Vicente de Paúl, Conferencia 039: Sobre el espíritu del mundo

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(25.08.48)

Ya se ha tratado de esta conferencia, hermanas mías. Por eso, como dispongo de poco tiempo, no me detendré mucho en cada punto. El primero es sobre las razones que tienen las Hijas de la Caridad para entregarse a Dios y huir del espíritu del mundo. Dígame usted, hermana, cuáles son las razones que pueden persuadir a una Hija de la Caridad a huir del espíritu del mundo.

– Es que no se puede servir a dos señores (1).

– Ese pensamiento es muy bueno; fijaos, hermanas mías, porque nuestra hermana acaba de decir que, mientras una Hija de la Caridad tenga el espíritu lleno de las vanidades del mundo, se sentirá inclinada a seguirlo; y es una máxima infalible de Jesucristo que nadie puede servir a dos señores, hasta el punto de que los que estén llenos del espíritu del mundo es seguro que no podrán tener el espíritu de Dios.

Y usted, hermana, díganos una razón, una sola, por la que las Hijas de la Caridad tengan que esforzarse en vencer el espíritu del mundo.

– Porque el espíritu del mundo impide entregarse a Dios.

– Usted, hija mía, ¿por qué razón tenemos que huir del espíritu del mundo?

– Porque es totalmente contrario al espíritu de Jesucristo, él mismo dijo que no era de este mundo.

– ¿Y usted, hermana?

– Porque los que son del mundo están abandonados de Jesucristo, que ha dicho que no rogaba por el mundo.

– ¿Y usted, hija mía?

– Porque nunca se ha visto que los que han llegado a servir a Dios en la perfección cristiana, hayan tenido parte en el espíritu del mundo.

– ¿Y usted, hermana?

– Porque nuestro Señor, en la persona de sus apóstoles, enseñó a todos los que habrían de seguirle que no debían ser del mundo, al decirles: «Vosotros no sois del mundo; si fueseis del mundo, el mundo os querría; pero no sois del mundo, y por eso el mundo os odia».

– ¿Y usted?

– Porque el mundo es muy perjudicial a la salvación del hombre, ya que Jesucristo, que es amante de la paz, ha ordenado a sus servidores que se divorcien del mundo.

– Señorita, ¿quiere usted decirnos sus pensamientos?

– Padre, el tema de la conferencia es sobre la huída del mundo. La primera razón que tenemos para huir del espíritu mundano es que es totalmente contrario al espíritu de Jesucristo; la segunda, que el espíritu del mundo está totalmente lleno de tinieblas y de confusión, que impide el conocimiento del bien y de sí mismo; la tercera es que el espíritu del mundo no es más que vanidad y mentira, y tiende continuamente a destruir el espíritu de Jesucristo.

– Estas son razones suficientes, por la gracia de Dios, para inclinar nuestros espíritus a prescindir del espíritu del mundo. Por eso, como esta materia ya ha sido tratada, no me detendré mucho en ella.

Veamos ahora en qué consiste el espíritu del mundo. Hija mía, ¿en qué cree usted que consiste el espíritu del mundo?

Me parece, padre, que este espíritu es un abismo de toda clase de iniquidades, ya que el mundo no es más que una reunión de malvados, y por consiguiente se puede tener el espíritu del mundo, aunque una esté lejos corporalmente de él, si ocupa su espíritu en el pensamiento de lo que pasa por el mundo y en el deseo de estar con él.

– Usted, hija mía, díganos en qué consiste el espíritu del mundo.

Me parece, padre, que para saber en qué consiste este espíritu hay que pensar en el espíritu de Jesucristo y en todas sus máximas, imaginarse todo lo contrario de lo que él enseña, como por ejemplo, cuando nuestro Señor invita a vender lo que se tiene, a cargarse con la cruz y a seguirle (4); y el mundo considera que esto es una locura. Nuestro Señor nos invita a abrazar los desprecios, las humillaciones y los sufrimientos; y el mundo rechaza todo esto para buscar el honor y el placer.

– ¿Y usted, señorita?

