(01-05.48)
Mis queridas hermanas, el tema de esta conferencia se reduce a dos puntos: el primero es sobre las razones que tenemos para aprovecharnos de las instrucciones que se nos dan en las conferencias y en otras ocasiones por parte de nuestros superiores; la segunda es sobre los medios que hemos de utilizar para poner en práctica dichas instrucciones.
Aquella hermana que está en el fondo, ¿quiere decirnos sus pensamientos?
– Padre, creo que una razón para sacar provecho de las instrucciones que se nos dan en las conferencias es considerar que usted ocupa el lugar de Dios, y por consiguiente, que nosotras tenemos que escucharle y aprovecharnos de todo lo que nos diga como si viniera de él.
– ¡Desgraciadamente, hija mía, yo soy un pobre pecador y nada más!
¿Y usted, hermana, ha hecho la oración sobre el presente tema? ¿quiere decirnos lo que ha pensado?
– Yo he pensado, padre que, cuando nos olvidamos de nuestra obligación, Dios permite que se nos advierta de ello en las conferencias; y como esta advertencia viene de Dios, tenemos una razón muy poderosa para aprovecharnos de ella. Y sobre el segundo punto, que es sobre los medios, he pensado que el oír esas instrucciones con humildad era un buen medio para aprovecharnos; y esa ha sido mi resolución.
Las dos hermanas que fueron preguntadas a continuación repitieron en sustancia lo que había dicho la primera. Otra dijo que ése era un medio para progresar en la virtud; otra, que era la voz de Dios la que nos instruía en las conferencias por boca de nuestros superiores, y que un medio para aprovecharnos de ellas era estar convencidas de que las advertencias que se nos dan son justas.
Entonces nuestro veneradísimo padre dijo:
No solamente las advertencias, hija mía, sino todo lo que se dice, y no sólo lo que el superior dice, ya que por desgracia no soy nada más que un pobre y miserable pecador, sino todo lo que las hermanas dicen; porque, fijaos, hijas mías, es Dios el que os habla y os instruye por vosotras mismas de lo que él quiere que vosotras hagáis. Antes de haber sabido el tema del que vamos a hablar, no habíais pensado en él; os habéis puesto en la presencia de Dios, él os ha hablado en el corazón, y os ha hecho comprender por qué razones tenéis que aprovecharos de lo que se dice en las conferencias; o, si es otro tema el de la conferencia, os instruye sobre las razones que tenéis para practicar la virtud de que se trata y los medios que habéis de utilizar en adelante para ello. Al ser preguntadas nos comunicáis los pensamientos que habéis tenido, y entonces hemos de escucharlos como una inspiración que Dios os ha dado para vosotras y para nosotros.
Hermana, ¿por qué le parece que una Hija de la Caridad tiene que aprovecharse de lo que se dice en las conferencias?
– Padre, porque Dios es glorificado en ello.
– Quiere decir, hermana mía, que Dios, por su bondad, al querer dar a la Compañía las virtudes que necesita, permite que reciba diversas instrucciones, y que es glorificado cuando somos fieles a la práctica de lo que se ordena y que nos ha sido enseñado.
¿Y para qué más?
– Para nuestro progreso.
– De forma, hija mía, que cree usted que el plan de Dios, cuando os hace dar algunas instrucciones, es para ayudaros a avanzar en la perfección de vuestro estado; tiene usted mucha razón.
¿Y qué tiene que hacer una Hija de la Caridad a la que Dios, en la oración que ha hecho sobre el tema de una conferencia, le ha dado alguna luz para guiarla en la práctica de alguna virtud, o para apartarse de alguna imperfección? ¿No será conveniente que lo manifieste? ¿Será mejor que lo tenga oculto para ella sola? No; es preciso que lo diga con sencillez y con humildad, con el conocimiento y el sentimiento de que no procede de ella, sino de Dios, que se la ha dado, y que quiere que haga partícipes a las demás, lo mismo que las demás comunican lo que también ellas han tenido.
Hija mía, dígame un medio para aprovecharse de las instrucciones que se dan en las conferencias.
Entonces la hermana respondió que creía que era conveniente conservar su recuerdo.
– ¿Cree usted, hija mía, que una Hija de la Caridad que tiene el recuerdo de lo que se ha dicho en una conferencia tiene alguna ventaja sobre las demás?
– Sí, padre, porque esto le servirá para otras ocasiones y el prójimo quedará edificado.
