Vicente de Paúl, Conferencia 014: Sobre la unión entre los miembros de la Comunidad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(26.04.43)

EL 26 de abril, el padre Vicente, nuestro muy honorable Padre, nos hizo la caridad de darnos una conferencia sobre el peligro de la desunión en la Compañía de Hijas de la Caridad y nos dijo:

– Hijas mías, el tema que hoy tenemos es de grandísima importancia, pues se relaciona nada menos que con la continuación o la disolución total de vuestra Compañía. Por eso, hermanas mías, es preciso que cada una en particular eleve su espíritu a Dios, que nos pongamos en su presencia y que le supliquemos a su bondad que nos dé los pensamientos que necesitamos para ello.

En las conferencias anteriores, he observado que teníais necesidad de alguna ayuda para encontrar los motivos, las razones de las cosas que se os proponían. Por eso he pensado que valía la pena cambiar de método, para daros mayor facilidad en comprender las cosas que se os enseñan, y esto os servirá mucho para hacer oración. Os hablaré por medio de preguntas, como se hace en el catecismo.

Esta conferencia tiene tres puntos. El primero es sobre las razones que hay para desear que no haya nunca desunión en vuestra Compañía. ¡Hijas mías, qué justo es que lo deseemos mucho! Si hay algunas que no pueden responder, les ruego que no se preocupen, porque las que saben hablar poco a veces obran mejor, y las que comprenden y dicen bien las cosas que se les proponen, a veces no obran tan bien, a pesar de que también hay quienes dicen y obran bien. Es preciso, hijas mías. que las que dicen bien se humillen mucho (es una gracia de la que conviene que muestren su agradecimiento al Señor), y que las que no pueden comprender lo que se les propone, ni decir lo que piensan, confíen en Dios y tomen nuevas resoluciones de obrar bien.

Bien, hermana mía, dígame qué razones tenemos para desear que no haya nunca desunión en la Compañía, bien sea en particular en alguna de las hermanas, o bien en general, como si toda la Compañía estuviese dividida queriendo unas una cosa y las otras otra.

En primer lugar, ¿qué os parece que significa la palabra desunión? Es una cosa que tiene que estar entera y que se separa. Por ejemplo, aquí está mi cuerpo: todos mis miembros juntos forman un sólo cuerpo; están unidos entre sí, mientras están unidos al cuerpo; pero, si me cortasen la mano, ¿no veis que habría entonces desunión? Pues bien, lo que constituye la unión en el cuerpo de la comunidad es la uniformidad: la observancia de las mismas reglas, una misma manera de vestir, un mismo acuerdo. No habría unión si las hermanas tuviesen deseos contrarios y murmurasen; ¡que Dios libre a vuestra Compañía de todo esto!

Diga, pues, hermana mía.

– Me ha costado mucho entender lo que significa esa palabra unión. He creído, padre, que se trataba de una virtud que su caridad nos ha enseñado muchas veces, y que tenemos que tenerla todas juntas para cumplir la voluntad de Dios.

– ¿Y usted, hermana? ¿Por qué razón tenemos que desear que no haya nunca desunión en la Compañía?

– Señor, es que donde hay unión y acuerdo hay también amor a Dios y al prójimo; y donde hay desunión, nos encontramos con el odio a Dios y al prójimo.

– ¿Y usted, hermana?

– Me parece que la unión es causa de paz y de tranquilidad, y que la desunión origina la guerra y la inquietud.

– Dice usted bien, hermana. Fijaos, hermanas mías, todas las guerras y las miserias que veis, vienen de la desunión, que causa siempre turbación e inquietud.

Otra hermana dijo: la unión conserva a las personas en SU vocación, y la desunión la hace perder con frecuencia.

– Esto es lo que ordinariamente sucede, hermanas mías. Bien, continuemos, espero que esta manera de conferencia servirá más que las otras. ¿No os parece?

Todas dijeron que así lo creían.

