Vicente de Paúl, Conferencia 044: Sobre la indiferencia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(14.07.50)

Hijas mías, he aquí el título de esta conferencia, que contiene la disposición en la que una Hija de la Caridad tiene que estar para ir a cualquier lugar que sea, tanto si se la manda ir como si se la manda venir, y con cualquier hermana que sea, y los medios para impedir que nazcan las debilidades que podrían engendrar deseos de salir de allí.

Hija mía, ¿quiere usted decirnos sus pensamientos sobre este tema?

– Sobre las razones que tenemos para ir a cualquier lugar, me parece que se trata de obedecer a la voluntad de Dios, para cumplir con lo que hemos prometido al entrar en la Compañía, cuando se nos dijo que habría que ir a cualquier sitio adonde nos enviasen, y para imitar a los apóstoles que fueron por todo el mundo sin ninguna repugnancia.

Sobre las hermanas, creo que no hay que tener preferencia con ninguna, sino someternos a todas de buen grado, atribuyéndonos siempre la falta de las dificultades con que tropezamos.

Otra hermana dijo sobre el mismo punto:

La primera razón que tenemos para ir adonde nos envíen y para aceptar a la hermana con quien vayamos, es que estamos obligadas a vivir bajo la obediencia y que podemos estar seguras de que de esta forma cumplimos con la voluntad de Dios y trabajamos por nuestra salvación. Además, por este cambio de lugar imitamos la vida de los apóstoles, porque, como ellos iban para predicar a Jesús crucificado, también nosotras tenemos que ir a varios lugares, y dar a conocer con nuestro buen ejemplo que hay un Dios por el que trabajamos. Sobre las hermanas, hemos de tener todas un mismo espíritu, y con este medio no tendremos ninguna dificultad en estar con una o con otra.

Observaciones de otra hermana:

Sobre las razones que tenemos para ir adonde los superiores lo crean conveniente, me parece que es disponernos para hacer mucha provisión de caridad y de sumisión, para soporta a las que no sean de nuestro gusto.

Otra hermana dijo, sobre el mismo punto, que nos obliga a ello la virtud de la obediencia, el buen ejemplo que hemos de dar y la participación en el mérito de la comunidad.

Observaciones de otra hermana: Otra razón para estar siempre dispuestas a ir a cualquier sitio y con cualquier hermana, consiste en pensar que nos hemos entregado a Dios, y que donde estemos nos encontraremos con Dios y le glorificaremos, si somos fieles a lo que pide de nosotras. Otra razón es que, aunque estemos lejos de la casa y de nuestras hermanas, estamos siempre unidas y participamos en todo el bien que allí se hace. La tercera razón es que, cualquiera que fuese la hermana con que nos encontremos, ha sido Dios el que nos ha unido a ella, y por tanto es para nuestro progreso. Si ella es de un carácter que nos parece incompatible, podemos pensar que Dios lo ha permitido para darnos ocasión de practicar alguna virtud y especialmente la mansedumbre y la paciencia, y que los santos se hubiesen sentido contentos de encontrar semejantes personas para ejercitarse, ya que de algunos de ellos sabemos que se obligaron voluntariamente a vivir con personas de mal humor, a fin de glorificar a Dios por su sumisión a ellas.

La señorita, cuando nuestro muy honorable padre le rogó que dijese las luces que Dios le había dado sobre este tema, dijo:

Como primera razón para estar siempre y en todo tiempo dispuestas a ir a cualquier parte y con cualquiera de nuestras hermanas, he pensado que era enteramente necesaria la disposición de acatar los designios de Dios en la fundación de esta Compañía, que no podría sin eso darle la gloria que su bondad quiere sacar de nosotras, y el servicio que les debemos a los pobres.

La segunda razón es que en esta disposición mostramos nuestra fe ante la verdad del atributo que Dios se da a sí mismo de ser un Dios celoso 2, y que quiere enteramente nuestro corazón, estando dispuestas sin reserva alguna a cumplir su santa voluntad, que se nos manifiesta infaliblemente en la de nuestros superiores.

