Vicente de Paúl, Conferencia 013: Imitación de las jóvenes campesinas

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(25.01.43)

Todas las hermanas se pusieron de rodillas, suplicaron al padre Vicente que pidiese perdón a Dios por ellas, por el mal uso que habían hecho de la gracia de su vocación y de todas las instrucciones que habían tenido la dicha de recibir de su caridad y prometieron portarse mejor en el futuro.

Aquel caritativo padre, en su bondad, pidió enseguida perdón a nuestro buen Dios y la gracia que necesitaban todas sus hijas.

Hermanas mías, me había propuesto hablaros el día de santa Genoveva, y como aquella gran santa era una pobre muchacha de aldea, me parecía que hubiese sido conveniente hablar de sus virtudes y de las verdaderas aldeanas, ya que ha querido la bondad de Dios llamar principal y primeramente a jóvenes campesinas para componer vuestra Compañía. Y aunque no haya podido hablaros aquel día, por cierto impedimento que surgió, me parece muy a propósito no cambiar de tema, ya que es muy razonable que esta gran santa, ahora en el cielo, honrada en la tierra por los reyes y todo el mundo, nos haga ver que ella se hizo agradable a Dios con las virtudes de las verdaderas campesinas, que practicó con gran perfección.

En primer lugar, hijas mías, sabed que, cuando os hablo de las campesinas no pretendo hablaros de todas, sino sólo de aquéllas que tienen las virtudes de las buenas campesinas; así como también, al hablar de las campesinas; no pretendo excluir a todas las jóvenes de las ciudades, ya que sé muy bien que en las ciudades hay muchas que tienen las mismas virtudes de las del campo, y tenemos motivos para creer que incluso en vuestra Compañía hay algunas de ellas, y no puedo verlo sin gran consuelo. ¡Bendito sea Dios, hijas mías!, ¡bendito sea Dios! Y también es verdad que en las aldeas hay algunas, demasiadas, que tienen el espíritu de las mujeres de la ciudad, y principalmente las que están cerca. Parece que este ambiente es contagioso y que el trato de unas con otras sirve para comunicar las malas inclinaciones.

Os hablaré con mayor gusto todavía de las virtudes de las buenas aldeanas a causa del conocimiento que de ellas tengo por experiencia y por nacimiento, ya que soy hijo de un pobre labrador, y he vivido en el campo hasta la edad de quince años. Además, nuestro trabajo durante largos años ha sido entre los aldeanos, hasta el punto de que nadie los conoce mejor que los sacerdotes de la Misión. No hay nada que valga tanto como las personas que verdaderamente tienen el espíritu de los aldeanos; en ningún sitio se encuentra tanta fe, tanto acudir a Dios en las necesidades, tanta gratitud para con Dios en medio de la prosperidad.

Os diré pues, mis queridas hijas, que el espíritu de las verdaderas aldeanas es sumamente sencillo: nada de finuras, nada de palabras de doble sentido; no son obstinadas ni apegadas a su manera de pensar; porque la sencillez las hace creer simplemente lo que se les dice. De esta forma, hijas mías, tienen que ser también las Hijas de la Caridad; en esto conoceréis que lo sois de verdad, si todas sois sencillas, si no sois obstinadas en vuestras opiniones, sino sumisas a las de las demás, cándidas en vuestras palabras, y si vuestros corazones no piensan en una cosa mientras que vuestras bocas dicen otra. Mis queridas hermanas, quiero creer esto de vosotras ¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea Dios, hijas mías!

En las verdaderas campesinas se observa una gran humildad, no se glorían de lo que son, ni hablan de su parentela, ni piensan que tienen inteligencia, y van con toda sencillez; y aunque unas tengan más que las otras, no por ello se sienten superiores, sino que viven igualmente con todas. No sucede lo mismo con las jóvenes de las ciudades, que muchas veces presumen de lo que no tienen, están hablando siempre de su casa, de su parentesco y de sus comodidades. Hijas mías, las verdaderas Hijas de la Caridad están y deben estar cada vez más alejadas de este espíritu; creo que, por la gracia de Dios, así será, ya que, aunque entre vosotras haya personas de toda clase y condición, todas son iguales, y así es como tiene que ser; las hermanas de la Casa tienen que tomar el verdadero espíritu de las buenas campesinas y vivir lo mismo que ellas. Es preciso que os diga, mis queridas hermanas, que recibo un gran consuelo siempre que veo entre vosotras a las que tienen verdaderamente este espíritu; ¡bendito sea Dios! ¡Sí, os lo digo, hijas mías, cuando me las encuentro por la calle, con el cesto a la espalda, no sabéis la alegría que experimento. ¡Bendito sea Dios!

