Vicente de Paúl, Conferencia 038: Sobre el espíritu del mundo

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(28.07.48)

Conferencia sobre el espíritu del mundo, empezada por el padre Thibault el 28 de julio de 1648 Y acabada el 25 de agosto de agosto por el padre Vicente.

El tema de la presente conferencia, hermanas mías, es sobre el espíritu del mundo. Se divide en tres puntos. En el primero, veremos las razones que tienen las Hijas de la Caridad para entregarse a Dios y huir del espíritu del mundo; en el segundo, en qué consiste este espíritu; en el tercero, los medios que cada una de vosotras ha de emplear para huir de ese espíritu del mundo.

Hermana, ¿quiere usted decirnos lo que ha pensado sobre esto?

– Una de las razones que tenemos para huir del espíritu del mundo es que Jesucristo no quiso orar por el mundo. Otra razón es que san Pablo nos dice que, si amamos al mundo, pereceremos con el mundo. La tercera razón es que Dios, desde toda la eternidad, ha tenido el deseo de salvarnos por unos caminos totalmente contrarios a los del mundo; si los seguimos, nos separaremos de Dios.

Sobre el segundo punto, me parece que el espíritu del mundo es un espíritu libertino y ambicioso, que no pretende más que darse gusto a sí mismo.

Un medio muy eficaz es la frecuencia de los sacramentos, que nos unen con Dios y por consiguiente nos separan del espíritu del mundo. Otro medio consiste también en considerar nuestro hábito, que es pobre y de una forma muy distinta de la del mundo. Por tanto, tenemos que estar muy lejos del espíritu del mundo si no queremos ser hipócritas, llevando un hábito contrario a nuestro espíritu. La comida pobre es también un medio para apartar nuestro espíritu del espíritu del mundo. También el trabajo; al ocupar nuestro espíritu, lo separará del espíritu del mundo.

– Esas son unas razones buenas y muy buenas, hermana mía, para combatir el espíritu del mundo; porque sería realmente ridículo que unas mujeres vestidas de la manera con que vosotras vestís, alimentadas pobremente como vosotras, empleadas en los trabajos bajos y rastreros a que os dedicáis, conservasen a pesar de esto un espíritu lleno de los principios, de las máximas y de las opiniones mundanas.

Usted, hermana, ¿quiere decirnos algún otro medio para combatir el espíritu del mundo?

– Padre, me parece que la práctica de las reglas es un buen medio, para evitar el espíritu del mundo.

– Tiene razón, hermana; y si somos fieles, no habrá nada que nos tenga más alejados del espíritu del mundo, porque las reglas están hechas de tal manera, por la gracia de Dios, que no tienen ninguna parte en este espíritu. Y para haceros más cumplidoras en su observancia, será conveniente, hermana mía, que usted y todas las que tengan estos sentimientos las leáis o las hagáis leer de vez en cuando. La lectura de las reglas excita al alma para practicarlas. Si uno es poco cumplidor, sentirá confusión y se decidirá a tener más fidelidad.

¿Tiene, hermana, algún otro medio que decirnos?

– Me parece, padre, que el santo ejercicio de la presencia de Dios puede servir mucho para apartarnos del espíritu del mundo.

– ¿Y usted, hermana, ha pensado en el tema de la conferencia? ¿Puede decirnos por qué razón una Hija de la Caridad tiene que entregarse especialmente a Dios para combatir el espíritu del mundo?

– Porque el espíritu del mundo disgusta a Dios, sobre todo en las comunidades.

– ¿Y usted, hermana? ¿Conoce algún medio?

– Me parece, padre, que el recuerdo de los puntos de la conferencia nos servirá para combatir el espíritu del mundo

– Es un medio muy bueno, hermana, y sobre todo procurad conservar los sentimientos que Dios os ha dado en la oración que sobre esto hacéis. Pues bien, para facilitaros el medio de hacer útilmente esta oración, os diré unas palabras. Creo que, de ordinario vuestras conferencias están divididas como las nuestras, en dos puntos: uno sobre las razones, otro sobre los medios. Para pensar en lo primero, hay que pensar en los bienes que recibe una persona al practicar la virtud propuesta y, por el contrario, en los males que se seguirían de no practicarla, como por ejemplo, a propósito del tema de hoy, mirar qué conveniente es que una Hija de la Caridad, que se ha entregado a Dios para servirle en las ocupaciones más bajas que puede haber, se aparte del espíritu del mundo y se llene del espíritu de Dios; por el contrario, el mal que se seguiría para ella y para el prójimo, habiéndose entregado a Dios en este género de vida, si estuviese llena del espíritu del mundo.

