Vicente de Paúl, Conferencia 051: Sobre el espíritu de la Compañía

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(09.02.53)

Hermanas mías, el tema de esta conferencia es la continuación de la que tuvimos el domingo pasado, que fue sobre el espíritu de la Compañía de Hijas de la Caridad. Se divide en tres puntos. El primero será sobre las razones que os obligan a saber cuál es vuestro espíritu; el segundo, sobre lo que es; el tercero, sobre los medios para permanecer en dicho espíritu.

El domingo tratamos del primer punto, y os preguntaba en qué puede demostrar una hermana que es verdaderamente Hija de la Caridad. Os pregunté a algunas de vosotras y nos hicieron ver cuánta importancia tiene conocer bien ese espíritu.

Hoy conviene que tratemos del segundo punto. No voy a preguntar a nadie, ya que difícilmente podría haber alguna que me pudiera responder, a no ser la señorita; porque, si os pregunto cuál es ese espíritu, me diréis: «Padre, ¿nos lo ha dicho usted alguna vez? Enséñenoslo y le responderemos».

Pues bien, mis queridas hermanas, para hacer que lo entendáis bien, es preciso que sepáis la diferencia que hay entre vuestra Compañía y otras muchas que hacen profesión de servir a los pobres como vosotras, pero no de la manera que vosotras lo hacéis. El espíritu de la Compañía consiste en entregarse a Dios para amar a nuestro Señor y servirle en la persona de los pobres corporal y espiritualmente, en sus casas o en otras partes, para instruir a las jóvenes pobres, a los niños y en general a todos los que la Providencia os envía. Fijaos, mis queridas hermanas, esta Compañía de Hijas de la Caridad se compone en su mayoría de pobres jóvenes. ¡Qué excelente es esa cualidad de pobres jóvenes, pobres en sus vestidos, pobres en su alimento! Precisamente os llaman pobres Hijas de la Caridad; y habéis de tener ese título en gran honor, ya que el mismo papa se siente muy honrado al ser llamado siervo de los siervos de Dios. Esa cualidad de pobres os distingue de las que son ricas. Habéis dejado vuestro pueblo, vuestros parientes y vuestros bienes; ¿y para qué? para seguir a nuestro Señor y sus máximas. Sois hijas suyas y él es vuestro Padre; os ha engendrado y os ha dado su espíritu; el que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad.

¿Qué es lo que él vino a hacer? Vino a enseñar, a iluminar. Es lo que vosotras hacéis. Continuáis lo que él comenzó; sois hijas suyas y podéis decir: «Soy hija de nuestro Señor»; y tenéis que pareceros a él.

¿Cuál es por tanto ese espíritu de las Hijas de la Caridad? Es, hermanas mías, el amor de nuestros Señor. ¿No es natural que las hijas amen a su padre? Y para que podáis entender lo que es este amor, es menester que sepáis que se ejerce de dos maneras: afectiva y efectivamente.

El amor afectivo es la ternura en el amor. Tenéis que amar a nuestro Señor con ternura y afecto, lo mismo que un niño que no puede separarse de su madre y que grita: «Mamá», apenas siente que se aleja. Del mismo modo, un corazón que ama a nuestro Señor no puede sufrir su ausencia y tiene que unirse con él por ese amor afectivo, que produce a su vez el amor efectivo. Porque no basta con el primero, hermanas mías; hay que tener los dos. Hay que pasar del amor afectivo al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de obras de caridad, en el servicio a los pobres emprendido con alegría, con entusiasmo, con constancia y amor. Estas dos clases de amor son como la vida de una hermana de la Caridad, porque ser Hija de la Caridad es amar a nuestro Señor con ternura y constancia: con ternura, sintiéndose a gusto cuando se habla de él, cuando se piensa en él, y se llena toda de consuelo cuando se le ocurre pensar: «¡Mi Señor me ha llamado para servirle en la persona de los pobres; qué felicidad!».

El amor de las Hijas de la Caridad no es solamente tierno; es efectivo, porque sirven efectivamente a los pobres, corporal y espiritualmente. Estáis obligadas a enseñarles a vivir bien; lo repito, hermanas mías, a vivir bien, es lo que os distingue de otras muchas religiosas que están solamente para el cuerpo y no les dicen a los enfermos ninguna palabra buena; hay muchas así. Pero ¡Dios mío!, no hablemos de esas; bien, ¡Salvador mío!, la Hija de la Caridad no tiene que tener solamente cuidado de la asistencia corporal de los pobres enfermos; a diferencia de muchas otras tiene que instruir a los pobres. Esto es lo que tenéis sobre las religiosas del Hospital Mayor y las de la Plaza Real; y también que vais a buscarlos a sus casas, lo cual no se ha hecho nunca hasta ahora, puesto que las otras se contentan con recibir a los que Dios les envía.