– Bendito sea Dios, hermanas mías; siento en mi corazón tanto consuelo y edificación como confusión tuve en la última; no por vosotras, no, hermanas mías, sino por mis propias miserias.

¿Y usted, hermana? ¿Qué razones tenemos para desear que haya siempre unión en la Compañía?

– Señor, me parece que la desunión es semejante a un edificio que se derrumba.

– Tiene razón, hermana. Veis una casa bien construida y que parece muy sólida; si empieza a resquebrajarse, por ejemplo, si falla una viga, no solamente caería la viga sino también el techo; de esta forma, en vez de unión la casa estaría en confusión. Por eso, cada particular tiene que procurar evitar la discordia, porque infaliblemente, si no se remedia, todo el cuerpo se resentirá.

Usted, hermana, la que viene a continuación, diganos alguna razón.

– Señor, una razón muy poderosa es que la unión alegra o contenta a Dios, que está siempre donde hay paz. Por el contrario, la desunión alegra al diablo; el corazón desunido se parece al infierno; está siempre en la inquietud y la zozobra; la discordia, que nace de la desunión, lo pone todo en continuo desorden.

– Hija mía, ¡cuán cierto es lo que dice!

Otra hermana dijo:

– La unión es la imagen de la santísima Trinidad, que se compone de tres personas, unidas por amor. Si estamos muy unidas juntamente, todas no seremos más que una misma voluntad y una gran conformidad; la desunión, por el contrario, nos ofrece la imagen del infierno, donde los demonios están en continua discordia y odio.

– Ved, pues, hijas mías, cuán obligadas estáis a manteneros en la unión, que tanto agrada a Dios, que tanto disgusta al diablo y que tan útil os resulta a vosotras mismas. Agradeced mucho a Dios la gracia que os concede de conocer esta verdad.

¿Y usted, hermana? ¿Qué razón tenéis para que la Comunidad de Hijas de la Caridad esté siempre en una perfecta unión?

– Me parece, padre, que la unión tiene que alegrar a Dios, porque donde está la paz, allí está Dios; y que, por el contrario, la desunión disgusta a Dios y alegra al diablo, que no busca más que la discordia y la desunión para perdernos.

– Bien dice, hermana; Dios no quiere habitar en donde hay desunión, y para señalarnos esto, al aparecerse a sus apóstoles después de su resurrección, sus primeras palabras son estas: «¡La paz sea con vosotros!» ¿Y usted, hermana?

– La unión me parece que es la imagen de la santísima Trinidad. Las tres personas no son más que un solo y mismo Dios; están unidas desde toda la eternidad por el amor. De esta forma nosotras no tenemos que ser más que un solo cuerpo en varias personas, unidas juntamente con vistas a un mismo fin, por amor a Dios. Por el contrario, la desunión me parece que es la imagen del infierno, donde los diablos y los condenados están en perpetua discordia y odio.

– Hermanas mías, fijaos, esta hermana está en lo cierto. En el cielo no puede haber ninguna desunión. Hubo una en cierta ocasión; ¿sabéis cómo? Lucifer y una parte de los ángeles, al querer elevarse por encima de su ser, fueron precipitados inmediatamente al infierno; y los que quedaron unidos en obediencia y sumisión a Dios permanecieron y permanecerán eternamente en el cielo. Si hubiese entre vosotras desunión y no se pusiese remedio, habría que separar necesariamente a las que fuesen causa de ella.

Otra hermana dijo:

– La unión es tan excelente que Nuestro Señor quiso darse a nosotros bajo ese hermoso nombre de comunión. Por eso, tenemos que desear grandemente que la unión permanezca siempre entre nosotras, ya que Dios la quiere tanto.

-¿Y usted, hermana? ¿Que le parece?

– Puesto que la unión es causa de tan grandes bienes y, por el contrario, la desunión causa tan grandes males, me parece, padre, que tenemos que hacer todo lo posible para mantener la unión entre nosotras.

