(28.11.49)
Hijas mías, el tema de esta conferencia es sobre la importancia que tiene el que las Hijas de la Caridad trabajen durante las horas que les quedan libres después del servicio a los pobres, o a la atención a las alumnas, en los lugares en donde no están demasiado ocupadas. El primer punto es sobre las razones que tienen para trabajar y ganarse parte de su vida; el segundo, sobre la clase de trabajo en que tienen que ocuparse; el tercero, sobre lo que deben hacer para que Dios vea con agrado su trabajo, tanto la asistencia que prestan a los enfermos como las demás tareas.
He aquí, hermanas mías, los tres puntos sobre los que vamos a hablar. Veamos por qué razones tienen que ocuparse las Hija de la Caridad en los sitios que puedan, sin perjudicar para nada al servicio de los pobres enfermos o a la instrucción de las alumnas, tanto en las aldeas como en las parroquias de París.
Hermana, díganos por qué razones tiene que trabajar una Hija de la Caridad para ganar una parte de su vida.
– Padre, sobre el primer punto me parece que hemos de tener alguna ocupación, porque nuestro Señor nos ha recomendado que empleemos bien el tiempo; en segundo lugar, porque somos pobres; y en tercer lugar, porque la ociosidad provoca malos pensamientos, que son la causa de muchas malas conversaciones y destruyen con frecuencia en nosotros lo que la gracia había construido y que conservaríamos si estuviésemos ocupadas. Sobre el segundo punto, me parece que el trabajo en que podríamos ocuparnos podría ser coser, hilar, y otras labores por el estilo, que nunca nos faltarán. Sobre el tercero, me parece que un buen medio es el aficionarse al trabajo.
Otra hermana dijo:
Padre, me parece que debemos trabajar, a ejemplo de nuestro Señor, que trabajó mientras estuvo en la tierra. Sobre el segundo punto, creo que el más apropiado para nosotras es el trabajo de coser o de hilar, como ha dicho mi hermana. Y como medios, creo que nos convendrá poner mucho cuidado y diligencia, imaginándonos que tenemos que trabajar siempre, y trabajar como si tuviésemos prisa, porque cuando se va lentamente, no se avanza, y cuando se cree que hay poco quehacer, no se preocupa una de afanarse.
Otra hermana dijo:
Padre, me parece que una razón para animarnos a no perder el tiempo es el ejemplo de la santísima Virgen, que nunca estuvo ociosa. En relación con los trabajos, no se me ocurren más que los que han señalado mis hermanas, al menos para las que están en casa y no tienen ocupaciones u oficios particulares. Para hacer que Dios vea con agrado nuestros trabajos, un buen medio será ocupar el espíritu en alguna cosa buena mientras se trabaja y no tolerar los pensamientos inútiles.
– ¡Dios la bendiga, hija mía!, dijo nuestro veneradísimo padre. ¿Y usted, hermana?
– Una razón por la que tenemos que trabajar para ganarnos una parte de nuestra vida, es que nuestra vocación tiene el honor de imitar la vida de trabajo del Hijo de Dios; por consiguiente, lo mismo que él trabajó con san José y con su santa Madre para ganarse la vida, también nosotras tenemos que hacerlo. La segunda razón es que no aportamos ninguna dote cuando entramos para poder vivir, y por consiguiente tenemos que ganarnos la vida con el trabajo. La tercera es que la mayoría de nosotras estaríamos obligadas a ganarnos la vida, si estuviéramos en el mundo. La cuarta es que se trata de un medio para fundamentar bien nuestra Compañía en la virtud, y especialmente en la humildad, que nuestro Señor recomendó tanto a los que quieren seguirle, y estimó tanto que la practicó él mismo durante toda su vida.
