Vicente de Paúl, Conferencia 051: Repetición De La Oración Del 1 De Agosto De 1655

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Guardar el silencio. En el recreo, conversar con modestia. Ejemplo de los ejercitantes, de los cortesanos, de los grandes, de la Sorbona. Lo que hagan los primeros de la compañía será imitado por los que vengan luego; ejemplo de Recab, de Adán.

Al final de la repetición de la oración, el padre Vicente tomó tema para hablar de lo que dijo un hermano coadjutor de la despensa, que se puso de rodillas y pidió perdón a Dios por hablar demasiado alto, sin corregirse de ello. Entonces el padre Vicente dijo:

La verdad es que se hace mucho ruido en la despensa, y esto molesta a los que están al lado y les impide oír la lectura; aunque le han avisado, no se corrige; además, cuando le llaman para que acuda, usted no responde y se hace el sordo. Esto, hermano mío, es una falta importante; corríjase de ella.

No sé de dónde procede todo este ruido que hacemos y el poco silencio que hay entre nosotros. Al comienzo de la compañía se observaba mejor el silencio, se tenía la costumbre de hablar más bajo de lo que ahora se habla. Esto se debe a que hay entre nosotros alguno duro de oído y nos vemos obligados a elevar el tono para darnos a entender; de ahí que luego continuemos hablando alto. En nuestras conversaciones hay que confesar que hay mucho descuido en esto y que se habla fuerte, y todo esto por mi culpa, ya que soy el único culpable de todo el mal que se hace en la compañía, porque yo mismo hablo demasiado alto y doy mal ejemplo a los demás, y porque no me aplico a corregirlo.

Creo que es san Benito el que pone, como primer punto de humildad, el silencio, el silencio. Te decet hymnus, Deus, in Sion; y un doctor le da la vuelta a este versículo y dice: Te decet silentium, Deus, in Sion. Hemos visto que a veces, cuando teníamos cincuenta o sesenta ordenandos, no se hacía ningún ruido. Por ejemplo, en el colegio de Bons-Enfants, donde al comienzo recibíamos a los ordenandos, estaban todos en aquel sitio tan pequeño y recogido con un silencio maravilloso. Gracias a Dios, hay en la compañía quienes dan muy buen ejemplo; si que los hay, y muchos, por la gracia de Dios.

Hace algún tiempo había un buen doctor, ya muerto, que tenía la costumbre de hacer aquí todos los años su retiro, y a quien yo tenía siempre el honor de servir. Un día, al hacerme su comunicación, le pregunté cuál era la pasión que mejor reconocía dentro de él. Pensó un poco y me dijo: «Padre, me hace usted pensar mucho; sin embargo, le diré que nosotros, los del norte, estamos muy poco sujetos a las pasiones; no es que no haya algunas, pero comúnmente hablando puede decirse que no las hay».

Y en efecto, luego me he fijado y he visto por experiencia que era verdad lo que decía, que los del norte están mucho menos sujetos a dejarse llevar por la pasión, por los movimientos de cólera, y que los del sur y los de estos países más cálidos lo están más. Por eso fijaos cómo en ciertas ciudades, como por ejemplo Constantinopla, hay un cuerpo de policía, esto es, personas que van por toda la ciudad, por los mercados y las ferias, con alguaciles y guardias para vigilar y castigar a los que hablan demasiado alto y hacen demasiado ruido; también podéis ver por París a esos comerciantes jurados que van de tienda en tienda y, si ven a uno que se excita y habla demasiado alto, sin proceso alguno y en el acto le obligan a echarse en el suelo extendido y le dan veinte o treinta bastonazos. Pues bien, esas gentes, esos turcos, se portan así por miedo a la policía; nosotros hemos de hacerlo mucho mejor, por amor a la virtud.

Una de las resoluciones que tomó ese buen doctor del que acabo de hablaros, fue la de imitar en algo a otro doctor de la Sorbona que es ahora obispo y da muy buen ejemplo, pues es un prelado dotado de grandes virtudes, a quien yo veía todos los días y trataba con él.

Nuestro Señor Jesucristo es el modelo verdadero y el gran cuadro invisible con el que hemos de conformar todas nuestras acciones; y los hombres más perfectos que están aquí abajo, viviendo en la tierra, son los cuadros visibles y sensibles que nos sirven de modelo para regular todas nuestras acciones y hacerlas agradables a Dios.