– Pido a Dios con todo mi corazón, hijas mías, que os conceda siempre la gracia de pensar en esta necesidad de la unión, y os conserve el recuerdo de todos los males que causa la desunión que vosotras mismas habéis señalado; rompe el amor de Dios y del prójimo, engendra odios e inquietudes, hace perder la vocación, contrista a Dios, hace a las almas indignas de la santa comunión, o separa a las unas de las otras; entre vosotras, hijas mías, la desunión provocaría todos estos desórdenes y muchos otros, mientras que la unión os traería muchos bienes en las comunidades y en todas partes donde os encontréis.

Otra hermana dijo:

– Me parece que una de las razones más poderosas que tenemos para impedir que haya desunión entre nosotras es que, si estuviésemos en discordia, disgustaríamos a Dios, que quiere tanto la unión, no sólo entre las criaturas racionales, sino también entre todas las cosas creadas por su omnipotencia, que las ha provisto a todas en su naturaleza de medios de unión, incluso en las cosas contrarias. Y como el designio de Dios, en la creación de nuestras almas, ha sido el de unirnos a él y, para ayudarnos a ello, envió a su Hijo a la tierra, seríamos muy miserables si no amásemos la unión, y nos pusiésemos en peligro. por la desunión y la discordia de perder lo que Dios nos ha dado por su amor. Eso sería oponerse directamente a la santísima voluntad de Dios.

Otra razón para mantenernos siempre en una perfecta unión es que la desunión en la Compañía sería un obstáculo para la recepción de las gracias de Dios, de las que tanta necesidad tiene para perdurar; podría suceder que fallase o, lo que sería peor, que fuese un escándalo para el mundo y que Dios quedase sin ser glorificado por los servicios que su bondad quiere que se le hagan al prójimo por su amor.

– Hijas mías, si llegase a haber desunión entre vosotras, podría ser que Dios, irritado, deshiciese vuestra Compañía. Lo cual no sucedería sin grave daño para todas aquellas que lo hubiesen ofendido de esa manera, pues bien se lo merecerían; pero, ¡que desgracia si se considera el bien que se hace, y, más todavía, el que se podría hacer! ¿Habría un infierno bastante riguroso para castigar a los que hiciesen semejante mal? Hijas mías tened mucho cuidado. ¡Bendito sea Dios por inspirar el tema de esta conferencia! Espero que resultará de esto un gran bien; me siento muy consolado. Y vosotras, hijas mías, ¿no os parece necesario que tratemos de esta materia?

Todas las hermanas mostraron su alegría por esta conversación.

– ¡Bendito sea Dios, hijas mías! Su bondad es la que os ha inspirado a todas decir lo que habéis dicho. Pero esforzaos en sacar provecho de todo, porque puede ser para vosotras una notable instrucción, incluso tan útil como un sermón. Pero, ¿qué es lo que digo? Sin duda alguna, lo que Dios os hace decir a vosotras tiene que ser un buen sermón. ¡Animo, hermanas mías!

Mirando siempre a la que hablaba, dijo: dígame alguna razón, hermana.

Tenemos que temer mucho la desunión, porque si dos hermanas visitan mucho a los enfermos y tienen entre ellas alguna discordia, es muy difícil que no salga a relucir; y con esto el prójimo quedaría escandalizado.

– Ved, hermanas mías, cuán cierto es lo que dice esta buena hermana, que la desunión hace que, si una quiere una cosa la otra quiera otra distinta, la gente que se da cuenta de ello queda desedificada, y los pobres tendrán motivos para no recibir con agrado los consejos que les den por su bien. Dirán: «Ved esas Hijas de la Caridad; no están de acuerdo entre sí». Hermanas mías, la desunión, incluso entre particulares, dirige fácilmente a una comunidad hacia su ruina. Mi cuerpo es uno en todos sus miembros; si se hace solamente en mi mano una incisión que separe las carnes, todo el cuerpo se resentirá. Lo mismo sucede con las comunidades: cuando hay una parte en discordia, todo el resto padece; y los que se dan cuenta de ello se escandalizan y no solamente dicen: «Son Juana y Margarita las que se portan de esa manera»; sino que «son las Hijas de la Caridad». Por solamente dos que estén desunidas, el cuerpo entero de las Hijas de la Caridad padece y sufre escándalo; pero si todas están unidas, entonces edifican al prójimo, y se da gloria a Dios.

