(11.07.xx)
El primer punto de esta conferencia es sobre las razones que tienen las hijas de la Caridad para hacer todas sus acciones con espíritu de caridad y viendo a Dios, esto es, hijas mías, con intención de agradar a Dios; el segundo sobre los medios para realizar así todas las acciones; y el tercero, sobre los males que podrían venir o sobre el daño que se derivaría de no hacer las acciones con esta intención.
Este es, hermanas mías, el tema de la presente charla. Hace tiempo que no tenemos ninguna de tanta importancia, pues la intención es la que da valor a todas nuestras obras, para hacerlas meritorias delante de Dios.
Hermana, ¿quiere decirnos las razones que ha pensado sobre este tema?
La hermana respondió que, si hacemos todas nuestras acciones con el designio de agradar a Dios, él mismo será nuestra recompensa. Querer agradar a Dios quiere decir que no hay que buscar la recompensa, sino obrar puramente por su amor. Sin esta intención, sería imposible perseverar en nuestra vocación.
– ¡Qué hermoso es esto, hijas mías!; no puedo dejarlo pasar sin indicároslo. Si las Hijas de la Caridad estuviesen en esa situación, dándole gloria y servicio a Dios, ¡cuánto agrado y complacencia tendría Dios en ellas!
Y usted, hermana, ¿por qué es conveniente que las Hijas de la Caridad hagan sus acciones con espíritu de caridad?
– Señor, porque esto agrada más a Dios.
– ¿Y qué es lo que hay que hacer, hija mía, para tener intención de agradar más a Dios?
– Desde la mañana hay que pedir a Dios la gracia de no hacer nada que no sea por su amor a través de toda la jornada.
– Y, si esto falla, ¿qué pasa a la persona que está ocupada desde la mañana sin pensar en otra cosa más que en ejecutar sus obras, sin pensar en Dios?
La hermana respondió que si falla este pensamiento, trabajamos en vano, y que lo que hacemos no se nos tiene en cuenta.
Otra hermana dijo que, para obligarnos a hacer bien todas nuestras acciones, sería conveniente representarse la grandeza de Dios; otra, que había que hacerlas con moderada diligencia y sin prisas, ya que esto es lo que nos impide algunas veces elevar nuestro espíritu a Dios.
Otra hermana dijo que otra razón para hacer todas nuestras acciones con espíritu de caridad, es que estamos muy lejos de esta virtud, que es tan necesaria, y sin la cual llevamos indignamente el nombre de Hijas de la Caridad, pues hay que temer que no lo seamos más que en apariencia y no efectivamente.
Otra razón es que, si no obramos con la vista puesta en Dios, obramos para complacer a las criaturas, y por consiguiente recibimos nuestra recompensa en este mundo y no recibiremos la de nuestro Padre que está en los cielos, ya que no trabajamos por él.
La tercera razón es la advertencia que nos hace san Pablo de que, aunque hagamos toda clase de buenas obras, si no tenemos caridad, que quiere decir puro amor de Dios, esto nonos servirá de nada (2).
Un buen medio es mantenerse en una gran presencia de Dios, para excitarnos de este modo a agradar al que nos está viendo continuamente, examinándonos con mayor frecuencia para ver si nuestras intenciones están acaso mezcladas con otros fines distintos del amor a Dios, y procurar arrancarlas, si vemos que son impuras.
Otro medio es convencernos fuertemente de que los pobres son miembros del Hijo de Dios y de que en ellos servimos a la persona de Jesucristo.
Sobre el tercer punto, he pensado que, sin este espíritu, podría llegar a darse una gran desunión en la comunidad, pues si se falta a la caridad falla la unión, y por consiguiente ya no hay comunidad, puesto que lo que la mantiene es la vinculación de los corazones; de ahí se sigue que muchas perderían su vocación, porque si las acciones que se hacen son bajas y vulgares y no se las llena del espíritu de caridad y de la idea de Dios, como habría que hacerlo, fácilmente se dejarían llevar y descorazonar por el espíritu del mundo, que no es nada más que un espíritu de soberbia y de ambición y que no puede saborear las bajezas de Jesucristo.
Mi resolución ha sido la de no ver más que a Dios en todas mis acciones, a fin de hacerlas por su amor, mediante su santa gracia.
