(19.07.40)
El jueves, 19 de julio de 1640, nos dio el padre Vicente la segunda conferencia sobre la vocación de las Hijas de la Caridad, y empezó de esta manera.
¡Animo, hijas mías!; de nuevo estamos reunidos para hablar de la excelencia de vuestra vocación y para conocerla mejor, a fin de reparar las faltas en las que me han hecho caer mis continuas ocupaciones, retrasando tanto tiempo mis deseos de enseñaros lo que tenéis que saber sobre este tema. Quizás, mis queridas hijas, la justicia de Dios me tendrá que castigar de ello en el purgatorio. Sin embargo, he tenido un consuelo en todo esto: desde hace diez o doce años que ha empezado vuestra Compañía, vosotras habéis honrado la conducta del Hijo de Dios en la fundación de su Iglesia, el cual estuvo treinta años sin aparecer, para trabajar solamente tres, y no dejó nada por escrito a sus apóstoles. En todo lo que habéis hecho, hijas mías, estos años pasados, os habéis guiado por la costumbre; pero, con la ayuda de Dios, en el porvenir tendréis vuestras pequeñas reglas. Así pues, la finalidad de esta conferencia será la de daros a conocer el plan de Dios en la fundación de las Hijas de la Caridad, ya que todos los obreros del mundo tienen algún plan en sus obras. El mismo Dios no hizo nunca nada sin este plan. Su plan, en la institución de los Capuchinos, fue formar hombres que enseñasen la penitencia con su ejemplo; suscitó a los Cartujos para honrar su soledad y cantar sus alabanzas; a los Jesuitas, para llevar una vida apostólica; y así a los demás. Por tanto, tenemos que ver el plan de Dios en vuestra fundación. Vosotras, pobres campesinas, ¿no os sentís consoladas y admiradas al mismo tiempo de una gracia tan grande de Dios, que todavía no conocéis pero que conoceréis algún día? Honrad pues el plan que Dios ha tenido desde toda la eternidad en este propósito; y aunque os parezca hasta el momento muy pequeño y casi nada, sabed que es muy grande, ya que se trata de amar, servir y honrar la vida de su Hijo en la tierra.
Pero quizás, hijas mías, no sepáis cómo se puede amar a Dios soberanamente. Os lo voy a decir. Se trata de amarlo más que a cualquier cosa, más que al padre, a la madre, a los parientes, a los amigos, o a una criatura cualquiera; amarlo más que así mismo, porque, si se presentase alguna cosa contra su gloria y su voluntad, o si fuese posible morir por él, valdría más morir que hacer algo contra su gloria y su puro amor.
Ved, hijas mías, cuán grande es el plan de Dios sobre vosotras, y la gracia que os concede al permitiros servir ya a una tan grande cantidad de pobres y en tan diversos lugares. Esto exige diversas clases de reglamentos. Las hermanas de Angers tienen el suyo; se necesitará uno para las que sirvan a los pobrecitos niños, otra para los que sirvan a los pobres del hospital, otro para las que sirvan a los pobres de las parroquias, otro para las de los pobres galeotes y también otro para las que se queden en la Casa, a la que tenéis que mirar y amar como la de vuestra familia. Y todas estas reglas tienen que trazarse sobre la regla general, de la que os voy a hablar.
La Providencia ha permitido que la primera palabra de vuestras reglas sea de esta manera: «La Compañía de las Hijas de la Caridad se ha fundado para amar a Dios, servirle y honrar a Nuestro Señor, su dueño, y a la santísima Virgen». ¿Y cómo le honraréis vosotras? Vuestra regla lo indica haciéndoos conocer el plan de Dios en vuestra fundación: «Para servir a los pobres enfermos corporalmente, administrándoles todo lo que les es necesario; y espiritualmente, procurando que vivan y mueran en buen estado». Fijaos, hijas mías: haced todo el bien que queráis; si no lo hacéis bien, no os aprovechará de nada. San Pablo nos lo ha enseñado. Dad vuestros bienes a los pobres; si no tenéis caridad, no hacéis nada; no, aunque deis vuestras vidas. ¡Oh, mis queridas hermanas! Hay que imitar al Hijo de Dios que no hacía nada sino por el amor que tenía a Dios su Padre. De esta forma, vuestro propósito, al venir a la Caridad (3), tiene que ser puramente por el amor y el gusto de Dios; mientras estéis en ella, todas vuestras acciones tienen que tender a este mismo amor.
