Vicente de Paúl, Conferencia 029: Relaciones de las hermanas con los de dentro y con los de fuera

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(2.02.47).

pp. 281-287

Conferencia del 2 de febrero, sobre las razones que las hermanas sirvientes tienen de atender a sus deberes tanto con los sacerdotes como con las damas de su parroquia y sus hermanas compañeras; así como también sobre los deberes de las hermanas particulares con sus hermanas sirvientes y entre sí; y lo que tienen que hacer las unas y las otras para cumplir bien todos sus deberes.

Nuestro muy honorable padre, después de haber leído el tema de la conferencia, empezó su charla más o menos como sigue:

– Hijas mías, este tema es de grandísima importancia, mucho más de lo que yo os podría decir. Hoy hacemos lo que hizo san Pablo en su tiempo, cuando, al escribir a los cristianos de la primitiva iglesia, les decía cómo tenía que vivir el marido con su mujer, el padre con su hijo, el amo con sus criados, y los criados y criadas con sus amos y sus amas (2). También esta conferencia, hijas mías, es para enseñaros cómo tenéis que vivir con los sacerdotes, con vuestros confesores, en las parroquias en que estáis y con los que están encargados de visitar a los enfermos que servís, con las damas oficiales de la Caridad, y finalmente cómo tenéis que vivir las unas con las otras, esto es, la hermana sirviente con su compañera y ésta con su hermana sirviente. Y si place a la divina bondad dar la bendición que yo espero sobre lo que se diga, sacaréis de todo un gran provecho.

Creo que sería conveniente añadir también al médico; pero este tema es demasiado amplio y pediría más de una conferencia, lo mismo que cada uno de los demás temas; creo que será mejor, puesto que se está haciendo tarde y venís de lejos, no detenerse hoy nada más que en uno: cómo tenéis que vivir en relación con los sacerdotes que visitan a los enfermos. En la próxima conferencia continuaremos este tema.

Hermana, ¿quiere decirnos sus pensamientos sobre esto?

La hermana dijo que era necesario tratar con los sacerdotes con todo respeto, con las damas con toda sumisión, y con la hermana muy cordialmente, pero sucede a veces que una hermana particular es de un parecer y la hermana sirviente de otro, y que de esta falta de acuerdo resulta a veces alguna pequeña alteración; y suplicó a nuestro veneradísimo padre que hiciese la caridad de decirle lo que había que hacer en semejante ocasión. A ello respondió:

– Sí, hija mía, lo haré con mucho gusto, por usted y por todas las hermanas que están aquí presentes y por las que no están, a las que se lo diréis, para que esto pueda llegar a todas; y empezaré por donde debería terminar, que es cómo las hermanas tienen que portarse la una con la otra.

Así pues, hijas mías, cuando haya entre vosotras estos sentimientos contrarios, toca a la hermana particular ceder ante la hermana sirviente, a no ser que avise a la señorita o al superior. En las comunidades bien ordenadas se practica de esta forma.

Los superiores o superioras tienen sus consejeros, a quienes les proponen los diversos asuntos. Cuando han escuchado su parecer, lo siguen, si les parece bien, porque un superior o una superiora puede a veces no seguir el parecer de sus consejeros. Si creen que es más conveniente obrar de otra manera, pueden decir: «Pensaremos más en esto», y, si lo creen necesario, hacer lo contrario de lo que se les ha aconsejado. Cuando sea la visita, las oficiales podrán decir al visitador que tal día la superiora les pidió consejo sobre tal asunto, que a ellas les pareció conveniente, por tales razones, que se hiciese una cosa, pero que no se hizo; y el visitador se informará y ordenará lo que juzgue a propósito.

Esto os puede también suceder, hijas mías, cuando estéis juntas. Si una hermana particular no cree conveniente lo que propone su hermana sirviente, le está permitido decir sus razones una o dos veces, pero, si la sirviente no le hace caso, tiene que someterse. Si esto sucede en un lugar oportuno y el asunto no urge, me parece bien que la hermana sirviente no pase adelante sin haberlo comunicado a la señorita Le Gras, o, en su lugar, a la sirviente de aquí. Si se trata de un lugar apartado, será conveniente que lo antes posible se lo indique a la señorita: «Nos ha sucedido esta cosa; mi hermana era de tal parecer, y yo de tal otro. Yo he hecho según mi parecer; le ruego que me indique si he obrado bien».

Así es, hijas mías, como hay que portarse. Ahora queda por deciros a éste propósito cómo tienen que vivir juntas la particular y la sirviente.

