Mis queridas hermanas, el tema de esta conferencia es sobre la confesión. Se divide en tres puntos. El primero es sobre las razones que obligan a las Hijas de la Caridad a saber confesarse bien; el segundo, sobre las faltas que pueden cometer en sus confesiones; el tercero, sobre los medios para hacer buenas confesiones. Es un tema muy importante, hermanas mías, ya que, si no nos confesamos bien, estamos en peligro de cometer quizás algún sacrilegio.
Hermana, díganos por favor, lo que piensa sobre este tema.
– Padre, sobre el primer punto he pensado que una de las razones que nos obligan a saber confesarnos bien es que no podemos enseñar debidamente a los enfermos a confesarse si antes nosotros no lo sabemos hacer.
Otra razón es que este sacramento es como un segundo bautismo, ya que nos devuelve la gracia; esto nos obliga a acercarnos a él con una buena preparación.
Las faltas que se pueden cometer son: no tener pureza de intención de acudir a él puramente para ponernos en estado de agradar a Dios; buscar excesivamente nuestra propia satisfacción.
Los medios para confesarse bien son la debida humildad y el pensamiento de la enormidad del pecado, etcétera.
– Muy bien, hija mía, ¡que Dios la bendiga! Usted, hermana, díganos sus pensamientos.
– Padre, me parece que, si no hacemos una buena confesión, estamos en peligro de cometer un sacrilegio.
– Esta hermana indica como primera razón, que si la confesión no se hace bien, cometemos un sacrilegio y aumentamos el número de nuestros pecados, y en vez de los diez que teníamos, salimos con once; y si uno muere entonces, mis queridas hermanas, es condenado. ¿Y qué faltas pueden cometerse al confesarse?
– Padre, me parece que son: no examinarse bien, disimular los pecados y no darlos a conocer tal como son.
– ¡Ay! Sí, hermanas mías, disminuir las faltas y hacer que no se conozca tal como son es una gran falta. ¡Cuánta gente se habrá condenado por eso!
– Padre, me parece que es la vanidad la que busca excusas, y no nos gustaría que viesen nuestras faltas tan grandes como son.
– Ciertamente, se trata de un espíritu de vanidad, de un espíritu diabólico, cuando, en vez de acusarse, se excusa uno. Hermanas mías, no es ningún descrédito para una hermana dar a conocer sus faltas. No, por el contrario; cuando se abre tal como es y dice: «Yo he hecho esto y esto; he sido tan miserable que he cometido este pecado», entonces se ve que es el espíritu de Dios el que la hace hablar.
– Usted, hermana, ¿por qué razones le parece que las Hijas de la Caridad tienen que saber confesarse bien?
– Padre, me parece que nuestra predestinación depende de una buena confesión y que hemos de pensar que es quizás la última vez que Dios nos concede la gracia de confesarnos.
– Ciertamente, mis queridas hermanas, nuestra predestinación depende quizás de este acto; y a este propósito, os diré que en una reunión algunos prelados me confesaron que habían tomado la determinación, siempre que se confesasen o celebrasen, de pensar que aquélla sería quizás la última vez. Fijaos, hermanas mías, son unos prelados los que nos dan ejemplo.
– También me parece que, si Dios me concede la gracia de volver una vez más a confesarme, podría ir a otra confesión mejor dispuesta.
– Nuestra hermana dice que podemos hacer una buena confesión para prepararnos a otra. Puede ser, porque confesarse bien a fin de confesarse mejor otra vez, es muy bueno; y en efecto, el buen empleo de las gracias que Dios nos concede no es solamente meritoria para la acción presente, sino también para la próxima y para todas las demás.
Pero, ¿en qué defectos se puede caer en la confesión?
– Se pueden disimular las faltas, creyendo que se trata de cosa poco importante y que otra vez lo haremos mejor, o bien disminuirlas para que el confesor no nos desprecie.
– Nuestra hermana dice que, si se dejan pasar cierta faltas por cualquier motivo, ¿qué pasará, hermanas mías?; sería una gran desgracia. El espíritu maligno se hace el amo. Finalmente, la que deja de confesarse bien cae en grandes faltas en privado y en público. Pero, por el contrario, cuando hacemos una buena confesión, enseguida se nos devuelve la gracia de Dios, reviven todas las buenas obras que habíamos hecho, y aumenta nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra caridad y amor a Dios, nuestra templanza nuestra humildad, en fin todo lo demás.