Y la tercera es que una Hija de la Caridad, sin esta disposición, no puede decir verdaderamente que pertenece a la Compañía, ya que su solo ejemplo, si fuese escuchado, sería capaz de poner grandes obstáculos y causar graves desórdenes a todas las demás; y hasta habría que temer que fuera éste el comienzo de la ruina total de la Compañía.

El segundo punto era sobre lo que las Hijas de la Caridad tienen que hacer para impedir que entren en su espíritu estas debilidades y ligerezas, que podrían llevarlas a querer separarse de su hermana.

A propósito de esto una hermana dijo:

Yo he pensado que lo que podemos hacer para remediar estas debilidades y ligerezas que entran en nuestro espíritu, es ponernos al pie de la cruz y pensar en los sufrimientos del Hijo de Dios en medio de las dificultades que se presentan.

Observaciones de otra hermana:

Me parece que el medio para remediar estas debilidades y ligerezas consiste en rechazarlas apenas nos demos cuenta de ellas, sin pensar en ellas para nada.

Observaciones de otra hermana:

Me parece que un buen medio para impedir el efecto de estas debilidades y ligerezas consiste en no descubrir nuestras pequeñas dificultades a las personas seglares, ya que podrían darnos remedios contrarios a nuestro mal, sino decírselas más bien a nuestros superiores.

Otra hermana dijo que no veía remedio más oportuno contra el mal que podrían causar estas debilidades y ligerezas, que un gran deseo de sufrir. Este deseo apagaría todas nuestras repugnancias y nos impediría comunicarlas a cualquier persona que no fuese nuestros superiores.

Otra hermana dijo que, cuando nos vienen estos pensamientos, conviene pensar que la voluntad de Dios es que adoremos esa misma voluntad, que tomemos como tentación las razones que nos podrían convencer de lo contrario y que pidamos ayuda a Dios para no sucumbir.

La señorita añadió: Uno de los medios para impedir que tengamos disposiciones contrarias a ésta, consiste en entregarnos frecuentemente a Dios en nuestras oraciones y santas comuniones sin ninguna reserva. Otro medio es que, apenas nos demos cuenta de alguna clase de aversión o de disgusto por el lugar o las personas con quienes estamos, o contra nuestra hermana, o contra algunas de nuestras hermanas si somos varias, que no dejemos que reine esta pasión, sino que desde el comienzo procuremos hacer actos contrarios, comulgando por esta intención, y, si nos parece que esto no nos da fuerza, examinemos con cuidado de dónde puede provenir esto, pidiendo perdón a Dios, renovándonos con el pensamiento de los primeros fervores que nos llevaron a entregarnos a Dios; y si esto continuase algún tiempo, que advirtamos a nuestros superiores de nuestra tentación y de nuestra conducta, y sigamos exactamente los consejos que Dios permitirá que ellos nos den, pidiendo humildemente esta gracia, rogando a la santísima Virgen y a nuestro ángel de la guarda.

Después que hubieron hablado todas las hermanas preguntadas (no las hemos mencionado a todas, porque varias indicaron los mismos pensamientos), nuestro muy venerado padre empezó de esta manera:

Ante todo, hijas mías, voy a deciros la manera con que habéis de dar cuenta de vuestra oración. Es menester que las que escriben pongan en su cuaderno: la conferencia es de tal tema; el primer punto es de tal cosa; sobre esto la primera razón me parece que es tal cosa; la segunda, tal otra; y así a continuación. Después, vendrá el segundo punto, que es sobre los medios; decir el primer medio, el segundo, el tercero y el cuarto, distinguiendo el segundo del primero y el tercero del segundo, para que las cosas estén claras. Creo hijas mías, que será conveniente tener una conferencia expresamente para esto, que no tendréis que preparar, para que busquemos las razones en aquel mismo instante. No es, mis queridas hijas, que por la misericordia de Dios no hayáis tomado los puntos de esta conferencia y que no hayáis elegido las razones y los medios adecuados a este tema. Esto está claro por la gracia de Dios, y le doy las gracias con todo mi corazón, y ruego a su divina bondad que os imprima en el corazón de cada una lo que se ha dicho y se diga en esta conferencia.