Luego, si nos reconocemos tocados por este desventurado espíritu, tras haber conocido el mal que hace al alma, miraremos los medios más indicados para apartarnos de él. Si, por la misericordia de Dios, no estamos comprometidos en ese espíritu, veremos cuáles son las preocupaciones que hemos de tomar para no caer en él; y de esta forma, hermanas mías, os veréis cargadas de razones y de medios sobre los temas que se os propongan.

Hermana, díganos, por favor, qué pensamientos le ha dado Dios sobre este tema.

– Padre, me parece que un poderoso motivo para separarnos del espíritu del mundo consiste en pensar que Dios nos ha llamado a una vocación totalmente contraria a él. Y como medios, me parece que la obediencia humilde, la práctica de la oración y el recogimiento interior nos apartarán del espíritu del mundo. Pero, ante este pensamiento, se me ocurre una dificultad, y es, padre, que no siempre hacemos oración, pues, a veces sucede que a la misma hora en que deberíamos hacerla por la mañana, tenemos que llevar las medicinas; y por la tarde siempre hay alguna medicina que llevar, de forma que se pasan varios días sin hacerla.

– Hermanas, aunque la oración sea sumamente necesaria a una Hija de la Caridad, os diré sin embargo que, como vuestra principal función es el servicio del prójimo, cuando se trata de socorrerles y pueda temerse que reciba algún daño si os retrasáis, estáis obligadas a dejar la oración; más aún, si no hubiese para asistirle más tiempo que el de la misa, deberíais perder]a, no ya solamente un día entre semana, sino incluso un día de obligación, antes de dejarlo en peligro, ya que la asistencia del prójimo ha sido establecida por el mismo Dios, practicada por nuestro Señor Jesucristo, y la obligación de la misa no es más que una institución de la iglesia. Tengo mucho gusto de habéroslo dicho, hermanas mías, en esta ocasión, para que, en la medida de lo posible, procuréis ser puntuales en vuestros ejercicios, pero estando seguras de que tenéis que dejarlo todo por el servicio a los pobres; pero, hermanas mías, en cuanto podáis, tenéis que acomodar a Marta con María y disponer vuestros quehaceres de forma que puedan encontrarse la acción y la oración.

Hermana, ¿quiere usted decirnos alguna otra razón para obligarnos a huir del espíritu del mundo?

– Padre, me parece que el Espíritu Santo no se encuentra en donde está este espíritu; segundo, que en el espíritu del mundo no hay modestia; tercero, que, si no huimos del espíritu del mundo, estaremos en gran peligro de perder nuestra vocación.

– No voy a concluir yo esta conferencia, hermanas mías, porque el padre Vicente, que tenía deseos de tenerla él mismo y no ha podido, será quien la acabe. Por eso, no añadiremos más que algunas cosas sin importancia a lo que habéis dicho. Además, no me toca a mí, que tengo muchos motivos para temer que estoy tocado de este espíritu, el tratar con eficacia sobre los medios de combatirlo; porque, para hablar bien sobre el espíritu del mundo, hay que estar lleno del espíritu de Dios. Por lo demás, no me había preparado para esto, ya que no me habían avisado. Sin embargo, no dejaré de deciros los pensamientos que se me han ocurrido sobre este tema, mientras vosotras hablabais.

El primero, sumamente urgente y que no tolera ninguna objeción, es que sois cristianas, hermanas mías, y por consiguiente estáis obligadas a pelear contra el mundo por las promesas que le habéis hecho a Dios en vuestro bautismo. Cuando se os preguntó: «¿Renunciáis al diablo, al mundo y a sus pompas?», dijisteis: «Renuncio».