Otra hermana dijo:
Padre, me parece que una razón para ocuparnos en ganar una parte de nuestra vida, es para imitar a nuestro Señor, a su santa Madre y a san José, que trabajaron durante toda su vida. Además, nuestra Compañía hace profesión de pobreza. La tercera razón es que, si se introdujese en la Compañía la idea de que no tenemos nada que hacer para ganarnos la vida, pronto caeríamos en la ociosidad, y nuestra Compañía se vendría abajo. En fin, no hay nada tan perjudicial para las buenas costumbres como la ociosidad.
Sobre el segundo punto, a saber, sobre los trabajos en que tenemos que ocuparnos durante el tiempo que nos queda libre del cuidado de los enfermos y de la atención a las alumnas, o de las observancias de nuestra regla, me parece que cada una podría, según sus facultades, ocuparse en algunos trabajos necesarios, como hilar, coser, y algunos otros que son útiles para la casa o para los pobres, y no en cosas que entretengan demasiado el espíritu y nos apasionen más de la cuenta. Al examinar cómo hemos de comportarnos para que nuestro trabajo sea agradable a Dios y útil para la asistencia de los pobres, me parece que al comenzar deberíamos tener la intención de agradar a Dios, honrando el trabajo que nuestro Señor Jesucristo hizo en la tierra; después, no emprender nada sin permiso, y estar dispuestas a dejar el trabajo cuando se nos mande, o cuando nos obligue el servicio de los pobres.
Después de que nuestro dignísimo padre, con su caridad y su paciencia ordinaria, escuchó lo que cada una de las que preguntaba tenía que decir sobre este tema, empezó a hablar de esta manera:
Doy gracias a Dios, hermanas mías, por los pensamientos que su bondad os ha dado sobre el presente tema, que son todos muy buenos, muy dignos de consideración, muy útiles, muy prácticos, y sobre los cuales no me detendré mucho, ya que no tenemos mucho tiempo.
Solamente voy a añadir, hermanas mías, dos cosas que se me han ocurrido, la primera es el mandamiento expreso que dio Dios al hombre de ganarse la vida con el sudor de su frente. In sudore vultus tui vesceris pane, le dijo; te ganarás la vida con el sudor de tu frente, esto es, hermanas mías, con un trabajo que sea duro y pesado; mandamiento tan expreso que no hay ningún hombre que pueda exceptuarse de él, y trabajo de tal categoría que, por la gracia de Dios, nos sirve de penitencia por el esfuerzo que exige al cuerpo. Dios no dijo solamente: «Trabajarás con el afán de tu espíritu por ganarte ]a vida», sino: «Trabajarás con el sudor de tu frente», trabajarás no solamente con tu entendimiento, sino con tus manos, con tus brazos y con todo tu cuerpo, y trabajarás con tal actividad que el sudor te caerá de la frente. Así es, mis queridas hermanas, como hay que entender este mandamiento de Dios, al que todos los hombres están obligados a obedecer.
El labrador que vemos tras el arado cultivando la tierra y sembrando el grano para el alimento de los hombres, cumple con este mandamiento, porque su cuerpo sufre y pena, de forma que el sudor le cae de su rostro muchas veces.
La hermana de la Caridad que va cargada con su marmita por la mañana y por la tarde, durante el calor y durante el frío, y no para ella, sino para llevárselo a aquel pobre que no puede ir a buscarla y que moriría de hambre si ella no se lo llevase esa hermana, mis queridas hijas, cumple con este mandamiento.
La segunda razón, hermanas mías, es que Dios al hablar al justo dice que vivirá del trabajo de sus manos, como si hubiese querido darnos a entender que la mayor obligación del hombre, después del servicio que tiene que hacer a Dios, consiste en trabajar para ganarse la vida, y que bendecirá de tal forma el esfuerzo que haga, que no caerá en necesidad, que no será una carga para nadie, y que lo que él haga servirá para mantener a su familia, y todo le saldrá bien. Dios mismo promete trabajar con él, y mientras trabaja, bendecirá a Dios.