La humildad de las buenas campesinas impide también que tengan ambición; os hablo de las «buenas», hijas mías, porque sé muy bien que no todas son tan virtuosas y que también hay en el campo personas que tienen el espíritu tan ambicioso como en las ciudades, pero hablo siempre de las buenas, de las que no se han contagiado del espíritu de las ciudades. Esas pues, mis queridas hermanas, no quieren más que lo que Dios les ha dado, ni ambicionan mayor grandeza, ni más riqueza, que la que tienen, y se contentan con vivir y vestir. Mucho menos se preocupan de decir palabras hermosas, sino que hablan con humildad. Si se las alaba, no saben por qué; por eso no escuchan las alabanzas. Su hablar es sencillo y sincero. Hijas mías, ¡cómo hay que estimar esta santa virtud de la humildad, que hace que uno no se sienta apenado cuando lo desprecian, y que incluso llega a amar el desprecio! Los santos apóstoles se gloriaban de los desprecios. San Pablo dice «Hemos sido considerados como mondas de manzanas y como estiércol del mundo» (1) Mis queridas hijas, así es cómo las Hijas de la Caridad, se tienen que juzgar; y en esto conoceréis que sois verdaderas Hijas de la Caridad, si sois muy humildes, si no tenéis ambición, ni presunción, si no os creéis más de lo que sois, ni más que las otras, bien sea en el cuerpo, bien en las condiciones del espíritu, bien por vuestra familia o por vuestros bienes, o por vuestra virtud, lo cual sería la ambición más peligrosa. Utilizad buenamente los dones de Dios; atribuidle la gloria, si os ocurre que habéis hecho algo bueno, o imitad a las verdaderas jóvenes del campo que dicen y hacen sencillamente todo lo que saben sin mirar lo que dicen o hacen. Una señal muy segura de que sois verdaderas Hijas de la Caridad, es que amáis el desprecio, porque no os faltará ocasión de recibirlo. ¿Y por qué no lo ibais a tener? El Hijo de Dios lo recibió en abundancia; por eso decía que su Reino no era de este mundo. ¿Cuál tiene que ser el de las Hijas de la Caridad? No otra cosa, ¡hijas mías! y ¡bendito sea Dios porque están muy lejos de pensar lo contrario!

Las campesinas, mis queridísimas hijas, tienen gran sobriedad en su comida. La mayor parte se contenta muchas veces con pan y sopa, aunque trabajen incesantemente y en trabajos fatigosos. También vosotras, hijas mías, tenéis que obrar así si queréis ser verdaderas Hijas de la Caridad: no miréis lo que se da, ni mucho menos si está bien preparado, sino solamente comer para vivir. Y es menester que las de las ciudades que quieran ser Hijas de la Caridad, acepten vivir de esta manera. No son ellas solas las que viven de este modo; en gran número de lugares raramente se come pan. En el Limousin y en otros sitios se vive la mayor parte del tiempo de pan hecho de castañas. En el país de donde yo procedo, mis queridas hermanas, se alimentan con un pequeño grano, llamado mijo, que se pone a cocer en un puchero; a la hora de la comida se echa en un plato, y los de la casa se ponen alrededor a tomar su ración, y después se van a trabajar.

Hijas mías, ¡qué necesaria es la sobriedad a las Hijas de la Caridad! En eso conoceréis que lo sois de verdad, si conserváis con cuidado esta sobriedad de las aldeanas y especialmente de las que han sido llamadas desde el principio a servir a los pobres, porque vivían con una gran sobriedad.  No os digo que comáis poco pan. No, mis queridas hermanas; san Bernardo dice que hay que comer suficiente pan; pero os digo que, en lo demás, las Hijas de la Caridad tienen que contentarse con poco. (Bendito sea Dios porque parece que esta práctica existe ya entre vosotras! (Bendito sea Dios por ello! Conservadla bien, hijas mías, si queréis tener el espíritu de las verdaderas campesinas, en el que Dios os ha llamado al servicio de los pobres enfermos.

No penséis que estáis peor alimentadas, hermanas mías, que las personas de fuera. En cualquier tiempo que sea, hay muchas peor alimentadas que vosotras, a pesar de que tienen que trabajar.

