Vicente de Paúl, Conferencia 025: Sobre la indiferencia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(01.05.46)

Hermanas mías, no esperaba que hubiese hoy reunión; había pensado dejarla para otro día y creía que así lo había indicado, pero por lo visto no os lo han avisado. Me había preparado solamente para hablarles a tres o cuatro de nuestras hermanas que, por orden de la Providencia, tienen que partir mañana para ir a una fundación en Le Mans, pero, puesto que la divina Providencia os ha hecho venir a todas, digamos alguna cosa, in nomine Domini.

Así pues, trataremos en esta pequeña charla sobre la indiferencia que las Hijas de la Caridad han de tener en sus cargos y en sus residencias, de las cualidades que deben tener las hermanas que son enviadas y de los medios para cumplir bien con su misión.

Empezaremos por el primer punto, que es sobre la indiferencia tan necesaria en vuestra Compañía que, si desaparece, será un señal segura de su ruina. Por eso, es menester que las que quieran ser verdaderas Hijas de la Caridad, sean totalmente indiferentes a todo lo que Dios quiera ordenar de ellas: ser enviadas a un sitio o a otro, empleadas en este oficio o en aquel, mandadas para esto o aquello, en una palabra, indiferentes a todo.

¿No veis, mis queridas hijas, cómo todos los domingos el pueblo hace una manifestación pública de la obediencia que tiene que rendir a su pastor, al seguirle en la procesión? ¿Veis acaso a uno sólo que se dé media vuelta, de los que empezaron a seguirle? Cuando parten de la iglesia no saben a dónde van, ni por qué camino quiere llevarlos su párroco; muchas veces van sin saberIo; y esto se practica de esta forma para que se vea su disposición para ir adonde les quieran llevar, bien sea al destierro, bien sea a la misma muerte; para eso se han erigido las procesiones de los domingos.

Más todavía, no se ha visto nunca que un soldado desde el día que se enroló con un capitán, le haya desobedecido; sí, jamás un soldado vaciló cuando un capitán les dijo: «Venid acá, id allá, avanzad, retroceded, permaneced firmes». Más aún, hablaba últimamente con un gentilhombre, que ha tenido el honor de mandar un regimiento, y le preguntaba: «Pero, señor, ¿siempre lo han obedecido?» «Padre, me dijo él, eso no falla jamás; es algo inaudito que un soldado no haya avanzado, retrocedido, marchado, cuando su capitán se lo ha dicho. Muchas veces vemos que existe un peligro manifiesto, que hay que morir, que los enemigos están emboscados en el lugar mismo adonde se nos envía, que hay que trepar una muralla de donde nos arrojarán inmediatamente; pero a pesar de todo, cuando el capitán lo manda, se marcha adelante, aunque uno esté casi seguro de morir».

Hijas mías, ¿habrá más obediencia en esa gente para ir a buscar la muerte, que en vosotras para ir a buscar la gloria de Dios? No, mis queridas hijas, no puedo creerlo. Y si Dios quisiese castigar a la Compañía, permitiendo que alguna prefiriese un cargo a otro, una parroquia a otra, la compañía de una hermana a la de otra, y se negase a ir adonde se la enviase, ¡oh!, en aquella misma hora, deberíais elevar vuestras manos y vuestros corazones al cielo y decir en vuestro interior: «¿Qué hemos hecho a Dios, que nos castiga con tanto rigor, que hay entre nosotras algunas rebeldes a su voluntad?». En aquella hora, deberíais poneros en oración, hacer penitencia para expiar este crimen que ha cometido una de vosotras; en aquella hora, deberíais gemir, pedir misericordia, tomar la disciplina, los cilicios y los cinturones, si tenéis permiso, y no omitir nada de lo que podría aplacar la ira de Dios, cuya cólera se manifestaría por ese abandono. Las que verdaderamente aman su vocación y no piden más que el cumplimiento de la voluntad de Dios en la Compañía tendrán estos sentimientos, cuando vean llegar esas discordias que arruinan toda perfección.

¿No sería digno de lástima ver entre las Hijas de la Caridad ciertos afectos o aversiones particulares: preferir estar con una hermana y no con otra, querer tratar con una persona y no con su superiora, hacer lo que se debe en este lugar porque gusta, pero no hacerlo en otro porque no gusta? Mis queridas hijas, ¡qué deplorable sería esa situación! Pero espero de la bondad de Dios que ninguna caiga en ella y que no haya nadie que no esté dispuesta a todo lo que Dios quiera hacer de ella.

Pasemos pues a la segunda parte, y digamos cómo tienen que ser las hermanas que son enviadas a una fundación.

Cuando Salomón edificó el templo que destinaba para el servicio de Dios, hizo poner en los fundamentos muchas piedras preciosas, diamantes, rubíes, topacios, jacintos, esmeraldas, ópalos, y por fuera no había más que piedras comunes, miles de las cuales no valían ni siquiera como una de las que estaban en los cimientos. ¿Qué creéis, hijas mías, que quiso significar con esto? Esto quería decir que las Hijas de la Caridad que sean escogidas actualmente y en el futuro para ir a una fundación, tienen que ser piedras preciosas, diamantes por la firmeza de su vocación y las prácticas de sus reglas, rubíes en el amor de Dios y en la caridad para con el prójimo, esmeraldas, topacios, ópalos, adornadas de hermosas virtudes que brillan con hermosos colores, de cualquier parte que se las vuelva y se las mire; finalmente, tienen que ser tales que pueda decirse de ellas como de las piedras básicas del templo de Salomón: «Una vale por mil».

¿Y sabéis, hijas mías, por qué razón las que van a una fundación (pues fundación se llama lo que se erige en un sitio donde antes no había nada; vais a servir a los enfermos en un hospital, en un lugar en donde todavía no estaba vuestra Compañía; eso se llama ir a una fundación), sabéis, repito, cuál es la razón más poderosa? Es que las que van a una fundación son las modelos de todas las que sigan. Por eso, tienen que poseer todas las virtudes que habrán de tener siempre todas las demás juntamente. Todas las buenas obras que tienen que ser hechas para siempre en el lugar en donde van a establecerse, tienen que ser primeramente practicadas por ellas. Me gustaría que hubieseis visto lo que dijo santa Teresa…

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