Vicente de Paúl, Conferencia 046: A unas hermanas enviadas a provincias

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(22.10.50)

Mis queridas hermanas, una de las principales virtudes que tenéis que poseer, es la humildad; sí, hermanas mías, manteneos en una gran humildad. Estimaos las últimas de todo el mundo, acordaos de que sois siervas de los pobres; consideradlos como dueños y servidlos con gran mansedumbre y humildad.

La segunda cosa que tenéis que tener, hermanas mías, es caridad; mucha caridad con todos.

La tercera cosa, mis queridas hermanas, que os recomiendo sobre todo es la paciencia mutua; hermanas mías, sí, mucha paciencia. No os enfadéis nunca mutuamente, hermanas mías; jamás. Y para ello ceded la una a la otra, aconsejaos mutuamente. La hermana sirviente tiene que aconsejarse de su hermana:

«Hermana, ¿haremos esto?, ¿iremos allá?». Y si la hermana responde: «Hermana, me parece que está bien esto», hacedlo.

Pero, me diréis, ¿la hermana sirviente tiene que pedir consejo y ceder ante la otra hermana? Desde luego, tiene que hacerlo; sí, es preciso que lo haga; tiene que ceder en todo y ser la más humilde; pero tiene que mantenerse firme, si la hermana quisiera algo en contra de Dios y de las reglas; tiene que mantenerse firme. La otra hermana tampoco tiene que hacer nada sin decírselo a la hermana sirviente, y respetarla mucho.

Soportaos pues, mis queridas hermanas, cuando ocurra alguna cosa entre vosotras; porque esto tiene que pasar. Entregaos desde ahora a Dios, porque no hay nadie que no cometa alguna falta. Lo que a veces nos parece falta en nuestra hermana, no siempre lo será. A veces es que no estamos de buen humor para aceptar lo que haga nuestra hermana; las cosas no son como queríamos, y esto nos molesta. Hermanas mías, no nos extrañemos de que nos cueste soportar a los demás, ya que tampoco somos capaces de soportarnos a nosotros mismos. Lo que hoy nos gusta, mañana nos disgusta; nunca estamos en la misma situación; ahora queremos y después dejamos de querer. Somos displicentes con nosotros mismos. ¡Ay!, hermanas mías, si se presenta algún motivo de enfado, excusaos mutuamente y pensad: «Es que no estoy de buen humor. No es que mi hermana haya obrado mal; es que yo no soy humilde ni sé soportarme a mi misma». En fin, hermanas mías, si os habéis dado algún disgusto, pedíos perdón lo antes posible; y las dos de rodillas decid: «¡Dios mío! Hermana, le he dado un disgusto; le pido perdón por ello». La otra hermana tiene que contestar: «Hermana, soy yo quien se lo pide». Y al obrar así, conservaréis la unión entre vosotras. No faltéis en esto, hijas mías, por favor.

Así pues, hijas mías, tened mucho interés en la instrucción de esas pobres personas; enseñadlas a bien morir. ¡Qué consuelo ayudar a esas buenas gentes a entrar en el cielo! Ciertamente, sois vosotras las que los guiaréis al cielo. Y en lo referente a las niñas, les enseñaréis a servir bien a Dios. Hermanas mías, haréis grandes cosas si sois fieles a Dios. Por eso es preciso que os diga que la buena señora de Goussault, que era una gran sierva de Dios (es una santa, hermanas mías, quería mucho a vuestra Compañía) me dijo la noche anterior a su muerte: «Padre, yo he estado esta noche muy ocupada con Dios y he visto en su presencia a una Hija de la Caridad. ¡Ay, padre! ¡Qué grandes cosas harán!». Hermanas mías, seréis muy felices, si Dios es glorificado en vuestras acciones. Y ciertamente será glorificado, si trabajáis por su amor.

No os entretengáis en dar gusto a las personas de condición con cumplimientos, buscando relaciones sociales. ¡Dios mío! Ni mucho menos, hermanas mías, no busquéis esas cosas; entonces todo se perdería, hijas mías. ¡Dios mío! huid de todo eso.

Así pues, mis queridas hermanas, iréis a buscar a esas personas, y si os llevan a ver al obispo de esa diócesis, le pediréis su bendición; le diréis que queréis vivir totalmente bajo su obediencia y que os entregáis totalmente a él para el servicio de los pobres, ya que para esto habéis sido enviadas.

Si os pregunta qué sois, si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios, y que no se trata de que no estiméis a las religiosas, pero que si lo fueseis, tendríais que estar encerradas y que por consiguiente tendríais que decir: adiós al servicio de los pobres.

Decidle que sois unas pobres Hijas de la Caridad, que os habéis entregado a Dios para el servicio a los pobres, y que se os permite dejarlo y también se os puede despedir.

Si os pregunta además: «¿Hacéis votos religiosos?», decidle: «No, señor, nos entregamos a Dios para vivir en la pobreza, castidad y obediencia, unas para siempre, otras por un año».

En fin mis queridas hermanas, entregaos a Dios para hacer bien lo que vais a hacer. Pedidle el espíritu de su Hijo, para que podáis ejecutar vuestras acciones, lo mismo que él ejecutó las suyas; porque, hermanas mías, tenéis la dicha de imitar la vida que el Hijo de Dios llevó sobre la tierra con sus apóstoles. Le pido, hijas mías, que quiera llenaros de su espíritu, dándoos las virtudes que necesitáis para ser verdaderas Hijas de la Caridad. Es lo que le suplico con todo mi corazón, y de parte suya pronunciaré las palabras de la bendición.

Benedictio Dei Patris…

Una hermana sirviente le preguntó luego:

Padre, le suplico que mandéis a mi hermana que me avise de mis defectos, cuando yo falte.

– Sí, hija mía, con mucho gusto; pero no hay que estar avisando a cada hora; a veces lo que creemos que es falta, quizás no lo sea; antes, hay que hacer oración y pensar: «Lo que ha hecho mi hermana, ¿es una falta de importancia?». Y si vemos que no, no hay que decir nada. Se trata de algo sin importancia; esto no desedifica a nadie; hay que pasar por encima.

Pero, si Dios nos indica en la oración que la falta tiene importancia, hay que avisarla; pero ¿sabéis cómo hay que hacerlo? Hay que ponerse de rodillas y decir: «Hermana, creo que usted quiere que le avise de esta falta, para tener cuidado». Lo haréis así, por tanto, mis queridas hermanas.

Me encomiendo a vuestras oraciones.

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