(16.08.40)
El jueves, 16 de agosto de 1640, día de san Roque, el padre Vicente dijo:
– Hermanas mías, aunque soy el más miserable pecador de la tierra, quiere la bondad de Dios que os venga a hablar de su parte, y le pido que pueda hacerlo para su gloria y para vuestra edificación.
Me había prometido daros hoy vuestro pequeño reglamento, pero algunos asuntos me lo han impedido; incluso ha faltado poco para que no pudiese venir hoy, ya que he tenido que irme lejos dentro de la ciudad; por eso, dispongo de poco tiempo para hablaros.
La hermana más antigua (1) recordó que al final de la última reunión se dijo que, por tratarse de un tema práctico, sería conveniente empezar dando cuenta de lo que se hace.
El padre Vicente, resume aquellos puntos, y empezando por el de levantarse a las cinco preguntó a las hermanas, una después de otra. Se vio que, por la gracia de Dios, ninguna faltaba a ello.
¡Bendito sea Dios!; hay que seguir así, porque no basta con comenzar. ¿Y la oración? A eso sí que no tenéis que faltar nunca, si hay medio para ello. ¿Os acordáis del método de aquel buen magistrado?
Algunas hermanas dijeron que lo habían practicado así.
Hijas mías, prosiguió él, no es que haya que emplear todo el tiempo de nuestra oración previendo las cosas que tengamos que hacer y los medios para hacerlas bien. Pero hay que considerar el tema que hay que meditar, hablar con Dios y por su amor, el cual, estoy seguro, os guardará cada vez con mayor fuerza. Haréis que vuestra resolución sea sobre las acciones de la jornada, principalmente sobre las que os hacen tender a la perfección y al cumplimiento de vuestras reglas, para honrar mejor a Dios en vuestra vocación.
Pues bien, hijas mías, dijimos en la última reunión que uno de los medios para vivir ordenadamente era el de aplicaros a vuestras ocupaciones externas con diligencia, sin retrasarse en ningún sitio y despidiendo a las personas que vengan a vuestra casa, sea cual fuere su condición, a la hora de vuestros ejercicios. ¿Se observa esto?
Como este punto es muy difícil, el padre Vicente añadió:
– Mis queridas hermanas, no faltéis, por favor, porque de aquí depende la práctica de vuestro reglamento. Algunas veces es la timidez la que impide a una hermana decir a su vecina: «Hermana, es tiempo de retirarnos».
Ved cómo hay que hacerlo. Estáis dos. Imitad la conducta de los soldados en la guerra. Ordinariamente uno es más débil que el otro. El que no lo es tanto, cuida de lo necesario. De la misma forma es preciso que entre vosotras, las más resueltas, bien sea por humor o por virtud, se encarguen de poner término a los obstáculos que provienen de las relaciones externas, pero esto con mansedumbre y caridad. Y sobre todo, que la otra hermana no se oponga a ello, aun cuando las personas que haya que despedir le sean más conocidas que a su compañera.
A la cuestión que se le planteó, de si las Hijas de la Caridad podían recibir amigas en su habitación e incluso invitarlas a dormir allí, el padre Vicente respondió:
– Hijas mías, guardaos muy bien de llevar nunca a nadie a vuestras habitaciones, bajo cualquier pretexto que sea; eso sería muy peligroso.
– Díganos, por favor, padre, dijo una hermana, cómo podremos practicar la devoción de esa señora de la que su caridad nos habló la última vez y que tenía en su manga una estampa de la santísima Virgen.
– Podéis hacerlo así: al comienzo de alguna acción o de alguna entrevista, de vez en cuando, a lo largo de la jornada, llevad la mano al rosario que pende de vuestra cintura, o bien. a la medalla o a la cruz que hay allí. Elevad vuestro espíritu a Dios y decidle: «Dios mío, que yo diga esta palabra o que realice esta acción para tu gloria y por tu amor».
Nuestro muy honorable padre preguntó a las hermanas si acordaban de aquella acción de la señora. Algunas respondieron que sí y que habían aceptado aquella práctica. Sor Margarita Lauraine, que por entonces servía a los pobres de San Lorenzo, contó que, al pasar por la plaza, donde se decían tonterías y se jugaba durante la feria, le entraron ganas de volverse para ver una cosa, pero que, en vez de ceder, tomó la cruz de su rosario y dijo: «Dios mío, más vale que te mire a Ti que no a las locuras del mundo».
