Vicente de Paúl, Conferencia 037: Sobre la oración

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(31.05.48)

Hermanas mías, el tema de esta conferencia es sobre la oración; el primer punto trata sobre las razones que tenemos para no dejar de hacerla todos los días; el segundo, de los pensamientos que Dios os haya dado sobre el tema de la venida del Espíritu Santo. Sobre el primer punto, hijas mías, tenéis que examinar por qué razones es conveniente e incluso necesario que una Hija de la Caridad no deje de hacer todos los días su oración; las ventajas que tendrá si la hace; y los daños que recibirá, si falta a ella.

Hermana, ¿quiere usted decirnos lo que piensa sobre esto?

– Sobre el primer punto, me parece que después de la sagrada comunión la oración es alimento del alma; lo mismo que todos los días necesitamos el alimento corporal, también necesitamos todos los días el alimento espiritual para la conservación de nuestra alma.

La segunda razón es que en la oración escuchamos los deseos de Dios, nos perfeccionamos, tomamos fuerzas para resistir a las tentaciones y nos robustecemos en nuestra vocación; finalmente, allí es donde nuestra alma tiene la dicha de poder hablar de corazón a corazón con Dios. Por el contrario, cuando no hacemos oración, vamos debilitándonos y no sentimos la presencia de Dios durante toda la jornada.

Sobre el segundo punto, que es de la venida del Espíritu Santo, he pensado que, para ser dignos de que el Espíritu Santo venga a nosotras, hemos de tener una gran unión y no ser nada más que un solo corazón, principalmente entre nosotras, para representar mejor la unión que el Espíritu Santo tiene con el Padre y el Hijo, y vaciar todas las potencias de nuestra alma de los afectos desordenados, para que el Espíritu Santo ponga allí su morada y nos llene de sus dones y gracias. Además, es menester que tengamos mucha humildad y paz interior, porque el Dios de paz no habita más que en un lugar de paz. Sabremos que lo hemos recibido cuando sintamos en nosotras más amor y generosidad en la adquisición de las virtudes. Yo me he sentido muy lejos de estas disposiciones y he tomado la resolución de trabajar en ellas, con la gracia del Espíritu Santo.

– Hermana, haga usted el favor de decirnos los pensamientos que ha tenido sobre este tema.

– Padre, una razón para no dejar de hacer la oración todos los días es la necesidad que tenemos de fuerzas para combatir nuestra inclinación natural al mal, y la obligación en que estamos de corresponder a los deseos que Dios tiene de santificarnos, para lo cual nos da los medios en la oración.

– ¿Y usted, hija mía? ¿Quiere decirnos lo que ha pensado?

– Sobre el primer punto he pensado que nuestro Señor se sirvió de la oración durante toda su santa vida y la practicó desde la infancia, ya que se apartaba con frecuencia de sus padres para hacer oración en el templo de Jerusalén. Otra vez, cuando quiso elegir a sus apóstoles, acudió a la oración, y continuó esta práctica hasta la muerte en la cruz. Y puesto que el Hijo de Dios nos ha dado ejemplo, tenemos que imitarlo. Otra razón es que la oración nos acerca más a Dios y nos une a él por la práctica de las resoluciones que allí tomamos. La tercera razón es que una Hija de Caridad que no hiciera oración todos los días no podría agradar a Dios ni permanecer mucho tiempo en su vocación; y no podría ser verdadera Hija de la Caridad, ya que en la oración es donde se toman fuerzas para animarse en el servicio de Dios y del prójimo.

Sobre la venida del Espíritu Santo, he pensado que, si queremos recibir la gracia del Espíritu Santo en la oración, tenemos que apreciar mucho este ejercicio y ser fieles a él todos los días hasta la muerte, como el alimento de nuestra alma y su pan de cada día.

Sobre lo que se dice de que los apóstoles, después de haber recibido al Espíritu Santo, se sintieron totalmente cambiados y empezaron a hablar en nuevas lenguas, he pensado que también yo conocería que he recibido al Espíritu Santo, si en mis palabras o en mis acciones empezase a hablar un lenguaje muy distinto, si me abstuviese de decir tantas palabras inútiles como digo mucha veces por ligereza de espíritu, y dejase de dar mal ejemplo a mis hermanas.

– Hermana, ¿quiere usted decirnos lo que Dios le ha inspirado sobre este tema?

– He pensado, en el primer punto, que nuestro Señor ha dicho que su casa era casa de oración y que, como nos ha concedido la gracia de llamarnos a su servicio, tenemos que dedicarnos a la oración para no desdecir de lo que hay que hacer en la casa de Dios.

2.° Como la oración es el alimento del alma, si dejamos de hacerla, nuestra alma estaría en peligro de desfallecer, lo mismo que nuestro cuerpo, cuando no toma el alimento debido.

