(08.01.42)
Mis queridísimas hermanas, nos reunimos hoy para ver, al comienzo de este año, cómo habéis pasado el anterior, y procurar emplear mejor éste. Es menester que hagáis mucho caso del nombre que lleváis. No son los hombres quienes os lo han dado; se trata de un testimonio muy seguro, que os viene del mismo Dios. Los padres de la iglesia tenían como cierto, al comienzo del cristianismo, que los escritos cuyo autor no se podía descubrir después de serias investigaciones estaban hechos por los apóstoles. Para vosotras es éste un motivo de gran consuelo, hijas mías, porque nadie jamás se ha preocupado de daros un nombre. Pero, con el correr de los tiempos, el mundo, al veros consagradas totalmente al servicio de los pobres y de las buenas obras, os ha empezado a llamar comúnmente Hijas de la Caridad. Estimad mucho este santo nombre y obrad de manera que os mostréis siempre dignas de llevarlo. ¿Qué creéis, hermanas mías, que quiere decir este hermoso nombre: Hijas de la Caridad? Nada más que Hijas del buen Dios. Ya que el que está en la caridad, está en Dios, y Dios en él. Por tanto, es preciso que seáis siempre cariñosas y cordiales, siendo una escuela de todas las virtudes.
En primer lugar, entre vosotras debe haber una gran unión y, si es posible, semejante a la de las tres personas de la santísima Trinidad; porque, ¿cómo, mis queridas hermanas, podríais ejercer la caridad y la mansedumbre con los pobres, si no la tuvierais con vosotras mismas?
Empezaremos pues, por una especie de rendición de cuentas de los defectos del año pasado. Yo os hablaré de siete que he advertido, o de los que me han avisado. Será éste un buen medio para perfeccionaros. Siento mucho, hermanas mías, no haber podido tener esta reunión antes. Habrá que tenerla al final de cada año. Es lo que se practica en muchas comunidades, especialmente entre nosotros. ¿No dijo un gran profeta que repasaba con la amargura de su corazón sus faltas pasadas?.
El primer defecto es el de no soportarse las unas a las otras. Mis queridas hermanas; no hay nada tan necesario como soportarse, puesto que de ordinario en todos los caracteres se encuentran pequeñas contradicciones. ¿No veis cómo nosotros mismos, en nuestro propio carácter, cambiamos tan frecuentemente de humor, y nos hacemos insoportables a nosotros mismos? Esto fue lo que le hizo decir a Job: «Dios mío, ¿cómo me habéis hecho tan discordante como yo me siento?» ¿Y no veis cómo ni siquiera nuestros intestinos están de acuerdo a pesar de que están unidos en apariencia? Por eso, hermanas mías, hay que dedicarse con energía a la práctica de soportarnos.
Las mayores honrarán la edad perfecta de nuestro Señor y la manera con que soportó a los hombres tan imperfectos que le rodeaban, soportando a las jóvenes en sus defectos, viendo en ellas la vocación de Dios para su servicio, animándolas con su ejemplo y con sus palabras. El Hijo de Dios enseñaba a los suyos más todavía con su ejemplo que con su palabra. Imitadle, mis queridas hermanas. Las mayores tienen que ser muy exactas en todas las normas, hacer lo que ellas ordenan a las demás, escoger lo peor, soportar los pequeños defectos de las recién llegadas, animarlas con sus palabras, consolarlas a veces en sus pequeños disgustos, diciéndoles que ellas mismas experimentaron antes esas fatigas; porque, hijas mías, todas las han tenido, y es bueno tenerlas, con tal que se las descubra con sinceridad a los superiores, y a ellos solos. Las antiguas tienen que animar a las nuevas, demostrarles respeto, aprobar sus pequeñas obras, aceptar con gusto lo que dicen y lo que hacen, y sobre todo guardarse de hablarles y mirarlas como extrañas, de ridiculizar su lenguaje y su forma de vestir. Cuando se encuentren con ellas, tienen que decirles siempre alguna palabra, como por ejemplo: «Bien, hermana mía, ¿es usted muy fervorosa? ¿estima mucho la oración y todas las prácticas de nuestro reglamento? Tenga ánimos, ¿donde está? ¿empieza a acostumbrarse a nuestra vida?».
Se indicó al padre Vicente que varias hermanas se escandalizaban de la salida de las que dejaban la compañía, sobre todo de las que habían estado allí ocho o doce años; murmuraban y se desanimaban. Otras sienten pena cuando el mundo les pregunta muchas veces qué es lo que ganan, cuando les dicen que pierden el tiempo, o cuando las tratan de holgazanas, y dicen que están allí para pasarse la vida muy a su gusto. El padre Vicente respondió:
– Hijas mías, por lo que se refiere a las que han salido, nadie debería extrañarse de ello. Sabéis bien la paciencia que se ha tenido con ellas: unas veces se les ha cambiado de lugar, otras se ha cambiado a las demás hermanas, con la esperanza de que se acomodarían mejor con unas que con otras; incluso se les ha enviado a las aldeas, para intentar toda clase de medios y obtener su perseverancia en la vocación. Si, después de esto, no han sabido superarlo todo, ¿querríais que se las retuviese, con el peligro de perjudicar a toda la comunidad? Mis queridas hermanas, esto no sería razonable, ni mucho menos. Estad seguras de que no se hace nada sin haberlo pensado bien. Desde hace algún tiempo, he tenido quejas de un hombre de condición en cuya casa estuvo una de esas hermanas; me dijo: «Padre, si mi mujer no me quita en seguida a esa hermana de nuestra casa, creo que me veré obligado a dejarla yo, ya que es una persona peligrosa».