– Me parece que el espíritu del mundo consiste en contrariar a todos los que obran bien, en amar las riquezas y los honores, en huir de todo lo que desagrada a la naturaleza, en darle todo lo que desea mediante una aceptación continua de lo que presentan los sentidos, en huir de toda clase de sujeción, de forma que parece inducir a sus seguidores a que se formen un Dios según su idea terrena y sensual, olvidándose del honor y de la obediencia que deben al verdadero Dios. Tengo que decir esta verdad con gran confusión, ya que la he aprendido gracias a mis debilidades y como consecuencia de mi sensualidad, y no he combatido con todo el coraje que debería haber tenido.

– Pues bien, ¿qué medios os parece que hay, hija mía, para escapar del espíritu del mundo?

– Me parece que hay que pedírselo todos los días a Dios.

Otra hermana:

Es preciso que en todas nuestras acciones miremos cuál fue el espíritu con que el Hijo de Dios realizaba las suyas, para procurar hacer las nuestras con ese mismo espíritu.

Otra hermana:

Me parece que un buen medio es no hablar nunca de lo que pasa entre las personas del mundo, no sea que nuestro espíritu Se aficione a ello; eso podría causar nuestra pérdida.

Otra hermana:

Creo que es conveniente estar recogida y no detenerse con los seglares más que el tiempo necesario para lo que hemos de tratar con ellos.

Otra hermana:

Un medio para huir del espíritu del mundo es pedir humilde e insistentemente a Dios que nos dé a conocer la iniquidad, a fin de tenerle un gran odio

Otra hermana:

Dar gracias todos los días a nuestro Señor, por habernos puesto en el camino que nos aparta del mundo, y pedirle fuerzas y ayuda para trabajar en esto.

Otra hermana:

Aficionarse mucho al espíritu de Jesucristo, y procurar obrar de manera que no hagamos nada según el mundo.

Otras muchas hermanas hablaron sobre estos puntos, y dijeron cosas semejantes a las que aquí he escrito. Después, nuestro muy venerado padre empezó de esta forma:

Bien, ¡bendito sea Dios! ¡Bendito y alabado sea por siempre, ya que, por su bondad y misericordia infinita, se ha dignado darnos a conocer que los que tienen que servirles en espíritu y en verdad deben mantenerse lejos del espíritu del mundo!

Pero cuando se dice espíritu del mundo, hermanas mías, hay que saber qué es el mundo y cuál es su espíritu. El mundo, propiamente hablando, puede entenderse de esa gran máquina que compone el universo; y su espíritu, del espíritu que la mueve y la guía. El mundo puede tomarse también por todos los hombres juntamente; y su espíritu sería el de todos los hombres en general. El mundo son también los hombres mundanos, los hombres entregados al placer, a la vanidad y a la avaricia; y el espíritu que anima a esas personas, un espíritu de perdición y de condenación, que se revela contra Dios y conduce al alma a su ruina total. Por eso el Hijo de Dios no oró por esas gentes. El, que sólo vino a la tierra para salvar a los hombres, que dio su sangre y su vida para redimirlos, se encontró con hombres impulsados por un espíritu tan desventurado que lo obligaron a no pedir por ellos.

Esta es una gran razón, hijas mías. ¡Pues qué!, yo, Hija de la Caridad que tuve intención de entregarme a Dios para servirle y conseguir mi salvación, puedo encontrarme en una situación en que el Hijo de Dios me abandone y no pida ya por mí. ¿Y a quién me dirigiré, quién me protegerá, si me veo abandonada por mi Señor Jesucristo? ¿Cómo podría dirigirme al Padre Eterno si me abandona su Hijo? Sin embargo, hijas mías, esto podría ser verdad, si llegaseis a tener alguna parte en el espíritu del mundo, si no realizaseis ningún esfuerzo por superarlo.

Pero, padre, me diréis, ¿en qué puede una Hija de la Caridad tener parte en el espíritu del mundo?