En primer lugar, creo que para hacer las cosas debidamente tienen que vivir de tal manera que no se sepa nunca cuál es la particular y cuál la sirviente. La sirviente no tiene que empeñarse en aparecer la primera, en estar mejor vestida, en caminar por delante de la otra. Que vayan siempre como se encuentren, y de esta forma unas veces será una, y otras veces la otra, y nunca se darán cuenta los de fuera cuál es la primera.

También es necesario que se tengan mucho respeto mutuo Para ello, que la hermana sirviente se convenza de que su hermana vale más que ella, y que es mucho más capaz de ocupar el lugar suyo. Hijas mías, hasta ahí es preciso llegar: creer siempre que el otro vale mucho más que nosotros. Y no hay ningún hombre de bien que no lo crea así; no hay ningún hombre de bien que no crea que es el peor hombre del mundo y que todos los demás valen más que él. Creedme, hijas mías, si no lo pensamos así estamos en mucho peligro; os lo repito, hijas mías, apenas una hermana se imagina que es más digna de aprecio que la otra, ya no vale nada delante de Dios; y su hermana, por muy imperfecta que sea, vale más que ella. Si alguna cree que tiene otra intención, otra categoría, otro espíritu, es que se está metiendo en ella el espíritu del orgullo, el espíritu del demonio, el espíritu del infierno, porque el orgullo es causa del infierno.

No digáis nunca: «Esta hermana es importuna, tiene mal humor, carece de virtud». Hijas mías, cuando se os ocurra esto, poned los ojos en vosotras; decid inmediatamente: «Dios mío, ella vale mucho más que yo, que no hago nada que valga la pena; no hago más que estropearlo todo; no sé cómo me pueden sufrir». Hasta ahí, hijas mías, hay que llegar: no basta con decirlo, hay que sentirlo de verdad; porque, os lo repito, es imposible que un hombre de bien se mire a sí mismo delante de Dios sin encontrarse el más malo de todo el mundo. De esta forma, hijas mías, la hermana sirviente tiene que pensar siempre que su hermana particular vale más que ella, y que es mucho más capaz de ocupar su lugar. Y para obrar bien, tiene que pedir que se la sustituya en cualquier cargo. Desgraciadamente, sé muy bien, aunque quizás no debería decíroslo, sé muy bien que el superior de una pobre y pequeña Compañía, la menor y más inútil que hay en la iglesia, no deja todos los años de escribir para suplicar que le sustituyan. «Padre mío, dice, en nombre de Dios le ruego que me quite este cargo. ¿Qué cree usted que puedo hacer donde estoy? Lo estropeo todo y no hago nada»

Pues bien, hijas mías, las que están en París pueden pedir que se las sustituya bien a la sirviente de aquí, la señorita Le Gras, bien al superior; y las que están lejos, tienen que escribirle, pero sinceramente y con deseos, reconociendo verdaderamente que lo estropean todo.

Otra cosa que tienen que hacer es no mandar nunca a sus hermanas, sino hablarles siempre con gran mansedumbre, de tal forma que no den la impresión de que se trata de personas que quieren hacerlo todo por sí mismas, como si dijesen: «Haga esto, vaya allá, venga aquí». Hijas mías, estas son palabras del demonio; es lo que hacen los demonios. Guardaos mucho de ellas. ¡Que nunca se oiga que una Hija de la Caridad habla de esta forma! ¡Dios nos guarde! Cuando deseéis alguna cosa de una hermana, decidle: «Hermana, ¿tendría la bondad de hacer esto?», y añadir «por amor de nuestro Señor». De esta forma ella tendrá el mérito de la obediencia, y de la obediencia por amor a nuestro Señor. Os suplico pues, hijas mías, que digáis, cuando queráis algo: «Hermana, le ruego por amor de nuestro Señor». Y que nadie pueda juzgar por vuestra manera de obrar cuál es la hermana sirviente o la hermana particular.

Cuando se trata de hablar, toca hacerlo a la hermana sirviente. No es que la otra no pueda hablar también; pero lo mismo que, cuando paseamos con una persona de condición, tenemos que ir un paso atrás, así también la hermana particular, cuando está con su hermana sirviente, puede hablar algunas veces; pero cuando haya dicho alguna cosa, tiene que dejar la palabra a su hermana. Y esto tiene que hacerse imperceptiblemente, sin que se den cuenta.

Así es, hijas mías, cómo tenéis que portaros la una con la otra. Digamos ahora una palabra sobre los sacerdotes. Hijas mías, ¡qué bien han hablado las que han observado que había que tratarlos con gran respeto! ¡Con tal respeto, que no hay nadie en el mundo al que se le deba otro igual!

