Sólo por la práctica de la humildad podrá la compañía canservar la obra de los ordenandos y hacer en ella algún bien.
Hace 67 años que Dios me soporta en la tierra; pero, después de haber pensado y repensado muchas veces para encontrar un medio de adquirir y mantener la unión y la caridad con Dios y con el prójimo, no he encontrado ningún otro que la santa humildad; es el primer medio, el segundo, el tercero, el cuarto y el último. No conozco ningún otro: rebajarse por debajo de todo el mundo, estimarse el más malvado y miserable de todos. Porque, fijaos, hermanos míos, el amor propio nos ciega mucho. Vuestro hermano lee bien, pero vosotros oís mal; él lo explica bien, pero vosotros no comprendéis. El león, con toda su fiereza, si ve que una persona se humilla ante él y se pone de rodillas, no le hará ningún daño. Mientras nos mantengamos en el espíritu de humildad, tendremos motivos para esperar que Dios nos seguirá dando la dirección de los ordenandos; pero, si alguna vez se nos ocurre actuar con ellos como de maestro a discípulos, sin respeto ni humildad, adiós ese cargo; se lo darán a otros, y sucederá que en lugar de dirigir a otros ni siquiera podremos dirigirnos a nosotros mismos. Sé muy bien que algunos tienen sus razones para actuar con más autoridad; pero, para la Misión, yo no creo ni veo que sea ese el espíritu con que tiene que obrar, ni que pueda producir así mucho fruto. Si algunos de los ordenandos cometiese alguna falta, hemos de atribuirnos la causa a nosotros mismos.







