(15.10.41)
Mis queridas hermanas, esta reunión no tiene otro fin más que el de instruiros sobre el jubileo, a fin de que sepáis lo que es y tengáis más deseos de ganarlo. Os diré qué es el jubileo, por qué lo tenemos y los medios para ganarlo.
La palabra jubileo viene de la Antigua Ley. El año jubilar sólo tenía lugar cada cien años y suponía grandes privilegios para los que vivían antes en la tierra, pero solamente era para los bienes temporales; aquellos que habían vendido los bienes podían recuperarlos, y los que tenían deudas quedaban libres de ellas. El año se llamaba año de alegría o de júbilo; de ahí viene el nombre de jubileo.
Pues bien, mis queridas hermanas, en la ley de gracia, para los cristianos, la alegría del jubileo es muy distinta. La santa Iglesia, guiada por el Espíritu Santo, concede regularmente el jubileo cada veinticinco años, y por eso, lo tendremos dentro de nueve años. El santo Padre, en virtud del poder concedido por Jesucristo a san Pedro, lo concede también excepcionalmente, en virtud de las grandes necesidades, como vemos que ha sucedido este año; no de la misma manera que en la Antigua Ley, sino concendiéndonos ciertos medios para volver a entrar en la gracia de Dios, que hemos perdido por el pecado, para reparar nuestras fuerzas y compensar el bien que habríamos debido hacer y que no hemos hecho. La razón por la que se ha establecido este jubileo, mis queridas hermanas, es la necesidad universal que se siente en toda la cristiandad; por eso, el santo Padre lo ha extendido no solamente a Francia, a Italia, a España, a las Indias, sino también a los antípodas, y esto a fin de impetrar de Dios el perdón de nuestros pecados.
¿Y sabéis lo que es la gracia del jubileo? El santo Padre, que tiene la llave de los tesoros de la Iglesia y el poder de distribuirlos a los fieles, los dispensa liberalmente. ¿Y sabéis de qué están compuestos esos tesoros? En primer lugar, de los méritos de la vida, muerte y pasión de Jesucristo, de los de la santísima Virgen, de los santos mártires y de todos los santos, que sacan su valor de los méritos del Hijo de Dios.
¿Sabéis, mis queridas hermanas, las ventajas que nuestras almas obtienen con el jubileo, si lo ganan bien? Cuando se ofende a Dios, hay una aversión a Dios y una conversión a la criatura, esto es, se le da la espalda a Dios y el rostro a la criatura. Obrar de esta forma, mis queridas hermanas, ¿verdad que es cometer una gran injuria contra él, que es tan bueno y tan digno de ser amado? Pues bien, hijas mías, sabed que por esta aversión del pecador a las miradas de Dios, merece el infierno, y que, por su conversión a la criatura, merece las penas, enfermedades y aflicciones, como veis muchas veces que les sucede a las criaturas en la tierra, o como sucede en el purgatorio, cuando no han satisfecho en esta vida. Sin embargo, no hemos de creer, mis queridas hermanas, que todos los que se sienten afligidos, lo están como castigo de sus pecados. Dios utiliza estas aflicciones por otros motivos, por ejemplo, para probar su amor y su fidelidad, como lo hizo con Job y con Tobías, que eran ambos amigos suyos. Pero, en esas aflicciones generales de todos los pueblos, hay motivos para creer que Dios quiere castigarnos por nuestros pecados. Por eso, mis queridas hermanas, es preciso que nos esforcemos por ganar este jubileo.
Os he dicho que el pecado tiene dos efectos. Aversión de Dios y conversión a la criatura. Por medio de nuestras confesiones ordinarias borramos el primer efecto, que nos hace merecer el infierno. Por medio de las penas, enfermedades y aflicciones, se repara la conversión a la criatura, y ganando el jubileo, esas penas que teníamos que sufrir por el pecado se nos quedan totalmente perdonadas. Ved, hijas mías, qué gran ventaja para nosotros la de ganar este santo jubileo.