Entre vosotras hay algunas que han dicho razones tan poderosas, tan bien pensadas y tan bien deducidas, que un predicador no lo haría mejor, y esto se puede decir de todas. Sí, hijas mías, todas las que estáis aquí habéis dicho razones y medios suficientes, tanto las que han escrito, como las que han hablado. Podemos decir que Dios os ha iluminado a todas y que todas habéis encontrado los secretos para combatir contra vuestro enemigo, a no ser aquellas que no fueron advertidas a tiempo para poder hacer esta oración; y esto es por culpa mía, porque os lo debería haber comunicado antes.

Una de vosotras ha dicho que era voluntad de Dios que las Elijas de la Caridad fuesen a donde las enviasen, y tiene razón. ¡Que Dios la bendiga! Es voluntad de Dios que las Hijas de la Caridad vayan y vengan a esta parroquia, a este pueblo, a este hospital, a aquel otro, sin preocuparse ni apurarse si es con una hermana o con otra, si es para mucho tiempo o para poco. Hijas mías, no es posible dudar de que se trata de la voluntad de Dos; lo es hasta tal punto que, como se ha dicho muy bien, es lo que él quiso de la Compañía desde que por su bondad infinita le dio comienzo. Y puesto que la voluntad de Dios es que la conozcamos por la bendición que le da a los cargos y a las ocupaciones adonde permite que seáis llamadas, ¿por qué iba a haber alguna que no lo quisiese hacer, o que lo hiciese por capricho? ¿Qué se puede hacer en este mundo, sino la santísima voluntad de Dios? Como se ha dicho, nuestro Señor no vino a este mundo nada más que para cumplirla. ¡Oh Dios mío! ¡Qué buena observación! ¡Bendito sea Dios por haber dado este pensamiento a una de nuestras hermanas y que Dios bendiga a la que nos lo ha dicho! ¡No me acuerdo de quien se trata; pero sea cual fuere, que Dios la bendiga!

Así pues, Jesucristo no vino al mundo más que para cumplir la voluntad de su Padre, y durante toda su vida no hizo otra cosa, y la Hija de la Caridad que tiene que formarse sobre el modelo de Jesucristo, ¿querrá hacer algo distinto de la voluntad de Dios?

Pero, padre, dirá alguna, ¿de qué sirve hacer la voluntad de Dios? Hija mía, ¿de qué sirve? Si un alma en este mundo lo pudiese ver, no encontraría muchas dificultades, no se enfrentaría con nada que le costase, todo le sería fácil, ya que con gusto aceptaría abrazar la voluntad de Dios.

Esto, mis queridas hermanas, da gloria a Dios al rendirle la sumisión que una criatura debe a su Creador, y además le da alegría y gozo; sí, hijas mías, esto da gozo a Dios; ahí es donde pone sus delicias. Es una verdad autorizada por la Sagrada Escritura.

De forma, hijas mías, que cuando, teniendo ante la vista la voluntad de Dios, escucháis de boca de vuestro superior que hay que ir a tal sitio, y adoráis esa misma voluntad y vais alegremente adonde se os ha dicho, sin pensar en si vas a estar lejos de la casa, si vais a abandonar a vuestros padres, si no los volveréis a ver quizás ya nunca, si vais con tal hermana, hacia la que no sentís ninguna inclinación; cuando superáis todo esto por el deseo de cumplir la voluntad de Dios; entonces hijas mías, dais gozo a Dios, que pone sus delicias en vosotras, alegráis a los ángeles, que se regocijan con la gloria que Dios saca de la obediencia que una pobre criatura rinde a su santa voluntad, alegráis también a los santos, que participan en el gozo de Dios. Fijaos hasta dónde llegáis: ¡alegrar a Dios, alegrar a los ángeles, alegrar a los santos!

Esta verdad está apoyada en la Sagrada Escritura al decir que los ángeles se alegran en el cielo cuando un pecador hace penitencia en la tierra. ¿Y qué mayor penitencia puede darse que estar continuamente dispuesta a partir y a dejarlo todo para ir adonde una no ha estado nunca, con unas personas que nunca ha visto, dejando a otras con las que estaría tan bien? No dudéis de que los ángeles y los santos se alegran por esto.