Y aunque no lo dijerais vosotras mismas, sino por boca de vuestros padrinos y madrinas, tenéis que guardar fidelidad a Dios y cumplir con la promesa que ellos hicieron por vosotras. No os gustaría renunciar al sagrado carácter que recibisteis en este sacramento y a la gracia de la fe que entonces os confirieron. Por tanto, hay que mantener las promesas que allí hicisteis; si no, seríais ciertamente cristianas, porque el carácter no se puede quitar, pero no lo seríais más que de nombre, porque no realizáis las obras. Pensad un poco en esto, hermanas mías, por favor: «Yo soy cristiana por una gracia especialísima de Dios. Otras muchas serán condenadas por no haberlo sido aunque hubieran sido mejores que yo si Dios les hubiese concedido esta misericordia. ¿Voy a renunciar a lo que prometí a Dios? ¡Qué crimen sería y qué castigo merecería!». Sin duda alguna, si entráis decididamente en estos sentimientos, conservaréis el espíritu de Dios y destruiréis el espíritu del mundo.

Es preciso que sepáis, hermanas mías, que cada uno tiene su espíritu particular. Uno es el espíritu de un gentilhombre, otro el espíritu de un hombre de justicia, otro el de un comerciante, otro el de un carpintero o un labrador. Y el espíritu de cada uno consiste en aplicarse a lo que es necesario que sepa para su profesión.

Dios nos ha dado la gracia de llamarnos a una vocación totalmente contraria y opuesta al espíritu del mundo; y si, en vez de dedicarnos a conocer y a buscar el espíritu de Dios, que nos es propio, nos apegamos al del mundo, que nos es contrario, seremos como un hombre de Estado que tuviese el espíritu de un artesano. Para tener éxito en una situación, hay que tener el espíritu propio de ella; si no, se echa todo a perder. Poned a un soldado en la casa de un notario, no hará nada, porque no es ése su espíritu. Poned a un panadero en casa de un sastre, y lo estropeará todo, porque es muy distinto el espíritu de un panadero del de un sastre.

De la misma forma, para ser buena Hija de la Caridad, se necesita tener el espíritu de su vocación. Cuando una Hija de la Caridad no tiene el espíritu de su vocación, no puede hacer ningún bien, no conseguirá nada; no tiene caridad, ni recogimiento, ni modestia; desedifica a todos los que la ven, y en su frente puede leerse: esta mujer no tiene el espíritu de su vocación.

¿Cuál es vuestro propósito, mis queridas hermanas? Os hago esta pregunta para que os la contestéis a vosotras mismas. Cuando os comprometisteis a vivir en este género de vida, ¿era para vivir según el mundo? Si así fuera, tendríais que haber salido. Si ha sido para cambiar la forma de vivir, hay que cambiar también de espíritu y tomar el que es propio de la condición que habéis abrazado; de lo contrario, nunca lograréis nada bueno. El mundo, como se ha dicho, tiene máximas totalmente contrarias a las de Dios; y vivir según el mundo, es vivir como un enemigo de Dios. La Sagrada Escritura está llena de las imprecaciones que Dios lanza por sus servidores contra el mundo y contra el espíritu del mundo; y el hijo de Dios en la tierra nos enseñó con su ejemplo a combatir el espíritu mundano.¿Y de qué forma nos lo enseñó? Nos lo enseñó con su pobreza, su humildad, su obediencia, su penitencia, su hambre, su sed, y finalmente con su muerte, que le dio el mundo, y a la que se vio condenado por el mundo y por las máximas del mundo.