3.° Hacer oración es hacer lo que los ángeles y los santos hacen en el cielo; en la oración es donde el alma trata con Dios con amor y familiaridad, y perdería esta familiaridad infaliblemente si descuidase este santo ejercicio.

4.° La oración nos aparta del pecado, porque ¿cómo es posible que, al intimar todos los días con Dios, pudiésemos habituarnos al pecado, al que tanto odia? Si caemos en él, Dios nos concede la gracia de conocerlo en la oración y nos da fuerzas para levantarnos. Por tanto, es imposible que el alma fiel y puntual en la práctica de la oración no haga progresos en la virtud.

5.° Dios nos concede todos los días en la oración la gracia suficiente para trabajar en nuestro progreso y nos hace ver lo que nos conviene para abrazarlo, o lo que es necesario que evitemos.

Sobre la oración de hoy, me he fijado en aquellas palabras: «Habiéndose cumplido los días de Pentecostés», y he visto cuán fiel es Dios en sus promesas, aunque sin cambiar para nada las órdenes de su presciencia, tal como se ve en este misterio, que solamente se cumple en el tiempo ordenado por Dios, aunque hubiera podido parecer necesario que el Espíritu Santo descendiese sobre los apóstoles cuando nuestro Señor subió al cielo, para no dejarlos sin protección. Sin embargo, luego se vio que este retraso les había sido muy beneficioso para darles a conocer, por la pena de la privación, el bien que esperaban, y para disponerlos mejor a recibirlo; esto me ha dado la resolución de amar y adorar esta santa Providencia, que ordena todas las cosas para nuestro mayor bien, y confiarme a sus amorosos cuidados.

2.° Me he fijado en la alegría que experimentaría la santísima Virgen, al sentirse tan llena del amor sagrado del Padre y del Hijo, que había realizado en ella el misterio de la Encarnación, los actos de adoración que haría delante de Dios, la acción de gracias y la ofrenda de sí misma que ella le haría. También me he fijado en la alegría de los apóstoles, que se sintieron muy distintos de lo que antes eran, en el entusiasmo que les animaba, ya que desde entonces ejercieron su ministerio sin temor alguno. Me he dirigido a la santísima Virgen, como Esposa del Espíritu Santo, para que me obtuviese de él el favor de que Dios tomará posesión de mi corazón y lo abrasase en su amor sagrado.

3.° He considerado el gran don que Dios concedió a la iglesia por medio del Espíritu Santo, que no es más que amor. Dios quiso que ella empezase a mostrarse en público, después de haberlo recibido, para enseñarnos a todos que, como verdaderas hijas de la iglesia, tenemos que estar animadas de un santo y verdadero amor las unas con las otras. He pedido a este santo Espíritu que ponga en mí sus frutos y sus dones, que realice los verdaderos efectos de su amor y que destruya mi amor propio, que hasta ahora ha sido el que me ha dominado, y al que estoy decidida a combatir, con la ayuda y asistencia de su gracia.

Algunas otras hermanas dijeron poco más o menos las mismas cosas. Por eso las omitiremos. Y como nuestro muy venerado Padre tenía prisa, abrevió las preguntas que su caridad dirige ordinariamente a la mayor parte de las hermanas, y preguntó a la señorita quien respondió:

– En el primer punto de nuestra oración, he visto que una de las razones que tenemos para no dejar de hacer oración todos los días es su excelencia, ya que cuando la hacemos hablamos con Dios. Y en esto he reconocido grandes ventajas, ya que en ella Dios puede dar a conocer su bondad rebajándose hasta ese punto y elevándonos de esa forma.

Otra razón es la recomendación que el Hijo de Dios hizo tantas veces, con palabras y ejemplos, para que orásemos a Dios su Padre, tanto por la oración vocal que él nos enseñó, como por la mental, advirtiéndonos que Dios quiere ser servido en espíritu y en verdad.

La tercera razón es que, como la oración es un don de Dios, tenemos que hacer todo lo posible para atraerlo sobre nosotras, no solamente por las grandes ventajas que de esta forma obtendremos, sino por la estima que hemos de tener al donante.

El segundo punto es sobre los pensamientos que Dios nos ha dado sobre la oración de hoy. Mi espíritu se ha ocupado en la promesa que hizo el Hijo de Dios a todos los que le aman y cumplen sus mandamientos; he visto la justicia de todo esto, y Dios ha producido en mí actos de amor y me ha dado una gran alegría por sentirme honrada con esta libertad, a pesar de mi indignidad en tantas cosas. He considerado que el efecto de esta promesa nos había llegado plenamente hoy, cuando el Espíritu Santo ha sido enviado a la Iglesia por el Padre y el Hijo, indicando seguramente que la santísima Trinidad mora en nosotras y que en este día fue cuando los hijos de la iglesia fueron hechos hijos adoptivos de Dios.