Si Dios, los ángeles y los santos, sienten gozo en esto, los diablos y las almas condenadas, por el contrario, sienten tristeza, como puede probarse por la Sagrada Escritura. Dios os muestra al diablo: «Mira, desgraciado, lo que eres por no haberme querido obedecer, tú a quien yo había creado con tantas ventajas y había hecho partícipe de mi gloria; y he ahí una pobre mujer, que tiene ánimos para obedecerme y no hacer caso de todas las dificultades que se le oponen, y de todas las repugnancias que la naturaleza le sugiere. Mira, miserable, y que este ejemplo sirva para confundirte una vez más y para aumentar tu pena eterna».

¿No vemos en Job la alegría que Dios recibe de las almas que ha escogido y cómo las muestra a Satanás para aumentar su vergüenza? «¿No ves, le dice, a mi siervo Job, cómo obedece a mi ley y está deseoso de complacerme?».

Pues bien, hijas mías, si los diablos sufren con esto un aumento de pena, también las almas condenadas. ¿Qué reproche dirigiría Dios a una Hija de la Caridad si, por haber sido infiel a su vocación, se mereciese las penas del purgatorio para satisfacer a la divina justicia, y quizás las del infierno? ¡Que no lo permita su bondad!, pero, si algunas tuviesen esa desgracia, no dudéis, hijas mías, de que Dios hizo conocer a esas almas el bien que vosotras hacéis. Les dice interiormente: «Si no te hubieses salido de allí, hubieses sido fiel a tu vocación, y ahora serías tan agradable a Dios como ésta y aquélla, que llegaron mucho después de ti. Ellas serían tus hijas. Ahora están una en un lado, otra en otro; cada una glorifica a Dios con el género de vida que se le ha ordenado; ésta en las parroquias, aquélla en el pueblo, esta otra en un hospital, la de más allá con los niños; y tú, desgraciada, estarás aquí eternamente por no haber querido seguir los movimientos que Dios te daba para hacer obras semejantes. ¡Alma desgraciada!». Vuestra sumisión a la voluntad de Dios, hijas mías, aumenta la pena de aquellas almas, que sufren el castigo de sus infidelidades.

¿Y no vemos cómo las que se han salido de vuestra Compañía se consumen de tristeza? Se consumen de tristeza, sí, lo sé ciertamente. Dios permite que conozcan el bien que se hace por su misericordia y que lo vean con unos ojos muy distintos que cuando atendían a la tentación que les sugería que saliesen. Esto hace que realicen intentos increíbles para volver a entrar. Se sirven de aquel padre, de aquella señora, de aquel religioso y de todas las personas que conocen. Se informan siempre bajo mano de lo que pasa en la Casa y de las hermanas que conocieron; preguntan dónde está ésta y aquélla, y saben que una está en Nantes, otra en Angers otra en Nanteuil y dicen dentro de sí: «¡Ay! Si yo siguiese allí, quizás estaría en Angers, quizás en Nantes, quizás en Nanteuil; y lo que vosotras hacéis les da remordimientos; esto las tiraniza y las llena de pesar. Sé que no tienen ningún gozo ni alegría y que la mayor par te siguen así. Las que no experimentan estas penas están en mayor peligro todavía por ser insensibles a los movimientos de la gracia.

Esto os tiene que animar, mis queridas hijas, a conservar las disposiciones que Dios ha puesto en vosotras, pues por la gracia de Dios no sé que ninguna de vosotras se haya negado todavía a ir al sitio adonde se le ha enviado. No, no lo sé. Por la misericordia de Dios, no ha venido a mi conocimiento que ni una sola haya faltado a esta obligación de obedecer. Lo que decimos es solamente por precaución y para mostraros cuánta importancia tiene continuar lo que Dios ha puesto entre vosotras desde el comienzo. Y como se ha observado, habría que temer que estuviera allí el principio de la ruina de vuestra Compañía. ¿Y por qué? Hijas mías, porque desde el comienzo se ha visto que Dios quería esto de vosotras, que quiere ser glorificado en esto, porque el prójimo por esto recibe ayuda.