El medio principal y más seguro para adquirir este amor, es pedírselo a Dios, con gran deseo de obtenerlo. ¿De qué os serviría llevar una sopa, un remedio, a los pobres, si el motivo de esta acción no fuera el amor? Ese era el motivo de todas las acciones de la santísima Virgen y de las buenas mujeres que servían a los pobres, bajo la dirección de nuestra Señora y de los apóstoles, santa Magdalena, santa Marta, santa María Salomé Susana y santa Juana de Cusa, mujer del procurador de Herodes, a las que os sentís tan felices de suceder.
Honráis también al Hijo de Dios procurando que todos los enfermos estén siempre en buen estado, esto es, en gracia de Dios. ¿Qué honor y consuelo podéis tener, hijas mías, al ver cómo Dios os ha concedido un medio tan fácil de servir a los cuerpos, a vosotras que, por vosotras mismas, jamás podríais esperar realizar grandes hechos caritativos, ni poder ayudar en la salvación de las almas! El que lo hagáis por amor de Dios no sería bastante, ya que entre aquéllos a quienes podáis servir, habrá muchos que serán enemigos de Dios por los pecados cometidos desde hace mucho tiempo, y por los que quizás tengan ganas de cometer después de su enfermedad, si de enemigos de Dios no procuráis cambiarlos en amigos de Dios por una verdadera penitencia. Por eso, hijas mías, es preciso que sepáis que el designio de Dios en vuestra fundación ha sido, desde toda la eternidad, que lo honréis contribuyendo con todos vuestras fuerzas al servicio de las almas, para hacerlas amigas de Dios, esto es, disponiéndolas con gran cuidado a recibir los sacramentos, y esto incluso antes de que os ocupéis del cuerpo. Hay que hablarles con tanta caridad y afabilidad que vean que sólo el interés de la gloria de Dios y de su salvación os lleva a hacerles esta proposición. Hacedles pensar en la importancia de recibir los sacramentos en esas disposiciones, de forma que se aprovechen sus almas; y cuando estén reconciliados con Dios, decidles que no habrá ningún momento en su vida, ningún sufrimiento, que Dios no recompense, aunque no se mueran hasta dentro de cincuenta años.
Durante sus enfermedades, tened mucho cuidado de prepararlos para la muerte y de que tomen buenas resoluciones para bien vivir, si Dios permite que se curen. De esta forma, hijas mías, de enemigos que eran de Dios, se convertirán en amigos de Dios. ¡Qué consuelo en el cielo, si tenéis la felicidad de ver allí a aquellas almas que, por su presencia, aumentarán la gloria que Dios os dé! No es eso todo. Dios tiene además otro plan, mis queridas hermanas: el de vuestra propia perfección; porque, hijas mías, ¿de qué os serviría ganar todas las almas para Dios si perdéis la vuestra? Por otra parte, ¿cómo trabajaríais en vuestra propia perfección, teniendo tantos quehaceres? Vuestra regla os lo enseñará, ya que el segundo artículo os dice que os améis las unas a las otras como hermanas que ha unido Jesucristo con el vínculo de su amor. ¿No os parece esto muy apremiante? Hijas mías, sería mucho decir: «Amaos como hermanas»; pero todavía puede apremiar mucho más vuestro corazón el deciros: «Como hermanas que Jesucristo ha unido con el vínculo de su amor». Mis queridas hermanas, ved cuán obligadas estáis a un gran amor unas con otras, si no queréis correr el peligro de despreciar la gran gracia que Dios os ha hecho al daros la vocación de sus más queridos amigos.