Otra hermana dijo:

– Señor, la desunión es una cosa muy mala, porque arroja a Dios de nuestra alma, y no podemos acercarnos a la santa Comunión cuando estamos en discordia.

– Hijas mías, esa es una buena observación, porque Dios prohíbe que se acerquen al santo altar aquellos que están, desunidos con el prójimo; lo ha dicho con estas palabras: «Si vas a ofrecer el sacrificio y recuerdas que tienes algo contra tu prójimo, vuelve a reconciliarte con tu prójimo». Sí, hijas mías, ¡ir a la santa Comunión con la desunión en el corazón, mientras uno está en discordia contra el prójimo, hay que guardarse mucho de ello! Sería superar en crueldad a aquel juez que, para hacer morir miserablemente a un hombre, ordenó que fuese atado con un cadáver boca a boca, estómago a estómago, a fin de que, a medida que el cuerpo se corrompiese, la podredumbre infectase al vivo, y lo llevase poco a poco a la muerte. Sería peor y más indigno todavía alojar a Dios, que es la vida misma y el autor de la vida, en un corazón infectado por la desunión. ¿No sería querer poner a Jesucristo con los diablos? Ved, hijas mías, si no tenemos motivos para temer la desunión entre vos otras, ya que os podría ser tan perjudicial. ¡Bendito sea Dios por el conocimiento que os da de todo esto! Es preciso usar bien de esta gracia.

Una hermana dijo:

– La desunión entre nosotras sería un gran mal, porque Dios no podría aceptar el servicio que le hacemos; sería ofendido por las que deberían glorificarle. Engendraría entre nosotras aversiones y murmuraciones, y los enfermos no podrían ser atendidos con caridad. Por eso, tenemos que evitar con cuidado que haya desunión entre nosotras, tanto en general como en particular.

– Por lo que a mi se refiere, dijo otra hermana, he pensado que si tuviese desunión no podría sucederme nada peor y que mi alma estaría en medio de grandes inquietudes.

– Es verdad, hermana. ¿Y usted, hermana?

– He pensado, padre, que tenemos que desear estar siempre juntas en unión, porque la desunión es contraria a la caridad que hemos de tener unas con otras. Y Dios, para castigarnos por estas faltas, retiraría sus gracias.

– Yo he pensado que, si hubiese desunión entre nosotras, Dios ya no se serviría de nosotras para cooperar en las gracias que quiere conceder a los pobres que tenemos que servir.

– ¿Y usted, hermana?

– Me parece que tenemos que impedir todo lo que podamos que la desunión se introduzca en nuestra Compañía, porque no solamente estaríamos desunidas corporalmente, sino, lo que es peor, estaríamos desunidas con Dios y no podríamos llegar a la perfección que él nos pide.

Otra hermana observó que nos sería difícil tener unión y caridad con los extraños, si nos habituásemos a estar desunidas entre nosotras.

– Me parece, dijo otra, que hemos de tener mucho cuidado de tener siempre unión entre nosotras, para servir de ejemplo a las que vengan después, y para hacernos agradables a Dios; si estuviésemos desunidas, nos pareceríamos a las vírgenes fatuas, que no tenían aceite en su lámpara, porque estaríamos sin caridad.

Otra hermana dijo que había que desear mucho la unión entre nosotras por el amor de Dios, al que tenemos que amar mucho.

– Yo he pensado, añadió otra, que teníamos que amar mucho la unión, porque la desunión fue la que hizo condenar a Lucifer.

– Bien dicho, hermana. Lucifer estaba unido con Dios perfectamente, como los demás ángeles; la desunión se introdujo entre los ángeles, y los que la causaron fueron echados del paraíso y enviados al infierno por toda la eternidad. Hijas mías, ¡qué peligroso es estar en desunión! Sois felices porque Dios os ha concedido la gracia de no conocer este peligro.