– Piensa entonces, hermana, que una buena Hija de la Caridad, que viene bien dispuesta a la conferencia y con el deseo de utilizar bien las instrucciones que se dan allí por la superiora o por el superior o por las hermanas, que las escucha con gran atención y con el deseo de agradar a Dios, y que las recuerda y se llena el corazón con las cosas que Dios le ha dicho, cree, digo, hija mía, que esa hermana puede servir a su prójimo. ¿Y cómo puede servirle? ¡Oh! Le servirá con su modestia, con su ejemplo, con sus palabras llenas del espíritu de Dios que habrá conservado; le servirá también siendo más puntual en concederle todo el tiempo que necesite, porque estará llena del deseo de servir a Dios y de servirle en sus miembros, que son los pobres. ¿Y cree, hija mía, que Dios no se comunica a una pobre Hija de la Caridad que, antes de serlo, no tenía sino una instrucción muy escasa y no sabía lo que era Dios, a una pobre hermana, que quizás no habría salido del trabajo del campo? ¡Oh! Sabed, hijas mías, que a esas almas es a las que Dios se comunica con mayor intimidad y mayor eficacia. Una vez que se han abandonado en las manos de Dios y se han consagrado a su servicio, a su amor y conocimiento, entonces esas almas se ven elevadas, y su bondad les comunica un conocimiento cada vez mayor.
Pero, padre, ¿qué es lo que aprenden y qué instrucciones reciben en la Compañía? Sabed, hijas mías, que aunque solamente tuvierais las conferencias que de vez en cuando tenéis, con tal que hicieseis buen uso de ellas, esto bastaría para que alcanzaseis un alto grado de virtud y de conocimiento de Dios; sí, esto sería suficiente. Hay algunas almas, pero almas santas y buenas, que sólo necesitan una palabra para darles profundos conocimientos de Dios. Tenemos un ejemplo de ello en nuestra propia casa: hablo de un pobre labrador de esas montañas de Auvergne, que durante toda su vida había trabajado con el arado y guardando cabras, y en este trabajo se había entregado a Dios de tal forma y hablaba de él tan dignamente que no hay ningún prelado ni teólogo, ni cualquier otra persona que yo conozca, que hubiese podido hablar de la misma forma; y no creo que jamás pueda oírse a nadie hablar tan bien. ¿Y dónde recibió esa instrucción? Se instruyó en algún sermón, al que había prestado toda su atención, y que luego había meditado tranquilamente. Y Dios, que se complace en las almas sencillas y humildes, se había comunicado a él en abundancia.
Si Dios concedió esta gracia a un pobre aldeano que trabajaba con el arado y guardaba las cabras de su padre, ¿creéis que se la negará a una Hija de la Caridad que se entrega y se consagra al servicio de sus miembros y que, en su trabajo, recoge como una abeja la miel de las sagradas palabras que escucha en una conferencia, en un sermón, o en una instrucción, o en una amonestación que recibe de su superiora o de alguna oficial? No cabe duda, hijas mías, de que las que se pongan en este camino adelantarán mucho en poco tiempo; si no se separan de él, las veréis crecer en virtud, lo mismo que la aurora de cada mañana, que al principio es solamente un pequeño resplandor, pero que va creciendo cada vez más hasta llegar al mediodía.
Creedme, hijas mías, nuestra miseria no aparta al Hijo de Dios de nosotros; él no tiene nada que ver con la grandeza; es la grandeza misma, pero quiere corazones sencillos y humildes; y cuando los encuentra, ¡cuánto le gusta hacer allí su morada! En la Sagrada Escritura nos dice que sus delicias consisten en tratar con los pequeños (1). Sí, hermanas mías, el gusto de Dios, la alegría de Dios, el contento de Dios, por así decirlo, consiste en estar con los humildes y sencillos que permanecen en el conocimiento de su miseria; ¡qué gran motivo de consuelo y de esperanza es para nosotros, y cómo tenemos que humillarnos por ello!
Y usted, hermana, ¿por qué razón, cree que está obligada a las instrucciones que se dan en las conferencias?
– Porque Dios, que nos las hace dar, nos pedirá cuenta de ellas, si no sacamos fruto.
