5 agosto 1650
Me ha edificado usted mucho al decirme que ya no tiene usted ninguna prisa, ni siquiera deseos, de buscar la ocasión para establecernos en Roma; es ésa la disposición en que debemos estar y la norma que debemos seguir en todas las cosas; porque, al obrar de ese modo, si los asuntos salen bien, será una señal de que es Dios el que lo ha hecho. No sé por qué caminos nos llevará la Providencia para que tengamos una casa en esa ciudad, si es que alguna vez la tenemos; pero sé muy bien que, si no llegamos a tenerla, no será usted la causa, según creo, y que ningún otro lograría actualmente más de lo que usted logra, ya que no habría llegado la hora todavía.
Los que están misionando en la diócesis de Spoleto habrían hecho muy bien de excusarse del encargo que les ha dado el señor obispo 1 con las religiosas; si después de eso, él hubiera insistido, en hora buena; debemos obediencia a los prelados, incluso en las cosas que no atañen a nuestras funciones, cuando ellos las quieren absolutamente; pero también debemos manifestarles previamente que nuestras reglas nos lo prohíben. Le ruego que les haga comprender esto a nuestros obreros, a fin de que eviten esas ocupaciones siempre que les sea posible.