Por consiguiente tenéis que llevar a los pobres enfermos dos clases de comida: la corporal y la espiritual, esto es, decirles para su instrucción alguna buena palabra de vuestra oración, como serían cinco o seis palabras, para inducirles a que cumplan con sus deberes de cristianos y a practicar la paciencia. Dios os ha reservado para esto. Las historias eclesiásticas y profanas no dicen que se haya hecho nunca nada de lo que vosotras hacéis; hay que exceptuar a nuestro Señor; por eso tenéis muchos motivos para humillaros. Llevaban enfermos a nuestro Señor para que los curase, como aquel pobre paralítico que bajaron por el techo de la casa. ¿No es lo que vosotras hacéis en los hospitales? Hermanas mías, desde toda la eternidad estabais destinadas a servir a los pobres de la misma manera que nuestro Señor lo hizo. Sí, Salvador mío, tú has esperado hasta esta hora para formar una Compañía que continúe lo que tú comenzaste.

Vuestra Compañía mis queridas hermanas, tiene también la finalidad de instruir a los niños en las escuelas en el temor y amor de Dios, y esto lo tenéis en común con las Ursulinas. Pero como ellas tienen casas grandes y ricas, los pobres no pueden ir allá y han acudido a vosotras.

Además, si ocurre alguna calamidad en París, por ejemplo en tiempos de guerra, se recurre a las pobres Hijas de la Caridad. No veo a nadie tan dispuesto a socorrer a los pobres de todas formas como vosotras. No seríais Hijas de la Caridad, si no estuvieseis siempre dispuestas a servir a todos los que os pueden necesitar.

He aquí, hijas mías, en qué consisten en general, el amor afectivo y el amor efectivo: servir a nuestro Señor en sus miembros espiritual y corporalmente, y esto en sus propias casas, o bien donde la Providencia os envíe.

Hay que saber, por tanto, mis queridas hermanas, que el espíritu de vuestra Compañía consiste en tres cosas: amar a nuestro Señor y servirle con espíritu de humildad y de sencillez. Mientras reinen en vosotras la caridad, la humildad y la sencillez, se podrá decir: «Todavía vive la Compañía de la Caridad»; pero cuando dejen de verse estas virtudes, se podrá decir: «La pobre Caridad se ha muerto». Una Hija de la Caridad que no tiene humildad ni caridad está muerta, porque carece de espíritu; es como aquel a quien le dice el ángel en la Sagrada Escritura: «Estás muerto, porque no tienes caridad, que es la vida del alma» (2). Lo mismo que el alma es la vida del cuerpo, el día en que la caridad, la humildad y la sencillez dejen de verse en la Compañía, la pobre Caridad estará muerta; sí, estará muerta.

Acabo de ver a un pobre que ha venido de Etampes, muy malparado. Le he preguntado: «Amigo, ¿quién le ha puesto de ese modo?». Y me ha contestado: «Han sido los muertos» (3). Eso es, hijas mías, lo que hacen los muertos: hacen morir a los vivos. Y lo mismo que un cuerpo, cuando se queda sin espíritu, está muerto, también una Hija de la Caridad que no tiene su espíritu está muerta. ¿Dónde está la caridad de esa hermana que no tiene nada de humildad, ni sencillez, y que no sirve a los pobres con agrado y amor? Está muerta. Pero si tiene esas virtudes, vive, porque son la vida de su espíritu.

¿Comprendéis bien todo esto? ¿Me entendéis bien, hijas mías?

Varias hermanas respondieron:

– Sí, padre.

Nuestro muy venerado padre prosiguió:

Repito una vez más que el espíritu de vuestra Compañía, hermanas mías, consiste en el amor de nuestro Señor, el amor a los pobres, vuestro amor mutuo, la humildad y la sencillez. Si no existen esas virtudes, más valdría que no hubiera Hijas de la Caridad.

Hijas mías, ese es vuestro espíritu en tres puntos. Bien, se está haciendo tarde. Si entro en la explicación de la humildad, quizás abusaría de vuestra paciencia; lo haremos otra vez, si Dios quiere.

