Vicente de Paúl, Conferencia 035: Sobre el buen uso de los avisos

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(15.03.48)

Esta conferencia, hermanas mías, es una continuación de la última que se tuvo sobre el tema de los avisos, esto es, sobre las razones que tenemos para aceptar con agrado que sean conocidas nuestras faltas, especialmente por la superiora y las oficiales, y que seamos avisadas por ellas.

Se ha visto que esta materia era tan importante para el bien de la Compañía en general y para el progreso de cada una en particular, que se ha creído conveniente tener una segunda conferencia, en la que cada una o la mayor parte refiera el uso de lo que se dijo en la última en las ocasiones que se le hayan presentado; si, a pesar de la resolución tomada delante de Dios y de las promesas hechas de mutuo consentimiento, alguna se ha atrevido a decir palabras de indignación o de desdén contra las hermanas sospechosas de haber referido las faltas; y si, en vez de aprovecharse de los avisos, alguna se ha puesto a averiguar de qué parte venían, y si alguna ha murmurado.

Díganos, hermana, por favor, ¿por qué una Hija de la Caridad tiene que alegrarse de que su superiora sea advertida de sus faltas y la pueda corregir?

La hermana respondió que se trataba de un medio para impedirnos volver a caer en ellas pero que a pesar de eso ella había sido tan débil que, habiendo sido avisada de algo, no pudo aceptar que hubiese sido falta; se había empeñado en defenderse, había faltado en eso a la sumisión y luego había caído en un mal humor que pudo en muchas ocasiones desedificar a la Compañía; pedía perdón por todo ello a Dios, a nuestro veneradísimo padre, a la señorita y a todas nuestras hermanas.

– Entonces, hija mía, ¿reconoce usted que se trataba de faltas?

– Sí, padre, dijo la hermana; eran faltas que provenían de mi malicia y de mi orgullo.

– ¡Oh! ¡bendito sea Dios! Tiene razón hija mía, para creerlo así; y doy gracias a la bondad de Dios, que se lo ha dado a conocer y que, al ver que se trata de una infidelidad contra Dios, por haber faltado no aceptando con agrado, como había prometido, las amonestaciones que se le diesen, y que esto le había hecho caer en el enfado, la desgana, la murmuración y el mal ejemplo, quiera ser avisada de ahora en adelante. Porque, decidme, hijas mías, la que tuviese una mancha visible en el rostro y, sin ser advertida de ello, saliese de esa forma, ¿no tendría razón para quejarse y decir: «Habéis hecho que se burlaran de mí»? Sin embargo, pasa lo mismo en esto. No conocemos nuestras faltas; somos ciegos en este punto. Aquellos a quienes Dios ha encargado de nosotros y otros muchos las advierten muy bien; si no nos lo dijesen, ¿no tendríamos razón para quejarnos de ellos, o para pensar que no nos creen suficientemente buenos para aprovecharnos de sus advertencias? Sí, ciertamente. Si consideráis las ventajas que tiene un alma que ha sido avisada de sus faltas y las desventajas de la que no recibe este favor, diréis: «¡Oh! Yo quiero ser amonestada; es el mayor bien y el mayor favor que se me puede hacer. Todos los demás conocen sus faltas, y yo ¿tendré que ser como la fetidez de la casa? Todos se apartarán de mi a causa de mis imperfecciones, y seré como la fetidez, que lo infectaré todo sin sentirlo yo misma».

Os he dicho esta palabra de fetidez, hermanas mías, porque se trata de una enfermedad que ignoran los que la tienen. Tienen el estómago estropeado, un aliento pestilente, que infecta a todos los demás, pero ellos mismos no lo sienten. Un rey es taba tan fuertemente atacado de esta enfermedad que nadie podía detenerse a su lado. Todos los que se le acercaban sentían una gran repugnancia, pero él no sabía nada. Uno de sus amigos le dijo un día: «Señor, deberíais consultar con algún médico a propósito de vuestra fetidez; quizás él os pudiera dar algún remedio». «¿Pues qué?, dijo él, ¿tengo yo mal aliento?». «Lo tenéis hasta tal punto que nadie puede permanecer a vuestro lado». «¿Y cómo me lo han ocultado tanto tiempo? ¿cómo no me lo han dicho mis amigos? ¿cómo no me lo ha advertido mi mujer?». Se fue a buscar a la emperatriz: «¿Cómo es posible, esposa mía, que no me hayáis dicho nunca que tenía mal aliento?». «Desgraciadamente, señor dijo ella, yo no ponía interés en ello, porque creía que el aliento de todos los demás hombres olía como el vuestro». ¡Gran inocencia la de aquella princesa! Pero fijaos, por favor, cuál es la naturaleza de este mal.

