Vicente de Paúl, Conferencia 027: Sobre la práctica del respeto mutuo y de la mansedumbre

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(19.08.46)

El primer punto ha sido sobre las razones por las que las Hijas de la Caridad tienen que esforzarse en adquirir estas virtudes del respeto y de la mansedumbre.

Sobre ello se ha dicho que:

1.° Esto agrada a Dios y al prójimo.

2.° Es imitar a nuestro Señor Jesucristo, que durante toda su vida estuvo lleno de mansedumbre.

3.° No podríamos ser verdaderas Hijas de la Caridad si no tuviésemos esas dos virtudes, ya que sin respeto no se tiene mansedumbre, y sin mansedumbre no se tiene caridad.

4.° No basta con tener caridad con los extraños, sino que principalmente hemos de tenerla con nuestras hermanas; si les faltamos al respeto y no somos mansas con ellas, es señal de que no las amamos y que por consiguiente, no somos Hijas de la Caridad más que en apariencia, indignas de llevar su nombre y su hábito.

5.° Si no tuviésemos respeto ni mansedumbre, sería de muy mal ejemplo para nuestras hermanas nuevas y podría apartar a todas las jóvenes que tuviesen deseos de ser de nuestra Compañía.

6.° No hay nada que pueda cambiar los corazones más envenenados tanto como la mansedumbre; si queremos obtener algo de una persona, se lo pedimos con respeto y mansedumbre, y de esta manera casi siempre estamos seguros de obtenerlo.

7.º Si tenemos mansedumbre con nuestras hermanas, ellas la tendrán con nosotras, con toda la Compañía y con los pobres, con los cuales tenemos obligación especial de tenerla.

8.° En consideración con la gracia que Dios nos ha concedido de unirnos a todas en un estado que parece el más conforme con la vida laboriosa de Jesucristo y con sus realizaciones, hemos de esforzarnos en adquirir estas virtudes, ya que desde toda la eternidad ha tenido el designio de que sirviésemos a sus pobres con mansedumbre y con cordialidad; él nos ha dado notables ejemplos en muchas circunstancias de su vida, tanto con los enfermos que se le presentaban para obtener su curación, como con los pecadores y los que le perseguían, como con Judas (1) que le traicionó, y con el criado del pontífice que le dio una bofetada (2).

9.° El respeto y la mansedumbre nos los ha recomendado nuestro Señor entre todas las virtudes, cuando dijo: «Aprended de Mi que soy manso y humilde».

10.° El dio esta lección a sus discípulos antes de separarse de ellos: «En esto, les dijo, conocerán que sois mis discípulos, sí os amáis los unos a los otros».

11.° Igualmente, en esto se conocerá que somos verdaderas Hijas de la Caridad, si se ve entre nosotras un respeto y una mansedumbre mutuos, ya que estas virtudes solamente pueden ser producidas por la caridad.

12.° El respeto y la mansedumbre alimentan la paz; donde hay paz, allí está Dios; las obras hechas con espíritu de mansedumbre y de paz le son muy agradables y, por el buen ejemplo que de ellas recibe el prójimo, puede ser glorificado.

En el segundo punto habría que decir en qué consiste este respeto y esta mansedumbre y cuáles son las faltas que se cometen en contra. Sobre eso se ha observado:

Primeramente, el respeto y la mansedumbre consisten en tener deferencia en todas las cosas con nuestras hermanas y demostrarles, al acercarse a ellas, una gran sumisión con un rostro contento y alegre, que testimonie el amor que les tenemos.

2.° El respeto consiste en hacer de buena gana lo que nos manden nuestras hermanas, sin contradecirles, ya que con nada podríamos honrar más a una persona que haciendo lo que desea de nosotras, no por obligación, sino de buen corazón, con amor y cordialidad. La mansedumbre consiste en hacer a nuestras hermanas lo que nos gustaría que ellas nos hiciesen y soportar de ellas lo que nos gustaría que ellas soportasen de nosotras.

3.° Estas virtudes consisten en ser humildes, serviciales y respetuosas unas con otras.

4.° En amarse mucho mutuamente y en considerarse siempre por debajo de las otras, estimando que hemos de tener más respeto con la hermana con quien estamos que ella con nosotras.