Los que tienen el espíritu de Dios, hermanas mías, hacen las obras de Dios, Dios es santo, y ellos hacen obras muy santas. Pues bien, ¿no queréis ser Hijas de Dios? Sí, seguramente lo queréis, y lo veo en vuestros rostros, que son el testigo de vuestros corazones. Sois Hijas de la Caridad. Dios es caridad, dice san Pablo (4); y por consiguiente, siendo Hijas de la Caridad, sois hijas de Dios. Y para ser verdaderas hijas, hay que hacer obras. ¿No lo queréis así? Sí lo queréis, y con todo vuestro corazón, trabajando por combatir el espíritu y las máximas del mundo. Pues, así como al seguir las máximas de Dios, una es hija de Dios, siguiendo las máximas del diablo, es hija del diablo. Y seguramente que no lo queréis ser vosotras. Por eso tenéis que pelear en contra del mundo con todas vuestras fuerzas. Y para hacerlo como es debido, es preciso que sepáis, hermanas mías, lo que es el espíritu del mundo. El espíritu del mundo, según san Juan, consiste en la codicia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida (5). Estas tres cosas son las fuentes fatales y desventuradas de donde parten todos los demás canales que conducen al alma a su pérdida infalible. Para considerar mejor su enormidad, hermanas mías, fijaos un poco en cuál fue el espíritu de Jesucristo. El no era rico, como se ve cuando les dice a los que quieren seguirle: «Los pájaros tienen nidos y las zorras sus cubiles, pero yo no tengo una piedra donde descansar mi cabeza» (6). Sabemos que, mientras vivió con san José y la santísima Virgen, se ganó la vida con el trabajo de sus manos y que, desde que empezó a predicar, vivió de las limosnas que le hacían la Magdalena y otras piadosas mujeres que le seguían y cuidaban de él y de sus apóstoles. Pues bien, hermanas mías, de aquí podéis deducir que, si la riqueza hubiese sido un medio necesario para la salvación, nuestro Señor no hubiese vivido en la pobreza, y deducir que el espíritu del mundo, que busca y ambiciona las riquezas, lleva a la condenación.

Si alguna de vosotras, hermanas mías, no tuviese amor a la pobreza, que ponga sus ojos en la del Hijo de Dios; si alguna prefiriese los aplausos, que recorra la vida de Jesucristo y vea de qué manera los recibió él. Cuando le alababan por su doctrina y por sus milagros, lo refería todo a la gloria de su Padre; pero su Padre y él no eran más que una sola cosa (7). Esto nos enseña que no hemos de atribuirnos nada a nosotros mismos.

Los cristianos de los primeros siglos de la iglesia imitaron tan bien el espíritu de nuestro Señor, que en todas partes por donde iban, los reconocían por su pobreza, por su modestia, sus palabras y sus obras.

Un gran medio, hermanas mías, para combatir el espíritu mundano consiste en acordarse de los que vivieron en el espíritu de Jesucristo. La vida de los santos está llena de estos ejemplos. No creáis que es preciso estar separados del mundo para adquirir este espíritu. Los apóstoles lo conservaron en medio de los hombres y se lo comunicaban por medio de su conversación, ya que conversación se deriva de la palabra latina versare, que significa derramar de un espíritu al otro los sentimientos que uno tiene, por medio de una mutua comunicación. De forma, hermanas mías, que para conservar el espíritu de Jesucristo, hay que huir de las personas del mundo, que con sus artificios intentan disiparos, y no hablar nunca entre vosotras más que de lo que puede llevaros al amor de todo lo que nos ha recomendado nuestro Señor.

El último medio, el que os tiene que resultar más frecuente, es pedírselo a Dios muchas veces y con confianza, porque él no os lo negará, hermanas mías; se lo ha prometido a todos los que quieran seguirle. Podéis a veces recordarle sus promesas, si sentís gran deseo de ellas. ¡Dios míos! ¡Yo estoy totalmente llena del espíritu del mundo, y tú les has prometido una especial asistencia a los que quieran seguirte! ¿Me la negarías a mí, para ponerme en manos de un enemigo que combate con tanta audacia tu gloria y que se sirve de tantas artimañas para impedir mi salvación? Espero, Dios mío, que me darás la ayuda necesaria para vencer. Así lo deseo y te pido con todo mi corazón, que llenes con aquellas santas máximas que enseñaste a tus apóstoles que, guiados por tu verdadero espíritu, lograron superar felizmente al espíritu del mundo. Así también yo, hermanas mías, se lo pido insistentemente a nuestro Señor, para vosotras y para mí, que tengo gran necesidad de ello. Y con la esperanza de alcanzarlo, pronunciaré la bendición.

Benedictio Dei Patris…

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