Esta venida y morada de Dios en nosotras está sellada por la plenitud de las gracias y de los dones. Yo he querido prestar mi consentimiento a todo esto, tomando la resolución de trabajar más que nunca por quitar los impedimentos que mis sentidos y pasiones pueden presentar, a fin de participar en esta plenitud que tuvieron los apóstoles, ya que su entendimiento se vio iluminado y lleno de las ciencias necesarias a su vocación, su memoria se vio refrescada con las palabras y acciones del Hijo de Dios, y su voluntad se llenó de ardor en el amor a Dios y al prójimo, y el espíritu Santo, obrando poderosamente en ellos por medio de esta plenitud, les hacía decir y enseñar con eficacia la grandeza y el amor de Dios. He sentido muchos deseos de glorificar a Dios en sus maravillas, de entregarme a él para que haga en mí su santísima voluntad, aunque la realidad me haga ver mis debilidades e infidelidades, que me hacen ofenderle mucho y contrariar sus proyectos. Y lo que más temo es que todo esto sea un impedimento para las gracias que ]a bondad de Dios derramaría sobre la Compañía, si yo fuese distinta, por lo que le pido muy humildemente perdón, así como también por haber sido tan atrevida (estaba de rodillas) al elegir el tema de esta conferencia sin haber hablado anteriormente con usted, padre mío.

Nuestro muy venerado padre hizo que se levantase y empezó de esta manera:

– La primera o una de las razones que se han dicho sobre la importancia y el bien inmenso que supone hacer oración todos los días, es que nuestro Señor se la recomendó muchas veces a sus apóstoles y a sus discípulos, en las instrucciones que les daba sobre lo que habían de hacer después de su muerte. «Invocad a mi Padre, les dijo; pedidle a mi Padre; lo que le pidáis en mi nombre, se os concederá», y lo que dijo a sus discípulos, hijas mías, nos lo dice también a nosotros. Y tras esta recomendación del Hijo de Dios, tan ventajosa para nosotros, ya que nos da la libertad de dirigirnos a Dios por la oración, ¿no hemos de concebir una gran estima de ella y entregarnos a él para no fallar jamás? Tenéis que tener mucho cuidado de evitar, hijas mías, todos los impedimentos que podrían surgir a propósito de la hora, ya que con frecuencia se os pueden presentar. Pero, cuando pase algo y os deis cuenta, entonces animaos con la recomendación que Jesucristo hizo de ella. Tú, Dios mío, me has recomendado que ore, y sería muy cobarde si quisiese librarme de ello. ¡Voy allá! Ya veréis todas, hijas mías, qué poderoso es este motivo, y los bienes que entonces alcanzaréis.

A este motivo voy añadir otro. Se ha creído conveniente que hagáis oración todos los días, tal como indican vuestras reglas. Diré más aún, hijas mías; hacedla, si podéis, a cualquier hora, e incluso no salgáis nunca de ella, porque la oración es tan excelente que nunca la haréis demasiado; y cuanto más la hagáis, más la querréis hacer, si de veras buscáis a Dios. Así pues, hijas mías, ya que se dice en vuestras reglas que tenéis que hacerla, es menester procurar, en la medida de lo posible, no faltar nunca a ella. Y si os lo impide esa medicina que tenéis que llevar por la mañana durante la hora de la oración, tenéis que buscar algún otro tiempo, de forma que nunca la dejéis.

Se ha puesto como segundo motivo la confianza que ha de animarnos cuando hacemos oración, basada en las promesas del Hijo de Dios que nos ha asegurado su recompensa. «Pedid, nos dice, y recibiréis». Hay algunos caracteres tímidos y vergonzosos que no se atreven a proponer nada por miedo a verse rechazados, y a no pedir nada por miedo a recibir una negativa.

Jesucristo nos ha ofrecido toda la seguridad de que seremos bienvenidos ante el Padre cuando oremos. No se ha contentado con hacer una simple promesa aunque hubiera sido más que suficiente, sino que ha dicho: «En verdad os digo que todo lo que pidáis en mi nombre, se os concederá» (10). Así pues, con esta confianza, mis queridas hijas, ¿no hemos de poner todo nuestro cuidado en no perder las gracias que la bondad de Dios quiere concedernos en la oración, si la hacemos de la forma debida?

Otra de las razones que también habéis alegado es que nuestro Señor era hombre de grandísima oración; y como se ha indicado, desde sus primeros años se apartaba de la santísima Virgen y de san José para hacer oración a Dios, su Padre. Y durante toda su vida de trabajo era siempre muy puntual y fiel en hacerla. Se le veía ir expresamente a Jerusalén, se aislaba de sus discípulos para orar, y no se retiraba al desierto más que para eso. ¡Dios mío! ¡Cuántas veces se echaba al suelo con la faz en tierra! ¡Con cuánta humildad se presentaba a Dios su Padre cargado con los pecados de los hombres! Finalmente, hizo oración hasta verse totalmente agotado por el ayuno al que quiso sujetarse. Su continuo y principal ejercicio era la oración.

