Vicente de Paúl, Conferencia 053: Conferencia Del 6 De Agosto De 1655

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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SOBRE LA POBREZA

Importancia y necesidades de la pobreza en las comunidades religiosas. Ejemplo de nuestro Señor, de los primeros cristianos, de los buenos misioneros. El padre Vicente se alegra y da gracias a Dios por el espíritu de desprendimiento que reina en la compañía.

Esta materia es de tantas consecuencias que creo será conveniente continuar con ella la próxima vez; volveremos entonces a tratarla el viernes próximo, y podemos esperar de la bondad de Dios, que obra según las disposiciones de los sujetos, que nos concederá todavía mayores gracias; pues, como se acaba de decir, la pobreza es lo que nos debe mantener. ¿Qué pasaría con la compañía si llegara a introducirse en ella el apego a los bienes del mundo? ¿en qué se convertiría? Los santos dicen que la pobreza es el nudo de las religiones. Nosotros no somos religiosos; ha sido conveniente que no lo fuésemos, y no somos dignos de serlo, aunque vivamos en comunidad; pero se puede decir que la pobreza es el nudo de las comunidades, y sobre todo de la nuestra, que la necesita más que las otras; es ese nudo el que la desliga de todas las cosas de la tierra y la ata a su Dios. ¡Oh Salvador, concédenos esta virtud, que nos une inseparablemente a tu servicio! ¡Que no busquemos ni pretendamos otra cosa más que a ti solo y tu gloria! ¡Bendito sea Dios!

Pues bien, la pobreza que profesamos es un voto simple que hacemos de abandonar los bienes del mundo para servir a Dios, vivir en común y no tener nada en particular. Esto debe entenderse en cuanto al uso; los que tienen algún beneficio, lo dejan; los que tienen otros bienes, los dejan o ponen en manos del superior la disposición de sus frutos; y viven todos en común. Así ninguno tiene más que los demás; aunque algunos tengan posesiones, no usan de ellas particularmente, aunque sigan siendo dueños de sus fondos. Si, por desgracia, llegaran a perder este espíritu y quisieran salirse del lugar en donde Dios los había puesto, después que el papa los dispense del voto, o el superior, al salir vuelven a disfrutar de sus bienes y de sus rentas. ¡Bendito sea Dios! Es verdad que, si mueren dentro de la Misión, bien aquí, o en las Indias, o en cualquier sitio, tienen la disposición de sus bienes como de una cosa que les pertenece en propiedad; sin permiso del superior, pueden hacer con ello lo que quieran y dejárselo a quien les parezca. Ese derecho que se tiene sobre el patrimonio y sobre las herencias que se reciban no impide que vivamos en la santa pobreza.

Si tenemos algunos bienes, no tenemos el uso de ellos, y en esto somos semejantes a Jesucristo que, teniéndolo todo, no tenía nada; era el dueño y señor de todo el mundo y el que hizo todos los bienes, pero quiso privarse de su uso por nuestro amor; aunque era el señor de todo el mundo, se hizo el más pobre de todos los hombres y tuvo menos que los mismos animales: Vulpes foveas habent; volucres caeli, nidos, Filius autem hominis non habet ubi caput reclinet: el Hijo de Dios no tiene ni una piedra donde reposar su cabeza. ¡Oh Salvador! ¡Oh Salvador! ¿qué será de nosotros si nos apegamos a los bienes de la tierra? ¿Y qué llegaremos a ser siguiendo el ejemplo de la pobreza del Hijo de Dios? ¡Que los que tengan bienes, no deseen usarlos, si han renunciado a ellos! ¡Y que los que no tengan, no quieran tenerlos!

Al comienzo de la Iglesia, todos los que querían hacerse sacerdotes abandonaban sus bienes: Dominus pars haereditatis meae et calicis mei. Un sacerdote tiene que renunciar a todo para no tener más que a Dios solo, ¡más que a ti solo, oh Salvador! ¿No es bastante? ¿No es justo que así sea? ¿hay que pensar en más cosas? Dominus pars haereditatis meae et calicis mei!

Así pues, al comienzo había que abrazar la pobreza para ser sacerdote; había entonces muy pocos; sólo se ordenaba a los necesarios, según los beneficios que había; y cuando un sacerdote fallecía, se ordenaba el escogido para ese beneficio, de forma que muchas veces se estaba nombrado antes de ser sacerdote; pero luego se creyó más conveniente y oportuno, y hasta necesario, que hubiera más sacerdotes. Por eso, aunque no hubiera ningún beneficio, recibían las órdenes con un título de patrimonio, y así aumentó el número de sacerdotes. Pues bien, este título es diferente según los lugares, o al menos los señores obispos piden más en un sitio que en otro: en París se necesitan 50 escudos, en otras partes 100, y en otras basta con 80; algunos hay que se contentan con 50 libras, más o menos.