Y el medio de hacer algún servicio a los pobres, tal como por la misericordia de Dios se lo hacéis, ¿podría realizarse si no se os pudiese mover de un lugar? ¿Quién iría a esos pobres condenados? ¿Quién serviría a esos enfermos de las aldeas? ¿Quién visitaría a los que están sin asistencia en sus habitaciones y en esas chozas? La bendición que Dios da a esas ocupaciones, ¿no os indica cuánto le agradan? ¿Qué pasaría si alguna se atreviese a desobedecer? No sé, por la gracia de Dios, que esto haya pasado nunca. Pero no habría nada que pudiera atraer tanto la ira de Dios sobre vosotras.

Si alguna dijese: «Pero, ¿es que voy a ir a ese país, donde no conozco a nadie, y se reirán de mí?». Entonces le pasaría como al profeta Jonás. «Vete a Nínive, le dijo el Altísimo, y dile al pueblo que haga penitencia o que, dentro de tres días, Nínive será destruida». Jonás empezó a pensar en su interior: «Hay allí un rey que me podrá maltratar; nadie me dará la bienvenida cuando vaya a predicar penitencia; quizás tenga que perder la vida». ¿Y qué es lo que hace? Se embarca para marcharse a otro sitio. Inmediatamente el tiempo empieza a cambiar; surge la tempestad. Los marineros se detienen para echar a Jonás al mar y descargar el navío. Se encuentra con una ballena, que se lo traga y lo guarda durante tres días para devolverlo lleno de vida. Entonces, hijas mías, Jonás conoció su desobediencia, pidió perdón a Dios y, lleno de fuego y de fe, se fue a predicar a Nínive.

Según el ejemplo de este profeta, podéis juzgar, hijas mías, cómo se irrita Dios con las almas que ha escogido para realizar sus obras, cuando faltan a la obediencia. Pero, ¿quién podría esperar la gracia que concedió a Jonás de levantarse de su caída? ¡Ay!, hijas mías, no hay que estar seguro de ello, porque hemos de temer que las que tengan esta desgracia caigan como él al fondo del mar, al vientre de una ballena, esto es, en el mal y en la impotencia para poder levantarse, a no ser por un milagro especial. Y Dios no lo hace todos los días. ¡Quiera la bondad de Dios guardarnos de estas faltas!

Sé muy bien, hijas mías, que os piden muy lejos de aquí, a más de seiscientas leguas, y he recibido algunas cartas; sí, desde una distancia de seiscientas leguas se está pensando en vosotras; y si hay allí algunas reinas que os piden (6), también conozco a otras personas que os piden más allá del mar. ¡Qué elevado concepto, hijas mías, tienen de vosotras esas reinas y esas otras persona, para llamaros desde tan lejos! Esto es para vosotras una nueva obligación de trabajar en perfeccionaros y sobre todo en adquirir ese despego con que es preciso que vayáis a cualquier sitio.

Pero me parece, mis queridas hijas, que os veo ya bastante convencidos por todas las razones indicadas, teniendo ante la vista la santísima voluntad de Dios, la santa obediencia, el ejemplo que Jesucristo os ha dado, al ser obediente hasta la muerte en la cruz (8). Pudo tener millones de ángeles para librarlo de la cólera de sus enemigos (9), y pudo por sí mismo vencerlos a todos, ya que sabéis cómo con una sola palabra los echó por tierra (10); sin embargo, hijas mías, no quiere usar de ese poder, ya que estima mucho más la obediencia a la santísima voluntad de su Padre; y está más contento de morir en la cruz para satisfacer los deseos de Dios, que si todo el mundo acudiera a defenderle.

