Vicente de Paúl, Carta 1298: A Marcos Coglée, Superior De Sedan

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: Vicente de Paúl · Year of first publication: 1976 · Source: San Vicente de Paúl. Obras completas. Tomo IV. Correspondencia 4. Abril 1650 - Julio 1653. Trad. de A. Ortiz sobre la edición crítica de P. Coste. Salamanca : Sígueme, 1976. 610 p. ; 22 cm..
Estimated Reading Time:

13 de agosto de 1650.

Cuando sus consultores sean de distinta opinión, le toca a usted resolver las cosas según crea razonable; o bien, si vale la pena escribirme sobre ello, dejarlas en suspenso hasta que le responda.

Sobre lo que me dice, de que el honor no le produce vanidad, pero que el deshonor le entristece, le diré, padre, que sabe usted mucho mejor que yo hacer la anatomía de la voluntad humana, porque es usted sabio, mientras que yo soy una bestia. Según Séneca, la voluntad se inclina a desear lo que le parece bueno y a rechazar lo que le parece malo; y santo Tomás dice que los hombres espirituales superan realmente sus deseos y se convierten en señores de los mismos hasta llegar a privarse de buena gana de sus propias satisfacciones, pero que difícilmente llegan a aceptar con agrado el mal que les viene de otros. En efecto, somos mucho más susceptibles ante el dolor que ante el placer, y se siente mucho más la espina de la rosa que su olor. El medio para igualar esa disparidad consiste en abrazar de la misma gana aquello que mortifica a la naturaleza de lo que la despoja de aquello que le gusta, e inclinar el corazón al sufrimiento mediante la consideración del bien que nos proporciona, manteniéndose pronto a recibirlo para que, cuando llegue, no nos veamos sorprendidos ni entristecidos. El combate espiritual aconseja que pensemos en las ocasiones molestas que pueden surgir, que luchemos contra ellas y que nos ejercitemos en el combate hasta que se sienta uno vencedor, esto es, resuelto a sufrirlas de buena gana, si en efecto surgen alguna vez. Sin embargo, no es preciso imaginarse males extremos, cuyo solo recuerdo. nos llenaría de pavor, como ciertos tormentos de los mártires, sino más bien algunos males como el desprecio, la calumnia, un poco de fiebre y cosas semejantes.

En comunidad hay que corregir la falta de un particular solamente en dos o tres casos:

l.º Cuando el mal es tan inveterado en aquel que es culpable que se juzga que una advertencia particular le sería inútil. Por esa razón Nuestro Señor tuvo que amonestar a Judas en presencia de los demás apóstoles; pero incluso entonces lo hizo con términos encubiertos, diciendo que lo traicionaría uno de los que metían la mano en el plato. Por el contrario, amonestó a san Pedro cuando éste quiso disuadirle de enfrentarse con la pasión que tenía que sufrir, dándole a conocer que aquella era una falta grave y llamándole Satanás, porque sabía que se aprovecharía de esta reprensión.

2.° Cuando son espíritus débiles, que no pueden soportar una corrección, por muy suave que sea, aun cuando por lo demás sean buenas personas; porque esta bondad que tienen hace que una recomendación en general sea suficiente para que se corrijan.

3.° Y finalmente, cuando hay peligro de que los demás se dejen arrastrar por la misma falta, si no se les reprende.

Fuera de esos casos, padre, creo que la advertencia debe hacerse a la persona sola.

En cuanto a las faltas que se cometen contra el superior, hay que amonestar realmente al inferior, pero observando lo siguiente: 1.° que no se haga nunca inmediatamente; 2.° que sea con mansedumbre y de forma oportuna; 3.° que sea por razonamiento, diciéndole los inconvenientes de su falta de una manera amable y cordial, para que se dé cuenta de que el superior no le reprende por capricho, sino porque la falta lo merece.

Yo nunca he distinguido entre los que han hecho los votos y los que no; no hay que cargar a los unos para descargar a los otros.

Hará usted bien en llamar de vez en cuanto a predicadores de fuera para que prediquen en SU iglesia, con tal que sean buenos y que no destruyan las enseñanzas y las buenas prácticas que usted haya procurado inculcar a su pueblo. La repugnancia que usted siente por ese relumbrón y boato de una parroquia no tiene que impedirle hacer lo que hacen los buenos párrocos para contentar a todo el mundo, siempre que sea posible.

Los que dirigen las casas de la compañía no tienen que mirar a nadie como a inferior, sino siempre como a hermano. Nuestro Señor les decía a sus discípulos: «Ya no os llamo mis servidores, sino que os llamo amigos». Por consiguiente, hay que tratarlos con humildad, con mansedumbre, con paciencia, con amor y cordialidad. Es verdad, padre, que yo no siempre lo observo de ese modo, pero sé que falto cuando dejo de hacerlo.

No es espíritu de la Misión ir a visitar por cortesía a las personas principales de los sitios en que uno está; porque, como en las ciudades pequeñas del estilo de Sedán son casi todos de la misma condición, habría que ir a visitarles a todos y no hacer otra cosa más que eso; y si sólo visita usted a una parte, los demás creerán que los desprecia; por tanto, más vale dispensarse totalmente de ello que caer en esos inconvenientes. Exceptúo al señor gobernador, al que deberá visitar usted con frecuencia, y en su ausencia al señor lugarteniente del rey. También exceptúo a los que tiene usted obligación de visitar por algún motivo particular, así como también a las personas externas de distinción que puedan haber ido a casa de ustedes; porque entonces, al estar obligados a ir a ver]os, no será ya por motivos de cortesía. Añado a ello que nuestros padres que vayan o vengan de Sedán tienen que ir siempre a saludar al señor gobernador o a depedirse de él.

Alabo a Dios, padre, por eso que se dice de que la compañía sabe lo que es de Dios, pero que no entiende mucho de lo de los hombres. ¡Cómo hemos de desear que esto sea verdad y que se conserve siempre en ese apartamiento del espíritu del mundo y de lo que ocurre en él, para no tener más tratos que con el cielo! ¡Bienaventurados aquellos que no tratan con la tierra más que para arrancar de ella a las almas, a fin de elevarlas a Dios, en quien soy…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *