Vicente de Paúl, Conferencia 045: Sobre la obediencia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(07.08.50)

Hermanas mías, el tema de esta conferencia es la obediencia. El primer punto es sobre las razones que tenemos para tener esa obediencia; el segundo, sobre las condiciones necesarias para una verdadera obediencia; y el tercero, sobre los medios para adquirir esta obediencia con todas sus condiciones.

Este es por tanto, hermanas mías, el tema de hoy, la santa obediencia; gran virtud y tema importante en el que vamos a entretenernos. ¡Gran virtud, verdaderamente grande! Hermana, ¿quiere usted decirnos lo que ha pensado sobre esto?

Después de la respuesta de aquella hermana, nuestro muy honorable padre prosiguió:

Así pues, hija mía, se ha decidido usted a adquirir la virtud de la obediencia. ¡Muy bien! ¡Bendito y alabado sea Dios!

¿Y usted, hermana?

– En el primer punto, que trata de las razones para practicar la virtud de la obediencia, he pensado en primer lugar que es para agradar a Dios; en segundo lugar, para imitar a su Hijo, que nos dio ejemplo de obediencia mientras estuvo en la tierra Y como él no tuvo más intención que la de agradar a Dios, la mismo tenemos que hacer nosotras en todas nuestras obras.

Sobre el segundo punto, que es sobre las condiciones necesarias para una verdadera obediencia, he pensado que la primera consiste en obedecer voluntariamente y no por miedo, y con sencillez, sin andar averiguando por qué se nos manda esa cosa.

Sobre el tercer punto, que es de los medios para adquirir esta obediencia con todas sus cualidades, he pensado que había que obedecer humildemente, sin replicar, y con perseverancia, sin más averiguaciones. Y entonces he tomado la resolución de someterme a todo lo que Dios quiera y manden mis superiores.

Otra hermana recordó el ejemplo de obediencia voluntaria que nos dio Jesucristo y añadido que esta virtud tenía que ser ciega.

Nuestro digno padre, hablando con otra, le dijo:

Usted, hija mía, díganos, por favor, por qué razones tienen que esforzarse las Hijas de la Caridad en adquirir la virtud de la obediencia.

– Porque las religiosas tienen claustros, pero nosotras no, y si la obediencia no nos recogiese, nos veríamos en peligro de cometer muchas faltas.

– ¿Dios mío! Bien dicho; ¡qué bien dicho! Así pues, hija mía, ¿cree usted que la obediencia tiene que retenernos lo mismo que los claustros retienen a las religiosas? A ésto la hermana respondió que sí, y que aunque no estemos encerradas, no por eso tenemos menos obligación de guardar la obediencia que las religiosas.

– De forma, hijas mías, que la obediencia os sirve de muralla. Es muy hermoso. Una hermana servirá a los enfermos en una parroquia. Si fuera dueña de sí misma, no pondría ninguna dificultad en ir unas veces a un sitio, y otras a otro, a casa de una señora conocida, a casa de un pariente, o en no detenerse en los sitios adonde la llaman sus ocupaciones más de lo que requiere la necesidad de los asuntos. La santa obediencia le impide hacer todo esto; va sencillamente adonde lo exige el trabajo y no pierde el tiempo en visitas inútiles. ¿No es eso, hija mía, lo que piensa usted cuando dice que las religiosas tiene claustros, pero que las Hijas de la Caridad no tienen más que obediencia? ¿Cree usted que una Hija de la Caridad que observa debidamente la obediencia, hace tanto bien como una religiosa en su claustro?

La hermana respondió que sí, y el padre Vicente prosiguió:

Sí, hijas mías, estad seguras de ello. Si hay algo digno de verse, agradable a Dios y admirable a los ángeles y a los hombres, si hay un espectáculo admirable, es ver como unas hermanas viven en particular en una habitación, como ellas quieren, aparentemente y a juicio de las que no las conocen, pero que en realidad son tan sumisas que puede decirse que no hacen jamás su voluntad, ya que no hacen nada más que en virtud de la santa obediencia. No, estad seguras, mis queridas hermanas, de que las religiosas que están encerradas durante toda su vida en el claustro no hacen más que vosotras, si tenéis obediencia; y que lo que hacéis por esa virtud es tan grande que difícilmente podría encontrarse algo mayor.