Me diréis: «Pero, padre, ¿no deben tener todos los cristianos esas tres virtudes?» Sí, hermanas mías; pero las Hijas de la Caridad tienen que ser más atentas en su práctica. El que os vea, tiene que conoceros por esas virtudes. Cuando habláis con los demás, o vais por la calle, id con naturalidad, tened el corazón bien abierto, acordándoos de que los ángeles ven vuestra modestia. Si vais al refectorio, que sea siempre con esas tres bellas joyas de la humildad, la caridad y la sencillez

Todos los cristianos, hermanas mías, están obligados a la práctica de estas virtudes; pero las Hijas de la Caridad tienen esta obligación de una forma especial. Podréis decirme: «Pero, padre, ¿acaso no estamos también obligadas a la práctica de todas las demás virtudes?» Sí, estáis obligadas a ellas, pero a esas tres lo estáis de una manera muy especial; el cielo y la tierra lo están pidiendo de vosotras. Los cartujos están obligados a la práctica de todas las virtudes, pero se dedican muy especialmente a cantar las alabanzas de Dios. Los capuchinos también tienen obligación de practicar todas las virtudes, pero ninguna estiman tanto como la virtud de la pobreza. De la misma manera, Dios quiere que las Hijas de la Caridad se dediquen especialmente a la práctica de tres virtudes, la humildad, la caridad y la sencillez.

Se me ocurre ahora una objeción que podríais ponerme: «Padre, todo eso está muy bien; pero ¿cuál es el medio para adquirir ese espíritu y para conservarlo?». Hermanas mías, os voy a recomendar sobre todo dos cosas: la primera, que todos los días se lo pidáis a Dios en la oración de la mañana, en la santa misa, a mediodía, a lo largo de la jornada, concretamente al empezar las acciones principales, diciéndoos dentro de vosotras mismas: «¿Hago yo esta acción por caridad, por amor a Dios? ¿No la haré acaso por humor, por vana complacencia? Por ejemplo, cuando vengo a esta casa a decir mis faltas a la señorita, ¿tengo suficiente humildad para hacerlo? ¿Soy sencilla? Si me gustan los equívocos, si digo las cosas de manera distinta de como son, es que no tengo sencillez».

El segundo medio consiste en vivir según el espíritu de una verdadera Hija de la Caridad y que, por la noche, en vuestro examen de conciencia, os examinéis para ver si habéis obrado en conformidad con vuestro espíritu: «¿He hecho yo mis acciones en el día de hoy con espíritu de caridad? ¿No las habré hecho quizás por orgullo? ¿No he tenido doblez en alguna ocasión?» Si reconocéis que ha habido en vosotras alguna de esas faltas, es menester que hagáis penitencia, y que si la falta es notable, toméis la disciplina con el debido permiso, beséis el suelo, digáis un padrenuestro y un avemaría; si hay costumbre de visitar al Santísimo Sacramento, hacedlo también con esta intención. Si observáis esta práctica, mis queridas hermanas, iréis engendrando en vuestra alma el amor a la humillación y aumentará en vosotras el espíritu de caridad y de humildad.

¡Oh Salvador de nuestras almas, luz del mundo! Te pedimos que ilumines nuestro entendimiento para que podamos conocer la verdad de las cosas que acabamos de escuchar. Te lo pedimos a ti, que has querido formar para tu servicio una Compañía de pobres hijas, que han de servirte de la misma manera que tú les has enseñado. Haz de ellas, Dios mío, tus instrumentos. Concédeles y concédeme a mí, a pesar de que soy un miserable pecador, la gracia de poder realizar todas mis acciones por caridad, humildad y sencillez en la asistencia al prójimo. Concédenos esta gracia, Señor nuestro. Si somos fieles en la práctica de estas virtudes, esperamos que nos concederás la recompensa que les has prometido a todos aquellos que te sirven en la persona de los pobres.

Cuando nuestro muy venerado padre estaba a punto de terminar, la señorita Le Gras le dijo:

Padre, le suplico que nos ofrezca a Dios para que nos penetremos debidamente de ese espíritu, y que le pida perdón por nosotras, por las faltas que hemos cometido contra ese mismo espíritu.

Nuestro muy venerado padre respondió:

– Así lo haré mañana en la santa misa, que pienso ofrecer en honor de santa Apolina, quien amó tanto a nuestro Señor hasta entregar su cuerpo a los tormentos y dar su vida por él.

Benedictio Dei Patris…

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