Hijas mías, me parece leer en vuestros corazones el deseo que tenéis de imitarlo. Pero, ¿iría yo a seiscientas leguas de aquí? ¿iría más allá de los mares? ¡Oh! Veo muy bien, mis queridas hijas, que estáis dispuestas a ir cuando la obediencia os lo diga, y que, aunque supieseis que no volveríais jamás, no querríais retrasar vuestra marcha ni un solo momento. Y estoy seguro de que no hay ninguna de vosotras que no haya hecho ya este acto de resignación en su corazón. Incluso hay algunas que lo han hecho ya más de seis veces. Sí, por la gracia de Dios, os veo a todas bien dispuestas para hacer todo lo que su divina bondad quiera ordenar de vosotras, y me parece que os oigo decir: «Sí, mi Señor Jesucristo, con todo el afecto de mi corazón, con toda la fuerza de mi alma, me entrego enteramente a ti para vivir y morir en la obediencia, como tú quisiste vivir y morir obedeciendo, tanto si me mandan a aquel lugar, como si me retiran para poner allí a otra. Todo me será igual.

Dios mío, bien sea por poco tiempo como por varios años, bien sea para vivir allí como para morir. Estoy contenta con todos los sucesos que tú permitas y no me preocuparé de lo que pueda pasar, con tal que quieras tú, Dios mío, concederme la gracia de obedecer por tu amor durante toda mi vida».

La resolución que ahora tomáis todas, mis queridas hijas, la tomo yo también, y espero de la bondad de Dios que me conceda la gracia de rendir a mis superiores la obediencia que les debo. Así lo espero, por la misericordia de Dios. Por todas mis miserias, tengo muchos motivos para arrepentirme de haber faltado en esto. ¡Bendito sea Dios!

Todavía nos queda por tratar, hijas mías, sobre los medios para impedir que estas debilidades y ligerezas, que incluso pueden aparecer en las personas más virtuosas, no os lleven a querer estar separadas de la hermana con la que Dios permitió que estuvieseis, con el pretexto de que tiene un carácter muy distinto del vuestro, o que no es muy exacta en el cumplimiento de las reglas, o a desear cambiar de sitio, ya que no encontráis vuestra satisfacción en donde estáis (¡esa dama, ese confesor!). ¡Dios mío!, mis queridas hijas, no escuchéis estas tentaciones, porque os quitarían la paz; no, no escuchéis nunca esto.

Así pues, no hablaré de otros medios distintos, hijas mías, de los que vosotras mismas me habéis indicado, ya que por la gracia de Dios no veo que haya otros más eficaces.

El primero consiste en pedir a Dios esa gracia; porque, hijas mías, ¿quién podría estar seguro de dar un solo paso en el camino de la virtud, si Dios mismo no nos pusiese en él y nos guiase? Es una verdad que proclama el evangelio. «Nadie, dice nuestro Señor, viene a mí si el Padre no lo trae» (11). Pues bien, hijas mías, para obtener esta gracia de la bondad de Dios, es justo que se la pidamos. Este será, por tanto, uno de los medios principales que habéis de utilizar, y si me creéis, no faltaréis a él un solo día. Pedídselo con cuidado; pedídselo con insistencia; pedídselo con humildad y sobre todo pedídselo con gran deseo de obtenerlo, y reconoced y confesad que sin esa gracia no podréis dar un solo paso en el camino de la virtud. Nos engañamos a nosotros mismos cuando creemos que hacemos algo con nuestras propias fuerzas. La experiencia nos lo demuestra. Sentimos que nuestra naturaleza se enfada, sentimos repugnancia, aversión, incluso algunas veces hastío. ¡Ay si Dios no pusiese su mano! ¿Qué podríamos hacer sin él? Así pues, no puedo menos de recomendaros, hijas mías, esta práctica. Pero espero que, ya que Dios os ha dado a conocer su utilidad, también os dará la gracia de aceptarla.

Otro medio, como también habéis observado, consiste en creer que somos nosotros los que nos equivocamos en esas pequeñas ocasiones que a veces perturban nuestro corazón. Si no estáis contentas de vuestra hermana, fijaos en vuestra propia conducta: ¿No seré yo la que le dé ocasión para estar de mal humor? Poneos en su lugar y examinaos entonces. Si me hubiesen respondido de esa forma tan dura como yo lo he hecho, ¿no guardaría resentimiento? Creedme, hijas mías, Dios es el que os ha dado a conocer este medio, como uno de los más eficaces para conservar la caridad entre vosotras, ya que, si miráis a vuestro prójimo con los ojos con que os gustaría ser miradas, nunca veréis en él falta alguna; por el contrario, os parecerá que tiene siempre la razón.