5.° En no dejarnos llevar nunca a ninguna acción contraria al honor que hemos de rendirnos mutuamente, considerándonos todas como hijas de un mismo Padre, que nos ama a todas cariñosamente y que nos ha escogido a todas para servirle en las personas de sus pobres, que es un empleo que pide toda clase de mansedumbre, como él mismo nos dio ejemplo en el evangelio por la curación tan caritativa de los diez leprosos que le presentaron (5) según se nos ha propuesto hoy para la meditación.

6.° En mirar a nuestras hermanas como siervas y esposas de Jesucristo; si tenemos respeto y mansedumbre con el esposo, también lo tendremos con sus esposas.

7.° En ser francas, ayudando a nuestras hermanas en lo que creamos que les puede aliviar, saludándolas y mostrándoles respeto con un rostro tan alegre que no se noten nuestros enfados ni resentimientos, y demostrándoles nuestra aceptación por las advertencias que nos den. Y si tenemos nosotras que avisarles de algo, que no sea públicamente, sino en particular.

8.° En no usar nunca palabras molestas, ni desprecios, sino por el contrario, ser muy sinceras, respetuosas, sin reprenderse nunca mutuamente con resquemor, sino con espíritu de caridad; y tener mucha condescendencia con la hermana con quien estamos en todo lo que desee de nosotros.

De las faltas que se comenten a propósito del respeto y la mansedumbre, se han señalado dos. O sea.

1.° Un gran desprecio mutuo; lo cual hace que se replique y se mortifique a las otras con palabras continuas; que nunca quiera ceder una ante la otra, y que se hable con rudeza, sin respeto, ni mansedumbre.

2.° Ver a las hermanas trabajando duramente y no ayudarles, con la excusa de que es cosa suya, y contentarse con trabajar lentamente sin apresurarse para ir a ayudarles.

3.° Ver mal todo lo que hacen nuestras hermanas y, si quieren pedirnos consejo en alguna cosa, rechazarlas con dureza.

4.° Hablarse mutuamente en las conversaciones ordinarias con demasiada libertad y sin respeto.

5.° Si alguna vez hay algún pequeño choque, no excusarse mutuamente; esto puede dar origen a sospechas y murmuraciones y alterar la caridad.

El tercer punto ha sido sobre los medios para remediar estas faltas, y se señalaron ocho:

1.° Ver siempre a Dios en la persona de nuestras hermanas, tener alta estima de ellas y creerse indigna de estar en su Compañía.

2.° Tomar una firme resolución de esforzarse por adquirir estas dos virtudes.

3.° Mortificar las pasiones y hacer que aparezca la mansedumbre, aunque nuestro corazón sienta lo contrario.

4.° En la vidas de los santos se advierte que han sobresalido especialmente en estas dos virtudes y las han ejercido incluso con sus perseguidores, y que, cuando observaban alguna falta en alguno, solamente les avisaban con gran modestia y cordialidad; y si no recibían bien sus advertencias, seguían conservando el mismo espíritu de mansedumbre y se humillaban delante de Dios, pensando que eran quizás ellos la causa de que los demás no se aprovechasen de sus avisos.

5.° Tener en gran estima el juicio de los demás y mortificar el nuestro, sometiéndonos siempre al de los otros, y reprender a los demás con mucha mansedumbre, acordándonos de la que nuestro Señor tenía con los pecadores.

6.° Prever, antes de acercarnos a nuestras hermanas, la forma con que hemos de comportarnos; si tenemos alguna pena en el espíritu, no dejar que aparezca; y si ellas la tienen, soportarlas con mansedumbre y compadecerlas, sin quejarse a las demás de lo que ocurre.

7.° Concebir una elevada estima de nuestras hermanas, pensando que son personas en las que Dios no se ha desdeñado de poner los ojos para llevarlas a su santo servicio; la estima engendra respeto; y el respeto hace nacer la mansedumbre.

8.° Poner un continuo cuidado en la adquisición de estas virtudes, a fin de destruir el hábito contrario.

9.° Prever las ocasiones en las que podamos mostrar a nuestras hermanas alguna clase de respeto, o manifestar algún acto de mansedumbre, y no descuidarse nunca.

10.° Sobre todo, esforzarse en adquirir la mansedumbre en nuestro corazón, ya que por fuera aparecemos siempre como seamos por dentro; y para esto, no conservar ningún resentimiento de lo que pase entre nosotras; sino que, apenas nos demos cuenta de ello, vayamos a ofrecer satisfacción; de esta forma, aplacaremos el corazón de nuestra hermana y el nuestro.