– Una señal de que Dios nos quiere siempre unidas, observó una hermana, es que, en las mismas cosas de la naturaleza, los contrarios tienen medios para unirse. Hemos de creer que su finalidad en nuestra creación es la unión de nuestras almas con él, lo cual supone la unión con el prójimo, porque de otra forma estaríamos sin la caridad, que es necesaria para la unión con Dios.

Otra razón de esta misma hermana es que la desunión en la compañía produciría una oposición a las gracias que necesita para su continuidad; de ahí provendría quizás que fallaría, o lo que sería peor, que sería escándalo para el mundo, y que Dios dejaría de ser glorificado por los servicios que su bondad quiere obtener de ella.

– ¡Hijas mías, bendito sea Dios! ¡Bendito sea Dios! Os aseguro que esta manera de platicar me edifica mucho. No sería capaz de deciros el consuelo que siento, con la esperanza de que esto os servirá para que aprendáis por este medio a descubrir las razones para obrar o decir las cosas que se os propongan. Creo que las que no han hablado indicarían otras varias razones; pero lo que se ha dicho nos muestra abundantemente que tenemos muchas razones para seguir siempre en una gran unión de las unas con las otras, porque vemos que la unión es causa de toda clase de bienes, tanto espirituales como temporales, y la desunión es la causa de todos los males, como por otra parte nos enseña la misma experiencia.

Pasemos al segundo punto, que es sobre lo que habría que hacer en caso de alguna desunión en la Compañía, tanto en general como en particular, como si María tuviese alguna discordia con Francisca, o Bárbara con Juana, o bien si hubiese alguna diferencia por la que la Compañía se dividiese, esto es, que una parte de ella dijese: «Yo quiero comulgar todos los jueves». y la otra escogiese otro día. Si unas fuesen de una opinión y voluntad, y las otras de otra, ¿qué habría que hacer? ¿Habría que tomar partido, esto es, entrar en la opinión de las unas o de las otras?

La mayor parte de las hermanas dijeron que no. Y nuestro veneradísimo padre prosiguió:

– Está bien, hermanas mías; hay que suspender siempre el juicio.

Usted, hermana, si supiese que dos hermanas tienen alguna división entre sí ¿qué habría que hacer?

– Habría que intentar ponerlas de acuerdo, excusándolas a la una y a la otra.

– Dice bien, hermana. En sus escritos, el obispo de Ginebra dice que algunas veces dos personas están molestas la una con la otra sin haberse dado motivo para ello, como sucedería con dos mozos cargados que viniesen uno de una parte y otro de otra, con la cabeza baja, sin verse, y que chocasen entre sí. Es verdad que han chocado; pero ha sido sin quererlo. Lo mismo pasa a veces entre vosotras: sin pensar, se dice o se hace una cosa que da motivos, es cierto, para molestarse; y si se hubiese tenido siempre esa caridad que nos lleva siempre a la unión, nadie se hubiese molestado. Haced como esos buenos mozos cargados, que no se ponen a discutir, sino que siguen adelante su camino. Si alguna os expresase su descontento, responded que la hermana contra la que está molesta no pensaba en ello. Hijas mías, a veces vemos nosotros cierto desacuerdo y desunión. ¿No sucede lo mismo en nuestras entrañas? Habéis oído decir que algunas veces en nuestros intestinos hay alguna discordia; se revuelven entre sí de tal manera que ocurren grandes males, de forma que algunas veces uno se muere. Y sabéis bien que no se trata de mala voluntad de uno contra el otro. Lo mismo, hermanas mías: hay que vivir siempre en tan perfecta unión que no seáis capaces, con la gracia de Dios, de enfadaros unas contra otras. También es preciso, si una hermana viene a quejarse a vosotras de otra, que escuchéis a esta última y que digáis: «Querida hermana, nuestra hermana no tenía intención de molestaros».

Usted, hermana, ¿qué habría que hacer?