Hace ya algunos días, nuestro hermano Mateo nos escribía desde Lorena, y su carta, toda empapada en lágrimas, me indicaba las miserias de aquel país y especialmente las de más de seiscientas religiosas: «Padre, el dolor de mi corazón es tan grande, que no se lo puedo decir sin llorar, por la grandísima pobreza de estas buenas religiosas que socorre su caridad, y que yo no podría ni mucho menos expresar. Sus hábitos casi no pueden ser reconocidos. Están remendados de verde, de gris, de rojo; finalmente, de todo lo que pueden tener. Han tenido que usar zuecos».

No se preocupan de tener suficiente pan. Todas ellas son personas de buenas casas, que han tenido muchos bienes. ¿No sería una vergüenza para las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres, si deseasen buenos platos, mientras que sus amos sufren de esta manera? Así pues, tened por seguro que, si queréis ser de verdad buenas Hijas de la Caridad, es menester que seáis sobrias, que no gustéis de buenos guisados, tanto las viudas de gran condición como las que son verdaderamente de aldea. Ninguna distinción, ninguna diferencia, cuando se es verdadera Hija de la Caridad. ¿Y sabéis, mis queridas hermanas, de qué vivía la santísima Virgen cuando estaba en la tierra, y de que vivía nuestro Señor? De pan. Entró en casa del fariseo, nos dice la Sagrada Escritura, para comer pan; y en otros varios lugares, lo mismo. Solamente se dice una vez que comió carne: fue cuando comió el cordero pascual con sus apóstoles; y otra vez que comió pescado asado. ¡Bendito sea Dios!

Las aldeanas, mis buenas hermanas, tal como era la gran santa Genoveva, tienen también una gran pureza; nunca se encuentran a solas con los hombres, ni les miran jamás al rostro, ni escuchan sus galanterías; no saben lo que es un piropo. Si se dijese a una buena aldeana que es hermosa y gentil, su pudor no lo podría sufrir; ni siquiera comprendería lo que se le dice. De la misma forma, hijas mías, es menester que las Hermanas de la Caridad no escuchen jamás tales palabras; porque aceptarlas con gusto sería un crimen; que ni siquiera contesten a ellas con palabras contrarias, porque todas esas maneras de entretenerse no valen para nada. Tened mucho cuidado.

Y si las palabras son tan peligrosas, ¿qué sería de las acciones? Hijas mías, jamás tenéis que estar solas con los hombres, aunque se trate de un sacerdote. Tocar las manos de los pobres, ¡oh, no!, no hay que hacerlo, si no es por necesidad. Preocuparse de si se les da gusto o no, no hay que pensar en ello, pero sin dárselo a entender y sin ofenderles. Finalmente, hermanas mías, conoceréis que sois verdaderas Hijas de la Caridad si vuestro espíritu no se detiene en la compañía de los hombres más que para servir a vuestros pobres, sin más preocupación que vuestra obligación por el amor de Dios. Y guardaos mucho de tener atractivos para los hombres, bien sea por vuestro ojos, o bien por vuestras palabras. Sed también muy cuidadosas de no oír nada que pueda perjudicar en lo más mínimo a la pureza que tenéis que tener, para participar de la de las verdaderas campesinas, tal como fue santa Genoveva, que os tiene que servir mucho de ejemplo. Mis queridísimas hermanas, (bendito sea Dios, que hasta ahora os ha preservado de todos estos peligros!

Os diré también, hermanas mías, que las verdaderas campesinas son muy modestas en su trato, mantienen su vista recogida, son modestas en sus hábitos, que son corrientes y vulgares. Así tienen que ser las Hijas de la Caridad. No tienen que entrar en las casas de los grandes a no ser cuando tengan algo que hacer allí por el servicio de los pobres, e incluso con miedo, sin observar lo que hay allí y hablando a todos con gran circunspección y modestia. Últimamente me quedé muy edificado. Había llevado a un buen hermano a un lugar en donde estuvimos algún tiempo; y como le preguntase algún detalle, me dijo: «¡Lo siento, padre! No sé nada. No he observado nada. No le podría decir lo que hay allí». Esta modestia me impresionó mucho.