Todo lo anterior fue dicho por varias de nuestras hermanas a las que nuestro veneradísimo padre se tomó la molestia de preguntar sobre el tema de la conferencia. A continuación, él empezó más o menos de esta manera:

– Doy gracias a Dios, mis queridas hijas, por las luces y conocimientos que su bondad os ha dado sobre el tema de la presente conferencia, más clara y más amplia, por su misericordia, que los demás temas tratados desde hace tiempo.

Le doy gracias de todo corazón y le suplico, al él que es la mansedumbre, el amor y la caridad, que quiera, por su divina misericordia, insinuar en vuestros corazones las verdades que ha mostrado a vuestros espíritus. ¡Quiera su bondad infinita derramar en ellos este espíritu de respeto y de mansedumbre que, por su misericordia, os ha dado a conocer como tan necesario! Yo creo, mis queridas hermanas, que todas vosotras tenéis muchos deseos de ello. Me parece que todo esto os toca el corazón; sí, sin duda, os toca el corazón; vosotras podríais hablar de esto con mayor conocimiento.

Pero sobre todo toca mucho al corazón de Dios, que os lo pide a vosotras y que solamente os lo ha concedido para que los uséis bien. Los teólogos, queridas hijas, no podrían hablar mejor que vosotras de la mansedumbre y del respeto, por la misericordia de Dios; aunque no hayáis hablado con tan suficiencia sobre este tema, lo habéis hecho con tanto amor y de tal forma que estoy seguro de que todo esto viene de Dios.

Se ha dicho en primer lugar que Dios se complace mucho en este respeto y mansedumbre. ¿No es cierto, hijas mías? No hay nada que le sea tan agradable como este respeto y mansedumbre, que son las virtudes del Hijo de Dios. Como habéis dicho vosotras mismas, se trata de una instrucción que él mismo nos ha dejado. «Aprended de mi, dijo, que soy manso y humilde de corazón» (6); esto es, hijas mías, aprended de mi, que soy respetuoso y manso, ya que por humildad se entiende el respeto, puesto que el respeto procede de la humildad. ¿Y ha habido jamás un hombre más manso y respetuoso que Jesucristo? No, él era manso y humilde con todos.

No dijo: «Aprended de mi a hacer mundos, ni ángeles», porque no podríamos hacerlo, y esto solamente conviene a la omnipotencia de Dios; sino: «Aprended de mi, que soy manso y humilde»; y al decirnos que lo aprendiésemos de él, queridas hijas, quiso decirnos que aprendiésemos a serlo. Es el sello que llevan todos los que le pertenecen, y vosotras acabáis de ofrecer la prueba. «Si estáis reñidos, les dijo, no se conocerá en eso que sois míos, sino que se conocerá que sois mis discípulos en que os amáis los unos a los otros» (7). Estad seguras, queridas hijas, de que esto agrada a Dios y grandemente, y que en esto se conocerá que sois verdaderas Hijas de la Caridad; porque ¿qué es la caridad sino amor y mansedumbre? Y si no tenéis este amor y esta mansedumbre, no podéis ser Hijas de la Caridad y, como se ha dicho, solamente llevaréis el nombre y el hábito; lo cual sería una gran desgracia. Quiera Dios, por su infinita misericordia, apartar esta desgracia de vuestra Compañía! Sí, hijas mías, es preciso que sepáis que una Hija de la Caridad, que está enfadada con su hermana, que la contrista, que la molesta y que sigue en esa situación, sin procurar corregirse por la práctica de esas dos virtudes del respeto y de la mansedumbre, esa ya no es Hija de la Caridad; no, no los es; no hay que hablar de ello; es un hecho; solamente tiene el hábito. ¡Oh! sed pues así, hijas mías. Esto agrada a Dios, y le agrada de tal forma que es una de las cosas del mundo que le resulta más agradable.

Se ha dicho en segundo lugar que esto agrada al prójimo; sí, al prójimo. ¿Hay algo que le pueda agradar más? Vemos a dos hermanas que viven juntas como en un paraíso, con mansedumbre, con respeto mutuo. Lo que una quiere, lo quiere también la otra. Lo que a una le parece bueno, a la otra también. ¿Hay algo más impresionante? ¿No es eso empezar el paraíso aquí en la tierra? ¿Y puede querer el prójimo algo que le agrade más?