Usted, hermana, ¿qué razones tienen las Hijas de la Caridad para saber confesarse bien?
– Padre, creo que es para adquirir la gracia de Dios.
– Muy bien: para adquirir la gracia de Dios. Deberíamos sentirnos felices de que todo el mundo conociese nuestras faltas; un santo ha dicho que hay que estar dispuestos a decir los pecados en medio del mercado.
– Las faltas que cometemos en la confesión son el respeto humano, que proviene o de la vanidad, o incluso de la costumbre; y la falta de contrición; esto ha de temerse mucho más cuando a veces nuestras faltas nos parecen ligeras. Me parece que es conveniente decir alguna falta grave de la vida pasada e incluso varias.
– Sí, es una gran medio, para excitarse a contrición, decir algunos graves pecados de la vida pasada: «¡Dios mío! yo hice esto en mi juventud»; porque lo malo es que a veces no se tiene suficiente pesar de las faltas ordinarias.
Pero dígame, hija mía; si una hermana va a confesarse sin demostrar ningún pesar de sus faltas, ¿es buena su confesión?
– No, lo principal es la contrición.
– Pero, hermana, ¿está bien acusarse siempre de las mismas faltas?
– No, porque hay que trabajar en corregirse; pero, si alguna vuelve a caer en ellas, hay que decirlas.
– Fijaos, hermanas mías, es preciso que lo diga por algunas almas escrupulosas; hay algunas faltas en las que es imposible evitar que caigamos. Los mismos santos, según dice el Espíritu Santo, caían siente veces al día (1); eran ciertas distracciones de espíritu, pensamientos ligeros, incluso en sus plegarias, y otras faltas semejantes. Sin embargo, esto podría preocupar a una pobre mujer. ¿Qué hay que hacer entonces? Cuando se cae continuamente en las mismas faltas, hay que humillarse delante de Dios, desear estar unidos con él y decir: «¡Ay, Dios mío! ¡Cuántos motivos tengo para humillarme delante de ti y de desear verte!», y luego con paciencia hacer actos de esperanza, de humildad, entregarse a Dios, excitarse a la contrición y al propósito de la enmienda.
Pero dígame, hija mía, una hermana que no viese bien las amonestaciones que se le dan, ¿haría una buena confesión?
– No, padre.
– ¿Es un defecto, hermana mía, el andar eligiendo confesores?
– Sí, padre.
– ¿Qué piensa usted, hija mía, de una hermana que quisiese un confesor y no quisiese otro?
– Padre, una hermana que quiere un confesor y no quiere otro, es que tiene un apego demasiado grande y se busca a sí misma.
– Pero, me diréis, es que él me conoce mejor y me impresiona más lo que me dice. No es eso, hermanas mías; se trata de un apego, por no decir de un amor, que podría ir siendo cada vez peor.
Mis queridas hermanas, creedme, se trata de una inclinación peligrosa, y por así decirlo, de cierto afecto del corazón que, si no se remedia prontamente, podría hacer que la confesión fuese nula. Pido a Dios que conceda la gracia a nuestras hermanas de no apegarse jamás a ningún confesor, ni en esta parroquia ni en aquélla, y dirijo con toda mi alma esta oración a Dios, por Jesucristo nuestro Señor, para que ninguna de vosotras se apegue a ningún confesor, porque esto sería lo que la perdería. Con la ayuda de Dios, hermanas mías, no mañana, sino el miércoles, celebraré la santa misa por esta intención.
¿Puede decirse que el confesor es demasiado duro, o demasiado blando, o quejarse de que no dice nada?
– No, padre.
Está mal decir: «¡Si repitiera los pecados que se le han dicho!». ¡Dar a conocer lo que él ha dicho, es también una falta?
– Sí, padre.
– Sí, sin duda, hermanas mías; es una falta y muy grande, porque el penitente también está obligado al secreto con el confesor; y una persona que se pone a decir: «Me ha dicho esto y esto», peca mucho.