– ¡Oh, hija mía! ¡Cuánta razón tiene al temer que Dios le pedirá cuenta de todo ello, ya que él mismo nos lo ha dicho! ¡Con qué atención escucharíamos a un mensajero que nos viniese de parte del rey o de algún gran señor! Este pensamiento y esta palabra que nos dice esta hermana es palabra de Dios, es un pensamiento de Dios. ¡Con qué justos motivos hemos de temer, si no les prestamos la atención y la estima que se merecen!
Hermana, ¿nos quiere usted decir alguna otra cosa sobre esto?
Aquella hermana leyó sus apuntes, que contenían lo siguiente:
El primer motivo que se me ocurre para sacar provecho de las instrucciones que se nos dan en las conferencias, es que Dios se verá glorificado y nos instruirá para que cumplamos los actos de nuestra vocación con mayor virtud y perfección. Otro motivo es para que progresemos en la virtud, y para nuestra instrucción y la del prójimo. Se me ha ocurrido otro pensamiento: que las conferencias son la escuela de Jesucristo, a la que él nos llama cuando nos ordenan venir nuestros superiores. Por eso hemos de acudir a ellas con gran deseo de aprovecharnos; pues sin esos deseos no nos aprovecharíamos. Otro medio es que las escuchemos con gran atención. Otro, es que pensemos en ellas con frecuencia y hablemos con las demás sobre lo que se nos ha dicho.
Preguntó a otra hermana y ella dijo que otra razón para obligarnos a sacar provecho de las conferencias es que en ellas se nos instruye sobre lo que se refiere a nuestras reglas. Otro motivo es que, si no damos fruto, habríamos de temer que nuestro Señor nos abandonase a nosotras mismas y nos dejase sin instrucción, como mandó a los apóstoles que hiciesen con las ciudades en donde no les escuchaban (2). Un medio para aprovecharnos de ellas es poner en práctica todo lo que hayamos oído.
Otra hermana dijo que, como las conferencias nos las sugiere el Espíritu Santo, hay que creer que en ellas no se trata nada que no sea necesario saber y practicar; otra razón es que, si no ponemos interés en ellas, Dios nos pedirá cuenta muy severa, puesto que se trata de los medios que nos da para llegar a él y de los cuales no queremos servirnos.
Medios para esto: estimar mucho estas pláticas; pedir la asistencia del Espíritu Santo antes y después de haberlas oído, para que quiera imprimir en nuestros corazones lo que hemos escuchado; en las ocasiones que se presentan de practicar la virtud o de huir del vicio de que se ha tratado, acordarnos de lo que se ha dicho, para robustecernos.
La señorita Le Gras, al preguntarle qué es lo que Dios le había inspirado sobre este asunto, dijo que una razón para aprovecharse de las instrucciones que se dan en las conferencias es que Dios, al ver que no teníamos en cuenta las instrucciones que él nos da por sí mismo, con sus buenos movimientos y santas inspiraciones, o por medio de nuestros ángeles de la guarda, había permitido que nuestros superiores nos amonestasen de las faltas en las que podíamos caer, o del camino que hemos de seguir para llegar a la perfección de nuestro estado. Si no tuviésemos en cuenta esta gracia, deberíamos temer que su bondad la retirase de nosotros, y nos quedaríamos sin luz; y esto sería para nosotros una gran desgracia, para cada una en particular, por el peligro de perder la vocación, y para toda la Compañía en general, que podría venirse abajo. Y además dejaríamos a nuestro prójimo sin la asistencia que debe esperar de nosotros; lo cual nos haría caer en la infidelidad a Dios.
Para penetrarse bien de ellas, hemos de pensar que estas palabras vienen de Dios, y por tanto que las hemos de estimar como a él mismo, sin dejar pasar una sola de la que no saquemos provecho.
Otro medio es acudir con grandes deseos de mejorar; y para ello, pedir ardientemente esta gracia al Espíritu Santo antes de la plática, para que con su asistencia, la escuchemos con devoción y atención, y que luego tratemos entre nosotras después de haberla oído, y pensemos en ella con frecuencia.
Preguntó luego a otras hermanas, y todas ellas con palabras diferentes dijeron poco más o menos las cosas ya expresadas; por eso no ponemos aquí lo que dijeron, sino solo lo que dijo nuestro muy venerado padre.
– Hermanas mías, doy gracias a Dios por las luces que os ha dado sobre este tema; pero antes de volver sobre los pensamientos que habéis tenido, es conveniente que sepáis de dónde han nacido las conferencias y cuánto tiempo hace que están en uso.