El justo vive de esta manera, mis queridas hermanas; vive, según el mandamiento de Dios, del trabajo de sus manos y no es ninguna carga para nadie. Pero el injusto no lo hace así; por no tomarse la molestia de trabajar, será una carga para los demás, se pondrá a mendigar o a robar. Ved la diferencia: el uno llena de contento a Dios y a los hombres, vive en la práctica de los mandamientos de Dios y goza suficientemente de las cosas necesarias para la vida; el otro es odioso a Dios, insoportable a las personas buenas e inaguantable para sí mismo por la miseria a la que lo reduce su vagancia.
No es que yo quiera decir, hermanas mías, que todos los que viven bien sean justos, ni que todos los que sufren necesidad sean injustos, porque vemos muchas veces que por el permiso de Dios los malos prosperan y los buenos no tienen éxito en la vida; pero os diré que nunca se ha visto a un hombre al que Dios no le haya dado medios más que suficientes para vivir, cuando él ha querido esforzarse.
Frente a las bendiciones que Dios ha dado a los justos, están las maldiciones que fulmina contra los ociosos en la Sagrada Escritura. Remite a los perezosos a las hormigas: «Id, perezosos, les dice, aprended de la hormiga lo que es preciso que hagáis».
La hormiga, mis queridas hermanas, es un animalito al que Dios le ha dado tal previsión que todo lo que puede recoger para el invierno durante el verano y el tiempo de la cosecha, se lo lleva a la comunidad. Fijaos, mis queridas hermanas, no se apropia de nada para su uso particular, sino que se lo lleva a las demás y lo mete en el pequeño almacén de la comunidad. Las abejas hacen esto mismo durante el verano. Van formando su provisión de miel, recogiéndola de las flores, para vivir durante el invierno, y se la llevan, lo mismo que las hormigas, a la comunidad. No son más que unos animalitos, de los más pequeños que hay en la tierra, pero Dios ha impreso en ellos ese instinto de trabajar, de forma que nos los pone como ejemplo para que aprendamos a ser previsores con nuestro trabajo.
La tercera razón que tenemos ya la habéis dicho. ¡Qué cosas tan bonitas habéis dicho vosotras! Es que el mismo Dios trabaja continuamente, continuamente ha trabajado y trabajará. Trabaja desde toda la eternidad dentro de sí mismo por la generación eterna de su Hijo, que jamás dejará de engendrar. El Padre y el Hijo no han dejado nunca de dialogar, y ese amor mutuo ha producido eternamente al Espíritu Santo, por el que han sido, son y serán distribuidas todas las gracias a los hombres.
Dios trabaja además fuera de sí mismo, en la producción y conservación de este gran universo, en los movimientos del cielo, en las influencias de los astros, en las producciones de la tierra y del mar, en la temperatura del aire, en la regulación de las estaciones y en todo este orden tan hermoso que contemplamos en la naturaleza, y que se vería destruido y volvería a la nada, si Dios no pusiese en él sin cesar su mano.
Además de este trabajo general, trabaja con cada uno en particular; trabaja con el artesano en su taller, con la mujer en su tarea, con la hormiga, con la abeja, para que hagan su recolección, y esto incesantemente y sin parar jamás. ¿Y por qué trabaja? Por el hombre, mis queridas hermanas, por el hombre solamente, por conservarle la vida y por remediar todas sus necesidades. Pues bien, si un Dios, soberano de todo el mundo, no ha estado ni un solo momento sin trabajar por dentro y por fuera desde que el mundo es mundo, y hasta en las producciones más bajas de la tierra, a las que presta su concurso, ¡cuán razonable es que nosotros, criaturas suyas, trabajemos, como se ha dicho, con el sudor de nuestras frentes! Un Dios trabaja incesantemente, ¿y podría mantenerse ociosa una Hija de la Caridad? ¡Estará convencida quizás de que no está más que para servir a los enfermos! Y cuando tenga pocos enfermos o no tenga ninguno, ¿se mantendrá inútil? Mis queridas hermanas, guardémonos bien de eso, huyamos de la ociosidad como de la muerte; ¿pero qué digo?, huyamos de ella como del infierno.