Si él no se portase bien, si dijese, por ejemplo, alguna palabra halagüeña: «Ninguna me ha complacido tanto y me ha dado tanta satisfacción por su conducta, como usted», o alguna otra palabra que demuestre afecto, entonces, hermanas mías ¡cuidado con esto! ¡Dios mío! ¡Qué peligroso es esto! Que lo diga, pero ¿a quién? A los superiores, y a nadie más.
Usted, hija mía, dígame, una hermana si se pone a discutir sobre la penitencia, o que rehúsa la que le han impuesto, y no quiere confesarse con un confesor, porque pone penitencias que no le agradan, ¿hace mal?
– Sí, padre, me parece que es una falta grave.
– Una falta grave, sin duda, hermanas mías; me acuerdo a este propósito de unas hermosas palabras de san Agustín: «La persona que rehúsa su penitencia, rehúsa el perdón».
Una persona que va a confesarse sin examinar su conciencia, sin contrición, o sin deseos de aceptar la penitencia, o de restituir los bienes ajenos que posee, ¿comete una falta?
– Sí, padre.
– El pecado no se perdona nunca sin la restitución.
Ahorrar de los bienes de los pobres en alguna parroquia para apropiarse de ellos, ¿es un pecado?
– Sí, padre.
– ¡Dios mío!, hermanas mías, es un sacrilegio; porque es tomar algo que pertenece a Dios y aplicárselo a sí mismo, y no creo que ninguna de vosotras caiga en este pecado; no, no hay ninguna, por la gracia de Dios, porque ese pecado no se perdonaría jamás sin restitución, y no solamente en lo que se refiere a los bienes, sino también al honor.
Nunca hay que hablar de los demás, ni siquiera en el confesionario; si no podéis ocultar el mal ajeno, valdría más callar vuestro propio pecado; pero ¿sería quitar el honor a una hermana el decir sus faltas a la superiora, para que ponga remedio?
No, hay que decírselo; pero no a otras personas; porque quitar alguna cosa no es nada, pero quitar el honor es perderlo todo. Hermanas mías, si alguna vez os pasa esto, os ruego que no volváis a hacerlo.
Usted, hermana, díganos por favor, lo que ha pensado.
– Padre mío, la primera razón para aprender a confesarnos bien es que, si no, muchas veces nos veríamos en peligro de cometer sacrilegio. La segunda razón es que no podríamos enseñar a los pobres, ni tampoco a los alumnos de las escuelas, sino lo supiésemos hacer bien nosotras mismas.
– Esta es, hermanas mías, una buena razón: porque estáis con los pobres, y sobre todo con las niñas, a las que tenéis que enseñar a hacer buenas confesiones.
Por eso el padre [Vicente, dirigiéndose al sacerdote que le acompañaba, le dijo:
Le ruego que ponga por escrito todo lo que hay que enseñar a las niñas sobre este tema; la hermana que está encargada de las recién venidas, se lo enseñará, porque es de grandísima importancia; y le pido que todos los años, mientras vivamos, tengamos una conferencia sobre este tema; os ruego a todos, a usted padre, a al señorita, y a usted, hermana, que me lo recuerden.
Siga usted, hermana.
– Padre, entre las numerosas faltas que pueden cometerse al confesarse, he observado tres principales. En primer lugar, hablar demasiado. Esto pasa cuando se dicen faltas que no se han hecho, cuando se habla de los asuntos domésticos, cuando se descubren las faltas del prójimo, y finalmente cuando se habla de cosas que no son de confesión.
En segundo lugar, hablar demasiado poco; por ejemplo, cuando no se dice el número ni la circunstancia de los pecados más notables, cuando se callan algunos pecados, por miedo a que el confesor nos riña, cosa que no deberíamos temer, o por cualquier otro motivo.
En tercer lugar, no hablar bien, esto es, disimular los peca dos para que no aparezca lo que son, o expresarse como si se tuviesen dudas: «Si he hecho esto o aquello, pido perdón a Dios», cuando la verdad es que no hay duda en ello, o excusar se, o callar un pecado para decírselo a otro confesor. Me parece que todas estas cosas son faltas graves.
Sobre los medios para hacer una buena confesión, creo que basta con observar los cinco puntos, con la gracia de Dios.
– Está bien, hermana, ¡Dios la bendiga!
Señorita, ¿quiere usted decirnos sus pensamientos?
– Padre, ¿le parece bien que le ponga una pregunta sobre lo que se ha dicho?