Este santo amor no puede tolerar, mis queridas hermanas, que tengáis en el corazón ningún rencor mutuo. Por eso, si lo tuvieseis alguna vez, o estuvieseis desedificadas de las otras, pedíos en seguida perdón mutuamente, con un corazón afectuoso y deseoso de agradar a Dios, de amarlo, de amaros mutuamente por amor a él y de soportaros en vuestras pequeñas dificultades e imperfecciones naturales.
Otro medio para perfeccionaros es la mortificación de los sentidos. ¡Oh! ¡qué gran secreto nos enseña san Pablo en algunas de sus epístolas, cuando hablándole al pueblo que había instruido, le dice: «Queridísimos hermanos, os tengo que hablar de cosas muy bajas y muy vulgares, pero es necesario que mortifiquéis vuestros miembros, a fin de que, como sirvieron para iniquidad, sirvan ahora para la justicia» (4). Lo mismo os digo a vosotras, mis queridas hermanas: mortificad vuestros sentidos y en seguida encontraréis en vosotras un cambio y gran facilidad para el bien. Tenemos cinco sentidos exteriores y tres que son interiores. Los exteriores son la vista, el olfato, el oído, el gusto y el tacto. Son otras tantas ventanas por donde el diablo, el mundo y la carne, pueden entrar en nuestros corazones.
Por eso, empezad por la vista; acostumbraos a tener vuestra vista moderadamente baja, ya que, como estáis al servicio de personas seculares, es menester que no las asuste el exceso de vuestra modestia. Esto podría impedir hacer el bien que puede hacerse con una jovialidad moderada. Abstenéos solamente de esas miradas fijas, mirando a un hombre o a una mujer fijamente entre los dos ojos, y de ciertas miradas remilgadas que son demasiado peligrosas y cuya herida no se siente de momento.
Podéis también mortificar este sentido en la iglesia, por las calles y en otras muchas ocasiones de curiosidad, desviándola de todos esos objetos por amor de Dios.
Nuestro olfato tiene también necesidad de ser mortificado, bien sea aceptando de buen grado los malos olores, cuando se presentan, sin hacer remilgos, especialmente con vuestros pobres enfermos, y también absteniéndoos de los buenos olores, cuando podáis sentirlos; pero esto sin que se den cuenta los demás.
Cuando le preguntaron sobre si había algún mérito en abstenerse de poner perfumes en la ropa o en los vestidos, el padre Vicente, no pudiendo concebir que jamás hubiese pensado nadie tener tan gran vanidad, demostró una gran extrañeza, y su extrañeza fue toda una respuesta. Sin embargo, añadió que sería una grandísima falta para una hija de la Caridad el tener solamente este pensamiento.
Podemos también mortificar muchas veces nuestro gusto, aunque sólo sea tomando el trozo de pan que menos nos gusta, yendo a la mesa sin demostrar el gran apetito que a veces podemos tener, absteniéndonos de comer fuera de las horas, dejando lo que más agrada a nuestro gusto, o una parte de lo que nos está permitido comer.
El sentido del oído es también una ventana peligrosa por don de lo que se nos dice entra algunas veces tan fuertemente en nuestros corazones, que produce allí mil y mil desórdenes. Tened mucho cuidado con él, hijas mías; con frecuencia la caridad se ve en gran peligro por culpa de los sentidos. Por eso, hay que mortificarlos tanto como se pueda. No escuchéis de buen grado, sino separaos inmediatamente de las maledicencias, de las malas palabras, y de todo lo que podría herir vuestro corazón e incluso vuestros sentimientos sin necesidad.