Os lo voy a decir. En primer lugar, el mundo, o espíritu del mundo, no es otra cosa que la codicia de los ojos (5), con lo que se entiende el amor a la riqueza y el deseo de tener lo que se ve en los demás; la concupiscencia de la carne, que es afición al placer, bien sea del oído, bien de la vista, bien del gusto, del tacto, y finalmente de todo lo que satisface a los sentidos; y la soberbia de la vida, que es una afición al honor, a la estima, a que se piense bien de nosotros, que se hable de nosotros, que se crea que lo hacemos muy bien en una parroquia, en un hospital, en el campo, o en cualquier otro sitio en donde trabajemos.

Pero, padre, ¿es posible que una mujer vestida pobremente, que tiene su trabajo tan ordenado, que a veces le falta tiempo para todo, pueda tener ese espíritu que usted dice?

Os respondo, hijas mías, que el mundo, si no ponemos cuidado, quiere tener parte en todo. Por eso dijo san Pablo: «Hagamos el bien por miedo a que el mundo nos seduzca» (6),

Una Hija de la Caridad, que tiene que imitar la santa pobreza de Jesucristo, tendrá una afición desordenada e insistente a que no le falte nada, le gustará estar bien alojada, con buenos muebles, tener una buena cama; ésta es una afición a un bien que procede del espíritu mundano y proviene de la codicia de los ojos.

Otras veces siente afición al honor. Quizás no se preocupe mucho de estar bien alojada; pero le gustará la reputación, se sentirá a gusto cuando sepa que las damas tienen un alto concepto de ella, que sus hermanas hablan bien de ella a la superiora, que la tienen por cuidadosa en sus quehaceres, por caritativa con sus enfermos, por puntual en sus rezos, por obediente a sus reglas; esta es la soberbia de la vida.

Otra hermana que se siente avergonzada de llevar un pobre vestido, de no tener el cuello bien planchado, lo bastante bueno, se sentirá inquieta, no irá tan libremente adonde tenga que ir le gustará llevar unos zapatos bien hechos, llevará de mala gana su ropa toscamente remendada. Es el espíritu del mundo el que hace todo esto, hijas mías. Tened cuidado, por favor.

Una Hija de la Caridad a la que le gusta decir palabras bonitas, que todos sepan que habla bien, que cuando sale una palabra nueva que está de moda, la sabe y aprovecha la primera ocasión para decirla: ¡Espíritu del mundo!

No creáis hijas mías, que cuando os hablo de todas estas aficiones que proceden del espíritu del mundo, es para haceros caer en lo contrario y que en vez del arreglo decente de una habitación os pongáis a buscar el desorden, en vez del honor una conducta en la que el prójimo se quedase desedificado, en vez del cuello bien planchado otro cuello sucio y andrajoso, en vez de las palabras rebuscadas que la lengua francesa inventa de vez en cuando y de las que no tenéis ninguna necesidad para haceros comprender, porque muchas veces no significan nada, que utilicéis palabras triviales y groseras; no, hay que evitar los dos extremos. Podéis tener vuestra habitación bien limpia, y eso estará siempre bien; pero, si no es hermosa, si los muebles son pobres, no os preocupéis por ello. Tenéis que hacer todo lo posible para que a vuestros pobres no les falte nada, pero que no sea para que el párroco y las damas lo sepan y os alaben. Tenéis que cumplir exactamente vuestras reglas, pero con el deseo de agradar a Dios, y no para que os estimen más vuestra superiora y vuestras hermanas. Tenéis que ser limpias en vuestros pobres vestidos y en vuestra ropa; pero, si el cuello está gastado, o si la providencia no permite que esté bien planchado, no os preocupéis por ello y seguir como si nada pasase.

También es espíritu del mundo, hermanas mías, tener alguna cosa en particular, reservarse alguna cosa, hacer algún gasto para las necesidades particulares o tener algunas comodidades que no se tienen en la Casa, o que no se permitirían si se pidiesen. ¡Oh, espíritu mundano, abominable y diabólico! Gracias a Dios, no conozco a ninguna que actúe de esta manera, pero si la hubiese, ¡Dios mío!, esto sería muy contrario al espíritu y a las santas máximas del Hijo de Dios.