Por el contrario, ¿hay algo más villano, más brutal, incluso podríamos decir más diabólico que no estar de acuerdo entre sí? Eso es lo que hacen los diablos en el infierno. Se desgarran continuamente del odio y de la rabia que se tienen entre sí; y uno de los mayores tormentos que tienen las almas condenadas es odiarse siempre unas a otras, vivir en un odio irreconciliable, en perpetua discordia, sin tener jamás un solo momento de buena inteligencia. Pues bien, mis queridas hijas, estad seguras de que, mientras practiquéis el respeto y la mansedumbre las unas con las otras, vuestra casa será un paraíso; pero dejará de serlo, para convertirse en un infierno, cuando no estéis de acuerdo ni tengáis respeto ni mansedumbre entre vosotras, y seréis semejantes a los demonios y a las almas condenadas.

¿De qué podría escandalizarse tanto el prójimo como de ver a dos Hijas de la Caridad que viven juntas entre quejas y divisiones? Tenéis que estar seguras de que todo esto pasará también a conocimiento de los vecinos. Oirán hablar de ello y se extrañarán con razón de que unas hermanas, que se han entregado a Dios y que han renunciado a todo, puedan tener rencor entre sí. No habría nada tan odioso. Sé de una ciudad en donde ocurrió esta desgracia; hubo tal escándalo que, si hubiese dependido de ellos expulsar a las Hijas de la Caridad, no las hubieran querido ver jamás; y esto porque, según se dice, se llaman Hijas de la Caridad y no lo eran, ya que no podían soportarse ni vivir en paz una con otra. El no corresponder con las costumbres al nombre que se tiene, al hábito que se lleva, es disminuir la gloria de Dios, mis queridas hijas. ¡Es cometer una gran injuria contra Dios! Ved pues, mis queridas hijas, la obligación que tenéis de esforzaros, durante toda vuestra vida, en la adquisición y en la práctica de estas dos virtudes, para ser verdaderas Hijas de la Caridad, para agradar a Dios y para edificar a vuestro prójimo.

Un medio es que os entreguéis generosamente a Dios por la práctica del respeto y de la mansedumbre las unas con las otras, empezando desde ahora por una firme resolución de amarlas y de ejercitaros en ellas durante toda vuestra vida. Hay que pedírselo mucho a Dios; y para ello mis queridas hijas, recemos todos juntos y decid conmigo: «Dios mío, con todo corazón, por agradarte, deseo ser respetuosa y mansa con mis hermanas; y me entrego a ti de nuevo para trabajar en ello y para ejercitarme de una manera muy distinta de como lo he hecho hasta ahora. Pero como soy débil y no puedo hacer nada de lo que me propongo sin tu especial asistencia, te suplico, Dios mío, por tu querido hijo Jesús, que no es más que mansedumbre y amor, que me lo quieras conceder, con la gracia de no hacer nada en contra».

Eso, mis queridas hijas, en lo que se refiere al primer medio. El segundo es que hay que sacar de nuestro corazón el respeto y la estima que hemos de tener con nuestras hermanas ya que es su fuente, puesto que la fuente del respeto es la estima, y la estima se forma en el corazón, y del respeto nace la mansedumbre, como muy bien habéis indicado. ¡Que Dios bendiga a la que lo ha dicho! Mis queridas hermanas, ¿por qué no íbamos a tener una gran estima de nuestras hermanas, si son las esposas de Jesucristo que las ha buscado con tanto amor?