¿A qué medios cree usted, hija mía, que hay que recurrir para adquirir esta virtud de la obediencia?

La hermana dijo que había que obedecer a los superiores como a Dios, y entonces nuestro veneradísimo padre prosiguió:

Entonces, hija mía, ¿cree usted que, cuando una hermana nos dice alguna cosa, es Dios el que nos la dice por medio de ella? Ella respondió afirmativamente.

– Y si es la hermana sirviente la que manda, y se siente repugnancia a obedecer y parece que sería mejor obrar de otra manera, ¿habrá que dejar de obedecer?

La hermana respondió que no.

– Pero, si la sirviente es más joven y más nueva que usted ¿no sería mejor seguir el conocimiento y la experiencia que usted tiene, en vez de hacer como ella aconseja?

La hermana respondió que le parecía más meritorio escuchar a la hermana sirviente.

– Tiene usted razón, hija mía, y no debe dudar de ello; créalo, lo que Dios manda por medio de los superiores, no dejará nunca de ceder en su mayor gloria.

Usted, hermana, ¿cree que es necesario para una Hija de la Caridad tener obediencia?

– Sí, es necesario.

– ¿Y por qué razón, hija mía, lo cree usted así?

– Porque el Hijo de Dios nos ha dado ejemplo.

– ¿Y cuándo nos lo ha dado, hija mía?

– Cuando vino a la tierra.

– ¿Y hasta cuándo obedeció?

– Hasta la muerte.

– Dice usted bien. Sí, obedeció hasta la muerte, y muerte de cruz (1), que no era una muerte común ni ordinaria, sino la más ignominiosa y dolorosa que había. ¿Por qué otras razones cree usted que tiene que obedecer una Hija de la Caridad?

– Porque Dios lo ordena.

Esa es una buena razón: Dios ordena que se obedezca, y si hay alguien que tiene que hacer lo que Dios ordena, son las Hijas de la Caridad. Hermanas, para comprender bien la importancia de la obediencia, conviene considerar que hay dos méritos en ellas. El primero es el mérito de la obra que se hace, que es buena en sí misma; el otro es el mérito de la obediencia con que es hace la obra. Por ejemplo, estáis sirviendo a los enfermos; esto es una buena obra y de mucho mérito en sí misma. Si no estuvieseis obligadas a ello por la obediencia, tendríais solamente el mérito de dicha obra; si los servís por obediencia, tendréis los dos méritos: el de la obra y el de obediencia. Deberíamos desear, a ser posible, obrar siempre por obediencia. Imaginaos, hermanas mías, que las obras hechas por obediencia son como un cuadro, que puede valer diez escudos por lo que representa, pero, por ser de la mano de un maestro excelente, como Miguel Angel, o algún otro por el estilo, su precio se eleva al doble; y, en vez de valer diez escudos, vale veinte. Son también como los ornamentos que se emplean en la misa; veis un lienzo muy blanco, bien doblado, de buen olor, muy bonito. Pero, como ese lienzo tiene que servir para la santa Misa, entonces tiene mucho más valor. De la misma forma, cuando hacemos una obra buena en sí misma, merecemos por la bondad de la obra; pero si la hacemos por obediencia, entonces tenemos doble mérito. Las acciones indiferentes por sí mismas, que no tienen en sí ningún valor, se hacen meritorias por medio de la obediencia. Si una hermana supiese lo que es la obediencia, no haría nada sino después de haber preguntado a la sirviente: «Hermana, ¿le parece a usted bien que haga tal cosa?» No hablo solamente de las cosas importantes, sino también de las demás. Incluso la sirviente no debería hacer nada, más que después de haber consultado con su compañera: «Hermana, ¿le parece bien que hagamos esto?».

Así es como tenéis que obrar unas con otras, mis queridas hermanas; y por la misericordia de Dios, creo que así lo hacéis, porque, sin duda, la hermana no emprende nada sin permiso de la sirviente, y la sirviente se toma mucho cuidado de no mandar nada a su hermana, diciéndole: «Vaya usted allá, haga esto». ¡Ay, Jesús! No hay que hacerlo así, porque eso sería hablar como las señoras con s. s criadas. Sino que, cuando hay algo que pedir, tiene que decirle: «Hermana, le ruego que se tome usted la molestia de hacer esto». Nunca un mandamiento absoluto. Recordadlo bien, por favor, hermanas mías; y que entre vosotras habléis siempre con mansedumbre y suavidad.