Otra hermana dijo, sobre el primer punto, que es justo mirar la soberana majestad de Dios, que el fin principal de nuestras acciones es agradarle, y que no podrían serle agradables, si estuviesen desprovistas del espíritu de caridad.
La segunda razón es que, si no hacemos nuestras acciones con este espíritu y con esta idea, son acciones perdidas para nosotros y no pueden ser meritorias delante de Dios.
La tercera razón es que somos llamadas Hijas de la Caridad; faltaríamos a lo que este nombre significa si tuviésemos otros motivos en nuestras acciones, sin acordarnos de agradar a Dios y de hacerlas con espíritu de caridad.
Para que nuestras acciones estén animadas de este espíritu, es conveniente unirlas a las acciones semejantes de Jesucristo y recurrir a los continuos deseos que él tuvo de complacer a su Padre eterno, para suplir lo que nos falta, y aquel espíritu de caridad con que estaban animadas sus acciones, para dar calor a la tibieza de las nuestras.
Otro medio es elevar nuestro espíritu a Dios cada día y, si es posible, en cada acción principal, para pedirle la gracia de hacerla con espíritu de caridad y para no dar gusto más que a el.
Sobre el tercer punto, he observado tres faltas principales contra esta santa práctica: la primera es que, si no tenemos la idea de agradar a Dios ni el espíritu de caridad, haremos nuestras acciones con indiferencia y sin ningún mérito.
La otra falta sería hacerlas por nuestra sola satisfacción, sin más idea que nuestro propio contentamiento. La tercera y la peor de todas sería hacerlas por complacer a los demás y procurar su estima.
– Bien, mis queridas hermanas; esto va bien, por la misericordia de Dios. Habéis indicado muy buenas razones; y por la forma con que las habéis dicho, parece como si vuestros corazones estuviesen tocados y estuvieseis todas resueltas a entrar en la práctica de no hacer nada en adelante más que con la intención de agradar a Dios. Es lo que san Pablo quiso decir con aquellas palabras: «tanto si bebéis, como si coméis, hacedlo por el amor de Dios» (3). Hermanas mías, si las acciones naturales se hacen meritorias y agradables a Dios en todo, cuando se hacen por su amor, cuánto más las acciones por sí mismas excelentes, como la oración, la práctica de las reglas, la asistencia a los pobres, etcétera. Sin embargo, muchas veces las hacemos sin intención y sin atención. ¡Dios mío!, mis queridas hermanas, ¡cuánto perdemos al no fijarnos en lo que hacemos, y cuánto quitamos a nuestro Señor por no dárselo!
¿Pensáis, hermanas mías en el placer que Dios experimenta viendo a un alma atenta a agradarle, deseosa de ofrecerle todo lo que hace? No puede imaginarse, hermanas mías; y con razón se puede decir que esto da alegría a Dios. Sí, aquí está su alegría, aquí está su placer, aquí están sus delicias. Es como cuando un niño se preocupa de ofrecer a su padre todo lo que se le da; si alguien le da algo, no descansa hasta encontrar a su padre: «Toma, padre mío; mira lo que tengo; me han dado esto; he hecho esto». Y aquel padre se complace indeciblemente al ver la docilidad del niño y esas pequeñas señales de su amor y de su dependencia. Lo mismo pasa, mis queridas hijas, con Dios, y en un grado muy distinto. Cuando un alma, desde la mañana, le dice: «Dios mío, te ofrezco todo lo que me suceda hoy», y cuando, además, en las principales ocasiones que se le presentan de hacer o de padecer algo, echa una ojeada interior hacia su divina Majestad para decirle con un lenguaje mudo: «Dios mío, esto es lo que voy a hacer por tu amor; este servicio me parece molesto y duro de soportar, pero por tu amor nada me es imposible»; entonces, hijas mías, Dios aumenta la gracia a medida que su bondad ve el uso que de ella hace el alma, y, si tuvo hoy fuerzas para superar una dificultad, mañana la tendrá también para pasar por encima de otras muchas más grandes y molestas.
Se han dicho otras muchas cosas, que os han podido dar a comprender la importancia de esta práctica, la gloria que Dios obtiene en ella, el bien que proporciona a las almas que la siguen; y sería demasiado largo repetíroslas. ¿Qué hacer pues? Empezar a practicarlo también nosotros.
Se ha dicho en primer lugar que había que dirigirse a los ángeles de la guarda, y es verdad….