Pero, padre, estamos ocupadas desde la mañana hasta la noche; apenas nos queda tiempo para comer, y muchas veces lo tenemos que hacer fuera de hora. Muy bien, mis queridas hermanas; alabo por ello a Dios con todo mi corazón. Me gustaría hiciese su bondad que todas estuvieseis lo mismo. Ya sé que en París no falta trabajo, que muchas veces se necesitarían tres para hacer lo que tienen que hacer dos, y que, si los días tuviesen cuarenta y ocho horas encontraríais en qué emplearlas; pero también sé muy bien que en las aldeas no siempre hay tanta ocupación, que no suele haber tantos enfermos para ocupar el tiempo, y que incluso en París hay parroquias donde el quehacer no es tan grande; la verdad es que no hay mucho trabajo, aunque nunca falta; y de esos lugares precisamente, mis queridas hermanas, es de los que quiero hablar, ya que en ninguno de ellos se puede jamás perder el tiempo.
Si supieseis, hermanas mías, las desgracias que trae consigo la ociosidad, huirías de ella como del infierno. Se ha dicho, y es verdad, que es causa de malos pensamientos y de malas conversaciones. ¡Ay, es muy cierto, mis queridas hermanas! ¡la ociosidad es la madre que las alimenta! ¿Qué harán juntas dos personas que no tengan nada que hacer, sino ponerse a hablar de cosas inútiles y peligrosas? Luego empezarán a hablar de otras más perniciosas y condenables, a murmurar, a decir mentiras, a quejarse de sus superiores, a criticar las reglas, a hablar de los demás con desprecio, a construir castillos en el aire, ¿Quién sabe las extravagancias que pueden ocurrir en un espíritu ocioso? Tendrán mil malos pensamientos, mil imaginaciones sucias a propósito de esta persona o de aquélla, de aquél joven con que se han encontrado, aunque por la misericordia de Dios no creo que pase esto entre vosotras, mis queridas hermanas, ya que su bondad os preserva de estos desórdenes de una manera especialísima. Sí, podemos decirlo por la gloria de Dios, él cuida muy especialmente de conservar vuestra pureza; pero no hay que abusar.
La ociosidad engendra además pequeños rencores, aburrimientos, celos, que muchas veces son una simple imaginación sin fundamento. Una persona ociosa se pondrá a hacer mil reflexiones en contra del respeto que debe a Dios; destruirá la paz que tiene que hacer reinar en su alma y forjará juicios en contra de la caridad que debe a su prójimo.
Mis queridas hermanas, ¿qué hizo nuestro Señor mientras vivió en la tierra? Lo habéis dicho. No tengo casi nada que añadir. Diré solamente que él llevó dos vidas sobre la tierra. Una, desde su nacimiento hasta los treinta años, durante los que trabajó con el sudor de su divino rostro por ganarse la vida. Tuvo el oficio de carpintero; se cargó con el cesto y sirvió de jornalero y de albañil. Desde la mañana hasta la noche estuvo trabajando en su juventud, continuó hasta la muerte. El cielo y la tierra se llenan de vergüenza a la vista de semejante espectáculo.
Esta es, mis queridas hermanas, la conducta de Dios, soberano de todo el mundo, al que todas las criaturas deben un honor infinito. Lo vemos vivir del trabajo de sus manos y en la ocupación más baja y penosa del mundo. ¿Y nosotros, ruines y miserables, vamos a estar inútiles? ¿Y querrá ahorrar sus esfuerzos una Hija de la Caridad?