La noche de su pasión, se separó una vez más de sus discípulos para orar, y se dice que se retiró al huerto, adonde iba con frecuencia a hacer oración. Y allí la hizo con tanto fervor, con tanta devoción, que su cuerpo, por los esfuerzos que hacía, sudó sangre y agua.

Así pues, hijas mías, repito lo que os acabo de decir; no hago más que repetir lo mismo porque tengo prisa. Por la primera razón vemos que Jesucristo nos recomendó que hiciéramos oración; por la segunda, vemos que nos da confianza y nos exhorta amorosamente a ello; y por la tercera, tenemos el ejemplo que nos ha dado; porque no se contentó nunca con hablar, sino que hizo; e hizo lo que quiso que nosotros hiciéramos; y no quiso nunca nada más que para nuestro mayor bien.

Por todo lo que acabo de decir, mis queridas hermanas, podéis ver cuánta importancia debe tener la oración para haber sido tan recomendada, enseñada y practicada por el Hijo de Dios, y cuán útil resulta para el alma.

Se ha dicho también, y con razón, que la oración es para el alma lo que el alimento para el cuerpo, y que lo mismo que una persona que se contentase con no comer, más que uno de cada tres o cuatro días, desfallecería enseguida y se pondría en peligro de muerte, o, si viviese, sería lánguidamente, incapaz de realizar nada útil y se convertiría finalmente en un trasto sin fuerza ni vigor, así también el alma que no se alimenta de ]a oración, o que raramente la hace, se hará tibia, lánguida, sin fuerzas ni entusiasmo, sin virtud alguna, fastidiosa para los demás e insoportable a sí misma.

Y se ha advertido también que de esta forma es como se conserva la vocación, porque es cierto, hijas mías, que una Hija de la Caridad no puede vivir si no hace oración. Es imposible que persevere. Durará quizás algún tiempo, pero el mundo la arrastrará. Encontrará su ocupación demasiado dura, porque no ha tomado este santo refrigerio. Irá languideciendo, se cansará y acabará dejándolo todo. Hijas mías, ¿por qué creéis que muchas han perdido su vocación?; porque descuidaban la oración.

Se ha dicho igualmente que la oración es el alma de nuestras almas; esto es, que la oración es para el alma lo que el alma es para el cuerpo. Pues bien, el alma da la vida al cuerpo, le permite moverse, caminar, hablar y obrar en todo lo que necesita. Si el cuerpo no tuviese alma, sería una carne corrompida, útil solamente para el sepulcro. Pues bien, hijas mías, el alma sin oración es casi lo mismo que ese cuerpo sin alma en lo que se refiere al servicio de Dios; no tiene sentimientos ni movimientos, no tiene más que deseos rastreros y vulgares de las cosas de la tierra. A todo esto añado, mis queridas hijas, que la oración es como un espejo en el que el alma ve todas sus manchas y todas sus fealdades; observa todo lo que la hace desagradable a Dios, se mira en él, se arregla para hacerse totalmente conforme con él. Las personas del mundo nunca salen de su casa hasta después de haberse arreglado convenientemente ante el espejo, para ver si hay en ellas algo defectuoso, si no hay nada que vaya en contra de las conveniencias sociales. Hay algunas que son tan vanidosas que llevan espejo en sus bolsos, para mirar de vez en cuando si tienen algo que arreglar de nuevo.

Pues bien, hijas mías, lo que hacen las gentes del mundo por agradar al mundo, ¿no es razonable que lo hagan para agradar a Dios las que sirven a Dios? No saldrán nunca sin mirarse en su espejo. Dios quiere que los que le sirven se arreglen también, pero que sea en la santa oración, y que allí, todos los días y varias veces cada día, por medio del examen interior y de sus buenos  deseos, vean lo que puede desagradar a Dios en su alma, pidiéndole perdón y gracia para ello.