Al darle cuenta un día al arzobispo de París de una visita que había hecho a un Monasterio (5) por orden suya, le dije que no había encontrado nada malo en aquella casa, a no ser que la mayor parte de las religiosas se quejaban de que la Madre recibía a todas las que se presentaban, y que no salía ninguna. «¡Oh!, me respondió él, ¡qué mal asunto!; cuánta avaricia supone eso!» Es muy importante que las religiosas se purguen de las personas que puedan dañar a las demás.
Por eso, mis buenas hermanas, no tenéis que extrañaros cuando alguna se retire; porque, fijaos, os ponéis en peligro de murmurar contra vuestros superiores, lo cual sería una gran falta, una falta peor que la que comete un asesino. Fijaos, si vieseis en vuestra casa el cuerpo de un hombre asesinado, el asesino habría hecho menos mal que el murmurador; porque no ha matado más que un cuerpo, y la que murmura se pone en peligro de matar muchas almas. Mis queridas hermanas, tened mucho cuidado; porque, cuando murmuráis entre vosotras, o cuando habláis mal de la pobre hermana que ha salido, estáis criticando la conducta de vuestros superiores, que es una falta que Dios tendrá que castigar.
Un día Noé, que tenía el espíritu adormilado por haber bebido un poco más de vino, estaba acostado totalmente al descubierto. Algunos de sus hijos se burlaron de él; pero uno de ellos, sabiendo el respeto que debía a su padre, se volvió para no verlo, y le cubrió con su manto. ¿Sabéis lo que pasó? Los que habían murmurado fueron malditos por Dios, ellos y todo su linaje, y el hijo respetuoso fue bendecido con toda su posteridad.
Cuando las gentes pregunten qué es lo que ganáis y aseguren que estáis perdiendo el tiempo, mis queridas hermanas, hay que robustecer vuestro espíritu contra todas esas habladurías y responder que os juzgáis muy felices, porque Dios quiere servirse de vosotras en esta condición. No tengáis miedo, si os ven resueltas de esta forma no dirán nada más.
Y a los que os llamen criadas y os reprochen que os ganáis la vida cómodamente, respondedles: «A nosotros nos gustaría servir a Dios y a los pobres por nuestra propia cuenta, y si tuviésemos los medios para ello lo haríamos de muy buena gana; para testimoniar el amor y el honor que les debemos a los pobres, nos hacemos voluntariamente pobres para servirles». Decid estas palabras, hermanas mías, pero con la condición de sentir en vuestro corazón esta disposición.
La gente os dirá también que, mientras viváis vosotras, irá bien vuestra Compañía, pero que luego desaparecerá todo. A esto os diré, mis queridas Hermanas, que no pasa nunca esto con las obras de Dios. Muy poco apoyo tendríais si sólo dispusieseis de una pobre criatura. Vuestra firmeza es la santa Providencia; es ella la que ha puesto vuestra Compañía en pie; porque, ¿quién os ha escogido?; os pregunto, ¿quién os ha hecho lo que sois, más que Dios? No me cansaría nunca de decirlo. Nosotros jamás hubiésemos tenido esa idea.
¿Sobre qué fundamento creéis que nuestro Señor estableció su Iglesia? Eran muchos los que le seguían, y al final de su vida sólo quedaron doce, que fueron martirizados todos. ¡Oh! ¡qué poco se parecen las obras de Dios a las de los hombres! ¿No decían también eso mismo los padres del Oratorio a la muerte del padre de Bérulle, y los de San Francisco? ¿Y a dónde voy yo, miserable pecador? No hay comparación. No, hermanas mías, no temáis. Dios no os faltará jamás, si le permanecéis fieles. Esforzaos, pues, en perfeccionaros sirviendo a los pobres.
Nos reuniremos de nuevo dentro de un mes, y hablaremos de lo que conviene hacer en este comienzo de año. Le suplico a la divina bondad que os bendiga, dándoos la cordialidad de las verdaderas Hijas de la Caridad para que soportéis mutuamente vuestras debilidades, y la gracia de reconciliaros las unas con las otras, si hay alguna dificultad entre vosotras. Finalmente, hijas mías, suplico a la divina bondad que os bendiga llenándoos de una entera confianza en su santa Providencia, para realizar eternamente la santísima voluntad de Dios, y que os bendiga para siempre con el don de todas las cualidades de verdaderas Hijas de la Caridad, según sus designios.
En el nombre del Padre, etc.







