(22.01.45)
Mis queridísimas hermanas, en la última conferencia trajisteis vuestras notas sobre las reflexiones que hay que tener acerca de la necesidad de las reglas en las Compañías. Hijas mías, se dijeron cosas buenas, que me consolaron mucho. ¡Ha sido el Espíritu Santo el que os las inspiró! ¡Bendito sea Dios!
Nos quedamos, según creo, en la cuestión de saber si era conveniente abandonar la regla en servicio de los pobres. Hijas mías, el servicio de los pobres tiene que preferirse siempre a todo lo demás. Podéis incluso dejar de oír misa los días de fiesta, pero solamente en casos de gran necesidad, como sería un enfermo en peligro de muerte, que tuviese necesidad de los sacramentos o de algunos remedios, o estuviese en peligro notable sin vosotras. Cuando dispenséis de algún ejercicio de vuestras reglas, es preciso que sea con juicio, y no por gusto. Ordenad de tal forma vuestro tiempo que no lo perdáis, tanto en la visita a los enfermos, como para ir a recibir las órdenes de las damas y presentarles las cuentas necesarias, y veréis, hijas mías, cómo de ordinario tendréis tiempo para todo. Cuando no tengáis suficiente, dejad lo que sea menos importante. De esta forma, estad seguras de que sois fieles a vuestras reglas, y más todavía, va que la obediencia es considerada por Dios como un sacrificio. Es Dios, hijas mías, a quien queréis servir. ¿Creéis que Dios es menos razonable que los amos de este mundo? Si el amo dice a su criado: «Haz esto» y, antes de que sea ejecutada su orden, pide otra cosa, no verá mal que el criado deje lo que se mandó en primer lugar; por el contrario, se quedará contento de ello. Lo mismo pasa con nuestro buen Dios. El os ha llamado a una Compañía para el servicio de los pobres; y para hacer que le sea agradable su servicio, os ha dado unas reglas; si, mientras las practicáis, os pide otra cosa, id pues, a lo que os ha mandado, hermanas mías, sin dudar de que se trata de la voluntad de Dios.
Una hermana dijo que faltaba muchas veces a la oración de las cinco y preguntó si con eso no guardaba la regla.
– Hija mía, si la deja por las razones que he dicho, no viola sus reglas; en ese caso, procure acordarse de que sus hermanas están entonces empezando sus ejercicios y ofreciéndolos a Dios; entonces participará en ello. Ofrézcale además lo que vaya a hacer durante ese tiempo, que estará totalmente consagrado a Dios; y por ese medio hijas mías, todas tendréis cierta uniformidad.
Me diréis quizás que sois tan distraídas, incluso cuando rezáis a Dios, que no podéis estar un cuarto de hora sin distracción. No os extrañéis de ello. Los mayores siervos de Dios tienen a veces esas mismas penas. Uno de estos días hablaba con un buen sacerdote, convertido desde hace algunos años, que emplea mucho tiempo en la oración. Me decía que a veces no tenía ningún gusto ni satisfacción, a no ser la de decir: «Dios mío, estoy aquí en tu presencia para cumplir tu santísima voluntad. Me basta con que tú me veas». Haced lo mismo.
Una hermana expuso la dificultad que se seguía de que ni ella ni su compañera supiesen leer. El padre Vicente respondió:
– Es verdad, hermana mía, esto es muy de lamentar. En cierta ocasión hablamos ampliamente de este tema, y propusimos utilizar las estampas de la vida de nuestro Señor. Así se hizo durante algún tiempo; pero por lo visto, aquella práctica no resultó, ya que fue abandonada. Hay otro método muy fácil; tomad como tema de vuestras oraciones la pasión de nuestro Señor. No hay ninguna que no sepa todo lo que allí pasó, bien sea por haberlo oído predicar, o bien por haber meditado en ello. Hijas mías, ¡qué excelente medio para hacer oración es la pasión de nuestro Señor! Es una fuente de Juvencia (2) donde todos los días encontraréis algo nuevo. San Francisco no tuvo nunca otro tema de oración más que la pasión de nuestro Señor, y recomienda a todos sus queridos hijos espirituales que se sirvan continuamente de ella. ¿Y de dónde creéis, hijas mías, que aquel buen san Buenaventura sacó toda su ciencia? Del libro sagrado de la cruz. Haréis bien si os acostumbráis. Os lo aconsejo, y de esta forma, no faltaréis nunca a la oración por no saber leer.