Se ha dicho que es en la oración donde Dios nos da a conocer lo que quiere que hagamos y lo que quiere que evitemos; y es verdad, mis queridas hijas, porque no hay ninguna acción en la vida que nos haga conocernos mejor, ni que nos demuestre con mayor evidencia la bondad de Dios, como la oración. Los santos padres se entusiasman cuando hablan de la oración; dicen que es una fuente de juventud en donde el alma se rejuvenece. Los filósofos dicen que entre los secretos de la naturaleza hay una fuente que ellos llaman la fuente de Juvencia, en donde los viejos beben del agua rejuvenecedora. Sea lo que fuere de esto, sabemos que hay fuentes cuyas aguas son muy buenas para la salud. Pero la oración remoza al alma mucho más realmente que lo que, según los filósofos, rejuvenecía a los cuerpos la fuente de Juvencia. Allí es donde nuestra alma, debilitada por las malas costumbres, se torna vigorosa; allí es donde recobra la vista después de haber caído antes en la ceguera; sus oídos, anteriormente sordos a la voz de Dios, se abren a las buenas inspiraciones, y su corazón recibe una nueva fuerza y se siente animado de un entusiasmo que aún no había sentido. ¿De dónde viene que una pobre mujer aldeana que viene a vosotras con toda su tosquedad, ignorando las letras y los misterios, cambie al poco tiempo y se haga modesta, recogida, llena de amor de Dios? ¿Quién ha hecho esto sino la oración? Es una fuente de Juvencia en donde se ha rejuvenecido; allí es donde ha encontrado las gracias que se advierten en ella y que la hacen tal como la veis.

Hay dos clases de oración: La mental y la vocal. La vocal es la que se hace con palabras; la mental es la que se hace sin palabras, con el corazón y el espíritu.

Cuando Moisés guiaba al pueblo de Israel en una batalla, mientras el pueblo combatía, él se ponía delante de Dios con las manos elevadas al cielo; y el pueblo, durante ese tiempo, vencía a sus enemigos; y cuando Moisés dejaba de tener las manos en alto, el pueblo perdía. ¡Gran fuerza la de la oración mental, hijas mías, ya que era ése el ejercicio de Moisés, cuando tenía las manos elevadas al cielo sin pronunciar una palabra; y tenía suficiente eficacia para hacer que ganaran la batalla aquellos por los que rezaba!

La Sagrada Escritura nos refiere también que Moisés estaba un día delante de Dios sin pronunciar palabra. Y escuchó la voz de Dios: «Moisés, me estás rompiendo la cabeza; me obligas a hacer lo que no quiero. Este pueblo es ingrato y rebelde a mi ley. Yo quiero castigarlo, pero tú quieres que lo salve. ¿Por qué me obligas? Retírate y déjame hacer mi voluntad». Fijaos, hijas mías, cómo Dios se ve atado por la oración, y por la oración mental, ya que Moisés no decía ninguna palabra, pero su oración era tan intensa que Dios le decía: «Me estás rompiendo la cabeza; tú quieres que haga lo que yo no quiero hacer». La oración, hijas mías, es una elevación del espíritu a Dios, por la que el alma se despega como de sí misma para ir a buscar a Dios. Es una conversación del alma con Dios, una comunicación mutua, en la que Dios dice interiormente al alma lo que quiere que sepa y que haga, y donde el alma dice a su Dios lo que él mismo le da a conocer que tiene que pedir. ¡Gran excelencia la de la oración, que nos tiene que hacer estimarla y preferirla a cualquier otra cosa!

La oración es mental o vocal. La oración vocal, que se hace de palabra, se divide en tres clases: la oración de obligación, la oración de devoción y la oración de sacramento. La oración vocal de obligación es el oficio que tienen que rezar los sacerdotes. La oración vocal de devoción, es la que cada uno hace según la inclinación que Dios le da: las Horas de la santísima Virgen, de la Cruz, las Letanías, las Vísperas, etcétera; que se rezan sin obligación, por pura devoción. La oración vocal de sacramento es la que hacen los sacerdotes en la santa misa, y que ordenan los sagrados cánones.

Esto es, hijas mías, lo que se refiere a la oración vocal. Pero aunque se haga de palabra, nunca tiene que hacerse sin una elevación del espíritu a Dios, poniendo atención en lo que se dice. La oración es algo natural, como vemos en los niños, y sus pequeñas oraciones son tan agradables a Dios que algunos doctores han dicho que es allí donde Dios se deleita más. Y un gran personaje, el difunto obispo de Ginebra, apreciaba tanto estas oraciones, que cuando veía a los niños, les llevaba la mano y hacía que le diesen la bendición. Esto os lo digo solamente de pasada, porque tengo prisa y no es esta la oración de la que tenemos que hablar.

La oración mental se hace de dos maneras: una con el entendimiento y otra con la voluntad. La de entendimiento, cuando después de haber leído la lectura, el espíritu se pone en presencia de Dios y allí se ocupa en buscar la inteligencia del misterio propuesto, esto es, la instrucción que le es propia, y en producir afectos para abrazar el bien o evitar el mal. Y aunque la voluntad produce estos actos, sin embargo, esta oración llama de entendimiento, porque su función principal, que es la búsqueda, se realiza por el entendimiento, que es el que principalmente se ocupa del tema propuesto. Ordinariamente se la llama meditación. Todo el mundo puede hacerla, cada uno según su alcance y las luces que Dios le da.