¡Pero si es una pobre mujer! ¡No! ¡No! Es un alma que ha sido honrada por la llamada de un Dios; ella ha consentido y él la ha tomado por esposa. ¿Qué dignidad mayor podría tener? Es una mujer, es una señorita, que ha dejado su tocado para tomar este hábito despreciable y entregarse a Dios en un estado de humillaciones, de trabajos viles, y penas, porque Dios se lo ha pedido; ¡no hay nada tan digno de estima! Una joven vendrá desde Flandes, desde Holanda, desde ciento ochenta leguas, para consagrarse a Dios en el servicio de las personas más abandonadas de la tierra. ¿No es esto ir al martirio? Sí, sin duda. Un santo padre dice que todo el que se entrega a Dios para servir al prójimo, y sufre de buena gana todas las dificultades que allí encuentre, es mártir. ¿Han sufrido los mártires más que ellas? Ni mucho menos; porque cortarle la cabeza a uno es un mal que pasa pronto. Si ellos padecieron grandes tormentos, no fueron de gran duración; terminaron enseguida con la muerte. Pero esas mujeres que se entregan a Dios en vuestra Compañía, lo hacen para estar unas veces entre enfermos llenos de infecciones y de llagas y con frecuencia de humores molestos, otras veces con unos pobres niños a los que hay que hacerles todo, o entre unos pobres galeotes cargados de cadenas y de pesares; y vienen a someterse a otras personas que no conocen, para estar en esta clase de ocupaciones bajo la obediencia. ¿Y no estimarías a estas mujeres dignas de respeto? ¡Ah! Lo son muy por encima de lo que yo podía decir y no veo nada semejante. Si viésemos en la tierra el lugar por donde ha pasado un mártir, nos acercaríamos a él con respeto y lo besaríamos con gran reverencia. ¿Y podremos despreciar a nuestras hermanas, que son personas a las que Dios conserva y hace vivir en el martirio? Mis queridas hijas, tengámoslas en gran estima, guardémosles esa estima pase lo que pase, y mirémoslas como mártires de Jesucristo, ya que sirven al prójimo por su amor.

¡Pero si es una hermana imprudente y de muy mal genio! Hijas mías, ¿quién no tiene defectos? Nadie en el mundo; no, nadie. San Pablo era un gran santo; pero ¿no era de los más prontos y coléricos que se pueden encontrar? No era más que fuego. ¿Y hubo algún hombre tan obstinado como san Pedro? Miradlos a todos, y veréis cómo todos tienen alguna tara. Pero miraos luego a vosotras, y veréis otras muchas faltas; porque sabed, hijas mías, que cuando nos comparamos con nuestro prójimo, vemos nuestras faltas de manera distinta que las suyas, y nos encontramos con que toda la equivocación está de nuestra parte.

¡Pero si esta hermana es tan triste! También san Pedro lloraba continuamente. Si veis triste a vuestra hermana, edificaos pensando que pide misericordia a Dios, y confundíos con no tener tanto dolor de vuestros pecados y ser tan insensibles a las ofensas que se cometen contra Dios.

¡Pero es de tan mal humor que jamás podemos tener ningún gozo ni consuelo con ella! También santa Catalina tomó a su lado a una mujer que nunca se lo dio y ella le servía con cariño, pensando que de esto dependía su salvación.

No, hijas mías, no hay nada que deba destruir la estima que tenemos de nuestras hermanas. Hay que interpretarlo todo de la mejor manera. Como dice el obispo de Ginebra, si un asunto tiene cien caras, hay que mirarlo siempre por la más hermosa. Por eso, mis queridas hijas, si os dicen algo en contra de vuestras hermanas, negaos a creerlo. Hay actos de los que hay que avisar a los superiores; pero esto no tiene que cambiar en nada la estima que habéis de tener de vuestras hermanas, porque el juzgar mal a alguien no es una falta pequeña. Juzgar a vuestra hermana va contra la caridad. Mis queridas hijas, es un gran mal, e incluso a veces podría ser pecado mortal, si la cosa fuera de importancia. Por ejemplo, yo sospecho de una persona algo que es pecado mortal, y se lo digo a otra; cometo un pecado mortal. Mis queridas hijas, no caigáis en este defecto, porque arruina la estima en la que tenéis que basar el respeto y la mansedumbre que habéis de tener las unas con las otras.

Se ha dicho muy bien que hay que mortificar nuestras pasiones y hacer aparecer la mansedumbre, aunque nuestro corazón sienta lo contrario; pero, dígame, hija mía, ¿no cree que esto es hipocresía? Porque es aparentar una cosa distinta de lo que se siente en el corazón.

A eso la hermana respondió que no. Y nuestro muy honorable padre prosiguió:

– ¡Oh! no, hija mía; no es hipocresía, ni mucho menos por el contrario, es una virtud y una prudencia no manifestar a las hermanas el resentimiento que tiene nuestro corazón por lo que nos han dicho o lo que nos han hecho, sino mostrarles un rostro alegre y hacer toda clase de actos de mansedumbre.