Hijas mías, es conveniente que todas las hermanas sean fieles en esta práctica de la oración, como también en todos los demás actos de nuestras reglas, para ser uniformes, y que, a la misma hora en que las hermanas rezan en la Casa, las de San Pablo, Santiago, San Juan, Angers y las de todos los demás lugares, recen también. De ahí se seguirán muchas gracias y bendiciones sobre vuestra pequeña Compañía. Si una hermana se viese necesariamente impedida al lado de un enfermo o en otro lugar, por caridad o por obediencia, podría sin embargo en espíritu y en deseo unirse a sus hermanas. Mientras lo hagáis así, hijas mías, estaréis seguras de que Dios está contento de vosotras. Esta uniformidad le es tan agradable que la ha inspirado para el bien y la dirección de la iglesia universal. Id por toda la cristiandad y veréis cómo la misa se celebra siempre de la misma manera, con las mismas palabras, y el mismo Padrenuestro. Id a Oriente, a los lugares más apartados, a los antípodas, y oiréis siempre las mismas oraciones; y en esto especialmente es donde se reconoce a los verdaderos cristianos. Si así sucede en la santa iglesia, no es extraño que todas las Compañías hagan lo mismo. Id por todas las casas de los capuchinos y veréis que por todas partes dicen el oficio de la misma manera. Lo mismo se observa en las demás órdenes. Si no los imitáis, habría que temer que los desórdenes deshiciesen bien pronto vuestra Compañía. Tened cuidado, hijas mías; eso sería una gran desgracia para vosotras y para todas las que Dios puede llamar a su servicio, por medio de vuestro ejemplo, si se lo dais. ¡Dios os libre, por su bondad, de causar tan gran pérdida a nuestros queridos amos los pobres! Hermanas mías, en ese caso Dios suscitaría en vuestro lugar otras servidoras mejores. No lo olvidéis; pero ¡cuánto perderíais vosotras para la eternidad! ¡Bendito sea Dios que os hace estar a todas en el deseo de ser fieles a Dios y agradecidas a las gracias que os ha hecho al llamaros a su santo servicio!
-Tuve un gran consuelo al oír decir a una de nuestras hermanas, en la última conferencia, que, cuando se duerme con un buen pensamiento, ese buen pensamiento hace que el corazón se libre de los malos. Es una buena costumbre, hermanas mías, dormirse de esa manera. Hablé estos últimos días con la señora de Liancourt. Me contó que un gentilhombre, el señor de Chaudebonne, había tomado la costumbre, por devoción, de dormirse siempre con las manos juntas. Dios se lo pagó con la gracia de morir rezando. Es muy conveniente, hijas mías, adquirir buenas costumbres. Vuestra práctica ordinaria del gran silencio, desde la oración de la tarde hasta después de las oraciones de la mañana siguiente, la tenéis que tener en gran veneración. No habléis sin necesidad con ninguna hermana, por miedo de interrumpir el diálogo que su alma tiene quizás con Dios. Hijas mías, ese tiempo de silencio está totalmente consagrado a él; lo ha dicho nuestro Señor: «Llevaré a mi Esposa al silencio y allí le hablaré al corazón». Ved, pues, el daño que os haríais unas a otras si interrumpieseis ese sagrado coloquio.
Os he dicho en alguna otra charla que la señora Goussault tenía mucho cuidado en la práctica de guardar el silencio. Si una señora de condición, con tantos quehaceres y sin ninguna obligación, era tan cumplidora, con mucha mayor razón tenéis que ser muy cuidadosas vosotras, hijas mías, de observar bien vuestras prácticas, ya que os habéis entregado a Dios para esto, y el mismo Dios os ha sometido a unas reglas que os obligan a ello.