– En primer lugar, pensando en los grandes bienes que se obtienen con la unión y en los grandes males que causa la desunión, habría que pedir a Dios, con un espíritu lleno de caridad, la gracia de poder servir a sus hermanas en esto.

– ¿Y a usted, hermana, qué le parece? ¿Qué habría que hacer si este mal de la desunión llegase a aparecer?

– Padre, habría que rogar a Dios por las hermanas que estuviesen en esta triste situación.

– ¿No habría que hacer, hermanas, alguna penitencia por ellas, como la disciplina, u otra austeridad? Sería un buen medio.

¿Pero qué habría que hacer además?

– Creo, padre, que hay que informarse en particular, antes de dar la razón a la una o a la otra, y luego excitarlas a la reconciliación, o sea, a pedirse perdón.

-Hijas mías, ¡qué excelente medio de unión es pedirse perdón la una a la otra!

Una hermana dijo entonces:

– Padre, ¿quiere permitirme que pida perdón a mis hermanas por lo que he murmurado, pensando que algunas de ellas no querían saludarme por la calle, y también a las que me he quejado de esto?

– Con mucho gusto, hermana.

Esa hermana se puso de rodillas, y todas las demás con ella, y pidió perdón con gran humildad, nombrando a las hermanas una tras otra.

– ¡Bendito sea Dios, hermanas mías! Así es como hay que portarse para conservar una perfecta unión. Un día hablaba con una superiora de las Ursulinas de Gisors; y me habló de la unión y del acuerdo que había entre sus religiosas. Yo le pregunté con extrañeza: «Madre, ?qué hacéis para tener esa unidad en vuestra comunidad, y que no haya nunca diferencias entre ellas?». Ella me respondió: «Tan pronto como aparece algún motivo, nuestras hermanas tienen la costumbre de ponerse de rodillas y pedirse perdón entre sí, de forma que no puede entrar la desunión». ¡Oh, qué medio más excelente! Apreciad mucho esta práctica, y hacedlo lo antes posible, apenas os deis cuenta de que alguna hermana se ha enfadado o tiene motivos para enfadarse con vosotras.

Una hermana dijo:

– Pero, padre, algunas veces, si se le quiere pedir perdón a una hermana, esta se burla de ello, entonces, ¿qué hay que hacer?

– Hijas mías, si veis que la hermana, bien sea porque se ha enfadado mucho, o porque no está de buen humor, o porque se irrita más todavía; tiene en el espíritu otro motivo para estar descontenta, no es capaz de recibir bien vuestra humillación, entonces de momento no hay que pedirle perdón; porque esto sería poner carbones encima; la pondréis en peligro de irritarse más aún. Esperad a que esté un poco mejor, y luego pedid perdón con la mayor humildad que podáis, reconociéndoos delante de Dios como causa del mal que ha hecho.

¿Y usted, hermana, qué haría si varias de la Compañía estuviesen en desunión, para restaurar la unión tan necesaria en vuestra Compañía?

– Padre, yo avisaría a los superiores y les diría todo lo que supiese sobre el motivo de esa diferencia.

– Eso está bien, hija mía, porque hay que creer que Dios concederá una gran bendición a lo que los superiores hagan por ese motivo. Es preciso, hijas mías, que penséis siempre en la necesidad de esta unión por los grandes bienes que de ella se siguen y que vosotras mismas habéis dicho, y por los grandes males que la desunión ocasiona, especialmente los que Dios os ha inspirado. Es Dios, hijas mías, el que os hace hablar así. ¡Que sea bendito para siempre!

¿Y cómo habría que proceder en ese caso? ¿Habría que hablar a todas? Fijaos, hijas mías, si dos estuviesen desunidas entre sí, habría que hablarles separadamente, y manifestarles, después de que ellas hubiesen hablado de su descontento, cómo tienen que soportarse la una a la otra. Porque, fijaos, hermanas mías, cualquier cosa de poca monta a veces basta para enfadarnos. A veces algunas tienen antipatías contra nosotros, sin tener ningún motivo. Con frecuencia se trata de un poco de envidia y de celos. La aversión contra la hermana nace viéndola comer, o viéndola hacer cualquier otra acción. Esta aversión, si perdurase, sería causa infalible de desunión. Hijas mías, haced todo lo posible por superarla, y si hay desunión, hablad a las hermanas en particular.