Hermana, ¿puede usted decirnos por qué razones tiene que practicar la obediencia las Hijas de la Caridad?

A ello respondió la hermana que una comunidad no podía subsistir sin la obediencia.

Hermanas, esa es una buena razón. Una comunidad, dice nuestra hermana, no podría subsistir si no se observase la obediencia. ¡Es verdad! ¡Qué desolación entonces! No os lo podríais imaginar. Cada una se empeñaría en meterse a mandar; y ninguna querría obedecer. Para comprenderlo, imaginaos lo que sería un cuerpo, si los brazos y los pies, que son los principales miembros para la acción, no quisiesen estar unidos a él. No habría nada tan ridículo, dejarían el cuerpo mutilado, y ellos mismos empezarían a pudrirse; porque, separados del cuerpo, solo valdrían para ser enterrados. Lo mismo pasaría con una comunidad en donde no se observase la obediencia. La superiora que no tuviese la virtud de la obediencia de la forma y manera debida, y las hermanas que no la practicasen, se desmembrarían unas de otras. ¡Adiós aquella pobre comunidad en donde no hay obediencia!; no podría mantenerse. Por eso nuestra hermana tiene toda la razón, o mejor dicho, Dios la ha inspirado, ya que ha sido Dios indudablemente el que le ha sugerido lo que ha dicho.

¿Por qué otra razón, hija mía, cree usted que conviene obedecer?

Para imitar al Hijo de Dios.

– ¿Hasta dónde obedeció él, hija mía?

– Hasta la muerte.

– Así pues, hija mía, ¿cree usted que las que quieren seguirlo tienen que obedecer hasta la muerte?

– Sí, padre.

– Para las jóvenes, no hay nada mejor; pero ¿no estará quizás dispensada de la obediencia una mayor? ¿No le basta con haber obedecido mientras estaba sometida? Ahora que es hermana sirviente, ¿seguirá estando sujeta a la obediencia?

La hermana respondió que sí.

Y una antigua, que se vea con una hermana más joven y menos experimentada que ella, ¿no tiene que pensar que le corresponde a ella ser la sirviente?

La respuesta fue negativa y nuestro muy venerado padre prosiguió:

No, mis queridas hermanas, no creáis que, por ser antiguas, ya podéis pretender cualquier cosa. Jamás, jamás, hermanas mías; olvidaos de esto, por favor; no pretendáis nunca nada basadas en la antigüedad. Por ser antiguas y haber estado largo tiempo en la Compañía, por tener más inteligencia sobre lo que hay que hacer en los hospitales, en las parroquias o en las aldeas, ¿vais a estar acaso dispensadas de la santa obediencia, dispensadas de observar las virtudes con mayor solidez? No, hijas mías, eso sería un abuso. En vez de dar más ejemplo de virtud a las demás, las antiguas serían entonces un motivo de desedificación.

Dígame, hermana, ¿cree usted que una hermana tiene que obedecer lo mismo en la enfermedad que en la salud? Sí, hijas mías, debe hacerlo, y no tenéis que pensar que haya algún tiempo en que estéis dispensadas de obedecer. ¿Y tiene que obedecer al médico?

La hermana respondió que sí.

– Sí, hija mía, tiene que obedecer al médico, y obedecerle en todo, y no escoger entre los remedios que le ha ordenado, ni tomar los que más le gusten y dejar los que le ha ordenado. Pero, si la sirviente está enferma, y su hermana le dice cómo tiene que cuidarse, ¿tiene que obedecer, aun cuando crea conveniente obrar de otra manera? Recuerdo haber visto en cierta ocasión a un consejero que no hacía nada sin pedir consejo a su criado. Cuando quería ir a algún sitio, lo llamaba: «Venga, hermano; ¿le parece mejor que vayamos a tal sitio o que hagamos tal cosa?». Algunas veces el criado no sabía qué responder y decía: «Señor, no lo sé». «Quiero que me diga usted sí o no». Entonces el criado le daba su opinión y el consejero la seguía.

Aquel hombre, sin duda, hacía la voluntad de Dios al hacer la de su criado por amor a Dios, y tenía el mérito de la obediencia, divina virtud que diviniza los espíritus. Es una luz que derrama su claridad sobre las almas dispuestas a recibirla y que deslumbra con su esplendor los ojos de los que la ven, quedando admirados de su belleza.

Si por fin os entregáis animosamente a la práctica de esta virtud, hijas mías, seréis más esplendorosas que el sol de los soles; en vuestra Compañía habrá como un retablo de santos. «No habéis visto alguna vez esos cuadros en que los santos se representan en medio de una luz brillante, como los rayos del sol? Es algo impresionante, y antes de que uno se ponga a considerar de qué se trata, ya le han dicho que es un santo, porque se ha visto que brotaba de él la luz. De la misma forma, hermanas mías, si se nota en cada una de vosotras la virtud de la obediencia, inmediatamente todos los que os ven se darán cuenta de que sois siervas de Dios; pues es cierto que la virtud se manifiesta en donde está. Y no solamente en los cristianos, hasta los paganos la han juzgado tan hermosa que se sintieron arrebatados por ella e intentaron adquirirla con un esfuerzo mayor del que a veces ponemos nosotros en adquirir las virtudes cristianas (aunque se trataba sólo de la virtud moral que ellos conocían). No nos mostremos menos entusiastas de ella que los paganos. Entreguémonos a Dios, mis queridas hermanas, no digo ya mañana, sino desde ahora, desde este momento; y no digo solamente vosotras, sino que hablo de mí mismo, ya que tengo mucha más necesidad que vosotras. Entreguémonos, repito, con todo nuestro corazón, para trabajar con esfuerzo en la adquisición de esta hermosa y amable virtud, que tanto apreció nuestro Señor Jesucristo.

También ha dicho usted, hija mía, que una comunidad se vendría abajo sin la obediencia. No hay nada tan cierto, y ya lo hemos dicho otras veces. Por eso no hay ninguna comunidad bien regulada en donde no se observe estrechamente. Y esto no ocurre solamente en las comunidades religiosas, sino también en el ejército. Cuando un capitán manda a un soldado que entre el primero por una brecha, que vaya a servir de centinela en tal sitio, en donde corre un grave peligro de ser visto por el enemigo y caer muerto, nunca se le ocurrirá negarse a ello. Cualquier soldado al que se lo mande, lo obedecerá sin rechistar. No se ha visto jamás que un soldado se haya negado, a pesar de la evidencia del peligro. No, jamás se ha negado nadie. Es admirable. Yo les he preguntado algunas veces: «Pero, cuando veis que el peligro es inevitable, ¿no os excusáis?». «No, padre, me decían, eso no se ha visto jamás». Si la desobediencia se introdujese en el ejército, adiós todo el orden de la guerra; todo se vendría abajo. Lo mismo sucedería también en las compañías que trabajan en el servicio de Dios, hijas mías. Si falla la obediencia, adiós todo lo demás; se acabó todo.

Dígame ahora, hija mía, qué es la virtud de la obediencia.

– Es hacer lo que se nos ordena.

Es verdad, hija mía; pero cuando se pregunta qué es la virtud de la obediencia, tiene que decir que es una virtud por la que sometemos nuestro juicio y nuestra voluntad al juicio y a la voluntad de nuestro superior para aceptar y hacer todo lo que crea conveniente ordenarnos, sin que haya nada que decir.

Una hermana que está en una parroquia, si viene a alguna fiesta que no ha previsto, ¿podrá comulgar, aunque no lo haya pedido?

La hermana no supo qué responder.

No, hija mía, no debe hacerlo; no hay que comulgar nunca sin permiso (2).

Si una hermana obedece de buena gana, pero sólo cuando se lo manda la señorita, o alguna otra hermana que ella quiera, y no su hermana sirviente, ¿podemos decir que es obediente, hija mía? No, sin duda, porque la verdadera obediencia no tiene acepción de personas.

