritual?

– Sí, padre.

– ¿Qué hace en nosotros el jubileo?

– Borra la pena del purgatorio.

– Ved, entonces, hijas mías, si no es acaso un gran motivo de júbilo verse libre de estas deudas. Antiguamente no se trabajaba durante este año de júbilo, sino que todos descansaban y gozaban de gran tranquilidad, y esto se llamaba el gran sábado.

Bien, hermana, una persona, después de haber ganado el jubileo, ¿queda de nuevo en posesión de los bienes que había perdido por el pecado?

– Sí, vuelve a entrar en posesión de las virtudes que había perdido.

– Hermana, cuando una persona se confiesa, ¿se le perdonan la culpa y la pena?

– No, padre, solamente la culpa; la pena se perdona por el jubileo.

– ¿De dónde se sacan esas gracias?

– De los tesoros de la iglesia.

– ¿Qué se entiende por tesoros de la iglesia?

– Son los méritos de nuestro Señor Jesucristo.

– ¿Quién puede aplicarlos?

– Nuestro santo padre el papa que, como vicario de Jesucristo, ofrece al Padre esos mismos méritos por los pecados que muchos cristianos cometen todos los días.

– Bien, ¡que Dios la bendiga! Me siento muy consolado, mis queridas hermanas. Creo que será conveniente que habléis entre vosotras de todo lo que acabamos de decir, mientras volvéis a vuestras casas. Las que vivís aquí, os lo enseñaréis mutuamente y sobre todo hablaréis a las ausentes. Acordaos bien de que la confesión borra la culpa, y que por el jubileo se perdona la pena. Nos queda ahora por hablar de lo que hay que hacer para que nos sea útil el jubileo y nos libre del fuego del purgatorio, en el que quizás nos veamos obligados a sufrir durante veinte o treinta años, aunque nos hayamos confesado bien. Mis queridas hermanas, ¡Cómo hemos de alegrarnos si conseguimos ganarlo!

Pero ¿qué hay que hacer para ello? Voy a leeros la bula y sabréis cuál es la intención de nuestro santo padre el papa y de] señor arzobispo.

Entonces nuestro muy venerado padre dijo al hermano que le acompañaba: «Hermano, le ruego que lea usted la bula».

Tras esta lectura, el padre Vicente prosiguió:

Así pues, hermanas mías, hay cuatro cosas: hay que hacer penitencia, confesar, comulgar, visitar cuatro iglesias y decir en cada una cinco padrenuestros y cinco avemarías.

Una hermana le preguntó:

– Padre, ¿es necesario hacer confesión general?

– Es conveniente hacer una; pero para vosotras no es necesario; solamente os la aconsejo. Será conveniente que empecéis y que terminéis por la comunión, aunque sin añadir ninguna especial a las que os permite la regla. Además, hermanas mías, hay que pedir a Dios por nuestro santo padre el papa, por la paz, por la extirpación de las herejías y por la exaltación de la santa iglesia, para que Dios nos dé buenos sacerdotes, buenas religiosas y buenas Hijas de la Caridad, esto es, pedir que remedie todas las necesidades actuales de su iglesia.

Esta era la bula de nuestro santo padre el papa; ahora escucharéis las disposiciones del señor arzobispo.

Una vez hecha la lectura, nuestro muy honorable padre dijo:

Estas son, mis queridas hermanas, las normas que establece la bula. Acabáis de escuchar en qué consisten y también lo que hay que hacer, que es ser penitente, tener gran pesar de haber ofendido a Dios, confesarse y comulgar, y visitar las iglesias rezando en cada una cinco padrenuestros y cinco avemarías.

En cuanto a las estaciones, tienen que hacerlas las que están bien, pero las que son ancianas o están enfermas, como sor Juana, la de San Martín, podrán ser dispensadas por su confesor, a quien preguntarán qué es lo que pueden hacer en su lugar.

Vosotras, hermanas mías, podréis hacerlas mientras servís a vuestros pobres, por el camino. Nuestro Señor lo quiere así, sobre todo porque el servicio que hacéis a los pobres se lo hacéis también a él.

Diréis cinco padrenuestros y cinco avemarías por las intenciones de nuestro santo padre el papa, que nos manda rezar a Dios por la extirpación de las herejías, la exaltación de la santa iglesia, la paz, las necesidades todas de la hora presente y las que no se pueden especificar. Mis queridas hermanas, hay que ir con gran devoción, con la vista recogida y el espíritu ocupado en buenos pensamientos. El rey mismo hace esas estaciones a pie. La reina (10) hace lo que puede; dice: «Soy ya anciana; no puede hacer todo el camino a pie». En fin, mis queridas hermanas, nunca he visto tanta devoción como ahora. Deseo, Dios mío, que sea eficaz delante de ti y que nos concedas, tal como espero de tu bondad, la paz interior.

Me olvidaba deciros, mis queridas hermanas, que el jubileo antiguamente se celebraba cada cien años; luego, como se vio que había que esperar demasiado tiempo, el jubileo se renovó cada cincuenta años, y luego todos los treinta y tres en honor de los treinta y tres años de la vida de nuestro Señor en la tierra. Aquel tiempo se redujo más tarde a veinticinco años, ya que los hombres no viven tanto. Y esto no falla nunca. Además, en las grandes necesidades, se recurre a Dios por este medio.

Es menester que lo hagamos con gran devoción, después, de habernos entregado del todo a Dios, con todo el deseo posible de obtener de él lo que se necesita. En este tiempo es cuando las Hijas de la Caridad tienen que pedirle las tres hermosas virtudes que componen su espíritu: la caridad, la humildad y la sencillez.

La caridad que habéis de tener es la caridad para con Dios, para con el prójimo y para con vosotras mismas. Tenéis que empezar por vosotras mismas, amándoos con mucho cariño. Una hermana que lleva el vestido de la Caridad delante del mundo y delante de Dios, si no tiene caridad, no es nada. La humildad consiste en tomar lo peor y en considerarse la última de todas. La sencillez que necesitáis es la que habéis visto en vuestras buenas hermanas difuntas. Este espíritu de verdadera caridad lo alcanzaréis de Dios por medio del jubileo.

Señorita Le Gras, haga el favor de decirnos sus sentimientos:

– Me parece, padre, que su caridad ya ha dicho todo lo que se puede decir. Lo único que me queda por decir es, empezando por lo último, que hemos de esforzarnos en utilizar bien este medio, del que se sirve Dios para darnos sus gracias. Otra de las razones que tenemos para entregarnos a Dios es que, habiéndosenos perdonado la pena de nuestros pecados en general, su bondad puede concedernos la gracia de no caer en esos mismos pecados para el resto de nuestros días. Me parece que, para ponernos en gracia, hay que dirigirse a Dios, ya que no hay nada en la tierra que nos pueda dar esa gracia, si no lo hace la divina bondad.

Como medios, me parece que hay que tener muchos deseos de ganarlo, considerando la necesidad que de él tenemos. Otro medio es la desconfianza de nosotras mismas. Por lo que a mí se refiere, me siento incapaz de poderme preparar para esa gracia, si la bondad de Dios no suple todos mis defectos.

– Bien. Pido a nuestro Señor Jesucristo que os conceda la gracia de no ofenderle nunca y de que permanezcáis firmes en su amor. Y yo, el pecador más miserable de todos, que tengo más necesidad que nadie de esta gracia, no dejaré de pronunciar sobre vosotras las palabras de la bendición, rogándole que os conceda al mismo tiempo las disposiciones necesarias para ganar bien el jubileo.

Benedictio Dei Patris…

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