Vicente de Paúl, Conferencia 018: Repetición De La Oración Del 21 De Octubre De 1643

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Hacer penitencia para expiar los pecados e imitar a nuestro Señor. Ejemplos de una hija de la caridad y de la señorita du Fay. La compañía ha de sentirse feliz de no contar en su seno más que con hombres de humilde condición y poca ciencia.

Sobre la meditación del pobre Lázaro y el rico epulón, uno de nuestros hermanos llegó en su oración al tema de la penitencia; esto le dio motivo para hablar, diciendo que el día anterior los sacerdotes de la conferencia habían tocado también la cuestión de la penitencia; y lo que dio lugar para ello fue el pensamiento de cierta persona, que decía que no les correspondía a los sacerdotes hacer penitencia, sino sólo al pueblo; que ellos tenían que dedicarse al estudio y al santo sacrificio y consumirse allí, iluminando al pueblo y procurando alentarlo con la predicación y otras maneras en el amor de Dios. No obstante, en la conferencia se dijeron cosas tan interesantes para probar que los eclesiásticos tienen que entrar en el espíritu y en los actos de la penitencia, que nos dijo el padre Vicente que nunca se había visto tan impresionado, y nos indicó algunas cosas de las que allí se dijeron:

1.° Se alegó la razón de que es una venganza, como la llama san Agustín, que se toma contra los pecados para satisfacer a la justicia de Dios y reparar en cuanto podamos el daño que se le ha hecho. Por consiguiente, se trata de cumplir con la justicia. ¿Qué medio más grande y eficaz para reconciliar a los hombres con Dios que éste? Los sacerdotes también cometen pecados, que son incluso mayores y más enormes delante de Dios que los de los laicos, y quizás son la causa de los castigos con que Dios prueba al pobre pueblo.

2.° Nuestro Señor, que es el modelo perfecto del sacerdote, nos ha dado ejemplo continuo de penitencia, a pesar de ser inocente y la misma inocencia, satisfaciendo sin cesar por los pecados del pueblo. ¡Ay, hermanos! ¡Ay, sacerdotes! ¡Temblemos y llenémonos de vergüenza ante el hecho de que los mismos cánones condenen a los sacerdotes a duras penitencias! ¡No presumamos, padres, no presumamos! ¡Tenemos necesidad de penitencia y no hacemos penitencia! ¡Dios mío! ¿Quién nos dará el espíritu de penitencia? Padres, lo que ha dicho este buen hermano es verdad: uno solo de nuestros pecados merece una gran penitencia. ¿Acaso no es una gran misericordia de Dios recibirnos en su gracia después de habernos rebelado contra él?

Luego habló de una hermana de la caridad, fallecida recientemente, y nos dijo algo de lo que se comentó en la conferencia que se tuvo sobre sus virtudes, entre las que se señaló el espíritu de penitencia que siempre se había apreciado en ella. 1.° Era de las primeras, e incluso la primera, en la oración. 2.° Nunca perdía la ocasión de orar, apenas tenía un momento de tiempo; la vieron rezando a Dios de rodillas sobre una piedra puntiaguda. 3.° Sentía una devoción especial en oír la santa misa, de forma que nunca perdía la ocasión de oír otra, aunque ya hubiera oído una o dos. 4.° Hacía ordinariamente lo más costoso y humilde que hubiera que hacer, como conducir el caballo por las parroquias; y lo hacía con celo muy grande; cuando se veía mojada y empapada de agua, decía: «¿Pues qué? ¿No hay que padecer algo por amor de Dios?». Estas palabras las tenía siempre en los labios en ocasiones semejantes. ¿Lo veis, hermanos? ¿qué santidad es esta? ¡Ved qué tesoros en el barro, en el barro, pues no era más que una pobre viuda, aparentemente ruin de cuerpo y de espíritu! ¡Ved cómo es sabiduría delante de Dios lo que para los hombres no es más que locura y bajeza! Y al contrario, lo que parece esplendor, dignidad y sabiduría a los ojos de los hombres, ante Dios no es más que locura. ¡Locura, locura delante de Dios! Ved a David, un pobre pastor. San Gregorio de Tours era un hombre maltrecho de cuerpo, un enano: cuando su fama llegó hasta el papa y éste lo quiso conocer, al principio experimentó cierto disgusto, pero cuando el santo le dijo estas hermosas palabras: Ipse fecit nos et non ipsi nos, concibió de él mejor opinión y lo acogió con cariño.

Todos conocemos a la buena señorita du Fay, hermana del señor de Vincy: por una desgracia natural, tiene una pierna dos o tres veces más gruesa que la otra, pero está tan unida a Dios que no sé si he visto alguna vez a un alma tan unida a Dios como ella. Solía llamar a su pierna su «bendita pierna», pues era la que le había apartado de las compañías y hasta del matrimonio, en donde podría haberse perdido.

Hermanos míos, miremos estos defectos, tanto del cuerpo como del espíritu, como una misericordia especial de Dios, y sintamos siempre una reverencia especial para con aquellos que tengan tales defectos, mirándolos siempre como si fuesen rasgos de un gran maestro, aunque la obra no esté todavía acabada. Los que entienden un poco de pintura aprecian mucho más una pequeña pincelada de un gran pintor, que un cuadro acabado de un aficionado. In nomine Domini!

Me parece que ya os he dicho otras veces lo que me dijo el superior general del Oratorio sobre la compañía. Entre otras cosas me dijo: «Padre Vicente, ¡qué feliz es usted al tener en su compañía el sello de las obras de Jesucristo! Pues, lo mismo que al instituir la iglesia quiso escoger a unos pobres hombres, ignorantes y pecadores, para fundarla y plantarla por toda la tierra con esos instrumentos, a fin de demostrar más su poder, derribando la sabiduría de los filósofos por medio de unos pobres pecadores, y el poder de los reyes y emperadores por la debilidad de quienes respondían a las injurias con su humildad y rezaban por quienes los maldecían y, cuando los golpeaban, demostraban su superioridad presentando la otra mejilla, de la misma forma la mayor parte o casi todos los que Dios llama a su compañía son pobres o de humilde condición, o de los que no resplandecen mucho en ciencia». Pues bien, hermanos míos, a pesar de eso, todo este reino está inflamado y lleno del espíritu de esta pequeña compañía y este aprecio ha llegado hasta el punto de que el difunto rey, poco antes de morir, me hizo el honor de decirme que, si recuperaba la salud, no permitiría que se nombrase ningún obispo sin pasar tres años por la misión. ¿Qué es todo esto, hermanos míos? In nomine Domini! In nomine Domini!

Hermanos míos, os decía últimamente que necesitabais ciencia; os lo repito una vez más. Por amor de Dios, emplead bien el tiempo, pero no descuidéis la virtud.

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