Y la que obedezca en algo que le gusta, pero no cuando siente cierta repugnancia, ¿tendría la virtud de la obediencia? No, no obedece entonces y no tiene ningún mérito.   Pero si una hermana, por no contradecir a la superiora, ni faltarle al respeto que le debe, se mostrase dispuesta a hacer lo que le manda, pero no lo hiciese, ¿desobedecería? Sí, mis queridas hermanas, desobedecería, y de una forma muy perjudicial a la Compañía, haciendo ver que prefiere su juicio al de la superiora.

¿Y si la superiora mandase alguna cosa que fuese pecado? ¿Habría que hacerlo? No, hija mía, no habría que hacerlo, porque nuestros superiores no pueden obligarnos al pecado.

Si lo que manda está contra la regla ¿qué hay que hacer?

– Creo, padre, que habría que indicárselo y, si ella insistiese, ejecutar sus órdenes.

– Muy bien pensado, hija mía, porque los superiores pueden a veces, por justos motivos, cambiar algunas circunstancias, aunque sin llegar por ello a cambiarlo todo; y en ese caso, es conveniente, por el celo que cada una debe tener en la observancia de las reglas, indicarle humildemente y de buenas maneras que le parece que eso va en contra; entonces toca a la superiora ver si la cosa es necesaria. Hay que ser sumamente reservado en este punto. Hay dos clases de obediencia: una a las reglas y otra a los superiores. La obediencia a las reglas tiene que ocupar siempre el primer lugar; tiene que ser preferida; si los superiores diesen una orden directamente contraria a las reglas, no deberían ser obedecidos y serían dignos de reprensión. Todos tienen que ser fieles en esta obediencia y no tolerar ninguna excusa. Si la campana toca para un acto, hay que dejarlo todo. De esta obediencia a las reglas depende nuestro progreso en la vida espiritual. La obediencia a los superiores tiene que ser tan fiel y tan entera que, si se supiese con certeza que al hacer lo contrario de lo que se manda, las cosas irían mejor y que ellos mismos lo verían bien, habría que desechar esos pensamientos, que son pensamientos diabólicos, sugeridos por el espíritu de orgullo y de presunción.

Así pues, hermana, ¿cuántas clases hay de obediencia?

– Hay dos clases: una a las reglas y otra a los superiores.

– Bien, hija mía, la hermana que va a misa, después de haber pedido permiso, tiene doble mérito: el mérito de asistir al santo sacrificio de la misa que es la obra más excelente que hay en el cristianismo; y el de la obediencia, obediencia habitual a la regla que lo ordena, y obediencia actual a la superiora a quien ha pedido permiso.

Y una hermana que se pone de rodillas antes de salir, ¿a quién obedece?

– Obedece a la regla.

– Y si no obedece, ¿pecaría?

– No, padre, pero se vería privada del mérito de la obediencia.

– Así pues, hija mía, ¿cree usted que hay algún mérito en obedecer?

– Sí, padre.

– Sí, hijas mías, lo hay, y es tan grande que, si vosotras y yo pudiésemos conocerlo, no querríamos durante toda nuestra vida realizar ninguna acción por muy importante que fuese, a no ser por obediencia. Hijas mías, vosotras tenéis ese poder en vuestras manos. ¡Y cuánta virtud podréis adquirir si os entregáis de buena gana a su práctica! Os lo repito, hijas mías; si la Compañía sigue tal como Dios le ha dado la gracia de comenzar, ninguna religiosa en la tierra hará tanto bien como vosotras. Tal como sois, podéis dar más gloria a Dios y más servicio al prójimo y trabajar mejor en vuestra propia perfección, que una religiosa en el mundo.

Pero, hermana, díganos lo que la gracia de Dios le ha dado pensar.

– La primera razón que he visto es que, cuando entramos en la Compañía, nos ponemos voluntariamente bajo la dirección de una superiora, y desde entonces estamos obligadas a vivir bajo obediencia. Otra razón es que es imposible continuar en la Compañía sin esa virtud. Poco a poco llegaríamos a relajar nos en nuestros ejercicios, nos disgustarían las órdenes de nuestros superiores y seríamos un escándalo para nuestras hermanas; ello obligaría a los superiores a despedirnos, o nos llevaría a nosotras mismas a retirarnos, pues no podríamos soportarnos con nuestros propios defectos, nos imaginaríamos que todas nos miraban y que éramos un peso para ellas, y otras mil cosas semejantes. Y finalmente habría que dejarlo todo. Otra razón es que, al no tener en la Compañía ningún otro modelo más que al Hijo de Dios, estamos obligadas a trabajar en la adquisición de las virtudes que más brillaron en su vida; y entre todas ellas, la obediencia ocupa el primer lugar, ya que empezó a obedecer desde su encarnación hasta su muerte en la cruz.