Ya sabéis, hermanas mías, que las conferencias sirvieron a nuestro Señor para la fundación de su iglesia. Desde el día en que reunió a sus apóstoles, se sirvió de ellas; luego cuando su Compañía fue mayor y tuvo apóstoles y discípulos, siguió teniendo con ellos algunas reuniones; y fue en una conferencia como esta donde san Felipe, cuya fiesta celebramos hoy, dijo a nuestro Señor: «Señor, tú nos hablas de tu Padre, pero haz nos ver a tu Padre»; y nuestro Señor le respondió: «El que me ve, ve a mi Padre; mi Padre y yo somos una sola cosa».
Los apóstoles presentaban sus dificultades en estas conferencias, y nuestro Señor les respondía; él trataba del progreso de la iglesia y de los medios que Dios utilizaría para hacerla florecer; así pues, mis queridas hermanas, podemos decir con toda razón que el mismo Jesucristo instituyó las conferencias y se sirvió de ellas, para el comienzo, el progreso y la perfección de su iglesia; y después de su muerte y de su ascensión gloriosa, no hacía otras instrucciones entre los fieles por medio de los apóstoles y por medio de los sacerdotes más que en forma de conferencia; entonces no había sermones; cuando se reunían los cristianos, empezaba la conferencia.
Después de los apóstoles y durante mucho tiempo en la primitiva iglesia, siguió practicándose el uso de las conferencias; pero, al aumentar el número de los cristianos hasta el punto que resultaba difícil instruirles de esta forma, empezaron a predicar en público. Las conferencias siguieron existiendo todavía entre los jefes de la Iglesia: los sacerdotes, los diáconos y todos los que trabajaban en su establecimiento.
De aquí hemos de concluir cuán grande tiene que ser la estima que hemos de tener de las conferencias, ya que fueron instituidas por el propio Jesucristo, que se sirvió de ellas con sus apóstoles para la fundación de esa gran monarquía de la iglesia, que ha llegado hasta la situación que hoy vemos. El permitió que después de un largo uso de las mismas, se abandonase un poco su costumbre, y permitió que en nuestros días se renovasen, dándonos así un medio para nuestra perfección como del que se sirvió para el progreso de su Iglesia. ¡Qué gran gracia, qué gran misericordia de Dios, el que en la Compañía de Hijas de la Caridad Dios nos haya dado esta bendición de que ellas puedan hacer entre ellas lo que nuestro Señor hizo con sus apóstoles!
Lo segundo que hemos de advertir es que nuestro Señor está en medio de nosotros cuando nos reunimos por su gloria; y no podemos dudar de ello, porque lo ha dicho él mismo: «Cuando estéis dos reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de vos otros». Pues bien, mis queridas hermanas, si Dios promete su presencia a dos personas, con mucha mayor razón se la dará a toda la Compañía, compuesta de un gran número, que se reúne en su nombre y por su amor y para intentar trabajar por su gloria. Por consiguiente, hemos de concluir que esta acción es de grandísima importancia para la gloria de Dios y para nuestro progreso, y que hay que hacerla con la intención de agradar a Dios y de recibir la instrucción que allí nos puede dar para ponerla en práctica y darle contento.
Con intención, ya que es palabra suya. Hablando a los superiores les dice: «El que os escucha a vosotros, a mí me escucha». Porque no es palabra de vuestro superior, un pobre miserable como yo; es palabra de Dios, que se digna por medio de aquél o aquélla que habla (ya que podéis recibir instrucción de una hermana; sí, de una hermana), que se digna, repito, por este medio daros a conocer lo que tenéis que hacer.
Con respeto, ya que está él presente, mirándonos y escuchándonos y observando de qué forma recibimos lo que él nos hace decir. Así pues, mis queridas hermanas, en primer lugar, las conferencias son del tiempo de Jesucristo; en segundo lugar, que cuando estamos reunidos para tenerlas, él está en medio de nosotros, para darnos a conocer y hacernos apreciar la estima en que hemos de tener su santa palabra. A una buena mujer que le decía: -«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron», respondió: «Más felices son aquellos que escuchan mi palabra y la guardan».
Ved, hermanas mías, el aprecio que nuestro Señor tiene de su palabra: confiesa que su madre es bienaventurada por haberlo llevado, por haberla escogido Dios desde toda la eternidad para ser la madre de su Hijo, una madre bendita entre todas las mujeres, que confiesa que Dios ha hecho en ella grandes cosas y que todas las generaciones la proclamarán bienaventurada; y nuestro Señor pone por encima de esa madre «al que escucha su palabra y la guarda».