El otro estado de la vida de Jesucristo en la tierra fue desde los treinta años hasta su muerte. Durante esos tres años ¿qué es lo que no trabajó de día y de noche, predicando unas veces en el templo, otras en una aldea, sin descanso, para convertir al mundo y ganar las almas para Dios su Padre? Durante aquel tiempo, ¿de qué creéis que vivió, mis queridas hermanas? No poseía nada en la tierra, ni siquiera una piedra en donde descansar su divina cabeza (3), en la que habitaba la eterna sabiduría. Vivía entonces de las limosnas que le daban la Magdalena y las demás piadosas mujeres que le seguían para escuchar sus sermones. Iba a casa de los que le convidaban y no dejaba de trabajar día y noche, a cualquier hora, yendo adonde sabía que había algunas almas que ganar, o bien un enfermo para darle la curación del cuerpo, y luego la del alma. De esta forma quiso enseñar que hay dos tiempos para las Hijas de la Caridad que sirven a los enfermos; uno durante el cual tienen que administrar los cuidados temporales; otro, mientras les sirven o después de haberles servido, durante el cual les digan alguna buena palabra para inducirles a hacer una buena confesión, disponerles a bien morir, o a tomar buenas resoluciones para vivir mejor si Dios les devuelve la salud. Obrar de esta forma, mis queridas hermanas, es imitar la conducta de nuestro Señor en la tierra; y ganarse la vida de esta manera, sin perder tiempo, es ganársela como nuestro Señor se la ganó.
San Pablo, el gran apóstol, el hombre lleno de Dios, el vaso de elección, se ganó la vida con el trabajo de sus manos; en medio de sus grandes trabajos, de sus graves ocupaciones, de sus predicaciones continuas, empleaba el tiempo de día y de noche para poder bastarse a sí mismo, sin pedir nada a nadie; en una de sus epístolas dice: «Sabéis que no os he exigido nada y que han sido estas manos las que han ganado el pan que como, para sostener mi cuerpo» (4). ¿Quién no se llenará de con fusión ante este ejemplo? No era una hermana la que hablaba ni era un hombre ordinario; era un hombre de elevada condición por su nacimiento, su ciencia y su virtud; y aquel hombre estimaba tanto la santa pobreza enseñada por Jesucristo que hubiese sentido escrúpulos de comer un trozo de pan sin habérselo ganado; si sus grandes ocupaciones no le permitían trabajar de día, sacaba tiempo quitándole al descanso de la noche.
Por entonces era costumbre en la iglesia que todos trabajasen. Los religiosos, al principio, se ganaban la vida. Después de haber asistido al oficio divino, se ocupaban en hacer esteras y cestos de mimbre que vendían. Y esto se practicaba hasta el tiempo de san Bernardo; sus religiosos y él mismo trabajaban en lo mismo hace cuatrocientos años. Pero como todo se va relajando con el tiempo, se abolió esta santa costumbre. Esto tuvo graves consecuencias; porque la disciplina doméstica dejó de basarse desde entonces en la austeridad en la que se encontraba cuando los religiosos estaban sometidos al trabajo.
Pues bien, mis queridas hermanas, ¿veis la bondad de vuestra obra, vosotras, que no tenéis que ser mantenidas por los lugares adonde vais? Este es un punto muy importante, porque de esta forma podréis trabajar siempre en el servicio de Dios y con aplauso de todos, aunque no tengáis que buscarlo. No tendréis que estar obligadas a pedir más que lo que se pueda dar. Y si llegáis a tener más de lo que necesitáis, ya sabéis que lo que sobre tiene que ser para formar a otras hermanas, que puedan hacer algún día el mismo servicio a Dios que hacéis vosotras, y atiendan al prójimo de forma que Dios quede glorificado en ellas. Los religiosos sirven a Dios y sostienen a la iglesia; pero la mayor parte de ellos, al menos los que son mendicantes, tienen necesidad de ser mantenidos por el pueblo. Es cierto que no obran mal, ya que esa es su regla, por ejemplo los religiosos de san Francisco, que practican una pobreza tan estrecha; esto es muy grande delante de Dios, pero es a costa del pueblo y sin poseer bienes, en la desnudez y la pobreza, ya que no tienen fondos.
