19 de agosto de 1650
Puesto que le ha hablado del señor Authier al señor cardenal d’Este y a monseñor Massari, y les ha señalado los inconvenientes que podrían surgir por el parecido entre el nombre de su compañía y el de la nuestra, vuelva a insistir usted en ello. Sin embargo, no sería ésa mi propia opinión, ya que me gustaría abandonar este asunto a la Providencia; no obstante, ante la opinión de tantas personas clarividentes, que creen que hemos de procurar impedir esta fuente de confusión y de desorden, no me queda más remedio que temer que mis consideraciones provienen de un espíritu insensible. Por eso no sé todavía si convendrá decir algo de esto al señor guardasellos, ni a cualquier otro de aquellos a quienes se lo he ocultado hasta ahora, ni siquiera al señor canciller, a quien un día le consulté simplemente si pensaba que podría producir algún conflicto el que dos congregaciones distintas llevasen el mismo nombre. El me respondió inmediatamente que sí, que sería un perjuicio muy grande y que no habría que tolerarlo; que, si de él dependiera, lo impediría con todas sus fuerzas. Pero entonces no quise decirle ciertas cosas que podrían haberle confirmado en ello. Por otro lado, ¿qué es lo que podemos hacer? Resulta que casi todos los que por aquí emprenden ciertos trabajos parecidos a los nuestros toman el nombre de misioneros, y esto se debe a que, por la misericordia de Dios que nos ha llamado a esta profesión, ha querido dar cierto prestigio a este nombre. Incluso el padre Olier, que al principio parecía preferir el nombre de sacerdotes de la comunidad de San Sulpicio, me dijo luego que les gustaba que los llamaran de la Misión, como se hace, hasta el punto de que, habiendo fundado dos o tres seminarios, ha sido con este nombre. Si hay en ello algún mal, parece que será necesariamente para nosotros, que no podemos evitarlo, puesto que sería en vano oponernos a ello Más vale encomendar a Dios esto y procurar distinguirnos de los demás sólo por nuestra sumisión y respeto a todos y por la práctica de las virtudes que hacen a un verdadero misionero, a fin de que no nos suceda lo que dijo Nuestro Señor, que los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros. No deje usted, padre, como le he dicho, de atender a este asunto.