Pues bien, está la fetidez del pecado que infecta a las almas lo mismo que la otra infecta al cuerpo y vosotras podríais estar totalmente llenas de ella sin imaginaros ni siquiera que la teníais, si los que no tienen más interés que la gloria de Dios y vuestra salvación no os lo advirtieran.

Señorita, ¿quiere usted decirnos si ha observado algún progreso en la Compañía desde que nos pusimos de acuerdo en que se nos avisase de nuestras faltas?

– Padre, todavía no hemos entrado bien en esta práctica, quizás porque todavía no he rogado a la hermana que usted me ha designado que me los advierta. Y ella no lo ha hecho por que quizás mi orgullo no lo hubiese soportado tan fácilmente. Le pido muy humildemente perdón, padre mío, y a todas nuestras hermanas, por esta negligencia, y por todas las demás faltas que he cometido. Con espíritu de humildad y de caridad le diré que, desde la última charla, aunque nuestras hermanas hayan dado su consentimiento para ser avisadas de sus faltas, ha sucedido con frecuencia que algunas no lo han recibido bien, han murmurado y han dicho entre ellas: «¿Pero quién se lo habrá dicho?», o alguna cosa semejante, que demuestra su descontento por el hecho de que se conocían sus faltas.

Algunas además se permiten no comulgar los días que se ha ordenado, y esto sin pedir que les dispense. También ha empezado a notarse, padre mío, cierta libertad en no levantarse a la hora debida por las mañanas. Se quedan en la cama hasta las cinco, las cinco y media o las seis, sin pedir permiso ni advertir de sus razones. Hay además otras faltas, de las que ahora no me acuerdo Pido perdón a toda la Compañía de no habérselo advertido cuando me he acordado.

– He aquí principalmente tres cosas, hijas mías, en las que, como observa la señorita, se ha relajado la Compañía; habrá que tener cuidado con ellas, porque son de gran importancia.

La primera es levantarse por la mañana. Quisiera que, para facilitároslo, os propusieseis por la noche ser fieles en responder a la voz de Dios que os llamará a la mañana siguiente. La voz de Dios, hijas mías, es la campana que os llama para ir a adorar a Dios. Pensad que os dice: «Dios os espera; venid todas a adorarle». La Iglesia, cuando empieza los maitines, acostumbra a decir: «Venid a adorar a Dios, venid todos». Parece llamar a todas las naciones, a los príncipes y a los pueblos para venir a adorar a Dios; hijas mías, es éste el pensamiento que habéis de tener al levantaros: «Yo voy a adorar a Dios; él me espera para recibir la oblación de mi corazón».

Sobre la comunión, hijas mías, sabed que es preciso pedir dispensa para no comulgar los días prescritos, y permiso para hacerlo los demás días (1). El día en que entráis en una comunidad, bajo la obediencia de una superiora, ya no podéis disponer de vosotras, como vosotras creéis; ella os conoce mejor que vosotras mismas; a ella le toca prescribiros lo que hay que hacer.

La otra falta es el tema que estamos tratando; ya hemos dicho de él algunas cosas; os diré además, hijas mías, que, aunque sintáis repugnancia de ser amonestadas por vuestras faltas, no tenéis que extrañaros de ellos, porque son muy pocas las personas que, al oír decir sus faltas, no se sienten conmovidas. La naturaleza, orgullosa de sí misma, no puede oír hablar de sus imperfecciones sin irritarse; pero hay que acostumbrarla; y para ello, hijas mías, hay que castigarla cuando uno se da cuenta de que ha caído en alguna falta. Mi hermana me habrá advertido y, en vez de humillarme, intentaré justificarme y mostrarle que está equivocada, o bien, si no puedo hacerlo, me contentaré con decir a las demás: «Me han dicho esto, pero no es nada; es que me han entendido mal, lo han informado mal. ¿Quiénes son las que irán con esos cuentos? Si lo supiese, ya se lo diría bien claro». Hijas mías, cuando uno se da cuenta de que ha llegado hasta ese punto, tiene que castigarse para vencer esa maldita naturaleza, estropeada por el pecado, que nos sugiere todas esas razones. Hay que ir a decir a la superiora, o si se trata de una hermana: «Hermana, le pido perdón; he recibido mal la advertencia que ha hecho usted el favor de hacerme. Sin embargo, procuraré utilizarla debidamente, y le suplico además, que aunque vea sublevarse mi amor propio, no deje de continuar».