Me gustaría, padres, que vierais el silencio que hay en el Louvre y la forma con que se hablan entre si; veríais a veces a cuarenta, cincuenta, ochenta, cien personas esperando, hablando unas con otras en voz baja, de modo que puede oírse el zumbido de una mosca de Un extremo a otro de la sala. En casa del difunto cardenal de Richelieu, donde estuve muchas veces, había un silencio maravilloso; y en casa de éste 3 veis también que todos están charlando entre si tranquilamente, con urbanidad y modestia.

Si vieseis a los profesores de la Sorbona, cómo tienen juntos sus recreos; ¡qué hermoso es! Tienen una alameda, por donde se pasean de tres en tres, de cuatro en cuatro y conversan así unos con otros con cordialidad, afecto y respeto mutuos. De mí os confieso que no sé de dónde procede que salgan tan mal nuestros recreos, dado que esto va contra la manera de conversar debidamente, contra la urbanidad, y hasta contra el sentido común. En esto los más culpables son nuestros hermanos estudiantes, y yo el primero, por no dar el buen ejemplo que debería.

Se pregunta uno de dónde viene que en el parlamento haya algunas cámaras con mejor reputación que las demás, y no se ve más razón sino que, como los primeros presidentes y consejeros de aquellas cámaras dieron un buen comienzo y establecieron una forma de tratar los asuntos con solidez y con todo el conocimiento posible, los que siguieron conservaron ese mismo espíritu y esa misma jurisprudencia y estos se los comunicaron a sus seguidores, y así sucesivamente, continuándose y conservándose hasta ahora aquella buena estima y reputación.

Recab dormía bajo tienda y no bebía nunca vino. Sus hijos, viendo esto, dijeron: «Nuestro padre no duerme más que bajo tienda y no prueba el vino; ¿por qué no vamos a hacer nosotros lo mismo? ¿Somos acaso mejores que él? El nos ha dado este buen ejemplo; ¿por qué no aprovecharnos de él?». Así lo hicieron, y luego sus hijos dijeron igualmente: «Nuestros padres han hecho así; hemos de imitarlos». Y así de generación en generación, durante trescientos años, los hijos de Recab guardaron esta costumbre, que agradó tanto a Dios que, como dice la sagrada Escritura, bendijo a la familia de Recab. Ya veis, padres y hermanos míos, lo que hace el buen ejemplo y qué importante es que en el comienzo se deje un buen fundamento y un buen ejemplo, donde puedan apoyarse los que vengan más tarde.

¡Cuánta cuenta he de darle yo a Dios, por no dar a la compañía el ejemplo debido! Y lo que digo de mi, hay que decirlo también de los que son los primeros en la compañía; pues no solamente seremos culpables del mal que hagamos personalmente, sino también del mal que cometan por culpa nuestra los que vengan luego, por no haberles dejado el ejemplo que deberíamos, ni la manera de actuar y de hacer las cosas del modo conveniente a los verdaderos misioneros, tal como piden de nosotros las reglas y las santas costumbres de la compañía, si no hacemos penitencia de ello.

Así vemos cómo el mal cometido por Adán pasa a todos sus hijos hasta nosotros, y a los que vengan después de nosotros. Y si Adán no hubiese hecho penitencia de su pecado y del mal ejemplo que dio a toda su descendencia, no sólo hubiera sido castigado por su falta personal, sino por las que hubieran cometido sus hijos y todos sus descendientes por su culpa.

Al revés, ¡de cuántas buenas obras y santas acciones serán causa los buenos sujetos de la compañía, que hayan puesto un buen fundamento y hayan dado buen ejemplo! Pues, a medida que los que les sigan vayan haciendo bien y manteniéndose en el camino recto que ellos les han trazado, en esa misma medida aumentará su gloria y recibirán de Dios la recompensa en el cielo. Todo esto, hermanos míos, ¿no nos tiene que animar a ponernos en adelante en el buen camino, a ser fieles en la práctica de las reglas y de las santas costumbres de la compañía, a guardar el silencio, a seguir una manera de conversar con los demás que sea la más agradable a Dios que nos podamos imaginar? Pidámosle esta gracia a nuestro Señor y comulgad hoy por esta intención.

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