La otra clase de oración se llama contemplación; es aquella en donde el alma, en la presencia de Dios, no hace más que recibir lo que él le da. Ella no hace nada, sino que Dios mismo le inspira, sin esfuerzo ninguno de su parte, todo lo que ella podría buscar, y todavía más. Mis queridas hijas, ¿no habéis experimentado nunca esta clase de oración? Estoy seguro que sí la habréis experimentado a veces en vuestros retiros, cuando os extrañáis de que, sin haber puesto nada de vuestra parte, Dios mismo llena vuestro espíritu e imprime en él unos conocimientos que vosotras jamás habríais alcanzado.

Pues bien, en cada una de estas dos maneras de orar, Dios comunica muchas y muy excelentes luces a sus servidores. Allí es donde ilumina su entendimiento con tantas verdades incomprensibles para todos los que no hacen oración; allí es donde inflama la voluntad; allí es finalmente donde toma posesión completa de los corazones y de las almas.

Entonces, es conveniente que sepáis, mis queridas hermanas, que aunque las personas sabias tengan mayor disposición para hacer oración, y que muchas lo logran y tienen por si mismas el espíritu abierto a muchas luces, el trato de Dios con las personas sencillas es muy distinto. Confiteor tibi, Pater, etcétera, decía nuestro Señor. Te doy gracias, Padre mío, porque has ocultado estas cosas a los sabios del siglo y se las has reservado a los pequeños y a los humildes.

Hijas mías, en los corazones que carecen de la ciencia del mundo y que buscan a Dios en sí mismo, es donde él se complace en distribuir las luces más excelentes y las gracias más importantes. A esos corazones les descubre lo que todas las escuelas no han sabido encontrar, y les revela unos misterios que los más sabios no pueden percibir. Mis queridas hermanas, ¿no creéis que vosotras mismas lo habéis experimentado? Creo que os lo he dicho ya otras veces, y lo repetiré una vez más: nosotros hacemos la repetición de la oración en nuestra casa, no todos los días, sino a veces cada dos, o cada tres, cuando la providencia nos lo permite. Pues bien, por la gracia de Dios, los sacerdotes la hacen bien, y también los clérigos, más o menos, según lo que Dios les concede; pero, nuestros pobres Hermanos, ¡oh! en ellos se realiza la promesa que Dios ha hecho de manifestarse a los pequeños y a los humildes, pues, muchas veces quedamos admirados ante las luces que Dios les da; y es evidente que todo es de Dios, ya que ellos no tienen ningún conocimiento. Unas veces es un pobre zapatero, otras un panadero, un carretero, y sin embargo os llena de admiración. Algunas veces hablamos entre nosotros de esto, con una gran confusión por no ser como vemos que ellos son. Nos decimos mutuamente: «Fíjese en ese pobre Hermano; ¿no ha observado usted los hermosos pensamientos que Dios le ha dado? ¿No es admirable? Porque lo que él dice, no lo dice por haberlo aprendido, o haberlo sabido antes; lo sabe después de haber hecho oración». ¡Qué bondad de Dios tan grande e incomprensible al poner sus delicias en comunicarse a los sencillos y a los ignorantes, para darnos a conocer que toda la ciencia del mundo no es más que ignorancia en comparación con la que él da a los que se esfuerzan en buscarle por el camino de la santa oración!

Así pues, mis queridas hermanas, es preciso que vosotras y yo tomemos la resolución de no dejar de hacer oración todos los días. Digo todos los días, hijas mías; pero, si pudiera ser, diría más: no la dejemos nunca y no dejemos pasar un minuto de tiempo sin estar en oración, esto es, sin tener nuestro espíritu elevado a Dios; porque, propiamente hablando, la oración es, como hemos dicho, una elevación del espíritu a Dios. ¡Pero la oración me impide hacer esta medicina y llevarla, ver a aquel enfermo, a aquella dama! ¡No importa, hijas mías! Vuestra alma no dejará nunca de estar en la presencia de Dios y estará siempre lanzando algún suspiro.

