Vicente de Paúl, Conferencia 010: Sobre el servicio a los enfermos

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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(16.03.42)

Sigue la conferencia con los motivos que tenemos para servir a los pobres enfermos corporal y espiritualmente y enseñarles a utilizar sus enfermedades, a disponerse para la muerte y a tomar fuertes resoluciones de vivir mejor cuando queden curados. Esta conferencia tuvo lugar el 2.° domingo de cuaresma, y el padre Vicente nos hizo el honor de estar presente al comienzo. Después de haber planteado el tema, mandó a las hermanas que expusiesen sus pensamientos.

En primer lugar, los motivos.

El primer motivo, dijo una hermana, es que los pobres tienen el honor de representar a los miembros de Jesucristo, que considera los servicios que se les hacen como hechos a él mismo, El segundo, que las almas de los pobres tienen en sí la imagen de Dios, y por consiguiente tenemos que honrar en ellos a la Santísima Trinidad. El tercero es la recomendación que el Hijo de Dios nos ha hecho con sus palabras y ejemplos; para demostrarles a los discípulos de san Juan que era el Mesías, les dijo que los pobres eran evangelizados y los enfermos eran curados. El cuarto es que ayudar a que se salve un alma, es cooperar en el cumplimiento perfecto de los planes de Dios en la muerte de Jesucristo.

Motivos de otra hermana:

– Un poderoso motivo es que por el servicio a los pobres honramos lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra y su santa humanidad (varias hermanas han pensado en este motivo). Otro es la obligación que tenemos de ayudar a nuestro prójimo como nos gustaría ser ayudados, si tuviésemos necesidad de ello. Como Dios no ha permitido que tuviésemos bienes para hacer grandes limosnas, por los menos tenemos que emplearnos en el servicio de los pobres con la fuerza y la poca capacidad que él nos da.

Otra hermana observó que los pobres son abandonados por todos los demás, tienen muchas necesidades y necesitan consuelo en sus aflicciones, no siempre saben lo que es Dios, y a veces ni siquiera han pensado en su salvación. Y esa hermana, como la mayor parte de las demás, se humilló mucho pensando en la gracia que Dios le había dado llamándola a una vocación tan santa, y tomó la resolución de estimarla más y de ser más fiel a Dios en ella.

Motivos de otra hermana:

– Feliz de pertenecer a una Compañía que lleva el nombre de Hijas de la Caridad, tiene que honrar en ella a los pobres, mirar a los pobres niños expósitos como tales, y servirles, mientras esté destinada a ello, como si se tratase del mismo Hijo de Dios, tal como él lo pide. Como el fin principal de las Hijas de la Caridad es imitar la vida de Jesucristo en la tierra, dicha hermana quiere utilizar la suya en el servicio de los pobres, ya que el Hijo de Dios murió en la Cruz por ellos, como por nosotras. Y así seremos verdaderas Hijas de la Caridad y no sólo de nombre. El último motivo es hacer todo el servicio que se pueda a los pobres por amor a Dios y el deseo que tenemos de verlo un día en su gloria.

Varias hermanas dieron como motivo la gratitud por la gran gracia que Dios les había hecho por llamarlas a una vocación que se parece a la del Hijo de Dios en la tierra; se humillaron por las negligencias que habían tenido hasta entonces, e hicieron nuevas resoluciones de mayor fidelidad a Dios.

El pensamiento de que los pobres son miembros de nuestro Señor fue para todas un motivo poderoso para servirles con mayor cuidado y caridad del que hasta ahora han tenido.

Otra hermana: Como ella no tiene nada, y sin embargo la limosna es muy agradable a Dios, quiere entregarse por entero a los pobres, y honrar la vida del Hijo de Dios, que murió por ellos.

Otra hermana: Como ella ha sido llamada por Dios a la Compañía de las Hijas de la Caridad, tiene que servir a los pobres espiritualmente, esto es, ayudarles a conocer a Dios y a usar los medios para salvarse; y corporalmente, esto es, administrarles los alimentos y remedios con mucho cuidado y cordialidad.

Otra hermana: Como Dios quiere ser servido por nosotras en la persona de los pobres, yo los miraré en Jesucristo y les serviré por amor a él.

Otra hermana: Ver a Dios en la persona de los pobres y representarse, con deseos de imitarlas, la mansedumbre, humildad y caridad, que Jesucristo practicaba al servirles en la tierra, sin tener acepción de personas, a todos igualmente, según su necesidad.

Otra hermana: A Dios le agrada mucho el servicio que se hace a los pobres por su amor. Ella se consideraba indigna de su vocación y creía que cualquier otra lo haría mejor. Sin embargo, se sometía a las órdenes de la divina Providencia que la había llamado a la Compañía, y se comprometía a visitar a los pobres con el ánimo de honrar la santa vida de Jesucristo.