Pero vosotras podéis ganar lo suficiente para vuestra vida sirviendo al prójimo; no sois costosas para nadie; sino que vosotras mismas proveéis a vuestras necesidades. ¡Quiera Dios que también lo pudiese hacer así yo, indigno del pan que como, y que ganándome lícitamente la vida, pudiese servir a mi prójimo sin poseer nada y sin ser gravoso a nadie! ¡Ojalá nuestros padres pudiesen hacerlo y nos viésemos obligados a dejar lo que tenemos! Dios sabe con cuánto gusto lo haría. Pero no podemos hacerlo, y tenemos que humillarnos.
Si Dios quiere, mis queridas hermanas, concederos la gracia de que podáis algún día ganaros la vida y llegar a servir en las aldeas que no tienen medios para sosteneros, creo que no habría nada más hermoso. `¡Unas hermanas, trabajando por los demás, estarán en un lugar en donde servirán a los pobres e instruirán a las niñas, sin que nadie contribuya a ello, y esto gracias al trabajo de las hermanas que estén en otros lugares, gracias también al trabajo que ellas mismas puedan hacer en sus momentos de descanso! ¡Qué gran bendición de Dios sería, hermanas mías, que las que estáis ya en las aldeas, o en las parroquias, sirviendo a los pobres y enseñando a los niños, contribuyeseis con vuestro trabajo a conseguir que otras puedan realizar ese mismo bien, aportando a la comunidad lo que os sobre! Si lo hacen las abejas, como ya hemos dicho, cogiendo la miel de las flores y llevándosela a la colmena para alimento de las demás, ¿por qué vosotras, que tenéis que ser como abejas celestiales, no lo vais a hacer? Hermanas mías, si Dios quiere conceder a vuestra Compañía la gracia de que, por vuestro medio, sean servidos los pobres, sea educada la juventud, y pueda subsistir esta casa, lo mismo que hasta ahora, recibiendo e instruyendo a las jóvenes que se presentan con el deseo de servir a Dios, y que a su debido tiempo hagan el servicio que vosotras hacéis, ¿no será ésta una gran felicidad para vosotras? Mis queridas hermanas, estáis obligadas a ello a la medida de vuestras fuerzas; al menos, no tenéis que -omitir nada para conseguirlo. Decid en vuestro interior: «Se trata de la casa donde me han educado; han hecho el favor de recibirme y acogerme en ella; es muy razonable que contribuya a sus gastos, para que puedan continuar haciendo lo mismo con las que vengan después de nosotras y siga adelante la Compañía y prosiga el bien que ha comenzado».
Este bien es muy grande, hermanas mías, mucho mayor de lo que podríais pensar y yo sería capaz de deciros. Por ejemplo, dos hermanas que están en una parroquia, ¿qué es lo que no hacen? ¿qué es lo que oímos decir de su manera de vivir? Es una vida como la que Jesucristo llevó en la tierra; Dios trabaja continuamente con ellas, y tiene que ser así, mis queridas hermanas, porque ellas de por sí no podrían hacer lo que hacen. Recuerdo ahora a dos de nuestras hermanas que están en un lugar en donde no tienen mucho que hacer y tienen abundantemente lo que necesitan; estoy preocupado y tengo miedo de que no sea esto para ellas una ocasión para decaer y refugiarse en la pereza. Preferiría que no se hubiese hecho la fundación, porque, mis queridas hermanas, la ruina de vuestra Compañía vendría precisamente por ahí. Cuando se vea a nuestras hermanas bien establecidas y que no tienen mucho en qué ocuparse, no se preocuparán de trabajar y no se cuidarán de ir a ver a los pobres. Y entonces habría que despedirse de la Caridad; ya no sería Caridad; estaría totalmente sepultada; habría que celebrar entonces las exequias de la Caridad. Si Dios no pone su mano, sucederá así. No lo veré yo, ya que no me queda mucho por vivir en la tierra; pero sí lo veréis vosotras, a las que Dios concederá más años de vida.
Entregaos pues a Dios, mis queridas hermanas para trabajar debidamente, imitando a su Divina Majestad que trabaja incesantemente, aunque no necesite de nada, para proporcionar a la comunidad, lo mismo que las abejas, lo que os sobre, para que se pueda educar a otras hermanas, después de haber atendido a vuestras necesidades.