Si supieseis, hijas mías, el gusto que siente Dios al ver que una pobre mujer aldeana, una pobre Hija de la Caridad, se dirige amorosamente a él, entonces acudiríais a la oración con más confianza que la que yo os podría aconsejar. ¡Si supieseis los tesoros y las gracias que Dios tiene preparadas para vosotras! Si supieseis cuánta ciencia sacaríais de allí, cuánto amor y dulzura encontraríais en la oración. Allí lo encontraréis todo, mis queridas hijas, porque es la fuente de todas las ciencias. ¿De dónde proviene que veáis a personas sin letras hablando tan bien de Dios, desarrollando los misterios con mayor inteligencia que lo haría un doctor? Un doctor, que no tiene más que su doctrina, habla de Dios de la forma que le ha enseñado su ciencia; pero una persona de oración habla de él de una manera muy distinta. Y la diferencia entre ambos, hijas mías, proviene de que uno habla por simple ciencia adquirida, y el otro por una ciencia infusa, totalmente llena de amor, de forma que el doctor en esa ocasión no es el más sabio. Y es preciso que se calle donde hay una persona de oración, porque ésta habla de Dios de manera muy distinta de como él puede hacerlo. Hemos visto al Hermano Antonio, al pobre Hermano Antonio. Usted lo ha conocido, señorita. ¿Habéis visto alguna vez a una persona hablar de Dios como hacía aquel hombre? Yo nunca he visto nada semejante, porque diez palabras de su boca causaban más impresión en los corazones que lo que podrían decir muchos predicadores. Estaba lleno de una unción que se comunicaba tan dulcemente a los corazones que uno quedaba conmovido. ¿Y dónde lo había aprendido? Lo había aprendido de algunas predicaciones que había escuchado, y luego meditado; y Dios se había comunicado tan abundantemente a él que podía hablar con todo conocimiento; y esto por la oración.

Me diréis: «Padre, lo vemos muy bien; pero enséñenos. Vemos muy bien que la oración es una cosa muy excelente, que es lo que nos une a Dios, lo que nos afirma en nuestra vocación y nos hace progresar en la virtud, lo que nos despega de nosotras mismas y nos hace amar a Dios y al prójimo; pero no sabemos hacerla. Somos unas pobres mujeres que apenas sabemos leer, al menos algunas. Estamos a gusto en la oración, pero no comprendemos nada, y creemos que sería mejor que no estuviéramos allí. Enséñenos».

Los discípulos, hijas mías, decían a nuestro Señor: «Enséñanos, dinos cómo hay que orar».

Y nuestro Señor les dice: «Decid: Pater noster, qui es in caelis».

Y vosotras, mis queridas hijas, me preguntáis cómo hay que hacerla, porque os parece que no la hacéis. Ante todo he de deciros, hermanas mías, que no la dejéis nunca, por creer que sois inútiles. No os extrañéis, las que sois nuevas, de veros durante un mes, dos meses, tres meses, seis meses, sin hacer nada; no, ni siquiera un año, ni dos, ni tres. Pero no dejéis de ir a ella como si hicierais mucha oración. Santa Teresa estuvo veinte años sin poder hacer oración. No comprendía nada, iba al coro y decía: «Dios mío, vengo aquí porque la regla lo manda, pero por mí no haría nada. Pero lo quieres, por eso vengo». Y durante aquellos veinte años, aunque no sentía ningún gusto, no dejó la oración ni una sola vez. Y al cabo de veinte años, Dios, recompensando su perseverancia, le concedió un don de oración tan eminente que, desde los apóstoles, nadie ha llegado tan alto como santa Teresa. ¿Acaso sabéis, hijas mías, si Dios quiere hacer de cada una de vosotras una nueva santa Teresa? ¿Sabéis qué recompensa quiere dar a vuestra perseverancia? Creéis que, yendo a la oración, no hacéis nada, porque no sentís ningún gusto; pero es preciso que sepáis que allí se encuentran todas las virtudes: primero, la obediencia, de la que hacéis un acto en la hora en que lo manda la regla; la humildad, pues al creer que no hacéis nada, concebís un bajo sentimiento de vosotras mismas; la fe, la esperanza, la caridad. En fin, hijas mías, en esta acción están encerradas la mayoría de las virtudes que necesitáis. Y ya hacéis bastante si acudís a ella con espíritu de humildad. Por todas estas razones, que nos muestra la bendición que Dios da a los que practican el ejercicio de la santa oración, tanto si sienten gusto como aridez, debemos ahora, vosotras y yo, entregarnos a Dios para no faltar nunca a ella, pase lo que pase. Si durante la hora de la comunidad tenéis algún otro quehacer, hay que buscar otra hora, y de la forma que sea, llenar ese tiempo. ¡Si supieseis, hijas mías, qué fácil es distinguir una persona que hace oración de otra que no la hace! Se ve muy fácilmente. Veis a una hermana modesta en sus palabras y en sus acciones, prudente, recogida, afable, alegre, pero santamente; entonces podéis decir: «He aquí una mujer de oración». Por el contrario, aquella que acude poco o nada, la que aprovecha cualquier ocasión que se presenta para no ir, dará mal ejemplo, no tendrá afabilidad ni con sus hermanas ni con sus enfermos, será incorregible en sus costumbres. ¡Qué fácil es ver que no hace oración! Por eso, hermanas mías, hay que tener mucho cuidado en no decaer, porque, si hoy encontráis una excusa para no ir, mañana encontraréis otra. Y lo mismo después; y poco a poco iréis apartándoos de ella. Y luego habrá que tener mucho miedo de que lo perdáis todo, porque vuestros quehaceres son muy fatigosos. Si Dios no os concede su fuerza y su gracia, será imposible resistir. La carne y la sangre no encuentran en ellos ningún gusto, y en la oración es principalmente donde Dios os dará su fuerza.