De forma, hijas mías, que hemos de sentir una gran alegría cuando sabemos que se presenta una ocasión de escuchar esta palabra sagrada, palabra de vida y de vida eterna.
Cuando se os lleva la notificación, avisándoos vuestros superiores de que tal día se tendrá la conferencia, (qué gran alegría entre vosotras! La que ha escuchado o recibido en primer lugar aquella notificación, tiene que decir a la otra cuando la vea: «Hermana, ¡qué buena noticia me han dado!; mañana tendremos conferencia; escucharemos de boca de nuestros superiores o de nuestras hermanas tu santa palabra, Dios mío. Será tu palabra, Dios mío, porque tú eres el que se la inspiras».
Nuestro Señor, para expresar la diferencia que hay entre las personas que escuchan su palabra, manifiesta en el evangelio que la palabra de Dios es semejante a la semilla que el labrador siembra en su campo. Una parte cae por el camino, y los pájaros vienen y se la comen o es pisoteada por los pies de los caminantes, y de esta forma no produce ningún fruto. Otra parte cae en medio de piedras; echa algunos pequeños brotes de hierba, pero muere antes de producir fruto y se pierde para el sembrador, lo mismo que la primera. Otra parte cae en medio de espinas y, en vez de echar raíz, inmediatamente se ve ahogada y se queda tan infructuosa como las demás. La cuarta parte cae en una tierra bien labrada; y encuentra un suelo propicio y va germinando y echando raíz, creciendo y fortaleciéndose, de forma que en verano produce hasta ciento o al menos setenta. Nuestro Señor nos ha querido indicar de esta forma la diferencia de las personas que asisten a las conferencias. Todas se rinden ante la verdad, pero hay que temer que ocurra como con la semilla del labrador. Esa buena semilla de la palabra de Dios cae en todos los corazones que la escuchan; esa hermosa palabra, esa santa y edificadora palabra, tiene que servir de alimento a todas las almas.
Es como el grano que lleva el sembrador, que se ha de convertir en buen alimento si encuentra una tierra fértil donde pueda fructificar.
Hay almas que escuchan la palabra de Dios y la reciben, pero las aves del cielo, que son las distracciones, se la llevan inmediatamente, como la semilla que cae en el camino y que se pierde porque no ha tenido ocasión de germinar. Apenas escuchada, se pierde, porque el primer pensamiento que se le ocurre al espíritu lo aparta de ella. Otras reciben esa palabra en sus corazones y hablan de ella en alguna ocasión, pero como la mortificación no había preparado antes sus corazones, cae en una tierra dura y sin labrar. La semilla germina verdaderamente y produce algunas matas, pero muere enseguida, sin producir ningún fruto. Otras almas se parecen a la semilla que cae en medio de espinas. Es verdad que reciben esa divina palabra, pero las preocupaciones, el ajetreo y la prisa de que están llenas, sofocan la palabra que han recibido, pues como tienen un espíritu demasiado ocupado, no saben alimentarse de este santo alimento.
Es verdad, mis queridas hermanas, que tenéis que ir a los enfermos para llevarles el remedio, que el barrio donde trabajáis es muy grande y los enfermos son muchos; pero también es verdad que esto no tiene que perjudicar a las prácticas de vuestras reglas y especialmente a la oración, que es la que os dispone para recibir la palabra de Dios con fruto y con provecho. Hay entre vosotras almas buenas, llenas de estima por la palabra de Dios y convencidas de la necesidad que tienen de ser humildes, sumisas, mortificadas, tranquilas y sin prisas ni preocupaciones, con una santa alegría que se basa en Dios y que tiende hacia Dios.
Hermanas mías, esas almas son como una tierra buena, bien labrada y cultivada, que recibe la semilla, y le da el jugo necesario y la hace madurar a su debido tiempo. Las hay entre vosotras, por la gracia de Dios, no diré cuántas, pero sí que son muchas por la misericordia de Dios. Procurad, hermanas mías, que todas vosotras seáis de ese número; obrad de manera que esa divina palabra encuentre un buen fondo para que pueda arraigar.