Sobre el segundo punto, que es de las cualidades de una perfecta obediencia, creo que tiene que ser humilde, paciente, pronta, alegre y perseverante, que no tengamos más que una sola voluntad y un juicio con los que nos mandan, y que no haya acepción de personas, sin mirar a quién nos sometemos, reconociendo que todo el mundo tiene derecho a mandarnos.

Sobre el tercer punto, que es de los medios para adquirir esta virtud con todas sus cualidades, el primero es pedírsela muchas veces a Dios; el segundo, ver siempre a Dios en la persona de aquellos a quienes nos sometemos; el tercero, esforzarnos en esta virtud, hasta que Dios nos conceda la gracia de adquirirla, haciendo con frecuencia actos interiores de sumisión de nuestro juicio y de nuestra voluntad, previendo por la mañana las ocasiones, haciendo sobre ella nuestro examen particular y, si caemos, ponernos alguna penitencia y renovar nuestras resoluciones con confianza en Dios. Reconozco que tengo mucha necesidad de esta virtud. Por eso me he resuelto a utilizar estos medios, con la gracia de Dios; sin embargo, he sido tan poco cuidadosa, que desde el día que tomé esta decisión, he faltado a la sumisión en cierta ocasión que se presentó; por ello le pido humildemente perdón, padre mío, así como a la señorita y a todas nuestras hermanas.

– Levántese, hermana, levántese. ¡Bendito sea Dios por los pensamientos que le ha dado y por las resoluciones que le ha hecho tomar! Ha dicho usted muy bien, hija mía, que sería imposible continuar en la Compañía sin la obediencia. Ya se ha dicho esto varias veces, pero me parece que nunca insistiremos bastante en ello.

Usted, hija mía, dígame por favor, cuál fue la virtud más esplendorosa del Hijo de Dios.

– Padre, creo que fue la obediencia.

– Sí, hija mía, la santa obediencia. Tuvo todas las virtudes en un grado soberano, pero amó sobre todo la obediencia.

¿A quién hemos de obedecer, hija mía? ¿A quién tienen que obedecer las Hijas de la Caridad?

– Me parece, padre, que tienen que obedecer en primer lugar a Dios, a sus reglas, a sus superiores y a las demás oficiales de las parroquias en donde están.

– Bien dicho. Ya lo veis, hermanas mías, hay que obedecer a las damas en todo lo que se refiere al servicio de los enfermos, con tal que no os manden nada en contra de vuestras reglas. Debéis hacerlo con todo respeto y sumisión. Son ellas las que os dan empleo y os proporcionan los medios para hacer a Dios el servicio que le hacéis. Si exigen de vosotras algo que prohíban vuestras reglas, entonces tenéis que excusaros abiertamente, de forma que no puedan molestarse; y no se molestarán, estoy seguro, si les habláis con humildad y mansedumbre.

Y cuando una hermana de una parroquia tenga devoción de comulgar y no tenga permiso, ¿qué tiene que hacer, hija mía?

– Creo, padre, que tiene que abstenerse, como se ha dicho.

– Sí, hija mía, no hay que comulgar nunca sin permiso. Es verdad que cuando una está lejos no puede pedirlo en cada ocasión pero es preciso pedir permiso de antemano para todo el tiempo que se esté lejos. Hay alguna fiesta de devoción particular, en la que sabéis que la comunidad no comulga, pues entonces tampoco tenéis que comulgar. Si entre nosotros un sacerdote recitase un oficio distinto del oficio mandado por la iglesia, estaría mal. Aunque tenga devoción de rezar el oficio de tal santo, de la Virgen, de la Cruz, etcétera, poco importa, hay que sujetarse a lo que ordena la iglesia y no cambiarlo de ninguna forma. Tampoco está permitido añadir nada al oficio.

Os digo esto hijas mías, para que comprendáis la importancia de conformarse siempre a las normas de la comunidad.