Medios para ayudar a los pobres enfermos a utilizar bien la enfermedad que Dios les envía, expuestos por las Hermanas de la Caridad en la conferencia indicada.

Después de haber saludado a los enfermos de una forma modestamente jovial, informarse del estado de su enfermedad, compadecer sus penas y decirles que Dios os envía para ayudarles y aliviarles en todo lo que podáis, hay que preguntar por el estado de sus almas, explicarles que tienen que recibir sus enfermedades de la mano de Dios para su mayor bien y que, en su amor eterno, él permite esa enfermedad para llevarlos a él, ya que muchas veces en la salud no pensamos más que en trabajar para la vida del cuerpo y no nos preocupamos de nuestra salvación. Después de esto, sugeridles un acto de fe en general, que abarque todos los artículos de nuestra fe y un acto de conformidad con la voluntad de Dios, especialmente en lo que se refiere a la aceptación de la enfermedad. Enseñadles que algunas veces Dios nos aflige por nuestros pecados, otras veces para darnos ocasión de manifestarle nuestro amor. Habladles con cordialidad, por ejemplo: «Mi querido hermano, o mi querida hermana, en medio de sus grandes dolores piense en los del Hijo de Dios, pídale que una los de usted a los suyos y se los ofrezca al Padre por sus pecados». Otras veces decidles: «Mi querido enfermo, piense que, puesto que Jesucristo ha sufrido tanto por usted, también tiene usted que sufrir por su amor, ya que no es razonable que el siervo vaya por un camino distinto del de su amo (4). Piense también que Dios ha permitido que su cuerpo esté enfermo para la curación de su alma, a la que hay que tener un gran respeto, ya que ha sido creada para el cielo, en donde estará eternamente con Dios. Para ayudarle a tener paciencia, pídasela muchas veces a Dios, y tenga frecuentemente en su boca el santo nombre de Jesús».

«Sé muy bien, amigo mío, que su pobreza aumentará sus penas por las incomodidades que recibirán con ella su mujer y sus hijos; pero, para aliviar esos pensamientos, piense en la pobreza del Hijo de Dios y de su santa Madre, que no tenía donde alojarse cuando vino al mundo; él mismo dijo que no tenía dónde descansar su sagrada cabeza (5). Hermano mío, ¡qué gran consuelo es éste!» «Hermano, una cosa que le tiene que consolar en su mal es que, aunque sea muy grande, no es nada en comparación con lo que sufrió nuestro Señor por nosotros en la Cruz. Si sufre pacientemente y por amor a Dios, él le aumentará la gloria que tendrá en el cielo. Este mal pasará, y el consuelo de haber sufrido por amor a Dios y de haberse conformado con su voluntad le quedará siempre y Dios le amará más.» «Fíjese, hermano mío; esa enfermedad que Dios le ha enviado le ayudará quizás a evitar las penas del infierno, que durarán una eternidad. Esté seguro de que con ella disminuirá mucho lo que tenga usted que sufrir en el purgatorio por sus pecados, pero con una condición: que haga buen uso de ella y la sufra por amor a Dios. Por el contrario, perderá usted mucho si se impacienta en su mal; no le digo: si se queja, ya que la queja no es una falta de paciencia.»

Una hermana observó que sería conveniente, al entrar en la habitación de los enfermos, ver en ellos a nuestro Señor en la cruz, y decirles que su cama tenía que representarles la cruz de nuestro Señor en la que ellos sufren con él.

Reflexiones de otra hermana: Si el enfermo nos manifiesta algún descontento, indicarle que, cuando estamos enfermos, es por permisión de Dios, y que en este estado tenemos que preguntarnos qué es lo que nos gustaría en el momento de nuestra muerte haber hecho en nuestra vida, e intentar reparar todos nuestros pecados en esta enfermedad por medio de la conformidad con la voluntad de Dios, la paciencia, el sufrir la pobreza y los dolores que experimentamos y la unión de nuestros sufrimientos a los de Jesús en la cruz.

Otra hermana: Invitar al enfermo a utilizar bien su enfermedad, mostrándole que su mal ha sido permitido por Dios, su Creador, a quien tiene que adorar, amar y al que debe someterse. Esa hermana demostró mucha gratitud por el hecho de que, con su gracia, Dios la escogió para hacerlo conocer y amar y para que imitase así la conducta de su Hijo en la tierra.

La mayor parte de las hermanas observaron que deberían, apenas empezar a servir a los pobres enfermos, ayudarles a que se aprovechasen de su estado, y para eso indicarles que, si estamos en pecado mortal, todo lo que hacemos y sufrimos no puede ser agradable a Dios y que todos nuestros sufrimientos y nuestras penas resultan inútiles. A continuación, informarse sobre el tiempo de su última confesión y comunión, y mostrarles que la gracia de Dios es la vida del alma, lo mismo que el alimento es la vida del cuerpo, y que, si estamos mucho tiempo sin comer, nuestro cuerpo dejaría de vivir.

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