Vicente de Paúl, Carta 1299: A Un Sacerdote De La Misión

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl · Year of first publication: 1976 · Source: San Vicente de Paúl. Obras completas. Tomo IV. Correspondencia 4. Abril 1650 - Julio 1653. Trad. de A. Ortiz sobre la edición crítica de P. Coste. Salamanca : Sígueme, 1976. 610 p. ; 22 cm..
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Le escribo para pedirle noticias de ustedes y darle algunas de las nuestras. ¿Cómo siguen ustedes después de tantos trabajos? ¿Cuántas misiones han hecho? ¿Encuentra usted al pueblo dispuesto a sacar provecho de los ejercicios y a obtener todo el fruto que sería de desear? Me alegrará mucho saber todas las cosas en detalle.

Tengo buenas noticias de las demás casas de la compañía, en todas las cuales se trabaja con fruto y satisfacción, gracias a Dios. Algunos, como el padre…, lleva ya en el campo hasta nueve meses seguidos, trabajando en las misiones casi sin cesar; es algo maravilloso ver las fuerzas que Dios le da y los bienes que hace, que son extraordinarios, como me lo dicen de todas partes. Me han hablado de ello los señores vicarios generales; otros me lo han escrito, incluso los religiosos que están cerca de los sitios en que trabaja. Se atribuye todo este éxito al cuidado que él pone en ganarse a los pobres con su mansedumbre y su bondad. Esto me ha movido a recomendarle más que nunca a toda la compañía que se entregue cada vez más a la práctica de estas virtudes. Si Dios derramó alguna bendición sobre nuestras primeras misiones, se notó que era por haber tratado con amabilidad, con humildad y con sinceridad con toda clase de personas; si Dios ha querido servirse del más miserable para la conversión de algunos herejes, ellos mismos confesaron que fue por la paciencia y por la cordialidad que les había demostrado. Los mismos condenados a las galeras, con los que estuve algún tiempo, se ganan por ese medio; cuando en alguna ocasión les hablé secamente, todo se perdió; por el contrario, cuando alabé su resignación, cuando me compadecí de sus sufrimientos, cuando les dije que eran felices de poder tener su purgatorio en este mundo, cuando besé sus cadenas, cuando compartí sus dolores y mostré aflicción por sus desgracias, entonces fue cuando me escucharon, dieron gloria a Dios y se pusieron en estado de salvación. Le ruego, padre, que me ayude a dar gracias a Dios y a pedirle que quiera poner a todos los misioneros en esa práctica de tratar con mansedumbre, con humildad y caridad al prójimo, en público y en particular, y hasta a los pecadores más endurecidos, sin usar nunca de invectivas, de reproches o de palabras duras contra nadie. No dudo, padre, de que usted procurará de su parte evitar esa forma tan perversa de servir a las almas que, en vez de atraerlas, las endurece y las aparta. Nuestro Señor Jesucristo es la suavidad eterna de los hombres y de los ángeles, y esa misma virtud es la que debe movernos a que vayamos hacia él, conduciendo también a los otros.

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