No habría nada tan hermoso en el mundo, hija mía, como la Compañía de Hijas de la Caridad, si observase tal uniformidad que, en todas partes donde estuviese establecida, no se hiciese nada que no fuese conforme con lo que se practica en esta Casa, si en todas partes la obediencia se mantuviese en vigor, si la sirviente fuese la primera en obedecer, en pedir consejo y en someterse. No, hermanas mías, os puedo asegurar que no creo que haya nada en el mundo tan hermoso y que dé tanta edificación.

Usted, hermana, ¿quiere indicarnos algo de lo que ha pensado?

– Padre, sobre el primer punto he pensado que la primera razón para tener la virtud de la obediencia es que el primer hombre perdió a todos los demás por el pecado de desobediencia, y que todos los cristianos están obligados a practicar esta virtud para conseguir su salvación; esto se ve en el hecho de que Dios nos ha dado unos mandamientos a los que hay que obedecer si no queremos condenarnos. La segunda razón es que nuestro Señor nos ha dado ejemplo, al venir a la tierra para realizar nuestra redención y aplacar la ira de Dios mediante la obediencia. El tercero es que además de la obediencia que Dios quiere de todos los cristianos, les pide una más expresa y especial a los que ha llamado a su servicio, sin la cual no podríamos salvarnos. La cuarta es que en la condición en que estamos no podríamos tener paz interior sin la obediencia.

– Hijas mías, nuestra hermana ha dicho dos razones muy importantes, y que voy a repetir para que se os graben bien en la mente. La primera es que el Hijo de Dios aplacó la ira de Dios su padre por medio de la obediencia y llevó a cabo la obra de nuestra salvación por este medio. ¡Qué hermoso es esto, Dios mío! ¿Quién podrá negarse a obedecer si piensa en estas verdades? La otra razón poderosa, además, de las que nuestra hermana ha dicho, es que la que no tenga obediencia no podrá tener paz interior. No, hijas mías, no la tendrá jamás; no puede haber paz donde no hay obediencia; es imposible; habrá una continua inquietud, que hará a las personas preocupadas e insoportables a ellas mismas.

Siga usted, hermana, por favor.

– Sobre el segundo punto, la principal condición necesaria para una verdadera obediencia es la sumisión del juicio y de la voluntad; la segunda, la perseverancia, a imitación del Hijo de Dios, que obedeció hasta la muerte de cruz.

El primer medio para adquirir esta virtud consiste en pedírsela insistentemente a Jesucristo, tal como él la tuvo, tanta en relación con Dios su Padre, en todo lo que se refería a nuestra salvación, como con su santa madre y san José, en lo que se refería a la orientación de su vida, mientras estuvo sometido a ellos.

El segundo medio consiste en practicarla en todas las ocasiones que se presenten; porque nada nos la hará tan fácil como realizar muchos actos.

– Ese es, hermanas mías, el único medio: pedir esa virtud a Jesucristo. Es la fuente. Nunca, nunca, hermanas mías, podréis obtener la obediencia de otra manera.

Pero, hija mía, ¿qué es lo que usted llama actos? Se ha dicho muchas veces que había que hacer actos interiores. ¿Es lo que quiere usted decir, o pretende hablar de las obras mismas?

La hermana respondió que los actos interiores eran el deseo de ejecutar la virtud cuando tenemos ocasión de ella y que por actos ella entendía obedecer en las ocasiones que se presentasen, sin dejar pasar ninguna.

Nuestro muy venerado padre preguntó a otra hermana, que repitió lo que otras habían dicho, y después preguntó a la señorita, quien respondió:

La primera razón que se me ha ocurrido es que Dios, en la creación del mundo, sometió a todas las criaturas a la obediencia, de tal forma que parece que sólo la criatura racional fue la que faltó; esto nos obliga mucho a amar y practicar la obediencia

Otra razón es que la desobediencia ha sido siempre tan desagradable a Dios que, habiendo empezado por el hombre, para reparar su falta fue necesario que una de las tres personas de la Santísima Trinidad se hiciera hombre, no sólo para hacernos ver, mediante sus actos de obediencia, cuán razonable es que obedezcamos, sino para que nuestras obediencias imperfectas tengan el mérito de las del Hijo de Dios, estando unidas con las suyas; esto es una razón muy poderosa para adquirir y practicar la virtud de la obediencia.