¡Pero mi corazón gruñe! Hijas mías, no importa; esto os hará ver que no lo admitís. No dejéis, aunque vuestro pobre corazón esté triste y lleno de amargura por el disgusto de lo que os ha dicho o hecho vuestra hermana, no dejéis, os lo pido, de ser respetuosa, cordial, humilde y mansa con ella, y vuestro corazón se sentirá muy consolado.

Me parece que se ha dicho también que era conveniente condescender siempre con el juicio de la otra hermana. ¡Dios mío!, mis queridas hermanas, ¡cuánta razón tiene la que lo ha dicho! Porque no hay nada tan fácil y tan dulce; y un gran doctor aconseja que, en todo lo que no es pecado, hay que condescender, si es posible, con lo que nuestro prójimo desea de nosotros. Una hermana dirá:»Vamos a aquel sitio»; es muy fácil decir: «Vamos, hermana, también lo quiero yo». «Hermana, hagamos esto de esta manera» «Hermana, hagamos esto, me parece muy bien». Y aunque algunas veces os pueda parecer que sería mejor hacerlo de otra forma, condescended sin embargo, con tal que no se ofenda a nadie; y creedme, mis queridas hijas, vuestro corazón sentirá más dulzura y consuelo condescendiendo que siguiendo vuestros sentimientos. ¡Cómo descansaréis haciéndolo así!

Haced mucho caso, mis queridas hijas, del juicio de las demás y ateneos a él siempre que podáis; porque, al creer en lo posible que nuestra hermana juzga las cosas mejor que vosotras, daréis un gran testimonio de respeto y haréis una práctica de humildad. ¡Cuánto agrada esto a Dios y cómo se conseguirá de esta forma que las cosas sean para su mayor gloria!

También me parece, mis queridas hijas, que este respeto se ha de mostrar externamente por alguna acción, como saludarse entre sí, hacerse mutuamente una reverencia; en las congregaciones más ordenadas que hay en la iglesia de Dios, las religiosas tienen como regla, cuando se encuentran por los claustros, hacerse mutuamente una inclinación; y si faltan a ello, cuando se las visita, se acusan y piden penitencia.

¿Por qué, hijas mías, no lo ibais a hacer vosotras? Si Dios ha querido que tuvieseis el honor de constituir un cuerpo en su iglesia, ¿no hay que respetar a todas las que lo componen? Os encontráis con una esposa de Jesucristo. Lo menos que podéis hacer es saludarla. Esto tiene que hacerse especialmente, hijas mías, cuando vais por la calle, y en otras muchas ocasiones también en casa. Por lo que se refiere a esta habitación, no creo que sea necesario; pero al entrar, estaría bien. No obstante, si una hermana entra en esta habitación y otra le sale al encuentro, no veo ninguna dificultad en que se saluden. Pero no es necesario si se cambia de sitio, o se levanta para ir a buscar o traer una cosa, como sucede muchas veces.

Las hermanas de las parroquias que van y vienen juntas a su habitación no tienen que hacerse la reverencia en cada encuentro. Pero si una hermana viene de fuera y se encuentra con su hermana en la habitación, ¿quién impediría que se la haga a Dios que está en el corazón de su hermana, y que su hermana se la devuelva? Yo creo, mis queridas hijas, que es muy conveniente hacerlo así; es una señal de estima, de respeto y de amor.

Cuando una hermana de fuera viene a la casa, hay que saludarla humildemente, con alegría y suavidad, demostrarle que una está contenta y consolada de verla y acogerla de forma que quede contenta.

También hay que cuidar de no hablar demasiado alto, sino con modestia y con gran suavidad. ¡Dios mío! Hay algunas que tienen mucha gracia para esto, y hablan con tanta dulzura y cordialidad, que lo que dicen produce una impresión muy fuerte. Sé muy bien que hay otras que, por tener los órganos de la voz mal dispuestos, tienen naturalmente el tono alto y áspero, sin poder endulzarlo, porque no tienen esa posibilidad; pero al menos, que obren siempre de tal manera que lo que dicen tenga el acento de su corazón.