¡Bendito sea Dios, hijas mías! Os digo esto para animaros a la práctica de esta virtud y para daros a conocer que si queréis ser verdaderas Hijas de la Caridad, os tiene que servir el ejemplo de la Santísima Virgen. Ella tenía tan gran modestia y pudor que, aunque la saludaba un ángel para ser madre de Dios, sin embargo, su modestia fue tan grande que se turbó, sin mirarlo. Esta modestia, mis queridísimas hermanas, os tiene que enseñar a no ofrecerles ningún atractivo a los hombres. Hijas mías, ¡qué peligroso es esto! Desconfiad siempre de vosotras mismas, y seguramente adquiriréis esta modestia tan necesaria.

Nuestra buena santa Genoveva amó también mucho la pobreza, como buena aldeana; y todas las buenas Hijas de la Caridad tienen que tomar afecto a la práctica de esta virtud. Os hablo de la práctica, hijas mías; no bastaría con amar la virtud desde fuera; hay que amar las necesidades que pueden acontecer, y no quejarse de las que se sufren. Querer tener lo que no se tiene hijas mías, no es la pobreza de las verdaderas campesinas, que se contentan con lo que son, bien sea en el vestir, bien en el alimento. Y por lo que se refiere a sus bienes, nunca piensan en ellos, e incluso no presumen de los que tienen, sino que son aficionadas a la pobreza. Trabajan como si nada tuvieran; y en esto, hijas mías, se conocerá que sois verdaderas Hijas de la Caridad, si no ambicionáis nada, si os contentáis con lo que se os da, por la gracia de Dios.

Las que Dios llamó primero a vuestra manera de vivir han obrado de esta forma. Hijas mías, ¿qué pensáis de la vida del Hijo de Dios y de la de su santa Madre? Una vida de perfecta pobreza. ¿No os acordáis de que todos aquellos, a los que el Hijo de Dios llamó para que le sirviesen, aprendieron de él a practicar la pobreza? «Si queréis ser perfectos, dejadlo todo y seguidme» 5.¿Habéis oído decir alguna vez, mis queridas hermanas, que se ha engañado quizás alguno de los que tuvieron confianza en Dios? ¡Ni mucho menos, hijas mías! Dios es demasiado bueno, y sus promesas son verdaderas. ¿No sabéis que les ha prometido a todos los que dejen cuanto tienen por amor suyo que tendrán el céntuplo en este mundo y la gloria en el otro?. ¿No es verdad, mis queridas hermanas, que la mayor parte de vosotras habéis experimentado la verdad de estas promesas? ¿Cuántas madres y hermanas habéis encontrado por cada una de las que habéis dejado? ¿No es verdad?

Y todas las hermanas respondieron que sí.

Y sobre los bienes, yo estoy seguro, hijas mías, que vosotras habéis encontrado mucho más de lo que dejasteis, cualquiera que sea la pobreza que habéis guardado. Estos últimos días, hijas mías, se ha dado cuenta de todos los gastos hechos desde que las primeras Hijas de la Caridad pusieron sus cosas en común ¿a cuánto creéis que han subido los gastos? A veinte mil libras, hijas mías. ¿Y de dónde ha venido todo esto, sino de la Providencia de Dios, como consecuencia de sus promesas? Hijas mías, ¡bendito sea Dios! ¿qué bueno es fiarse de él Amad, pues, mucho la santa pobreza, que os hará poner toda vuestra confianza en Dios, y no os preocupéis más de vuestro alimento ni de vuestro vestido. Aquel que mira por los niños y por las flores de los campos no os faltará. Se ha comprometido de palabra, y sus palabras son muy verdaderas. ¿Habéis visto jamás a personas más llenas de confianza en Dios que los buenos aldeanos? Siembran sus granos, luego esperan de Dios el beneficio de su cosecha; y si Dios permite que no sea buena, no por eso dejan de tener confianza en El para su alimento de todo el año. Tienen a veces pérdidas, pero el amor que tienen a su pobreza, por sumisión a Dios, les hace decir: «¡Dios nos lo había dado, Dios nos lo quita, sea bendito su santo nombre!». Y con tal que puedan vivir, como esto no les falta nunca, no se preocupan por el porvenir. Hijas mías, puesto que las primeras de vuestras hermanas fueron llamadas principal y primeramente de entre las buenas campesinas y de las que tenían más este espíritu de pobreza, ¿no tenéis motivos para conocer, por la práctica de esta virtud, si sois verdaderas Hijas de la Caridad?