Puesto este fundamento, ¿por qué hemos de aprovecharnos, hermanas mías, de las conferencias y de las instrucciones que se nos dan? Lo habéis dicho vosotras mismas: porque Dios habla por la boca de las que han sido preguntadas. Dios ha prometido comunicarse a los pequeños y a los humildes y manifestarles su secreto.
Así pues, ¿por qué no vamos a creer que lo que se dice es de Dios, si lo dicen los pequeños y lo dice también a unos pequeños? Sí, hermanas mías, Dios se goza tanto en esto, que hasta se puede decir que su mayor contento es darse a conocer a los humildes. ¡Hermosas palabras de Jesucristo, que nos demuestran que no es en el Louvre (9) y entre los príncipes donde Dios pone sus delicias! Lo dice en un lugar de la Escritura: «Padre mío, te alabo y te doy gracias porque has ocultado tus misterios a los grandes del mundo y se los has manifestado a los humildes».
A él no le gusta la pompa y el ornato exterior; se complace en el alma humilde, en el alma que es instruida por él solo y que no hace caso de la ciencia de este mundo. ¡Qué gran motivo éste, hermanas mías, para que os aficionéis a las conferencias, puesto que es allí donde Dios os da a conocer sus secretos y donde os descubre los medios para progresar en la virtud!
Si se trata de una virtud, una hermana dirá una razón y la otra otra; una hermana manifestará un medio y otra otro; y Dios quiere que cada una de vosotras se sienta movida por todas las razones que se dicen, e instruidas por todos los medios que se manifiestan.
– ¡Pero si es una hermana la que ha encontrado esta razón y este medio! ¡No importa! Lo ha hecho Dios por medio de ella; Dios es el que se lo ha comunicado; viene de Dios, y por tanto, os tiene que resultar muy precioso y tenéis que acogerlo con mucho cuidado.
La tercera razón, como se ha dicho, es la utilidad que se saca de estas instrucciones para vuestra vida. Una Hija de la Caridad se encontrará en casa de una dama, en casa de un enfermo en cualquier sitio, y allí se presentará la ocasión de practicar la virtud de la modestia de sufrir alguna cosa que repugne a la naturaleza; entonces conviene que se acuerde de alguna de las palabras que escuchó en una conferencia, y se sentirá animada y ya no tendrá ninguna dificultad. Quizás haya tenido alguna discrepancia con su hermana, y el diablo intentará que no piense en humillarse: que se acuerde entonces de que en una conferencia oyó que el acto de humillación es una cosa agradable a Dios, e irá a echarse a los pies de su hermana y las dos sacarán fruto de la conferencia que oyeron hace ya tiempo; la verdad es que las conferencias son sumamente necesarias y de gran provecho.
Si me preguntáis lo que os puede mantener, mis queridas hermanas, a cada una en particular, os diré que es la oración, porque es como el maná de cada día que baja del cielo; pero, fijaos, si me preguntáis qué es lo que mantiene toda la Compañía os diré que es la conferencia.
Nada dará más luz a la comunidad; nada le proporcionará más instrucción; nada evitará tanto las caídas e impedirá que se caiga en una falta, como las conferencias; por medio de ellas os habla Dios; por medio de ellas se os descubren sus designios y se os enseñan sus caminos. Tenéis que alabar a Dios, hermanas mías, porque se hayan reanudado de nuevo las conferencias entre vosotras, por haber sido escogidas para ello, pues, como os dije, antes no se usaban, y vosotras habéis sido educadas para que se usen de nuevo. Poned mucho cuidado, hermanas mías, en no hacer mal uso de ellas.
Antes de pasar adelante, os diré (pues es necesario que lo sepáis) que, si no aprovecháis en la oración, no sacaréis mucho fruto de las conferencias; porque fijaos, mis queridas hermanas, cómo los jardineros se ocupan dos veces cada día para regar las plantas de su jardín, que sin esta ayuda se morirían durante los grandes calores, por el contrario, gracias a la humedad, sacan de la tierra su alimento, porque cierta humedad, nacida de este riego, sube por la raíz, fluye a través del tallo, da vida a las ramas y a las hojas, y el sabor a los frutos; de la misma manera, mis queridas hermanas, nosotros somos como esos pobres jardines en donde la sequedad hace morir todas las plantas, cuando el cuidado y la industria de los jardineros no se ocupan de ellas; por eso, tenéis el santo empleo de la oración, que como un dulce rocío va humedeciendo todas las mañanas vuestra alma por medio de la gracia que viene de Dios sobre vosotras. Y si os sentís cansadas de vuestros esfuerzos y de vuestras penas, tenéis de nuevo por la tarde este saludable refresco, que va dando vigor a todas vuestras acciones. ¡Cuánto fruto producirá una Hija de la Caridad en poco tiempo, si se preocupa de refrescarse con este sagrado rocío! Veréis cómo va creciendo día a día de virtud en virtud, como ese jardinero que ve todos los días crecer a sus plantas, y al poco tiempo se irá levantando como la aurora que surge por la mañana y va creciendo hasta el mediodía. De la misma forma, hijas mías, llegará hasta alcanzar al sol de justicia, que es la luz del mundo, para abismarse en él, lo mismo que la aurora se pierde en el sol.