Pensemos bien en lo que hemos hecho cuando hemos ofendido a Dios. Pues bien, hijas mías, si un cortesano, en la antesala de su príncipe, le volviese la espalda, ¿no sería esto un gran deshonor? ¡Cuánto más si lo hace para convertirse a otra criatura! En vez de contentar a Dios, complacerse en ofenderlo y buscar sus propias satisfacciones. ¡Oh, hijas mías! ¡cuán miserables somos cuando obramos de esta manera! Esforcémonos, en este santo tiempo, en satisfacer a la justicia de Dios. Quizás sea éste el último jubileo que veremos en nuestra vida. No perdamos la ocasión de participar en este año de alegría, no ya entrando en posesión de unos bienes temporales, sino meditando en las penas que infaliblemente tendríamos que sufrir, si no satisficiésemos por ellas; es esa la orden que Dios nos ha dado, cuando desde el principio del mundo, al perdonar a Adán, puso el castigo debido a su pecado, y cuando dijo a David que el hijo de la madre que había compartido su falta moriría para satisfacer el castigo debido a su sensualidad.
Veamos ahora, mis queridas hermanas, los medios para ganar el jubileo. Son los que ordena la bula del santo Padre. En primer lugar, convertirse a Dios con todo el corazón, por medio de una buena y entera confesión. Sí, hijas mías, esta penitencia tiene tan gran poder que Dios ha dicho: «Si he dicho al pecador que sería condenado, pero él hace penitencia, no le condenaré».
Disponeos pues, hijas mías, a hacer una buena confesión; y si no habéis hecho todas una confesión general, pensad en ello. ¡Qué bien será para todas vosotras, hijas mías, ver que, no solamente son perdonados vuestros pecados, sino que se repararán vuestras negligencias! Examinaos bien, especialmente sobre los mandamientos de Dios y sobre la práctica de vuestro reglamento, que no es poca cosa, ya que vuestra vocación es de las mayores y de las más santas que hay en la Iglesia. ¡Oh! ¡Cuán necesario es que tengáis gran virtud para perseverar! Porque vosotras no estáis solamente para atender a los cuerpos de los pobres enfermos, sino también para darles instrucción en lo que podáis. Por eso es conveniente que no perdáis ninguna ocasión para instruiros a vosotras mismas. Y como una de las partes principales de la penitencia es la resolución de corregirnos, habrá que aplicarse enérgicamente a esto, antes de hacer vuestra confesión.
Otra condición de la bula, para ganar el jubileo, es la de ayunar una o tres veces durante la semana escogida para ganarlo. Los que no han hecho jamás confesión general, y tuviesen grandes pecados, incluso de casos reservados, tienen que ayunar el miércoles, el viernes y el sábado, y los otros el viernes solamente. Todos los confesores aprobados por el arzobispo de París, hijas mías, tienen el mismo poder de absolver que los Papas; lo cual no sucede en otro tiempo más que en el jubileo.
Otra condición es la de visitar las iglesias. Hay designadas gran cantidad de ellas, pero basta con visitar una o varias. Hay que rezar allí por las intenciones de la Iglesia, que son aquellas por las que el santo Padre nos ha concedido sus tesoros, a saber, por la santificación y la exaltación de la santa Iglesia, la paz entre los príncipes cristianos y, en general, por la conversión de los pecadores.
Tened además, hijas mías, la intención de convertiros verdaderamente en Hijas de la Caridad; porque no basta con ser Hijas de la Caridad de nombre. Hay que serlo de verdad. No le sirvió para nada a las cinco vírgenes necias del Evangelio (2) el ser vírgenes y el estar llamadas a las bodas del Esposo, ya que no entraron en ellas. Les faltaba el aceite en sus lámparas. Esto es, no tenían caridad y no eran exactas en la observancia de sus reglas. Por tanto mis queridas hermanas, no es nuestra condición, ni tampoco nuestras cualidades, las que nos hacen agradables a Dios y las que nos salvan, sino la manera con que respondemos a las cualidades que tenemos. Lo dijo el mismo nuestro Señor: «A todos los que me digan: Señor, ¿no hemos echado los demonios en vuestro nombre y hemos hecho otras muchas obras?, se les contestará: No os conozco» (3). ¿Y por qué esto? Es que no han hecho estas acciones en caridad. Por eso, hermanas mías, es menester que seáis muy exactas en la observancia de vuestras reglas. De esta forma os perfeccionaréis y os haréis agradables a vuestro Esposo, que recibirá los servicios que le hagáis en la persona de sus pobres enfermos. Ved, hijas mías, y examinaos; ¿os encontráis mejores de lo que erais cuando vinisteis a la Caridad? Un gran santo ha dicho que el que no avance en la vida espiritual, retrocede. ¿No habéis perdido mucho, si después de cuatro, de seis años, no habéis avanzado en la vida espiritual, en la corrección de vuestras faltas y en la mortificación de vuestros sentidos?