Tenéis que practicarla en este punto: no preocuparse del porvenir; hacer vuestros gastos todo el año según vuestra costumbre y, si os sobra, traedlo a la casa, y esto para ayudar a educar a las hermanas para servir a los pobres. No tenéis derecho más que para vivir y vestiros; el resto pertenece al servicio de los pobres. Hijas mías, ¿no habéis oído decir alguna vez que Dios escogió a los pobres para hacerlos ricos en la fe?. ¿Y qué creéis que es esta elección que ha hecho Dios de las campesinas? Hasta el presente, las religiosas llamadas al servicio de Dios eran todas ellas hijas de casas ricas. ¿Qué sabéis, digo yo, hijas mías, si, al llamaros Dios para su gloria y para el servicio de los pobres, su bondad no quiere quizás probar vuestra fidelidad para mostrar esta verdad, que Dios escogió a los pobres para hacerlos ricos en la fe? La fe es una gran posesión para los pobres, ya que una fe viva obtiene de Dios todo cuanto razonablemente queremos. Hijas mías, si sois verdaderamente pobres, sois también verdaderamente ricas, ya que Dios es vuestro todo. Fiaos de él, mis queridas hermanas. ¿Quién ha oído decir jamás que los que se han fiado de las promesas de Dios se han visto engañados? Esto no se ha visto nunca, ni se verá jamás. Hijas mías, Dios es fiel en sus promesas, y es muy bueno confiar en él, y esa confianza es toda la riqueza de las Hijas de la Caridad, y su seguridad. ¡Qué felices seréis, hijas mías, si no os falta nunca esta confianza! Porque seréis entonces verdaderas Hijas de la Caridad, y participaréis del espíritu y de las buenas prácticas de las verdaderas aldeanas, que tienen que ser vuestro modelo, ya que Dios se ha servido primero y principalmente de ellas, para empezar vuestra Compañía. ¡Bendito sea Dios, hijas mías, que nos hace conocer en santa Genoveva la bondad de las verdaderas campesinas! ¡Qué consuelo siento, mis queridísimas hermanas, cuando me encuentro con alguna de vosotras. que sé que tiene este espíritu y virtudes verdaderamente generosas! Sí, hijas mías, hay entre vosotras algunas dignas de admiración. ¡Bendito sea Dios, hijas mías! Cuando veo y me encuentro por los caminos a personas de condición que tienen verdaderamente el espíritu de las buenas aldeanas, que llevan un cesto a la espalda, que van cargadas por las calles y caminan con modestia que da devoción, hermanas mías, ¡cuánto consuelo me da esto! ¡Bendito sea Dios por las gracias que les concede!

Una de las principales virtudes de las Hijas de la Caridad que tienen las cualidades de las campesinas, es la santa obediencia. Hijas mías, esta virtud es tan necesaria o más que cualquier otra, ya que tenéis que practicarla igualmente en las cosas difíciles que en las fáciles. Tenéis que ir tanto a los lugares a los que tengáis repugnancia como a los que deseáis, y esto sin ninguna queja, pensando siempre que es preciso obrar así, ya que vuestros superiores lo ordenan, y que, por consiguiente, tal es la voluntad de Dios. Sed dóciles y manejables bajo la guía de la divina Providencia, lo mismo que un caballo con su jinete; id unas veces por la derecha, otras por la izquierda, tal como se os ordena. Pero los sentidos dirán: «Empezaba a acostumbrarme a esta parroquia, a este barrio, a estas damas» «¡No importa! La obediencia es la que me saca; hay que salir con prontitud y alegría». ¿No sabéis, hijas mías, que no hay que tener en el mundo ninguna amistad que pueda perjudicar al amor que habéis de testimoniar a Dios por vuestra sumisión y obediencia? No hay mayor obediencia que la de las verdaderas aldeanas. Vuelven de su trabajo a casa, para tomar un ligero descanso, cansadas y fatigadas, mojadas y llenas de barro; pero apenas llegan, tienen que ponerse de nuevo a trabajar, si hay que hacer algo; y si su padre y su madre les mandan que vuelvan, en seguida vuelven, sin pensar en su cansancio, ni en el barro, y sin mirar cómo están arregladas. Así es cómo tienen que hacer las verdaderas Hijas de la Caridad. Vuelven a mediodía del servicio a los enfermos para tomar su comida, pero si el médico o alguna hermana dice: «Hay que llevar este remedio a un enfermo», no tiene que fijarse en qué situación están, sino olvidarse de todo por obedecer, y preferir la comodidad de los enfermos a la suya. En esto, mis queridísimas hermanas, es donde conoceréis que sois verdaderas Hijas de la Caridad. ¡Bendito sea Dios, hermanas mías! Creo que estáis casi todas en esta disposición. ¿Pero sabéis, hijas mías, cómo se deben hacer estos actos de obediencia? Con alegría, mansedumbre y caridad, y no por mera obligación, ni de una forma negligente, sino con tal fervor que demostréis que no queréis ahorrar vuestro esfuerzo en el servicio de Dios al servir a vuestros pobres, y sin fijarse en los lugares a donde se os envía, ni en las personas que os mandan, sino estar dispuestas a cambiar de lugar, bien sea París, o bien los pueblos, un lugar cercano o apartado. De esta forma, mis queridas hermanas, seréis verdaderas Hijas de la Caridad, imitaréis a nuestro Señor y a la santísima Virgen en su obediencia, cuando se os mande quedar o cambiar de lugar, por orden y designio de la divina Providencia, a la que tenéis que ver siempre en los motivos para practicar la santa obediencia.