Por todas estas razones, que vosotras mismas habéis dicho y que Dios os ha sugerido, mis queridas hermanas, quizás lleguéis a convenceros plenamente de la importancia de estas charlas.
Pasemos al segundo punto. Tenéis toda la razón cuando decís que, para aprovecharse de ellas, hay que estimarlas mucho. Lo que hemos dicho en el primer punto nos ha podido dar a comprender la estima en que hemos de tener esta acción.
¿Y luego, qué hay que hacer? También se ha dicho, por la gracia de Dios; habéis encontrado las razones y los medios convenientes, para utilizar bien estas instrucciones. Se ha dicho que había que rezar a Dios al principio. ¡Qué medio tan excelente, hermanas mías! No podéis imaginaros cuán eficaz es, ofrecer a Dios cuanto se diga, ofrecerse a Dios a sí mismo para escucharle y para aprovecharse, ofrecer a todas las que están presentes y pedir la ayuda del Espíritu Santo, de nuestros ángeles de la guarda y de los que están aquí, para que lo que se diga quede impreso en los corazones por la gracia del Espíritu Santo y seamos fieles con ayuda de nuestros ángeles de la guarda; hacer un profundo acto de humildad delante de Dios, reconocerse indigna de participar de este beneficio por el abuso que hemos hecho de las gracias de Dios, y tomar la resolución de usarlas mejor.
El segundo medio consiste en escuchar bien, con fidelidad y atención, las sagradas palabras de Dios que brotan de la boca de aquellos en quienes él las ha puesto, y mientras se escucha, elevar mucha veces el espíritu a Dios y pedirle la gracia de aprovecharse. Dios mío, entiendo todo lo que se dice; pero, si no das tu gracia a mi corazón, esa divina semilla no germinará en él.
Además, mis queridas hermanas, hay que procurar quedar edificadas de todo, porque hay que guardarse mucho de juzgar y de decir: «Esta o aquélla dice muchas cosas, pero no las hace», o bien: «Esta ha hablado mejor que aquella», «Esa no ha hablado bien».
¡Dios mío! Queridas hermanas, huyamos de todo esto como de un veneno que la serpiente infernal quiere echar en la Compañía; guardémonos de todo esto como de la muerte y del infierno. Hay que escucharlo todo con humildad y sencillez, tomar para sí las instrucciones que se dan, y no hacer como los que van a la predicación sin devoción alguna. Van a ver si el predicador habla bien. Si reprende los vicios, en vez de corregirse, dicen: «¡Qué bien habla!», «¡Qué bien va eso a uno que yo me sé!»; y nunca se ven aludidos. De esta forma podrán ir a mil sermones sin enmendarse nunca. Y al final, si Dios no realiza un milagro, morirán miserablemente en sus pecados.
El tercer medio consiste en esforzarse por retener lo que se ha escuchado. De la santísima Virgen se dice que recogía en su corazón las palabras de su Hijo; se llenaba de ellas y las meditaba luego, de forma que no perdía nada de todo cuanto decía (11).
Pues bien, mis queridas hijas, si la santísima Virgen, que tenía tanto trato y comunicación con Dios, y se le descubrían los sagrados misterios sin que perdiese nunca la presencia de Dios, si con todas sus luces naturales y sobrenaturales, de las que estaba soberanamente dotada por encima de todas las criaturas, no dejaba de recoger con esmero las sagradas palabras de su Hijo, ¿qué no hemos de hacer nosotros por intentar conservar en nuestros corazones la unción de estas santas palabras? El bálsamo, que es un licor sumamente suave y oloroso, conserva siempre su olor, con tal que se le conserve en un frasco bien cerrado; pero si no se le cierra bien, el olor se pierde y no encontraréis nada en él.