– Sí, con mucho gusto.
– Si el confesor no tiene intención de dar la absolución más que en el caso de que se haga la penitencia que ha impuesto, el que no haga la penitencia, ¿recibe la absolución?
– No, hermanas mías; el confesor no os da la absolución más que con la condición de que cumpláis la penitencia que os impone, y no la recibís si no cumplís la penitencia.
La señorita prosiguió:
He pensado, como primera razón, que el sacramento de la penitencia bien recibido ayuda mucho a las almas a glorificar a Dios, poniéndolas en ese estado por la reconciliación que se logra con su bondad, y que le perdone todos sus pecados.
La segunda razón es que, si no hacemos todo lo posible para recibir bien este sacramento, despreciamos en cierto modo la gracia que Dios nos ofrece en él, y en donde se nos aplica el mérito de la muerte del Hijo de Dios.
Y como tercera razón, nos ponemos en peligro de morir impenitentes y fuera de la gracia de Dios; lo cual nos estaría bien merecido por haberlo rehusado.
En el segundo punto, las faltas que se puedan cometer contra la preparación para confesarse b en son muy numerosas; pero hay tres o cuatro principales. La primera consiste en no tener deseos de corregirse, por estar en una disposición que nos impide conocer nuestras altas, o no confesarlas; esto impide que las podamos declarar.
Otra falta consiste en no excitarse a tener dolor sensible, o simplemente dolor en la voluntad, por haber ofendido a Dios; pero esto lo podríamos hacer fácilmente, poniéndonos a considerar la bondad de Dios y el amor que nos tiene y nuestra malicia por haberle ofendido.
La tercera falta es el temer dar a conocer nuestros pecados, a nuestro confesor tal como son. Una falta muy grave e importante es no poner esfuerzo, en cada uno o en todos en general, en trabajar por corregirnos y en pedir a Dios la gracia para ello.
En el tercer punto, sobre los medios para disponernos a hacer bien nuestras confesiones, lo primero que tenemos que hacer es tener una alta estima y un gran deseo de recibir este sacramento, y para esto conocer bien todo lo que nos puede servir.
En segundo lugar, ir al confesionario con la idea de que somos criminales; pensar que vamos a hablar con Dios, sin fijarnos en la persona del sacerdote que nos escucha; acusarnos lo más criminal e inteligiblemente que podamos, sin dar a conocer que son las demás la causa de que hayamos ofendido a Dios, y sobre todo procurando no revelar la persona que sea cómplice de nuestro mal, a no ser en casos de grave necesidad; no ocultar nada. En tercer lugar, después de haber terminado nuestra acusación, hemos de permanecer en la confusión que nos deben haber dado nuestros pecados, escuchando con mucha reverencia y humildad las amonestaciones de nuestro confesor, recibiendo la penitencia con la admiración de que Dios permita que nos pongan tan poca, renovando nuestra atención en el pesar de haber ofendido a Dios y en la esperanza de su misericordia, escuchar la santa absolución, imaginándonos que es entonces cuando el mérito de la sangre del Hijo de Dios derramada sobre nuestras almas borra nuestros pecados. De esta forma que daremos de nuevo totalmente admitidos a la gracia de Dios y seremos agradables a la Santísima Trinidad.
– ¡Alabado sea Dios hermanas mías!, me siento sumamente edificado por lo que se ha dicho. Creo que os confesáis bien, y puedo deciros, para el consuelo de muchas, que mientras he sido vuestro confesor he tenido un gran consuelo.
La mayor parle lo hacían muy bien, y quiero creer que lo seguís haciendo todavía mejor y que, en vez de decaer, cada vez lo hacéis de una forma más perfecta. ¡Animo pues, mis queridas hermanas! ¡Qué felices seréis si hacéis vuestras confesiones con las cualidades que se han dicho, de un buen examen, de contrición, de un firme propósito de enmendaros de una confesión entera y de una satisfacción perfecta! ¡Bendito sea Dios creer que si obráis de esta manera, Dios os colmará de sus gracias, hermanas mías! Porque ésta es la base de la perfección. Es lo que le pido con todo mi corazón, a pesar de mi indignidad; y de su parte, pronunciaré sobre vosotras las palabras de la bendición.
Benedictio Dei Patris…