El tacto es el quinto de nuestros sentidos. Lo mortificamos absteniéndonos de tocar al prójimo y no permitiendo a los demás que toquen, por deleite sensual, no solamente nuestras manos, sino cualquier parte de nuestro cuerpo.
La práctica de esta mortificación, hijas mías, os ayudará mucho a perfeccionaros y a cumplir el plan de Dios en vuestra fundación. Animaos mucho mutuamente, y de ahí se seguirá otro bien, por el buen ejemplo que les daréis a las demás; porque, mis queridísimas hermanas, instruir con las palabras es mucho, pero el ejemplo tiene un poder muy distinto sobre los corazones. San Francisco lo sabía muy bien, cuando decía a veces a uno de sus hermanos: «Vayamos a predicar», y luego se contentaba con ir a pasear por la ciudad con él; y como, a la vuelta, el hermano le dijese: «No habéis predicado». «Sí, hermano mío, le respondió el santo; porque nuestro porte y nuestra modestia eran una predicación para este pueblo». Sed pues modestas, hijas mías, por favor, y trabajad intensamente en vuestra perfección. No os contentéis con hacer el bien, sino hacedlo de la forma que Dios quiere, esto es, lo más perfectamente que podáis, haciéndoos dignas siervas de los pobres.
¡Qué consolado me sentí, mis queridas hermanas, uno de estos días! Es preciso que os lo diga. Oía yo leer la fórmula de los votos de los religiosos hospitalarios de Italia, que era en estos términos: «Yo hago voto y prometo a Dios guardar toda mi vida la pobreza, la castidad y la obediencia y servir a nuestros señores los pobres». Ved, hijas mías, es muy agradable a nuestro buen Dios honrar de esta forma a sus miembros, los queridos pobres.
El fervor con que el padre Vicente leyó las palabras de estos votos indujo a algunas hermanas a testimoniar el sentimiento que experimentaban. Al representar la felicidad de estos buenos religiosos que se entregaban así por entero a Dios, le preguntaron si, en nuestra Compañía, no podría haber hermanas admitidas a hacer semejante acto.
Su caridad nos respondió de esta manera:
Sí, desde luego, hermanas mías, pero con esta diferencia: que los votos de esos buenos religiosos son solemnes, y no pueden ser dispensados de ellos ni siquiera por el Papa; pero, de los que vosotras podéis hacer, el obispo podría dispensar. Sin embargo, valdría más no hacerlos que tener la intención de dispensarse de ellos cuando una quisiera.
A esta pregunta: «¿Sería conveniente que las hermanas los hiciesen en particular según su devoción?», su caridad respondió que había que guardarse mucho de ello, porque si alguna tenía este deseo, debería hablar con sus superiores, y después de eso quedarse tranquila, tanto si se lo permitían como si se lo negaban.
El padre Vicente, invadido de un gran fervor, empezó a elevar su corazón y sus ojos al cielo y pronunció estas palabras:
¡Oh, Dios mío! Nos entregamos totalmente a Ti; concédenos la gracia de vivir y morir en la perfecta observancia de una verdadera pobreza. Yo te la pido para todas nuestras hermanas presentes y lejanas. ¿No lo queréis también así hijas mías? Concédenos también de la misma forma la gracia de vivir y morir castamente Te pido esta misericordia para todas las hermanas de la Caridad y para mí, y la de vivir en una perfecta observancia de la obediencia. Nos entregamos también a Ti, Dios mío, para honrar y servir toda nuestra vida a nuestros señores los pobres, y te pedimos esta gracia por tu santo amor. ¿No lo queréis así también vosotras, mis queridas hermanas?
Todas nuestras hermanas dieron de muy buena gana su consentimiento con testimonios de devoción y se pusieron de rodillas. El padre Vicente nos dio su bendición de la forma ordinaria, pidiendo a Dios la gracia de cumplir enteramente su voluntad. ¡Bendito sea Dios!