Así pues, hijas mías, el primer medio es no faltar nunca a ella. El segundo, es pedir a Dios la gracia de poder hacer oración, y pedírsela incesantemente. Es una limosna que le pedís. No es posible que, si perseveráis, os la niegue. Invocad a la santísima Virgen, a vuestro patrono, a vuestro ángel de la guarda. Imaginaos que está presente toda la corte celestial, y que, si Dios os rechaza, a ellos no los rechazará. Unas veces hará vuestra oración la santísima Virgen, otras vuestro ángel, otras vuestro patrono; y de esta forma nunca quedará sin hacerse, ni vosotras sin fruto.

Además, para que tengáis más facilidad, será conveniente leer vuestros puntos por la noche y volverlos a leer al día siguiente por la mañana, hasta dos veces. Así es como lo hacemos nosotros en nuestra casa. También sería conveniente que tuvieseis a mano algunas estampas de los misterios que meditáis. Al mirarlas, podéis pensar: «¿Qué significa esto? ¿qué quiere decir esto?». Así tendréis el espíritu abierto.

Una sierva de Dios), aprendió de esta manera a hacer oración. Mirando una imagen de la Virgen, se dirigía a sus ojos y les decía: «¿Qué es lo que hacíais vosotros, ojos de la santísima Virgen?». Y sentía interiormente esta respuesta: «Cultivaba la modestia y me mortificaba en las cosas que pudiesen traerme algún deleite». «¿Qué más hacíais?». «Miraba a Dios en sus criaturas y pasaba de allí a la admiración de su bondad». Y volvía a empezar: «¿Qué más hacíais, ojos de la santísima Virgen?». «Me deleitaba mirando a mi Hijo, y al mirarle me sentía elevada al amor de Dios». «¿Qué más hacíais?». «Sentía mucho gusto mirando al prójimo y principalmente a los pobres».

De esta forma aquella alma buena sacaba instrucción de todo lo que tenía que hacer, a imitación de la santísima Virgen, porque, cuando había terminado con los ojos, se dirigía a la boca, de la boca a la nariz, a los oídos, al tacto; y así aprendió a ordenar bien sus sentidos y alcanzó un grado muy alto de oración y de virtud.

Otro medio es, hablo a las que saben leer, que cada una tome su libro. Es conveniente que cada una tengáis uno o que la lectora vaya leyendo por párrafos, se detenga en el primer párrafo el tiempo necesario, luego pase al segundo y se detenga de nuevo, al tercero y así a continuación. De esta forma transcurrirá muy fácilmente el tiempo de vuestra oración. Si no encontráis en qué deteneros en el primer párrafo, pasad al segundo, o a otro. La reina sigue este método: «No podría de otro modo dice, hacer oración». Y hace que se la lean, y luego medita sobre lo que se ha leído. Otros grandes personajes la imitan y realizan grandes progresos.

Otro medio, hijas mías, que os servirá mucho para la oración, es la mortificación. Son como dos hermanas tan estrecha mente unidas que nunca van separadas. La mortificación va primero y la oración la sigue; de forma, mis queridas hijas, que si queréis ser mujeres de oración, como necesitáis, tenéis que aprender a mortificaros, a mortificar los sentidos exteriores, las pasiones, el juicio, la propia voluntad, y no dudéis de que en poco tiempo, si marcháis por este camino, haréis grandes progresos en la oración. Dios se fijará en vosotros; considerará la humildad de sus servidoras, porque la mortificación viene de la humildad; y así os comunicará esos secretos que ha prometido descubrir a los humildes y a los pequeños. Le doy gracias de todo corazón porque nos ha hecho pobres y en la condición de aquellos que, por su bajeza, pueden esperar llegar al conocimiento de su grandeza, porque ha querido que la compañía de Hijas de la Caridad se compusiese de mujeres pobres y sencillas, pero capaces de esperar la participación de los misterios más secretos. Le doy gracias por todo ello y le suplico que sea él su propia gratitud, y a ti, Jesucristo, salvador mío, que repartas en abundancia a la Compañía el don de la oración, para que, por tu conocimiento, puedan todas adquirir tu amor. Dánoslo, Dios mío, tú que has sido, durante toda tu vida, un hombre de oración, que la hiciste desde tus primeros años, que continuaste siempre y que finalmente te preparaste por la oración a enfrentarte con la muerte. Danos este don sagrado, para que por él podamos defendernos de las tentaciones y permanecer fieles en el servicio que esperas de nosotros. Se lo suplico al Padre por el Hijo, en cuyo nombre pronunciaré yo, aunque miserable pecador, las palabras de la bendición.

Benedictio Dei Patris…

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