Así pues, los sacerdotes hacían una especie de voto de pobreza al principio, como por ejemplo san Basilio, san Jerónimo y otros que no recuerdo. También los santos, los primeros cristianos, y no sólo los sacerdotes, sino todos, abrazaban la pobreza. ¡Oh Salvador! Los primeros cristianos hacían todos voto de pobreza: nec quisquam eorum quae possidebat aliquid suum esse dicebat, sed erant illis omnia communia; ninguno de ellos consideraba como suyo particular nada de lo que poseía, sino que todas las cosas eran comunes entre ellos; vendían sus posesiones y traían el dinero a los apóstoles, que lo distribuían luego a cada uno según sus necesidades. Vemos incluso cómo uno, habiendo intentado desprenderse de todos sus bienes, fue rigurosamente castigado por san Pedro, que ejerció un acto de justicia, haciendo morir a Ananías, y poco después a su mujer, que cayeron muertos a sus pies por la virtud de Dios que había en él, y por la autoridad que le daba, los castigó inmediatamente. San Basilio y san Jerónimo, basándose en que san Pedro realizó un acto de justicia haciendo morir súbitamente a sus pies a Ananías y a su mujer, a la vista de todo el mundo, ante toda la iglesia, nos aseguran que los primeros cristianos hacían una especie de voto de pobreza.

¡Qué dicha para la Misión poder imitar a los primeros cristianos, vivir como ellos en común y en pobreza! ¡Oh Salvador! ¡Qué ventaja para nosotros! Pidámosle a Dios que, por su misericordia, nos dé este espíritu de pobreza. Sí, el espíritu de pobreza es espíritu de Dios; porque despreciar lo que Dios desprecia y estimar lo que él estima, buscar lo que él aprueba y aficionarse a lo que él ama, es tener el espíritu de Dios, que no es otra cosa más que tener los mismos deseos y afectos que Dios, entrar en los sentimientos de Dios. Y ése es el espíritu de Dios: amar, como él y los suyos, la pobreza, a la que se opone el espíritu del mundo, ese espíritu de propiedad y de comodidad que busca la satisfacción propia, ese espíritu de apego a las cosas de la tierra, ese espíritu de anticristo, si, de anticristo, no ya de ese anticristo que ha de venir un poco antes de nuestro Señor, sino de ese espíritu de riquezas opuesto a Dios, de esas máximas contrarias a las que ha enseñado el Hijo de Dios.

Bien, ¡ánimo! Evitemos ese espíritu de condenación y roguemos a Dios que nos dé el suyo, el espíritu de pobreza; pidámosle que lo conserve en nosotros; porque, gracias a Dios, siempre ha existido en esta pequeña compañía; ese espíritu de abandono de todas las cosas, que nos hace dejarlo todo por Dios, que nos aleja de las comodidades, de los tiempos y de los lugares, para ir acá o a las Indias, si que existe, gracias a Dios, en la Misión. Uno tiene que marcharse a cien leguas: ¿cuándo se va a marchar usted, padre, a ese lugar tan lejano? Hoy, mañana, ahora mismo. Y se va uno tan fácilmente a cuatrocientas leguas, a Roma.

¡Oh Salvador! Es tu espíritu el que hace esto, tú eres el que has dado este espíritu a la Misión. Desde hace treinta años creo que no he encontrado a nadie, o mejor dicho, a uno solamente, que se haya negado a ir a un sitio. ¡Bendito sea Dios! Pero ¿qué es lo que pretenden los que quieren tener siempre y, aunque tengan, no tienen nunca bastante? ¿Qué es lo que pretenden? Lo sé muy bien; quieren gozar de la vida y dar rienda suelta… ¿lo diré?… ¡Ya pensaré en ello!

Los bienes son llamados medios, pues no los queremos para tenerlos solamente a ellos sino para tener otra cosa; los que los buscan, quieren pasar el tiempo, gozar, acomodarse, ascender. ¡Oh Salvador! ¿Es esto ser misionero? ¿Es ése el espíritu de la Misión? No, no, él está fundado en la pobreza, el que tiene este espíritu, lo tiene todo, lo puede todo y nada teme; y Dios, que no abandona jamás a quienes lo dejan todo por él, aumenta las fuerzas cuando es preciso, y da nuevas fuerzas. Es lo que me comunica el padre Mousnier, que está en Madagascar.

Padres y hermanos míos, pidamos todos este espíritu a Dios; que nos separe de todos los bienes del mundo para unirnos a él; ese espíritu sin el cual es imposible vivir en comunidad. Pidámoselo todos juntamente, os lo ruego; recemos por ello toda esta semana; quizás, por su gracia, le inspire a alguien que venga a inflamarnos el viernes en este espíritu de pobreza; busquemos esta semana el medio de conseguirlo. ¡Dulce Salvador!, te conjuramos por ti mismo: concédenos este espíritu, que hará que sólo te busquemos a ti. Ese espíritu viene de ti, depende de ti dánoslo, pues; te lo suplicamos con toda humildad. Padres, pidámoselo mucho; si lo tenemos, lo tendremos todo; si morirnos en ese espíritu, seremos bienaventurados. ¡Qué honor, qué dicha y qué gloria, morir como murió el Hijo de Dios! ¿Hay una dicha mayor? ¿Se puede desear un final mejor y más glorioso? Así es como moriremos, si vivimos en el espíritu de pobreza. Tenemos que esperarlo de la bondad infinita de Dios.

Seguiremos el viernes con este mismo tema, in nomine Domini!

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