Os diré a este propósito que un santo religioso, gran personaje, sentía mucha repugnancia de ser amonestado; sin embargo, una vez pasados los primeros momentos, en los que siempre se encolerizaba, volvía dentro de sí mismo, pedía perdón y suplicaba que continuasen. Estuvo tres o cuatro años luchando de esta manera hasta superarse a sí mismo hasta tal punto que no se le podía hacer ningún favor tan grande como reprenderle.

Entonces sentía tanta alegría como repugnancia había sentido antes, y había llegado hasta ese punto por la violencia que se había hecho sufriendo las amonestaciones y humillándose.

Díganos, hermana, ¿por qué es conveniente que se nos amoneste de nuestras faltas?

– Porque se trata de un medio para corregirse y porque esto nos hace conservar nuestra vocación.

– Muy bien. He aquí dos grandes medios que ha citado nuestra hermana: un medio para corregirse, porque ¿quien no se corregirá después de una amonestación?; y un medio para conservar la vocación: nada puede conservarla mejor que levantarse, por medio de las amonestaciones, de las faltas que podrían hacérnosla perder, si no fuéramos amonestados.

Las Hijas de Santa María tienen una práctica muy hermosa y que yo creo sumamente útil; cuando una de ellas avisa a otra de alguna falta, la que recibe la amonestación se pone de rodillas y dice: «Es verdad, hermana mía; yo he hecho esta falta por malicia, o por orgullo, o por algún otro motivo; en otra ocasión cometí otra falta por tal o tal intención». Ved, hijas mías, en vez de excusarse confiesan sus faltas, indican que son mayores de lo que parecen, y además añaden otra. ¡Oh, si Dios quisiese que esto se introdujese en esta casa y se hiciese con espíritu de humildad, yo desafío a todos los demonios del infierno, aunque fuesen todavía diez veces más numerosos de lo que son, los desafío, repito, a ver si son capaces de destruirla!

Esa hermana que está allí al fondo, ¿cree usted que es conveniente ser avisada de sus faltas?

– Padre, me parece que es el mejor medio que podemos tener para corregirnos. Yo he sido últimamente tan orgullosa que habiéndome amonestado por una falta una de mis hermanas, a la que yo misma se lo había pedido por caridad, demostré que no lo encontraba bien. Le pido humildemente perdón, y a usted, hermana mía, la que me ha hecho este favor.

La otra hermana se puso de rodillas y dijo:

– Hermana, yo soy quien se lo pido. Yo no le hice ese aviso de manera oportuna, porque había gente delante.

– ¡Oh! qué bien está esto! Una se acusa por no haber recibido bien la amonestación, la otra por no haberla dado bien; y de esta forma cada una quiere cargar con la falta. Hace poco preguntaba a uno de nuestros hermanos, que no es de la casa de aquí: «¿Cómo sigue su comunidad, hermano? ¿Viven ustedes bien por aquellas tierras?». «Naturalmente, padre, dijo él no puede ser de otra manera; todos nos esforzamos en humillarnos más que los otros; si hay alguna falta, todos se reconocen culpables y la cargan sobre sí, de forma que no tenemos que preocuparnos de vivir en paz; somos como niños; y es una bendición admirable de Dios».

Aquel buen hermano me consoló mucho con esto, y me hizo ver que su mayor paz y unión provenía de que cada uno veía bien que se le avisase, e incluso se creía culpable de las faltas y, por una santa emulación, cada uno quería humillarse más que los demás.

Es una llave de la vida espiritual, hijas mías, querer ser avisadas, aceptarlo bien y creer que, si nos conociesen nos verían otras faltas. Esto nos humilla, porque, si nos miramos bien, encontraremos que no hay nadie peor que nosotros; y como no ponemos cuidado en mirarnos, debido a las fealdades que advertimos en nosotros, las amonestaciones nos enseñan lo que nos ocultaba el amor propio; y si las aceptamos bien, veremos que esto nos irá llevando poco a poco a una mayor perfección.