Pero, padre, ¿qué hay que hacer cuando se trata de una persona tan molesta que le disgusta todo lo que podemos hacer? Hija mía, mire ante todo si no es acaso usted la que le da ocasión para enfadarse y si no le da más motivos de los que realmente tiene para hacerlo, y diga: «¡Ay!, ¡es preciso que sea muy buena esa hermana, ya que nuestro Señor la prueba de esa forma!; sin duda, quiere santificarla por la paciencia». Pero no digáis nunca: «Esa hermana tiene mal genio; ¡es una caprichosa! No le gusta nada de lo que hacen las demás»; pues entonces echaríais a perder la caridad entre vosotras, ya que no hay nada que la enfríe tanto como las palabras de desprecio.

En los lugares en que estáis no lograréis dar el fruto que Dios quiere que produzcáis, pues, cuando no existe espíritu de caridad, tampoco puede haber obras buenas. Perderíais la fama que tenéis de ser Hijas de Dios, ya que la caridad no es otra cosa sino Dios porque Dios es caridad (12); y el que dice Hijas de la Caridad dice Hijas de Dios. ¿Qué diría ese pueblo que espera de vosotras su ayuda, y qué dirían las reinas que os aguardan, si no viesen en vosotras el espíritu de Dios? Conservad, pues, hijas mías, ese espíritu de Dios, ese espíritu de caridad y de paciencia, que os hará siempre echar la culpa sobre vosotras mismas, antes que sobre vuestra hermana. Amaos mutuamente con un amor cordial, y puesto que todas sois un mismo espíritu, sed también todas un mismo corazón. No digo, mis queridas hijas, que os améis con ese amor sensible que consiste en no sé qué clase de satisfacción; no digo que lo hagáis con ese amor con que los malos aman a los malos, sino con el amor que Dios quiere que tengamos los unos a los otros, y que tiene en él su principio.

Tampoco se trata, hijas mías, de que, por sentir en la naturaleza cierta repugnancia a marcharse lejos, o estar con una persona en vez de con otra, se deje de estar por eso en las disposiciones que hay que tener, con tal que no se consienta en ello, y que apenas se sientan estas tentaciones, se busque el remedio, o sea, dirigir amorosamente estas quejas a nuestro Señor a los pies del crucifijo: «Dios mío, ya sabes qué débil soy, cuán poco poder tengo sobre mí y sobre mis pasiones. Ayúdame por favor, a fin de que no haga nada contrario a lo que tú quieres; dame fuerzas, Dios mío, para que no sucumba».

Poned mucho cuidado, hijas mías, en no manifestar a vuestra hermana las quejas que de ella tengáis. Vivid siempre en paz. Pero si no conseguís tener calma, entonces, hijas mías, podéis manifestar vuestras penas a los superiores con sumisión, dispuestas a hacer lo que ellos os digan, como si viniera de parte de Dios. Podéis decirles: «Me cuesta mucho ir a tal sitio, o hacer tal cosa; pero no dejaré de ir, si le parece a usted conveniente». Y creedme, hijas mías, dejaos llevar por ellos. Experimentaréis entonces las bendiciones que concede Dios a la sumisión. Pero, si esto durase un mes o dos, y hasta tres o cuatro, hijas mías, no por ello tendríais que preocuparos, con tal que lo supiese Dios y vuestros superiores, ya que las almas reciben la obediencia de manera diferente: unas la reciben con gran alegría, otras con indiferencia y otras con no poca fatiga. Las que la reciben con gran alegría están llenas de Dios, no perciben ninguna dificultad y se complacen en obedecer. Son almas tranquilas, en las que Dios ha puesto, junto con su espíritu, una paz muy grande como recompensa de las penas que anteriormente superaron. Esas almas, repito, hijas mías, en vez de sentir repugnancias, se encuentran totalmente llenas de consuelo en medio de las cosas contrarias y reciben alegremente las propuestas más difíciles que se les hacen. La incomodidad, la lejanía, la compañía de cualquier persona que sea, la muerte misma, si les llegara, todo les resulta igual cuando tienen presente a Dios, ya que están llenas de Dios.