El cuarto medio para aprovecharse de las conferencias, como se ha dicho, es hablar luego sobre ellas; y este medio es muy provechoso, porque, al tratar de ellas unas con otras, iréis insinuando poco a poco en vuestros corazones lo que digáis, os inflamaréis en su práctica, y las que hablen con vosotras se sentirán edificadas, se formarán también ellas y formarán a las demás, y de esta manera os aprovecharéis vosotras y haréis que se aprovechen vuestras hermanas. En las ocasiones que se presenten, acordaos de lo que habéis oído. «¡Dios mío! ¿Se acuerda usted, hermana, de que en aquella conferencia se dijo tal y tal cosa?». Cuando os visitéis una a otras, recordaos mutuamente lo que habéis oído.
Mis queridas hermanas, ¡cuánto fruto obtendréis! Es algo que no puede imaginarse; es menester experimentarlo. Cuando vamos a las misiones por el campo, nos encontramos a veces con algunos padres que no saben nada de nada, a otros que saben más; y cuando les preguntemos a éstos: «¿Por qué tiene usted más instrucción que los demás?», nos responden: «Es que mi hijo va a la escuela; allí aprende el catecismo, y al volver nos lo repite; y de esta forma también nosotros sabemos algo».
Fijaos, hermanas mías, los padres aprenden de sus hijos. Se sienten gozosos de que sus hijos les enseñen. ¿Y por qué nosotros no vamos a sentirnos contentos de aprender lo que no sabemos?
A todos estos medios, mis queridas hermanas, yo añadiría uno, que consiste en ejecutar fielmente lo que se ha oído, y esto sin retraso alguno, porque, si se deja para otro día, se olvida, se va enfriando luego, y acaba por perderse todo. Apenas hemos formado una resolución fuerte y vigorosa de utilizar bien las instrucciones que hemos oído, demostremos en nuestras obras el provecho alcanzado, y así nos atraeremos las bendiciones del cielo para un nuevo progreso.
Nuestro Señor dice a este propósito: «Habenti dabitur»; Dios le dará más al que utiliza bien lo que se le ha dado (12), Mis queridas hermanas, no hay nada que atraiga tanto las gracias de Dios para hacer el bien como ser fieles a ellas y poner en práctica lo que se conoce; por el contrario, no hay nada que perjudique tanto al alma como la infidelidad. Hermanas mías, ¿sabéis cómo actúa Dios con un alma que desprecia sus gracias? Se las retira, y entonces cae en el endurecimiento, luego en el hastío y finalmente en la imposibilidad para hacer nada, de forma que no solamente pierde la gracia que se le ofreció, lo cual es ya mucho, sino también las virtudes que tenía, y se queda desnuda de todo ornato, sin saber por dónde decidirse ni de qué lado volverse. ¡Quiera la bondad de Dios preservar a esta Compañía de este miserable estado y hacerla fiel en la práctica del bien! Mis queridas hermanas, os exhorto con todo mi corazón, por las entrañas sagradas del Hijo de Dios, que se deleita en vosotras, que no ha venido al mundo ni ha trabajado, rezado, sudado, pasado en vela las noches y muerto en la cruz, más que para darnos ejemplo de lo que tenemos que hacer, os exhorto, repito, hermanas mías, por este amor inconcebible que os tiene, a que trabajéis sin fatiga por poner en práctica lo que hayáis oído. Y creed que éste es uno de los medios más eficaces que podáis encontrar para sacar fruto del bien que Dios os presenta. Creedme, hermanas mías, nuestra felicidad depende absolutamente de nuestra fidelidad, porque, al aprovecharnos de lo que ya hemos hecho, atraeremos la bendición sobre lo que hacemos; y, al no perder ninguna ocasión, iremos creciendo de virtud en virtud, como esa bella aurora que va creciendo cada vez más desde la mañana hasta el mediodía.
Suplico a nuestro Señor Jesucristo, que utilizó las conferencias para la fundación, el progreso y la perfección de su iglesia, que las gracias de que os colme sirvan para el aumento y la perfección de la virtud que quiere poner en vosotras, y que la fidelidad que cada una de vosotras ponga en estas gracias atraiga cada vez más otras nuevas, para trabajar incesantemente en provecho del prójimo de la forma que él pide de vosotras para su mayor gloria.
Benedictio Dei Patris