Después de haber obtenido el permiso del padre Vicente, una hermana preguntó si era conveniente que todas las hermanas indiferentemente se pusiesen a mediar en un asunto, en caso de desunión. Nuestro muy honorable padre nos dio a comprender que todas debían, en la medida de sus posibilidades, contribuir a la unión entre las hermanas, animando a las unas, amansando a las otras y excusando siempre a la ausente; pero que, si se trataba de una cosa de importancia y de una desunión ya formal, habría que advertir al superior o a la superiora.

– ¿No lo queréis así todas? ¿No os entregáis desde ahora a Dios, para aceptar que vuestras faltas sean manifestadas caritativamente a aquella persona que ocupa el lugar de superiora entre vosotras?

Todas las hermanas respondieron de muy buena gana que sí, con un acuerdo y un consentimiento totalmente cordial.

Nuestro queridísimo padre dijo según su costumbre:

– ¡Bendito sea Dios, hermanas mías! ¡este es un medio muy importante para mantener a la Compañía en gran paz y unión, y el tema de esta conferencia es de los más importantes que yo sepa para la existencia de la Compañía.

Hablaba hoy con un buen padre, muy devoto; es el padre Saint-Jure (4), que ha compuesto esas meditaciones tan hermosas -que nosotros leemos. Le preguntaba de dónde provenía que en las comunidades, aunque todas las personas tuviesen el mismo deseo de servir a Dios y a la misma voluntad de perfeccionarse, surgiesen a veces ciertas pequeñas discordias. Me dijo: «Fíjese, padre; las personas vulgares se molestan mucho más fácilmente que los espíritus selectos y las personas civilizadas. El medio más fácil para mantenerlas en paz es acostumbrarlas a la reconciliación». Pues bien, hijas mías, la mayor parte de vosotras sois de esa clase, habéis nacido de gente rústica, lo mismo que yo, pobre porquero.

Anoto estas palabras, que nuestro muy honorable padre gustaba muchas veces decir en medio de las reuniones más respetables, como las de obispos, abades, princesas, y otras grandes damas, que acuden a las reuniones de la Caridad.

– Os tenéis que acordar, continuó, y fijaros bien en cómo, cuando os enfadáis con vuestras hermanas, no es ordinariamente con motivo de lo que creéis, sino por causa de la disposición de vuestro espíritu.

Otra hermana dijo que le parecía que lo mejor era dar a conocer cuanto antes la diferencia que hubiese entre las hermanas desunidas, y luego pedir perdón a Dios por ellas y humillarse mucho, con el pensamiento de que cada una es capaz de semejantes faltas. Añadió que, si por desgracia, nuestras infidelidades, nuestra poca fidelidad a las reglas, nuestra falta de obediencia, nuestras murmuraciones y nuestro poco cuidado de enmendarnos y de avanzar en la perfección del amor de Dios atrajesen sobre toda la Compañía su indignación, sería de desear que cada una se pusiese en estado de penitencia para implorar la misericordia de Dios, que se diese alguna conferencia y que se tuviese alguna visita adecuada para descubrir de dónde procede el mal y que se expulsase de la Compañía a las que lo hubiesen causado. Y si el mal no tenía remedio, creo que habría que abolir enteramente la Compañía por medios suaves y caritativos, porque, lo mismo que Dios será muy honrado por ella mientras se conserve en la unión y en la obediencia a los superiores, del mismo modo la Compañía sería causa de grandes males, si se apartase de ella. Yo me someto desde ahora a padecer la confusión que proviniese de este desorden, conociendo que tengo en mí suficientes imperfecciones para ser su única causa.

Luego el padre Vicente preguntó a otra hermana.