También es espíritu del mundo sentirse avergonzada de tener unos parientes pobres, querer que los demás crean que somos de una familia más acomodada de lo que somos, sentir algún reparo en decir de dónde ha salido uno.

Espíritu del mundo es también querer estar bien alojada, tener una habitación bien aireada en una casa hermosa y bien amueblada.

Espíritu del mundo es también no querer como compañeras a estas o aquellas, no poder acomodarse a su manera de ser, creer que son demasiado rudas. Hijas mías, no sabemos lo que queremos, tenemos muchas veces verdaderos tesoros y no lo sabemos. Pero esto se descubre luego, cuando han muerto y cada una viene a decir lo que ha visto en ellas. ¡Dios mío! ¿No os acordáis, hijas mías, de aquella hermosa conferencia que tuvimos sobre nuestra hermana Luisa (7) en donde se refirieron cosas tan admirables, en las que nunca habíamos pensado? Conozco a algunas de vosotras que, por la gracia de Dios están muy lejos de todas las señales que hemos dicho del espíritu del mundo, y quiero esperar de la misericordia de Dios, que si no todas lo son, sí lo son la mayor parte. No lo sé muy bien, porque no os veo mucho, por causa de mis quehaceres; para mí sería éste uno de los mayores y más sensibles consuelos. Pero, en fin, sé que hay muchas, por la gracia de Dios, que no buscan otra cosa más que encontrar algunas ocasiones para mortificarse; sé que hay algunas que trabajan decidida y animosamente en superar las aversiones naturales que podrían tener en contra de otros caracteres que les son opuestos. Sé que hay algunas que nunca se quejan de sus compañeras, sean las que fueren.

Pero también sé que algunas quieren actuar a su gusto, desean estar bien alojadas, bien acomodadas, tener por compañera a otra hermana que les guste. Espero que se vayan corrigiendo con la ayuda de Dios.

También es espíritu del mundo detenerse en el gusto, querer que la comida sea buena, que no le falte nada a los condimentos y que no se coma siempre la carne más dura. Quejarse de que la comida no está preparada como a una le gusta, es también espíritu del mundo. «Este pan no es bueno. No se puede comer. Es una comida demasiado pobre; nos moriremos de hambre». ¡Oh! ¡Espíritu mundano, hijas mías! ¡Espíritu de sensualidad!

También es espíritu del mundo quejarse en lo que refiere a la salud. «Nadie cuida de los enfermos; los dejan sin consuelo, no les dan ninguna satisfacción; no tienen los remedios oportunos». Hijas mías, si pasa eso, el espíritu del mundo es el que lo sugiere; pues, por la gracia de Dios, sé que ninguna comunidad está como vosotras en lo que se refiere a este cuidado y, por la dirección tan prudente de las que os gobiernan, esta Casa puede atender muy bien a las sanas y a las enfermas. Si no hay nada superfluo, tenéis que alabar a Dios, porque emplear las cosas sin necesidad o sin la utilidad sería abusar del bien que se nos da.

Estoy seguro, hijas mías, de que ahora, cuando os hablo de esto, todas vosotras diréis en vuestro interior: «Me ha cogido; se refiere a mí; yo estoy llena de espíritu del mundo». Hay que advertir sobre esto que hay mucha diferencia entre sentir la tentación y consentir en la tentación; pues bien, no hay nadie que no sienta la repugnancia natural que tenemos frente a las incomodidades, pero, si la hermana que las siente sabe gobernarse a sí misma y no se deja vencer, está tan lejos de cometer un pecado que, por el contrario, tiene allí una ocasión de mérito. Esos sentimientos, hijas mías, os pueden venir a veces; pero si resistís y no os detenéis en ellos, ni murmuráis con las demás, esto no es más que una prueba de vuestra fidelidad para con Dios.

Además, es espíritu del mundo querer ser la superiora y tener la dirección de las demás, creerse más capaz que las otras de un cargo y creer que una lo hará mejor que las demás. Espíritu mundano; ¡que Dios os preserve de él, por su infinita misericordia!