Vuestra regla os ordena, hijas mías, aprender a leer y a escribir en las horas destinadas para esto. Yo desearía, hermanas mías, que tuvieseis todas este conocimiento, no ya para ser sabias, pues esto muchas veces no hace más que hinchar el corazón y llenarlo del espíritu de orgullo, sino porque eso os ayudaría a servir mejor a Dios. ¿Creéis, hermanas mías, que los que enseñan filosofía o los que la aprenden, son así mejores cristianos? No es eso; es para que podáis escribir vuestros ingresos y vuestros gastos, dar noticias vuestras a los lugares apartados, enseñar a las pobres niñas de la aldeas. Estoy persuadido de que la ciencia no sirve, y que un teólogo, por muy sabio que sea, no encuentra ninguna ayuda en su ciencia para hacer oración. Dios se comunica más ordinariamente a los simples y a los ignorantes de buena voluntad que a los más sabios; tenemos muchos ejemplos de ello. La devoción y las luces y afectos espirituales se les comunican más de ordinario a las mujeres verdaderamente devotas que a los hombres, a no ser que estos sean sencillos y humildes. Entre nosotros, los hermanos dan a veces mejor cuenta de su oración y tienen ideas más bellas que nosotros, los sacerdotes. ¿Por qué, hijas mías? Es que Dios lo ha prometido y se complace en entretenerse con los pequeños. Consolaos, pues, las que no sepáis leer, y pensad que esto no os puede impedir amar a Dios, ni hacer bien la oración. Si alguna tuviese tanta dificultad en hacer oración que fuese completamente incapaz, podría pedir permiso para rezar el rosario. Y según el consejo que se le dé, usará de esta hermosa devoción. Nuestro bienaventurado padre decía que, si no hubiese tenido la obligación de su oficio, no habría dicho más oración que el rosario. Lo recomendó mucho, y él mismo lo rezó durante treinta años sin faltar nunca para alcanzar de Dios la pureza por la que él concedió a su santa Madre, y también para bien morir. Así pues, hijas mías, rezar el rosario es una devoción muy hermosa, particularmente para las Hijas de la Caridad, que tanta necesidad tienen de la asistencia de Dios para tener esta pureza, que les es tan necesaria. ¡Bienaventuradas las almas que se entregan al servicio de Dios por la pureza! Hermanas mías, tenéis motivos para glorificar a Dios por la gracia que hasta ahora ha concedido a vuestra pequeña Compañía en favor de esta virtud. Las que ya han fallecido nos lo han hecho conocer bien. La pureza de su vida nos ha edificado mucho. Hablaremos de la última difunta a su debido tiempo ¡Dios sea debidamente bendito! Por eso, hijas mías, os exhorto a que tengáis siempre mucha devoción a la Virgen.
Otra de vuestras máximas es que no perdáis el tiempo. ¡Qué consejo tan necesario y saludable! Le preguntaban en su tiempo a san Antonio cuál era el método para salvarse, y su respuesta era siempre: «Mantente siempre ocupado». Y él lo demostró con su ejemplo, ya que fuera del tiempo de la oración, trabajaba manualmente. Os lo recomiendo mucho, hermanas mías. Si habéis vuelto de la visita de vuestros enfermos y no tenéis qué hacer, tomad alguna rueca o cualquier otra labor y trabajad; de esta forma, hijas mías, edificaréis a vuestras hermanas jóvenes, que harán lo mismo siguiendo vuestro ejemplo. Y tenéis que esforzaros todo lo que podáis en conseguir la uniformidad en todo; hijas mías, si a alguna le gustase la singularidad, ya no sería una Hija de la Caridad sino una hija del orgullo. Hermanas mías, ¡que Dios os guarde de ello!
Nuestra manera de vivir requiere que hagáis todos los años un pequeño retiro, esto es, unos ejercicios espirituales, y esto, hijas mías, para reconocer vuestras caídas del año pasado y para levantaros con más ánimo. Esos ocho días de silencio son un tiempo de cosecha. ¡Qué felicidad si empleáis bien ese tiempo que Dios os da para hablar de corazón a corazón con vosotras! Entonces es cuando se cumple la promesa que nuestro Señor nos ha hecho de conducir vuestras almas a la soledad. Por eso, hijas mías, no faltéis nunca a ello, por favor.
Allí aprenderéis a ser verdaderas Hijas de la Caridad; aprenderéis también la manera de servir bien a los pobres. Repasaréis en vuestro espíritu las acciones de nuestro Señor en la tierra, veréis que gastó gran parte de su tiempo sirviendo al prójimo y tomaréis la resolución de imitarlo. ¿Qué creéis que hacía nuestro Señor? No se contentaba con dar la salud a los enfermos; les enseñaba además la manera de portarse bien cuando estaban sanos. Imitadle.
Una hermana dijo entonces:
– Pero nosotras, padre, que somos tan ignorantes, ¿tenemos que decir alguna cosa?
– Hijas mías, ¿lo dudáis acaso? No tengáis miedo de preguntar a Dios lo que conviene decirles y él no dejará de inspiraros. ¿Hay algo más hermoso? ¡Cómo impresiona ver que, no contentas con vuestras fatigas, tenéis siempre en la boca palabras que demuestran que vuestro corazón está lleno del amor a Dios y que queréis comunicárselo a sus queridos pobres, nuestros amos! Sí, hijas mías, haced por esto todo lo que podáis, entregaos a Dios para servirle de esta manera y no estéis nunca con un pobre sin darle alguna instrucción.
