(1648?)
En otra ocasión, hablando a la comunidad sobre este mismo tema, les dijo que pidieran a Dios que les diese el deseo de comulgar con frecuencia, pues había motivos para gemir delante de Dios y entristecerse al ver cómo se enfriaba esta devoción entre los cristianos, debido en parte a las nuevas opiniones.
Hablando de esto con el superior de una santa compañía y con otro que era un gran director de almas, al preguntarles s; veían ahora acercarse al confesionario y recibir la comunión a tantas personas como antes, éstos le dijeron que la frecuencia y el número había disminuido mucho; que, sin embargo, la eucaristía era el pan cotidiano que nuestro Señor quiso que se le pidiese y que los primeros cristianos tenían costumbre de comulgar todos los días, pero que ciertos nuevos advenedizos habían apartado de ello a mucha gente, y que no era extraño que se les escuchase, dado que la naturaleza se complacía en ello y que los que seguían sus inclinaciones abrazaban con gusto estas nuevas opiniones, que parecían aliviarles al quitarles la preocupación y el esfuerzo que se requieren para ponerse y mantenerse en las disposiciones necesarias para recibir digna y frecuentemente la sagrada comunión.
Añadió que había conocido a una señora de elevada condición y piedad, que por consejo de sus directores siguió comulgando durante mucho tiempo los domingos y jueves de cada semana, pero habiéndose puesto luego en manos de un confesor que seguía esta nueva doctrina, por no sé qué curiosidad y afectación de mayor perfección, se había apartado de esta santa práctica, comulgando al principio solamente una vez cada ocho días, luego cada quince, luego una vez al mes, etc…, y habiéndolo dejado una vez más de ocho meses, un día se puso a reflexionar en sí misma y se vio en un estado muy deplorable, muy llena de imperfecciones y expuesta a cometer un gran número de faltas, a complacerse en la vanidad, a dejarse dominar por la cólera, por la impaciencia y por las demás pasiones y, finalmente, muy distinta de como había sido antes de apartarse de la sagrada comunión. Quedó entonces muy extrañada e impresionada, y se dijo llorando: «¡Desgraciada de mí! ¡En qué estado me encuentro ahora! ¡De dónde he caído y a dónde me llevarán todos estos desórdenes y arrebatos! ¿A qué se debe este cambio tan desdichado? Se debe sin duda a que dejé mi primera dirección y escuché los consejos de estos nuevos directores, que son muy perniciosos, ya que producen tan malos efectos, como he podido palpar por propia experiencia». «¡Dios mío! ¡que me abres los ojos para reconocerlo, dame la gracia de separarme por completo de ellos!».
Se separó de sus nuevos directores y renunció a sus peligrosas máximas que la habían destrozado y casi echado a perder; siguió otros consejos más saludables y volvió a sus prácticas anteriores, frecuentando como antes los sacramentos con las disposiciones requeridas. Y así encontró el descanso de su conciencia y el remedio para todos sus defectos.