Levantaos, hijas mías, dijo a las hermanas que se habían quedado de rodillas; pero existe la santa costumbre de besar la tierra cuando se han dicho las culpas…

¡Oh! ¡qué bueno es todo esto! Mientras las Hijas de la Caridad obren de esta manera, o sea, mientras se avisen entre sí, con espíritu de caridad, mientras se humillen y permanezcan en el conocimiento y en la confesión de sus faltas, todo el infierno no prevalecerá contra ellas y no será capaz de hacerles daño. Pero, si alguna de vosotras tuviese la mala disposición de no querer ser avisada, y en vez de humillarse se enfadase y comunicase su mal humor a las demás, entonces el más pequeño demonio del infierno os derribaría fácilmente. Poned mucho cuidado por favor.

Hermana, ¿quiere decirnos por qué hemos de desear ser amonestadas de nuestras faltas?

– Padre, me parece que esto nos perfecciona cada vez más y que da ocasión a la hermana que avise de hacer un acto de caridad, y a la que es avisada, un acto de humildad y de sumisión.

– Muy bien. Tiene razón, hija mía, al decir que esto nos perfecciona y que la hermana que amonesta hace un acto de caridad y la que recibe la amonestación hace uno de sumisión; porque ¿qué mayor facilidad puede haber para perfeccionarse que conocer las propias imperfecciones? ¿Y qué mayor caridad puede haber que mostrárselas a una persona que no las conoce?

Cuando se ve algún pequeño roto en la ropa o en los hábitos de una hermana, enseguida se le dice: «¡Hermana, tenga cuidado, mire qué roto tiene!» ¡Ver los defectos del alma sin decírselo! ¡Oh! ¡Eso sería faltar a la caridad! Así pues, hijas mías, recordad que sería faltar a la caridad el no avisar a una hermana, si se la viera caer en una falta notable y ella no se diese cuenta. No es que todo el mundo tenga que avisarla ni en todas las ocasiones, sino que hay que aprovechar una oportunidad para que el aviso aproveche.

Hermana, ¿quiere decirnos sus ideas sobre el tema que tratamos?

– Padre, me ha parecido, en la poca oración que he hecho, que sería necesario ser avisadas para que todas procurásemos corregirnos, conociendo por propia experiencia que cometo muchas faltas, de las que no me doy cuenta y no me corrijo, porque nadie me las dice. Yo he cometido muchas, no sólo desde que estoy en la Casa, sino incluso después de la última conferencia, en la práctica de mis reglas, en las que no he puesto mucho cuidado. Por el contrario, muchas veces me he servido de algún pretexto ligero para dispensarme especialmente al levantarme por la mañana. Y esto ha desedificado mucho a la hermana con quien estaba, que podía muy fácilmente advertir que no había motivo legítimo.

También he faltado mucho a propósito de los avisos, porque no he procurado corregirme de las faltas de las que se me ha avisado con tanta mansedumbre, teniendo tanta debilidad, que ni siquiera me he dado cuenta que se trataba de avisos.

También, por orgullo, he replicado a la señorita, cuando me hizo el favor de amonestarme por una falta, sin estar de acuerdo en que fuera falta y queriendo justificarme con demasiada presunción.

Por todo ello, padre, pido humildemente perdón a Dios, a usted, a la señorita, y a todas mis hermanas. Les suplico con todo mi corazón que digan las faltas que encuentren en mí, para que pueda corregirme.

– ¡Bendito sea Dios, hermana mía, por la confesión que su bondad permite que haga de sus faltas! Esa es una gran disposición para corregirse de ellas.

Por lo que se refiere al levantarse por la mañana, ya hemos hablado. Si no se pone remedio, hemos de temer que al final ya no habrá ninguna observancia. Un medio para impedir este desorden es no escuchar las pequeñas indisposiciones que se empeñan en mantenernos en la cama; pues, si hoy os quedáis por este motivo, mañana se os ocurrirá otro, y siempre encontraréis alguno. Exceptúo a las enfermas, con tal que estén verdaderamente enfermas, y que sufran por no poder guardar esta regla. Fuera de eso, no creo que, por algunas pequeñas incomodidades que no son dignas de consideración, haya que exceptuar a nadie. Si os sentís un poco mal, y os quedáis en la cama hoy, y luego también mañana, y seguís indispuestas no es que necesitéis descanso, sino que creo que haríais mejor para vuestra salud siguiendo la marcha de la comunidad. Teníamos en nuestra casa un sacerdote que era demasiado considerado consigo mismo. Tenía algunas indisposiciones y creía que el levantarse por la mañana contribuía algo a ellas. Se le dijo: «Bien, padre, vamos a ver; quédese un mes sin levantarse, y veremos en ese tiempo cómo sigue». Estuvo, pues, un mes entero permitiéndose el lujo de dormir; y al final vino a verme: «Padre, me dijo, confieso que es menester que siga la regla. A pesar del tiempo que descanso, estoy cada día peor. Le ruego que me permita levantarme». Se lo concedimos; y ahora está muy bien. La verdad es que el levantarse por la mañana no hace ningún daño; por el contrario, disipa los humores que va acumulando el sueño excesivo; y siempre veréis que una persona que se levanta regularmente por la mañana, está mejor que las que son perezosas y se levantan unas veces temprano y ordinariamente tarde. No hay nada que acumule tanto los malos humores como el dormir excesivo. Eso os proporciona catarros, fluxiones y otras mil incomodidades que el ejercicio disipa.