Además, hijas mías, tenéis que tener un gran respeto con las órdenes que os den los señores médicos para el tratamiento que pongan a vuestros enfermos, y tened cuidado de no faltar a ninguna de sus prescripciones, tanto por lo que se refiere a las horas, como a las dosis de las drogas, ya que a veces se trata de asuntos de vida o muerte. Tened también mucho cuidado de fijaros en la manera con que los médicos tratan a los enfermos en la ciudades, para que, cuando estéis en las aldeas, sigáis su ejemplo, o sea, en qué casos tenéis que sangrar, cuándo tenéis que retirar la sangría, qué cantidad de sangre tenéis que sacar cada vez, cuándo hay que hacer sangría en el pie, cuándo las ventosas, cuándo las medicinas, y todas esas cosas que sirven en la diversidad de enfermos con quienes podáis encontraros. Todo esto es muy necesario, y haréis mucho bien cuando estéis instruidas en todo. Es conveniente que tengáis algunas charlas sobre este tema.
Una hermana dijo que esto se hacía a veces en forma de catecismo.
Tenéis que presentaros al menos todos los meses a la directora para darle cuenta de vuestra conducta. Hijas mías, esta es una santa costumbre en vuestra Compañía. No faltéis a ella. Pero que vuestra comunicación sea sincera y cordial. Hablad no solamente de vuestras faltas sino también del bien que habéis hecho, por la gracia de Dios, y esto para purificaros. Si dejáis de comunicaros con ella, os pondréis en peligro de dar lugar a la tentación; porque fijaos, hijas mías, Dios dice al justo que haga bien el bien que hace. No basta con llevar las medicinas, el alimento e incluso con instruir a los enfermos, si no unís a todo esto la virtud que Dios pide de vosotras, y la intención que él quiere que tengáis en estas buenas obras. La comunicación con vuestra directora os ayudará mucho a las dos, ya que Dios da su bendición a la sumisión y a la humildad que os hacen hablar por amor suyo. Si vais a visitar a un enfermo, que sea en unión con nuestro Señor y para imitarlo. De esta forma, hijas mías, mereceréis más que con las grandes penitencias. La intención lo es todo. Una acción de poco valor se eleva por la intención recta y buena, y se hace grande delante de Dios. Si no podéis hacerlo con cada una de vuestras acciones, renovad al menos vuestras intenciones de vez en cuando.
Tenéis también la costumbre de no salir jamás sin permiso. Cuando estéis fuera, guardaos mucho de ir a otro sitio distinto de donde se os ha permitido ir. Cuando volváis, no dejéis de presentaros a la directora o a su representante, para darle cuenta de lo que habéis hecho fuera.
Hijas mías, mientras sigáis en la obediencia, que es vuestro claustro, estaréis seguras; si salís, temed entonces y creed que estáis en peligro.
Una hermana le preguntó si obraba bien al pedir mana que le reprendiese por sus faltas.
Después de haber pensado en su interior, el padre Vicente le respondió:
– Hijas mías, cuando veáis que a una hermana le parece bien que la reprendáis, hacedle la caridad de corregirla con mansedumbre y cordialidad; pero, si notáis que se disgusta y que lo ve mal, no la reprendáis. La buena voluntad que habéis tenido al servirla en su necesidad, tenedla ahora para no entristecerla. La que no fuese dócil y no creyese conveniente que la advirtiesen de sus faltas, tiene muchos motivos para temer y desconfiar mucho de sí misma.
Por eso, hijas mías, os ruego que os entreguéis a Dios para agradecer las advertencias que se os den, de cualquier parte que vengan; de lo contrario, hay que suponer que hay en vuestro espíritu algún orgullo oculto, alguna aversión y repugnancia de la naturaleza. Hijas mías, ¿por qué habéis de molestaros de que se os reprenda? San Pedro consideró oportuno que lo reprendiese san Pablo (5), aunque sabía muy bien que nuestro Señor lo había hecho jefe de su iglesia. Obrad de la misma manera; cuando una hermana acepte que la amonestéis, hacedlo con caridad. El obispo de Ginebra recomendaba a sus queridas hijas de la Visitación, no sólo que aceptasen las reprensiones, sino también que demostrasen alegría por ser reprendidas. Va incluso más lejos, porque aconseja que, después de agradecer la advertencia, se acuse a la otra de una falta que no ha advertido; por ejemplo, una hermana es reprendida por haber cometido alguna irreverencia en la iglesia; que ella responda: «Hermana, se lo agradezco mucho; Dios ha permitido que conozca usted esta falta, pero si hubiese visto mi interior, hubiera sido peor, por las divagaciones de mi espíritu». Os aseguro, hermanas mías, que si obráis así, avanzaréis mucho.
Hermanas mías, pido a nuestro Señor, autor de todas nuestras reglas, que os conceda la gracia de observar con toda exactitud esas reglas que su bondad ha querido daros para vuestra manera de vivir, para que permaneciendo en esta práctica como en un navío, podáis llegar con seguridad al cielo donde recibiréis el salario de vuestro trabajo. Y para eso ruego a Dios que os dé su santa bendición, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.