En nombre de Dios, hijas mías, tened mucho cuidado en la obligación que tenéis de haceros virtuosas, si queréis que Dios os conceda la gracia de ser verdaderas Hijas de la Caridad. Si supieseis la obligación que tenéis de perfeccionaros y qué desgracia es hacerse indigna de una tan santa vocación, hermanas mías, lloraríais lágrimas de sangre. Sí, hijas mías, os lo digo una vez más: ser llamadas por Dios para una obra tan santa, y no reconocer en la práctica sus obligaciones, merecería ser llorado con lágrimas de sangre. Es un pensamiento que he tenido hoy, hermanas mías, miserable de mí, al verme tal como soy, en un estado que debería hacerme tan perfecto; hermanas mías, tengamos juntamente mucho miedo. Tenéis que tener muchas veces este pensamiento y decir: «Dios mío, me has escogido a mí, pobre e indigna criatura, para ponerme en un estado que sólo tú conoces (sí, hijas mías, sólo Dios sabe la perfección de vuestro estado) y yo soy un cobarde, al no trabajar por tener las condiciones requeridas». ¡Qué desgraciadas seríais si, por vuestra culpa, perdierais vuestra vocación, o si, por vuestra cobardía, no os esforzaseis en adquirir la perfección que Dios quiere en aquellas que le sirven en este estado! Pensad en ello, hijas mías, pensad en ello muchas veces, pero en serio, y como en una cosa de la mayor importancia. «¡Oh! ¡Yo he sido elegida y escogida para una vocación tan santa, y pongo tan poco cuidado en ello!». Si supieseis lo que es esta infidelidad, sentiríais horror de ella. Por eso, hijas mías, tomad de nuevo buenas y valientes resoluciones de estimar más que nunca vuestra vocación y de intentar trabajar con mayor fidelidad en la perfección que Dios os pide.

Todas las hermanas dijeron que tenían estas disposiciones.

¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea Dios, hermanas mías! Sabed, hijas mías, que si alguna vez os he dicho algo importante y verdadero, es lo que acabáis de oír: que os tenéis que ejercitar en manteneros en el espíritu de verdaderas y buenas campesinas. Vosotras, a las que Dios, por su gracia, lo ha dado naturalmente, dadle gracias por ello, y las que no lo tenéis, trabajad en adquirir la perfección que os acabo de indicar en las verdaderas campesinas. Si alguna de las familias más elevadas se presenta en vuestra casa, con el deseo de entrar en vuestra Compañía, hermanas mías, es preciso que sea para vivir en el cuerpo y en el espíritu como las jóvenes que tienen verdaderamente las virtudes de las campesinas, tal como las tuvo nuestra gran santa Genoveva, tan honrada ahora por su sencillez, su humildad, su sobriedad, su modestia y obediencia, y todas las demás virtudes que hemos advertido en las buenas aldeanas. ¡Bendito sea Dios! ¿pero qué digo? Hay más todavía: ésa era la práctica del Hijo de Dios en la tierra, cuya vida tenéis que honrar vosotras especialmente en vuestras acciones. Que el Espíritu Santo derrame en vuestros corazones las luces que necesitáis, para caldearlo con un gran fervor y haceros fieles y aficionadas a las prácticas de todas estas virtudes, para que, por la gloria de Dios, estiméis vuestra vocación en cuanto vale y la apreciéis de tal manera que podáis perseverar en ella el resto de vuestra vida, sirviendo a los pobres con espíritu de humildad, de obediencia, de sufrimiento y de caridad, y seáis bendecidas. En el nombre el Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

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