– Si me sucediese esta desgracia, respondió, me cuidaría muy mucho de no dar nunca motivo de descontento a mis hermanas, les desearía que se aprovechasen de la pena que les he causado, para avanzar en la perfección que Dios les pide.

Otra hermana dijo que, si le aconteciese estar en discordia con una hermana, le pediría perdón en particular antes de acostarse, y luego a toda la comunidad.

Pensamientos de otra hermana:

Yo he pensado en mi oración, que si hubiese desunión en la Compañía, entre otras, o en mí misma, advertiría cuanto antes al superior o a la superiora, diciendo con toda sencillez la falta, sin excusarme ni quejarme, incluso en el caso de aquellas en las que tengo más confianza.

Otra hermana dijo que se pondría de rodillas delante del crucifijo para pedirle perdón por su falta y rogar a la santísima Virgen que intercediese en su favor; luego iría ante los superiores con toda sencillez a pedirles alguna penitencia, con la convicción de que no sería nunca suficientemente grande para esa falta, pediría perdón a la hermana que ha ofendido, y prometería, a ella y a sus superiores, portarse mejor en el porvenir con sus hermanas, amarlas con más cariño y testimoniarles más cordialidad y deferencia.

Otra dijo que, si tuviese alguna diferencia con alguna hermana, le pediría perdón, le testimoniaría su pesar y procuraría portarse con ella con más amistad que antes.

– ¿Y usted, hermana?, ¿qué había que hacer para remediar ese gran mal de la desunión, si llegase a suceder?

– Deberíamos estar muy contentas de que se nos advirtiese de nuestra falta, y escuchar las amonestaciones que se nos diesen para ponerlas en práctica.

En aquella reunión había más hermanas que motivos para hacernos evitar esta falta de desunión, y medios para remediarla. Como muchas tenían los mismos pensamientos, no los repito todos en particular.

Al final, una hermana pidió con toda humildad al padre Vicente, por amor de Dios, en nombre de la Compañía, que ofreciese todos los buenos deseos de las hermanas en el santo altar para alcanzarnos de Dios el perdón por nuestras faltas contra nuestras reglas y por el mal uso que hemos hecho de las instrucciones que su caridad nos daba desde hacía tiempo, y pedirle nuevas gracias para el cumplimiento exacto de los santos designios que desde toda la eternidad ha tenido él sobre la Compañía.

El padre Vicente respondió:

– Sí, hijas mías, con mucho gusto diré la misa por esa intención, pero no estos días, porque estoy obligado a decirla por nuestro buen rey. Os pido que pidáis todas por su intención, para que Dios quiera devolverle la salud, o, si su bondad lo juzga conveniente para su gloria, que lo mantenga en el estado en que estaba el jueves, que creía morir y consideraba la muerte cristiana y generosamente.

La misma hermana preguntó al padre Vicente si creía oportuno que las hermanas se acusasen en voz alta en las reuniones, en su presencia y en presencia de todas las hermanas, de las faltas que habían cometido, especialmente contra las resoluciones que acababan de tomar.

– Hermanas mías, ¡qué buen medio de perfeccionaros sería este! Saber que por esa acción hecha en particular, obtendréis de Dios un grado de gracia; y cuando la hagáis en público, obtendréis tantos como testigos haya de esa acción.

Os aseguro una vez más, hermanas mías, que me siento muy consolado por esta conferencia. No tenemos más remedio que dejar el tercer punto para la próxima, que tendremos cuanto antes, si Dios quiere; en ella hablaremos de los medios para impedir la desunión en vuestra compañía. Haréis una vez la oración sobre esto.

Que la bondad de Dios, principio de la verdadera unión, os conceda la gracia de evitar todos los males que la desunión pueda causar y os mantenga siempre en perfecta unión con él, con el prójimo por medio de una buena caridad, y con vosotras mismas por la mortificación de vuestros sentidos y del vuestras malas costumbres; todo ello para su gloria. ¡Qué Dios os bendiga! En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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