Además de eso, es el primer acto de fidelidad que hacemos a Dios: levantarnos cuando nos lo indica la campana; ordinariamente de ahí se sigue todo el resto de la jornada. Creedme, no hay que empezar a discutir con la almohada, porque nunca se terminaría.

Bien, hermanas mías, se va haciendo tarde, y va siendo tiempo de que cada una de vosotras, y yo el primero, que soy el más necesitado, robustecidos por la gracia de Dios, que no se nos negará con tal de que seamos fieles, tomemos la resolución de apreciar y de querer con un cariño especialísimo a los que nos hagan el favor de advertirnos de nuestras faltas, juzgando que es esto el testimonio de amor más verdadero.

– Pero, padre, dijo una hermana, si una hermana pidiese a otra que le dijese sus faltas y esta se excusase con que es demasiado joven, ¿haría bien?

– Hija mía, la que se excusase estaría entre dos virtudes: entre la humildad, que le sugiere que es demasiado joven, y entre la caridad que la obliga a advertir a su hermana. Pues bien, como la humildad en este punto sólo se refiere a ella, y la caridad se refiere al prójimo, es más perfecta, y en ese caso es obligatorio, preferir el acto de caridad al de humildad. Más aún, haría ambos actos: se humillaría con el pensamiento de que no le corresponde a ella, la más joven, amonestar a su hermana, y practicaría la caridad aceptándolo, porque esta virtud lo requiere y la regla lo ordena.

Ved, hijas mías, lo que habéis de hacer y lo que la iglesia ha hecho en el fervor de los primeros cristianos. Durante cuatrocientos años observó esta práctica, y no solamente en relación con el pueblo sencillo, sino también con los príncipes, los reyes y los emperadores. El diácono, además de su misión, tenía que escribir las faltas que se advertían; y esto se hacía según la palabra de nuestro Señor, que había dicho que, si el prójimo no se corregía al ser reprendido al principio en particular, y luego en presencia de dos o tres personas, se recurriese a la iglesia (2).

El mismo obispo se encargaba de hacerlo cuando el caso lo requería, como hizo san Ambrosio con el emperador Teodosio. «Habéis hecho morir, le dijo, a mucha gente, y por eso estáis manchado de sangre inocente. No os abriré las puertas de la iglesia hasta que os lavéis por medio de la debida penitencia, y os prohíbo que entréis». «Padre, le dijo el emperador, he pecado, lo confieso. Vos sois mi Natán; me advertís de mi falta y la reconozco, ayudadme a obtener su perdón delante de Dios; haré todo lo que me ordenéis». «Habéis seguido a David pecador, le dijo el santo; seguid a David penitente y os abriré la iglesia». Y lo despidió hasta que hubiese hecho penitencia.

Un rey de Francia y emperador soportó la disciplina en público por una falta de la que era culpable. Y Enrique I, rey de Inglaterra, que hizo morir a santo Tomás, arzobispo de Cantorbery, fue condenado por el papa a la disciplina en público para satisfacer su ofensa. Y lo soportó humildemente, ya que es preciso que los mismos reyes reconozcan que dependen de Dios, que es mayor que ellos. Dios nos conceda a todos la gracia, durante toda nuestra vida, de conocer la importancia de esta práctica y cómo puede contribuir al progreso particular de cada uno de nosotros y el progreso general de toda la compañía. Quiera su bondad bendecir la resolución que hemos tomado una vez más de aceptar con agrado y de desear que todas nuestras faltas sean conocidas por nuestros superiores y, con su bendición, darnos su verdadero espíritu para hacer buen uso de todo esto.

Benedictio Dei Patris…

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