Se practica también el respeto cuando, al encontrarse en una puerta para pasar, se dice a la hermana: «Hermana, haga el favor de pasar primero». Si se niega a ello, pasad vosotras. ¿Pero hay que hacerlo esto en todas las puertas con que uno se encuentra? Porque hay muchas puertas en la casa, y quizás se encuentren diez veces cada día. Os contestaré, hijas mías, que no es necesario que se haga en todas esas ocasiones; pero creo que será conveniente hacerlo en la mayor parte. Una se encuentra con otra para salir de la casa, para entrar en la iglesia; en todo esto seguid esta práctica. Pero, al hacer esto, hijas mías, hay que guardarse muy bien de caer en otra falta, esto es, convertirse en ceremoniosas; eso iría contra la sencillez; ¡hay que guardarse mucho de esto! Si ofrecéis el paso a una hermana y ella os dice: «Hermana, pase usted», tenéis que hacerlo sin contradecirla, y en esto practicaréis dos virtudes, la obediencia y la sencillez. Cumpliréis con el respeto ofreciéndole el paso, y haréis un acto de obediencia y sencillez pasando cuando ella os lo diga; y sobre todo, mis queridas hijas, no os encontréis nunca por la calle sin saludaros; ya os lo he dicho y os lo repito una vez más.

En una conferencia que tuvimos hace algún tiempo, os hablé de la práctica del respeto y de la mansedumbre, de la que, por la misericordia de Dios, se ha visto un notable fruto; por eso he pensado que sería conveniente tener otra para renovarse en la práctica de las instrucciones que entonces se dieron y tomar nuevas resoluciones. Se trata, mis queridas hijas, de pedirse mutuamente perdón, cuando ha pasado alguna cosa en la que se haya faltado al respeto o alterado la mansedumbre. Cuando haya murmurado vuestro corazón, cuando hayáis dicho alguna palabra agria o malhumorada, pedid perdón; porque es preciso, hijas mías, aplacar el corazón de vuestra hermana y también el vuestro, que sin duda sentirá pena por esta falta. Hoy mismo he hecho yo también, pobre miserable, lo que os aconsejo, mis queridas hijas. Hablé ayer a un sacerdote de nuestra Compañía con sequedad, agria y duramente. Lo que le dije, tenía que habérselo dicho con más mansedumbre. Me di cuenta luego, y como sabía que él tenía que marchar esta mañana, le dejé recado en la portería que no saliese a la ciudad antes de haberle hablado. Vino y le pedí muy humildemente perdón; de esta forma, hijas mías, procuro practicar lo que os aconsejo.

A propósito de esto, una hermana preguntó por la conducta que había que observar con una compañera que se había negado a perdonarle, reprochándole que caía muchas veces en las mismas faltas, e incluso burlándose de ella. Añadió que su ligereza le hacía faltar con frecuencia, pero que, desde el día en que se vio rechazada, ya no se atrevió a pedirle perdón.

Entonces nuestro veneradísimo padre tomó la palabra:

– Hija mía, mucho me complace que me haya puesto esta objeción, y le voy a responder. Pero antes es preciso que os diga que la que ha obrado así, ha hecho muy mal. ¡Dios mío, es una falta grande! ¡Burlarse de su hermana, que  estaba a sus pies para pedirle perdón, y decirle: «Me río de este perdón»! ¡Oh! ¡es una falta muy grande! ¡Que se acuse de ella y se confiese cuanto antes!

Le diré pues, hija mía, (pero no me dirijo a usted, sino que hablo en general) que hay personas que se acusan durante toda su vida y que no se enmiendan jamás; nunca se les ve avanzar un solo paso, nunca se corrigen de nada siempre ligeras, siempre importunas, siempre chismosas; y esto les resulta un poco duro a las demás que están con ellas.

Sin embargo, sería muy malo rechazarlas. Cuando una hermana se pone de rodillas hay que ponerse también y decirle: «Hermana mía, desgraciadamente soy yo, por mi mal humor, la causa de que se haya usted molestado»; o bien: «Es mi orgullo», o alguna otra cosa como esta, según se trate, sin quejarse nunca de la otra hermana. ¡Dios mío! ¡Qué gran falta! Siempre tenemos que atribuirnos el error y creer que el prójimo se ha molestado o ha cometido alguna otra falta, por causa nuestra. Y respecto a las que, por desgracia, no se enmiendan (no lo digo por usted, hija mía, ni hablo de nadie en particular), tienen que seguir pidiendo perdón. Estad, seguras, mis queridas hijas, que si lo hacéis con un verdadero pesar de vuestras faltas, os corregiréis, por la gracia de Dios; y si veis que no os enmendáis, yo os aconsejaría entonces que recurrieseis a la penitencia, esto es, que os impusieseis a vosotras mismas alguna pena un poco dura; pues, a pesar de la repugnancia, uno se acostumbra a pedir perdón, y esto resulta a veces muy fácil; pero, cuando se hace con espíritu de humildad y se añade a ello la penitencia, entonces infaliblemente se obtiene alguna mejora.