Para convenceros de ello, poneos delante de los ojos que son personas que tienen el poder de hacer que el pan se convierta en Cuerpo del Hijo de Dios, que por su ministerio entráis en la gracia de Dios, que de un enemigo de Dios hacen un amigo de Dios, que Dios les da autoridad sobre los pecadores y que tienen el poder de arrancar un alma de entre las manos del diablo para devolvérsela a Dios. Hijas mías, nunca llegaréis a honrarlos bastantes. Por eso no les habléis nunca, sino con una especial modestia, de tal forma que no os atreváis casi a levantar los ojos en su presencia. Respetad su santidad, si la tienen; y si no os es conocida esa santidad, respetad la santidad de su ministerio y el lugar que ocupan en la Iglesia de Dios. Cuando les habléis sobre las necesidades de algún enfermo, que sea breve y sucintamente y jamás en su domicilio; no, hijas mías, jamás, vale más aguardarlos en la iglesia. Si hay alguna necesidad apremiante, repito, que sea apremiante, y no podáis dejarlo para otra ocasión, entonces podréis ir a su casa, pero nunca solas. ¿Qué es lo que iba hacer una hermana sola en casa de un sacerdote? ¿Qué dirían? No, no hay que hacerlo de ninguna manera. Cuando el caso apremie, podréis tomar una hermana con vosotras, decirle el asunto que tenéis entre manos y marchar luego. Si el sacerdote os quisiese detener para hablar de otra cosa, no habría que hacerlo. Sin embargo, por una o dos veces, podríais responder; pero después de eso, si os quisiese entretener más tiempo, decidle: «Padre, excúseme, por favor; tengo que hacer; tengo un poco de prisa»; porque fijaos, hijas mías, aunque sean unos hombres a los que la santidad de su ministerio eleva muy por encima de los demás del mundo, podría sin embargo haber algunos que, si les hablaseis demasiado tiempo y de cosas no necesarias, no dejarían de escucharos, y ellos y vosotras perderíais vuestro tiempo. Por eso hay que tratar siempre con ellos con mucha seriedad y concisión.

A propósito de las damas, tenéis que obedecerles en todo lo que os ordenen, exponerles la situación de los enfermos, aceptar sus órdenes en todo, y seguirlas muy exactamente, sin cambiar nunca nada de lo que os digan y reconociendo que a ellas les toca ordenar y a vosotras obedecer. Pero tengo que daros un aviso muy importante: es que no os situéis en paridad e igualdad con ellas, ni coartéis su autoridad ordenando cosas por vosotras mismas, porque lo estropearíais todo, hijas mías; arruinaríais la Caridad, ellas no os querrían y lo abandonarían todo. Las damas hacen mucho por el mantenimiento de la Caridad; vosotras no dais más que vuestro tiempo, que no serviría de nada sin la generosidad de ellas; ellas son como la cabeza del cuerpo y vosotras no sois nada más que los pies. ¿Qué pasaría si los pies quisiesen mandar y que la cabeza vaya por donde ellos quisieran? Sería ridículo, porque lo propio de la cabeza es mandar, y el papel de los pies es dirigirse a donde les mande la cabeza. Pues bien, hijas mías, si queréis que la Caridad subsista y que los pobres sigan siendo asistidos, tenéis que obrar de esta forma con las damas. Si no, ellas los dejarían. Procurad pues, hijas mías, trabajar con todas vuestras fuerzas en la práctica de los tres puntos que hemos observado, que son: un gran amor, una gran cordialidad y una gran estima entre vosotras, un gran respeto y una perfecta discreción con los sacerdotes, una gran dependencia, sumisión y obediencia a las damas, una perfecta caridad con los pobres y una entera sumisión a todos por el amor de Dios.

Pido con todo mi corazón a nuestro Señor Jesucristo, que quiso venir a la tierra para estar sometido, no sólo a sus padres, sino también a los peores de todos los hombres y a sus enemigos; que no vino a la tierra para hacer su voluntad sino la de su Padre; que no vino para mandar sino, para obedecer; le ruego, repito, que ponga en vuestros corazones el verdadero deseo de la perfecta obediencia, el verdadero espíritu de la obediencia que él mismo tuvo, y que os dé su verdadero espíritu para obrar con todos en todas las cosas según su santa y divina voluntad. Se lo pido al Padre Eterno por el Hijo, al Hijo por su santísima Madre y a toda la Trinidad por nuestras pobres hermanas que están ahora en el cielo.

Benedictio Dei Patris…

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