Pero, me diréis, ¿en qué trabajos podemos ocuparnos? No nos va un trabajo de mucha importancia; y además, no sabemos hacer todo lo que se nos puede encargar. A esto, hijas mías, responderé que coser e hilar son los trabajos más convenientes que podéis hacer. Todo el mundo necesita ropa, y vosotras podéis estar seguras de que, si trabajáis en esto, siempre la tendríais, bien sea para vuestro uso, bien sea para los pobres o los niños, bien para los demás; nunca os faltará.
Pero, ¿qué hay que hacer para que este trabajo agrade a nuestro Señor? Ya se ha dicho, mis queridas hermanas, y se han añadido cosas muy hermosas a todo esto.
Hay que trabajar primeramente para agradar a Dios, que pone su alegría y sus delicias en vernos ocupadas en un mismo fin. Pues bien, podéis estar seguras de que vuestra ocupación le agrada. Por eso no dudéis de que hacéis una cosa que le agrada.
En segundo lugar, vuestro trabajo tiene que tener la finalidad de honrar el trabajo fatigoso y duro de nuestro Señor en la tierra, que puso su divino cuerpo al servicio de las obras más difíciles, sin ahorrar esfuerzos.
En tercer lugar, hay que hacerlo pensando que estáis trabajando en el servicio del prójimo, que es tan estimado por Dios que cree como hecho a sí mismo lo que se hace para consuelo de los demás.
En cuarto lugar, hay que desterrar de nosotros el espíritu de avaricia. Se ha dicho atinadamente que no había que tener ante la vista la ganancia. ¡Dios mío! No, eso lo estropearía todo. Si una Hija de la Caridad se propusiese, al trabajar, ir acumulando dinero sobre dinero para tenerlo a disposición, o para alimentarse mejor, eso disgustaría a Dios y desedificaría a las personas buenas.
Un hombre del mundo me decía ayer: «Padre, hace ocho años que me entregué a Dios para no aprovecharme de mis bienes. Una vez alimentado y vestido, doy lo que me sobra a los pobres. Sé muy bien que de esta forma no podré dar carrera a mi hijo, pero no podría obrar de otra manera». Mis queridas hijas, se trata de un hombre del mundo, que no sabe estar sin hacer nada y que tiene hijos y que todo lo que hace, después de haberse provisto sencillamente de lo necesario, es para los pobres; llega incluso a vender y entregar sus fondos. Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros hermanos de la miseria; y una Hija de la Caridad, ¿podrá ser tan desgraciada que se reserve algo y se diga: «¡Quién sabe adónde puedo llegar! Quizás no esté siempre en la Compañía; si llegase a salir, tendré todo esto!»? ¡Ay! ¡malditas ideas, pensamientos condenables, temores sugeridos por el demonio para ocasionar la ruina de aquellas que la escuchasen! No creo que haya entre vosotras ninguna que esté en esta disposición; sé muy bien que todas vosotras sentís mucho afecto e interés por la Casa.
Ruego a Dios, que desde toda la eternidad trabajó dentro de sí mismo, ruego a nuestro Señor Jesucristo, que trabajó aquí en la tierra hasta ser un jornalero, ruego al Espíritu Santo, que nos anima al trabajo; ruego a san Pablo, que se ganó con el trabajo de sus manos el pan de su sustento; ruego a todos los antiguos religiosos, que se ejercitaron en el trabajo manual y que llegaron a la santidad, que quiera la bondad de Dios perdonarnos el tiempo que tantas veces hemos perdido, y especialmente a mí, que soy el más indigno de comer el pan que como y que Dios me da; ruego a nuestro Señor Jesucristo que nos conceda la gracia de trabajar por imitarle; ruego a la santísima Virgen y a todos los santos que nos obtengan de la Santísima Trinidad esta gracia, en cuyo nombre, confiando en su infinita bondad, pronunciaré las palabras de la bendición.
Benedictio Dei Patris…