La tercera razón es que, sin la obediencia, habría un desorden continuo en todas las familias, especialmente en las comunidades, y mayor aún entre las Hijas de la Caridad, bien sea por la libertad que les da su oficio para ir a diversos lugares, como por el desarreglo interior y exterior que les causaría la desobediencia.

Uno de los medios que he pensado y que podría ayudarme a conseguir la virtud de la obediencia, tal como Dios la pide, creo que es estimarla mucho, pensando con frecuencia en la del Hijo de Dios, que la demostró en cosas tan penosas y difíciles; pensar que lo que él quiso, al observarla hasta la muerte, fue para que nos sirviera de ejemplo y de ánimo.

Otro medio, que espero poder utilizar, consiste en buscar las ocasiones para practicar la obediencia. Si no tengo la felicidad de poder obedecer en mis acciones diarias, se me ha ocurrido pensar que, cuando ordene o aconseje a las personas con las que tengo esta obligación, es porque así me lo ha mandado la voluntad de Dios por medio de mis superiores.

Y en las cosas más indiferentes, procuraré con la gracia de Dios atender y condescender más humildemente con las personas que me piden alguna cosa, con tal que sea sin ofender a Dios.

Y como la obediencia puede observarse de maneras diferentes, me parece que, para que seamos como Dios nos pide, tenemos que obedecer con gran sencillez y humildad.

En segundo lugar, tenemos que obedecer a las personas que tienen el derecho de mandarnos, sin ninguna diferencia, como si fuera Dios el que nos mandase, ya que hemos de obedecer por su amor y por cumplir su santa voluntad.

La tercera condición de la verdadera obediencia consiste en no hacer inclinar a nuestros superiores a que nos manden lo que deseamos, sino procurar que se nos ordene lo que sabemos que Dios pide de nosotras.

En cuarto lugar, me parece que la obediencia tiene que ser pronta y sin ningún razonamiento, sino sujetando nuestro propio juicio y siendo fieles a la práctica de lo que se nos haya ordenado. También nos ayudará mucho, según creo, acostumbrarnos a no ser obstinadas en nuestras opiniones, condescendiendo con toda clase de personas, incluso en las cosas pequeñas.

He sentido mucha confusión, al reconocer que muchas veces he faltado a todas estas prácticas con mi soberbia y obstinación, de lo que me arrepiento y pido perdón a todas nuestras hermanas que lo hayan podido observar.

– Bien, mis queridas hermanas, me parece que todas estáis llenas de estima para con esta virtud; estáis convencidas de que vuestra Compañía, que es tan agradable a Dios por su finalidad y por el ejercicio a que se dedica, recibirá además un incremento de mérito inconcebible, si lo hace en virtud y por amor a la santa obediencia. Por eso creo que todas estáis llenas del deseo de esforzaros y de entregaros ahora a Dios, para no hacer nada que vaya en contra de la obediencia. Alabo y doy gracias con todo mi corazón a su divina bondad por lo que os ha inspirado: las razones por las que es justo y necesario obedecer, las cualidades que tienen que acompañar a la verdadera obediencia, los medios y resoluciones convenientes para practicarla. Suplico a nuestro Señor Jesucristo, por el que se nos han dado todas las gracias, que nos obtenga del Padre eterno la obediencia, tal como él mismo la tuvo, supliendo por los méritos infinitos de la suya las faltas que hay en la nuestra, y que acepte con agrado que todas las que estáis aquí presentes seáis fieles y cumplidoras en la práctica de las inspiraciones que él mismo os dará por medio de su Santo Espíritu, que haga fructuosa la gracia que os ha concedido, que la comunique por medio de vosotras a nuestras hermanas ausentes, y por medio de vosotras y de ellas a las que vengan después, de forma que, al oír hablar de la obediencia que hubo en la Compañía, se sientan obligadas a continuarla. Así se lo suplico a mi Señor Jesucristo, así se lo suplico a la Santísima Trinidad en cuyo nombre no dejaré, aunque sea un miserable pecador, apoyándome en su infinita misericordia, de pronunciar las palabras de la bendición.

Benedictio Dei Patris…

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