Un hombre tenía una costumbre muy mala y peligrosa de jurar en toda ocasión. Dios le inspiró un día de fiesta de la Virgen que fuera a confesarse a una iglesia de nuestra Señora, y quedó tan impresionado que tomó la resolución de no jurar jamás. Se le puso como penitencia dar una moneda a los pobres cada vez que jurase. Al volver a su casa, volvió a jurar de nuevo. Sacó enseguida la moneda de su bolsillo y se la dio a un pobre. Otro juramento, y de nuevo sacó otra moneda; como no había ningún pobre, se la puso en el otro bolsillo para dársela en la primera ocasión. Y así continuaron las cosas. Al final, viendo que volaba su dinero, como quizás no tenía mucho, se corrigió y, por ]a misericordia de Dios, llegó a ser tan hombre de bien que huía como del infierno de los que juraban y no los podía soportar.

Lo mismo vosotras, mis queridas hijas, cuando hayáis contristado a vuestra hermana, o la hayáis desedificado con alguna falta habitual, imponeos alguna penitencia; por ejemplo, privaos cuando podáis hacerlo sin debilitaros excesivamente, de la mitad de vuestra comida, o tomad la disciplina o el cilicio, besad la tierra, privaos de hablar algún tiempo, a no ser cuando os pregunten; veréis entonces, mis queridas hijas, cómo en poco tiempo llegaréis a ser humildes, respetuosas, mansas, tratables y muy suaves. Sé muy bien que a algunas les resultará un poco difícil y que quizás haya otras que son de un humor un poco molesto de soportar; pero también sé muy bien, mis queridas hijas, que no son muchas, por la misericordia de Dios, y que, entre las que tienen estas imperfecciones que combatir, una buena parte se han enmendado a partir de la conferencia que se tuvo sobre este tema. Si, lo que Dios no permita, alguna tuviese el malhadado designio de no corregirse, estaría mucho mejor fuera de la Compañía. Si siguiera en ella, seria con gran deshonra de Dios, a quien había prometido servir, y con escándalo del prójimo al que tiene que edificar. Si lo advirtieseis, mis queridas hijas, habría que llorar sobre esta pobre hermana, gemir, hacer penitencia, pedir perdón a Dios por ella y por todas las que han tenido que sufrir este desastre. Desde ahora, hijas mías, os ruego que lo hagáis, y para ello seguidme y decid con todo vuestro corazón: «Dios mío, te pedimos muy humildemente perdón por nuestras hermanas y por nosotras, que hemos sido tan miserables que nos hemos enojado las unas con las otras y hemos perdido el respeto que se nos había encomendado con tanto afecto, y la mansedumbre que conviene al nombre las Hijas de la Caridad, que por tu voluntad tenemos el honor de llevar. Te suplicamos, por la inmensa mansedumbre de tu queridísimo Hijo, que borres estas faltas y nos concedas la gracia de que en adelante no formemos entre todas nada más que un solo corazón y una sola alma por tu amor y en tu amor».

Esto es, mis queridas hijas, lo que tenía que deciros sobre el tema de la presente conferencia, resumida en cuatro prácticas principales, la primera, pedir a Dios este respeto y esta mansedumbre, entregándoos a él y pidiéndole una inviolable decisión; en segundo lugar, manifestaros por fuera este respeto, saludándoos; en tercer lugar, pediros mutuamente perdón; en cuarto lugar, poneros alguna penitencia.

Quiera la bondad de Dios, mis queridísimas hijas, repartiros en abundancia su espíritu, que es solamente un espíritu de amor, de mansedumbre, de suavidad y de caridad, para que por la práctica de estas virtudes, podáis hacerlo todo de la forma que él desea de vosotras, para su gloria, vuestra salvación y la edificación del prójimo. Y yo, aunque soy el más duro y el menos manso de todos los hombres, confiando en la misericordia de Dios, no dejaré de pronunciar las palabras de la bendición sobre vosotras, y le suplico con todo mi corazón que, según las vaya profiriendo, quiera él llenar los vuestros de sus santas gracias.

Benedictio Dei Patris…

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