Otras almas reciben quizás con gusto la noticia de su nuevo destino a un lugar lejano; pero es por motivos muy distintos de las anteriores, ya que piensan que así se verán apartadas de aquella persona que les molesta, o porque gozarán de más libertad que en esta Casa, o porque los demás se formarán una elevada opinión de ellas, y hablarán de ellas y dirán: Esa hermana ha sido destinada a tal sitio, a esa fundación. ¡¡Oh! ¡Cómo se fían de ella! Guardémonos de ese veneno tan peligroso, hijas mías, y rechacemos muy lejos de nosotros esos perniciosos pensamientos, que nos perderían a todos.

Hace quince o dieciséis años, habiendo sido condenado un gran señor de la corte a ser decapitado, pusieron los ojos en un santo personaje para que le asistiese en la hora de la muerte. Era el general de los Padres del Oratorio, el padre de Condren), un hombre que tenía el espíritu de Dios. Vinieron a decirle que aquel gentil hombre era el más decidido, el mejor preparado para la muerte, el más generoso, el más valiente y el más animoso del mundo, que iba al encuentro de la muerte tan gallardo como al combate. Aquel santo varón, que tenía una gran experiencia y mucha prudencia, tuvo miedo de que aquel señor actuase de este modo por un mal principio, por vanidad, por no aparentar cobardía en aquel trance y hacer que se hablase de su valentía después de su muerte. Fue a visitarlo y, al verlo tan decidido, empezó a atacarle por el temor a la muerte. «¿Sabe usted bien, amigo mío, que va a morir dentro de dos horas y que tendrá que comparecer delante de Dios para rendir cuenta de tantas almas como ha enviado usted al infierno? Esos quince o veinte hombres a los que usted ha matado en duelo, la mayor parte de los cuales murieron sin confesión, están pidiendo justicia a Dios. ¿Sabe usted acaso si no será eternamente condenado con ellos? Señor, tendrá usted que vérselas con Dios; piénselo bien, queda poco tiempo; es preciso utilizarlo bien».

Aquellas palabras, y algunas otras que aquel buen padre dijo a aquel señor, le llenaron de temor. Se vio derribado. Sin saber qué hacer. Rechazó con todo su corazón el mal que había hecho. Tuvo miedo del juicio de Dios. Cuando aquel santo varón lo vio en semejante estado, le animó con estas palabras: «Señor, es cierto, nunca tendrá usted dolor suficiente por el mal que ha hecho; pero le aseguro de parte de Dios que, si se arrepiente sinceramente, si acepta usted la muerte como una satisfacción por sus pecados, esos pecados se le perdonarán». Entonces se tranquilizó y se llenó de confianza. Aquel buen padre le hizo entonces confesar que su valentía no había tenido otra causa más que la vanidad y el deseo de adquirir fama por este medio.

Pues bien, hijas mías, no quiera Dios que vosotras obréis por ese motivo. Espero que la bondad de Dios os preserve de él. Se lo suplico con todo mi corazón, así como también que quiera poner en nosotros las disposiciones necesarias para cumplir durante toda nuestra vida su santísima voluntad en cualquier tiempo, lugar y circunstancias que sea; que se digne, por su infinita misericordia, perdonarnos a todos las faltas que hemos cometido contra la santa obediencia y aceptar con agrado la resolución que hemos tomado de vivir y morir bajo obediencia por su amor. Así lo hago en mi interior y, con la gracia de Dios, espero ser fiel, obedeciendo con esmero a mis superiores; y así lo hacéis también vosotras, hermanas mías. Ruego a Dios con todo mi corazón que acepte vuestros propósitos, y con esta confianza pronunciaré sobre vosotras las palabras de la bendición. ¡Quiera Dios, al mismo tiempo que las pronuncio, enviaros la fuerza de su Espíritu por la virtud de su palabra!

Benedictio Dei Patris…

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