He aquí, pues, en qué consiste el segundo punto. Tenemos que hablar ahora de los remedios. Me diréis: «Pero, padre ¿hay algún medio de poder estar siempre sobre sí misma, en toda ocasión, para combatir ese espíritu del que estamos llenas? A mí me gustaría vencer todo esto, pero no tengo más remedio que dejar las cosas como están. Nunca acabaría. Es una raíz que tiene demasiados retoños».

No, no hay que pensar así, hija mía, hay remedio para todo. Los médicos curan las cosas contrarias por sus contrarias. Se esfuerzan por conocer la causa de una enfermedad; y si procede del calor, la curan por medio de medicamentos refrescantes; si del frío, por remedios más cálidos.

Por ejemplo, a una hermana le gusta una cosa; se complace en tener siempre algo propio, para utilizarlo, según dice, en caso necesario; hay que curar esto por la práctica de la pobreza, alegrarnos de que nos falte algo, no tener prisa por tener algo que necesitamos en nuestra habitación. Conviene pedirlo. Pero, si nos sentimos demasiado inclinados a pedir alguna cosa de la que podemos prescindir, tenemos que mortificarnos; y poco a poco, hoy en una cosa y mañana en otra, iremos adquiriendo con la ayuda de Dios y el esfuerzo que pongamos el hábito de la virtud contraria a este vicio.

Hemos dicho que otras se sienten deseosas de recibir honor. Puede ser que no se preocupen de ello, ni que lo busquen, pero les gusta mucho ser bien consideradas, porque algunas veces esto da lugar a hacer mayor bien y a procurar al prójimo algún consuelo, que no tendría en caso contrario.

El remedio para esto, hijas mías, consiste en apreciar las pequeñas humillaciones que os envía la Providencia, o las que se encuentran en los lugares en donde trabajáis. Apreciadlas mucho, mis queridas hijas, y estad seguras de que no hay verdadera gloria más que en la práctica de la verdadera virtud, que nos viene de Dios. Por consiguiente, a él es a quien hemos de atribuir toda la gloria que cae sobre nosotros. Desconfiemos siempre de nuestras fuerzas, y creamos que si Dios no nos asistiere continuamente, caeríamos sin remedio.

En cuanto a la otra señal del espíritu del mundo, que es el placer, hay que combatirlo por la mortificación de los sentidos. Pero, padre, yo siento en mí una continua inclinación a mirar lo que me gusta, a oír lo que me satisface. ¿Cuál es el medio para vencer esta inclinación que me es natural y que además está tan arraigada en mí a través de un largo hábito? Mis queridas hijas, tened mucho cuidado en vencer a ese enemigo. No dejéis pasar ni una sola ocasión de combatirlo. Me siento inclinada a mirar una cosa que me gusta, pues no la miraré. Me gusta mucho hablar con esa persona, que me llena de contento, que habla tan bien, que tiene tan hermosos pensamientos y dice cosas tan bonitas; pero eso no es necesario para mi progreso espiritual, porque no es eso lo que busco en ella, sino que voy solamente para buscar mi satisfacción; entonces tengo que mortificarme en eso. Siento placer en el gusto, en el tacto. Hijas mías, destruid esos monstruos, destruyendo todo contacto, incluso honesto. Mortificad el tacto lo mismo que el gusto; y contra ese sentido tomad ropa áspera, una postura incómoda, y no os deis ninguna satisfacción.

Mis queridas hijas, me he extendido mucho más de lo que quería. Todo esto me parece que es una parte de los desórdenes que el espíritu del mundo puede causar entre vosotras. Pido a nuestro Señor Jesucristo, que vino a este mundo para destruirlo, que os dé a conocer él mismo todas las ocasiones en que tenéis necesidad de combatirlo, que os llene de su espíritu divino, que es un gran espíritu de caridad, de pobreza y de humildad, opuesta al espíritu de soberbia, de ambición y de avaricia, que lo dé en general a toda la Compañía y en particular a cada una de vosotras. Y con esta confianza pronunciaré las palabras de la bendición, que llevan con ellas el espíritu de Dios.

Benedictio Dei Patris…

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