(1634 – 1646)
…Procurad excusaros unas con otras: decid «Esta buena hermana me ha dicho esto; seguramente no se daba cuenta; ella ha sido la primera sorprendida»; y no: «Es una mujer de mal humor; no se puede estar con ella; me guardaré mucho de someterme nunca a ella; es una orgullosa». No, mis buenas hermanas, si no sois capaces de recibir un desaire, hay motivos para creer que vuestra acción no es por amor de Dios. Pensad más bien que esa persona, que os parece de genio difícil, quizás algún día esté muy por encima de vosotras en el cielo; que es imagen de Dios; y además, queridas hermanas, honrad la paciencia que el Hijo de Dios ha tenido con las criaturas, que están por debajo de él. ¿No es verdad, hijas mías, que habéis faltado muchas veces a esta paciencia mutuamente, y que con frecuencia, sin esta paciencia, os habéis enfadado?
Todas reconocieron esta falta y lo confesaron.
Pues bien, mis buenas hermanas, ¿me prometéis en el futuro, mediante la gracia de Dios, corregiros?
Todas dijeron que así lo deseaban.
La reconciliación que os habéis propuesto hacer después de haber tenido la desgracia de enfadaros mutuamente, hijas mías, es un gran medio para perfeccionaros. Es una cosa muy necesaria, y nuestro Señor nos la ordena cuando dice: «Que no se ponga el sol sobre vuestra ira» (2) y «Si vas a ofrecer un don al altar y allí te acuerdas que tienes alguna diferencia con tu prójimo vete primero a reconciliarte con tu prójimo antes de ofrecer tu don» (3). Ved, pues, hijas mías, cómo Dios no puede ver con agrado lo que hacéis, si estáis mal con el prójimo. Por eso tan pronto os deis cuenta de que habéis enfadado a una de vuestras hermanas, poneos a sus pies y pedidle perdón diciendo: «Querida hermana, le ruego me perdone; me he dejado llevar por la pasión, y soy tan miserable que la he irritado». Yo así lo hago, mis queridas hermanas, no podría vivir si creyese haber disgustado a alguien sin haberme reconciliado con él.
Una hermana indicó al padre Vicente que la reconciliación se hacía dos o tres veces por semana. El le respondió:
Muy bien, pero sería mejor hacerla nada más haber cometido la falta. ¿No os parece, mis queridas hermanas, que la unión es necesaria entre aquellas que procuran fomentarla entre las personas alejadas, y que las que tienen el honor de llevar el hermoso nombre de Hijas de la Caridad, que quiere decir hijas de Dios, Dios en ellas y ellas en Dios, no tienen que permitir que la discordia, que las separa de su centro, que es Dios reine entre ellas ni un momento?
Se preguntó al padre Vicente qué es lo que había que hacer cuando una hermana no quiere humillarse ante otra hermana, sino que le responde con desprecio o no quiere escucharla. Respondió:
– Hijas mías, si así sucediese, lo que Dios no permita, entonces, hijas mías, que la que ha sido rechazada tenga compasión de su hermana, rece por ella, no tenga reparos y la abrace una vez más; porque fijaos, mis queridas hermanas, apenas la deje, seguramente se arrepentirá de su acto. Su falta es grande, mayor que la falta que se ha cometido contra ella; porque se aleja de Dios y aflige el corazón de su hermana. ¿Ha ocurrido esto, mis queridas hermanas?
Varias hermanas confesaron esta falta y prometieron no volver a caer más, con la gracia de Dios.
Y con los avisos de las faltas, mis queridas hermanas, ¿cómo os portáis? ¿no se hace algunas veces por pasión, por primeros impulsos y con cierta rudeza? Hermanas mías, hay que tener mucho cuidado, ya que nuestra intención, al avisar a nuestro prójimo, es que sea mejor. Avisamos por amor de Dios; no sería así si nos dejásemos llevar por la pasión. La corrección, mis queridas hermanas, no tiene que hacerse por cosas pequeñas, porque entonces habría que estar empezando de nuevo continuamente; y la paciencia que nos debemos mutuamente tiene que impedir el que nos fijemos en estas cosas. Avisad, no en presencia de otra, sino en particular, y decid por ejemplo: «Hermana, le ruego que no tome a mal que le avise por tal cosa. Yo soy todavía más miserable y me porto peor; por eso le suplico que tenga la caridad de avisarme cuando falte». Estos avisos tienen que hacerse de las faltas contra las reglas, cuando estas faltas vayan seguidas de mal ejemplo; y seréis fieles a ellas, ya que cada uno de nosotros está encargado de las almas de los demás (4), de forma que Dios nos pedirá cuenta. Esta práctica es la que ha hecho que la iglesia nombre un padrino y una madrina en el santo bautismo.
Uno de estos días he recibido mucha edificación. Vino un hombre a nuestra casa para pedirnos una misión en una aldea en donde tenía un ahijado, y me dijo: «Padre, se lo pido solamente por la salvación del alma de mi ahijado, esperando que por este medio Dios tocará su corazón y lo cambiará». ¿No es verdad, mis buenas hermanas, que habéis de aspirar a esta práctica tan importante para el progreso de vuestras almas?
Todas reconocieron esta verdad y confesaron que muchas habían reprendido más por impulso y hábito de querer corregir, que por puro amor de Dios, y resolvieron, mediante su gracia, tener cuidado de allí en adelante.
– Os suplico, mis queridísimas hermanas, por amor de Dios, que cuando queráis avisar a alguna compañera de alguna falta, encomendéis a Dios lo que vais a decirle y, si la cosa lo merece, hagáis oración sobre este tema. Y él bendecirá el aviso que deis de esta manera y vuestra hermana sacará provecho.
Otra cosa de gran importancia, mis buenas hermanas, es la manera con que las recién venidas tienen que portarse con las antiguas, y las antiguas con las nuevas. Es menester que las recién llegadas honren la infancia de nuestro Señor y respeten a las antiguas, como llamadas por Dios antes que ellas a su servicio y al servicio del prójimo, tener con ellas mucha deferencia y recibid humildemente sus advertencias. El Hijo de Dios, aunque más sabio en todas las cosas que san José y la Virgen, y aunque se le debía todo honor, no dejaba sin embargo de estar sujeto a ellos y de servir en la casa en los oficios más bajos, y se dice de él que crecía en edad y sabiduría. Hijas mías, este ejemplo tiene que ser un poderoso motivo para haceros mansas, humildes y sumisas, y para no murmurar cuando alguna hermana os avise de algún defecto.