Una de las hermanas replicó que ella sentía mucha dificultad en hacer oración y no sacaba gusto de ella.
– Hija mía, me alegro mucho de que me ponga esta objeción. Es verdad, las que pueden dedicarse a los métodos que se dan para hacer oración, y especialmente el método de que habla la Introducción a la vida devota, hacen muy bien. Pero no todos lo pueden. Sin embargo, todas pueden estar al pie de la -cruz y en presencia de Dios; y si una no tiene nada que decirle, que espere a que él hable; y si él la deja allí, se quedará muy a gusto, esperando de su bondad la gracia de escucharle, o de hablarle. Santa Teresa estuvo aguardando perseverantemente durante veinte años a que Dios le diese el don de oración; y lo recibió tan ampliamente que sus escritos son admirados por los mayores doctores. No os desaniméis, mis queridas hermanas, si creéis que perdéis el tiempo en la oración; basta con que cumpláis la voluntad de Dios obedeciendo a vuestro reglamento. ¿No tenéis todas, mis queridas hermanas, esta voluntad?
Las hermanas afirmaron que ése era su deseo. Y como el servicio a los enfermos impide muchas veces a las hermanas de las parroquias hacer oración, el padre Vicente propuso, con su caridad ordinaria, que se cambiase la hora de acostarse y de levantarse; lo cual aceptaron todas las hermanas de buen grado, no sin haber expuesto algunas dificultades.
Luego, el padre Vicente nos animó a no omitir nada para ganar el jubileo:
– Ved, hijas mías, pensad en prepararos para este santo tiempo. Si queréis, os ayudaré a ello; y, hermanas mías, os concederé un día o dos a la semana para oíros en confesión.
Su caridad se manifestó con su grandeza ordinaria. No reprendió las faltas de las hermanas, sino que las animó solamente a obrar mejor y escuchó con gran paciencia muchas de las propuestas que parecían inútiles. Algunas hermanas se excusaron de no poder observar el reglamento: unas, porque tenían la costumbre de visitar a las damas, al fin de obtener limosnas para los pobres necesitados, y que en compensación, a fin de no ser desagradables, tenían que hacerles pequeños servicios; las otras porque velaban a veces hasta muy tarde para hilar, a fin de tener con qué vivir y mantenerse.
El padre Vicente respondió:
– Me gusta mucho, hijas mías, que me hayáis puesto estas objeciones. Fijaos, hay que saber desprenderse de esas visitas que os impiden practicar vuestro reglamento. La primera vez que las damas os manden a buscar, id en nombre de Dios, y decidles: «Señora para venir a verla he dejado mi oración, o tal otro ejercicio; le suplico muy humildemente que no tome a mal el que otra vez no venga». Sabed, hijas mías, que las damas no se sentirán molestas por ello, sino que, por el contrario, os estimarán más.
Por lo que se refiere a vuestro trabajo, hijas mías, ya tenéis bastante para alimentaros; una de vuestras hermanas no tiene más que vosotras, y sin embargo, desde hace un año, poco más o menos, me ha enviado cincuenta francos de sus ahorros. No es que os aconseje que no hagáis nada, sino que hay que preocuparse sobre todo del servicio de vuestros pobres y de la práctica de vuestro reglamento.
Bien, queridísimas hermanas, suplico a nuestro buen Dios, que ha inspirado a nuestro santo Padre el pensamiento de comunicarnos los tesoros de su misericordia, que quiera disponer vuestras almas para recibirlo. Que su amor, que os ha llamado a tan santo ejercicio, os conceda la gracia de ganar este santo jubileo y os dé nuevas gracias para entrar en la práctica de vuestro reglamento. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.