– ¡Oh! ¡Dios la bendiga, hija mía! Así es como hay que hacer. ¿Creéis, mis queridas hermanas, que esta buena hermana no ha hecho nada, que no ha hecho una gran cosa en esta acción? ¡Sí que lo ha hecho! ¡una gran cosa! ¿Y qué es lo que ha hecho? Ha penetrado en los cielos, y ha enviado un dardo de amor al corazón de Dios. El mismo Dios es el que lo dice: «La oración corta y fervorosa penetra en los cielos» (3). Son dardos de amor muy agradables a nuestro buen Dios, y por eso los recomiendan mucho los santos Padres que conocían su importancia. Por eso, hijas mías, os exhorto a que os acostumbréis a ello y a que penséis muchas veces en la obligación que tenéis de haceros perfectas en la condición en que estáis. Vosotras no conocéis su grandeza. Pero yo no puedo dejar de deciros, hijas mías, que es una de las mayores que hay en la iglesia, después de la de las religiosas del hospital, de las que os hablaré algún día. ¿No os impresiona el corazón pensar: Dios me ha escogido a mí, pobre muchacha del campo, para una obra tan santa? Ha dejado que pasase mi madre, todos mis parientes, tantas otras personas de mi aldea, y ha puesto sus ojos sobre Genoveva, Juana, María, etc, para ser las primeras. ¡Oh! ¡Qué gran gracia de Dios! ¡Oh! ¡es la obra de la divina Providencia! ¡Seréis benditas para siempre! Esta consideración, mis queridas hermanas, os dará seguramente el deseo de una gran perfección
Creo que hablamos en la última reunión de la cordialidad que tenéis que tener las unas para las otras. Os he recomendado que no soportéis en vuestros corazones nada que disguste a vuestras compañeras, que no os desedifiquéis jamás las unas a las otras. Mis queridas hermanas, acordaos que es esa la base de vuestra unión, que os es tan necesaria. Sed fieles a esta práctica, y veréis cómo se deriva de aquí un gran bien. Especialmente servirá para prevenir muchas murmuraciones que tienen lugar con frecuencia, si no se pone cuidado en ello. Nadie disgusta tanto a Dios como un murmurador. ¿Qué es lo que hace un asesino? Mata el cuerpo de una persona, cuya alma quizás será bienaventurada en el cielo. Pero, os pregunto, ¿qué es lo que hace el murmurador? Algo peor. No mata el cuerpo, pero con una sola palabra quizás mata gran número de almas. Hijas mías, una hermana que dijese a otra el disgusto que ha recibido quizás del superior o de la superiora, que se quejase de estar en un lugar en donde no encuentra satisfacción, que tuviese la tentación de retirarse y lo dijese, quejándose de aquellos que son la causa de su falta de ánimo, sí, hijas mías, os digo que esa persona sería peor que un asesino. Las pobres hermanas que la escuchan se quedarán desedificadas de todas esas murmuraciones, se pondrán ellas mismas a murmurar más, se cansarán de su condición y abandonarán finalmente su vocación por la que Dios las quería salvar y santificar. Esa pobre hermana que murmuró la primera, ¿no es acaso la causa de la pérdida de todas las demás? ¿Y qué podrá hacer para devolver a estas pobres almas la vida que les ha quitado? ¿No veis que esa hermana, si hubiera alguna – ¡lo que Dios no quiera! -, sería peor que un asesino, ya que la vida del cuerpo no es nada comparada con la de las almas?
Pero, me diréis, ¿qué hará esa pobre hermana en medio de su descontento? Hijas mías, ¿sabéis qué es lo que tiene que hacer? Tiene que venir a buscarme a mí, o a vuestra superiora, y contarnos al uno o a la otra sus penas; y su compañera debe decirle, en vez de excusarla: «Hermana, en nombre de Dios, acordémonos que somos Hijas de la Caridad y que, como tales, no nos tenemos que quejar de nada, sino amar cordialmente a nuestras hermanas».
Bien. Hijas mías, quiera Jesucristo crucificado, ya que habéis sido escogidas para imitar su santa vida en la tierra, alcanzaros de Dios su Padre las gracias que necesitáis para ser verdaderas Hijas de la Caridad. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.







