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Utilidad de las tentaciones y de las disposiciones con que hay que aceptarlas.
El padre Vicente, en una repetición de la oración, dijo que el de la tentación era un estado feliz, y que un día pasado en semejante situación nos proporcionaría más mérito que un mes sin tentaciones. Venid, tentaciones, venid; sed bienvenidas. Pero es que son contra la fe. ¡No importa! No hay que pedirle a Dios que nos libre de ellas, sino que nos haga utilizarlas bien y que impida que caigamos. Son un gran bien. Un apóstol ha dicho: Omne gaudium existimate, fratres, cum in varias tentationes incideritis. Por el contrario, es una señal de reprobación el que todo salga a nuestro gusto. Testigo de ello es aquel hecho de san Ambrosio, tan celebrado por la historia. Este santo llegó un día a casa de un hombre muy rico y le preguntó si había tenido alguna vez algún disgusto; éste le respondió que no y que todo le salía bien, que tenía varios hijos y que éstos le producían mucho gozo. San Ambrosio dijo: «Salgamos de aquí; no hace buen tiempo». Apenas salió, empezó a aparecer una nube por encima de la casa, se formó una tempestad, cayó un rayo en aquella casa y mató al dueño y a sus hijos.
1.° Hay que aceptar verse tanto más tentado cuanto más se avanza en la virtud. 2.° No hay que extrañarse de ser tentado. 3.° Aceptarlo de buena gana. 4.° Dar gracias a Dios por ello.
El primer grado es esperar la tentación, sintiéndonos satisfechos de tener que combatir. Job dice: Quare posuisti me contrarium mihi et factus sum mihimetipsi gravis?. Es que nosotros estamos compuestos de varias partes. Hay que recordar aquí la historia de un capitán, que le pagaba a cada uno su soldada y también le daba el pan de la munición; pero luego los ponía en el batallón donde era mayor la fatiga, en vez de alimentarlos delicadamente y hacer de ellos unos holgazanes que no sirven para nada. También Dios da al principio satisfacciones, pero luego nos va poniendo en los aprietos y tormenta de las tentaciones y pruebas. Una persona que ha oído hablar de las cosas del mar decía que, cuando se ven marchar en orden una gran cantidad de delfines, saltar sobre las aguas, y ver cómo se posan en el mástil una multitud de pajarillos, se siente gozo; pero luego, cuando falta el agua, el pan y los víveres, todo son fatigas y preocupaciones. El agua de la marea, por estar siempre en reposo, está corrompida, cenagosa y maloliente; por el contrario, los arroyos y las fuentes, que corren con agilidad por entre las piedras y las rocas, son aguas mansas y hermosas. ¿A quién no le gustaría más ser arroyo que ciénaga, aunque sea a costas de tropezar con las piedras? Y no hay que extrañarse de que nos aburran las mismas cosas, ya que estamos compuestos de la misma manera.







