17 de julio de 1650
El señor primer presidente me dijo anteayer que el rey tiene que ir a Richelieu, si es que no está ya allí; esto me obliga a decirle lo que pienso que debe hacer usted, a no ser que la presente llegue a sus manos demasiado tarde.
Haga el favor de ir a saludarle al castillo con tres o cuatro de los padres. No le gustan los discursos; por eso no convendrá que le dirija usted ninguno; dígale solamente que han ido ustedes a presentar a Su Majestad los servicios de la compañía y a asegurarle sus oraciones, para que quiera Dios bendecir su persona y sus ejércitos y conservarle largos años, para que le conceda la gracia de someter a los rebeldes y de extender su imperio hasta los extremos del mundo, en fin para que haga reinar a Dios en sus estados. Luego habrá que dirigirse a la reina regente y decirle algo semejante, y luego a monseñor; y al salir, procurar ver al señor cardenal para hacerle la reverencia, el ofrecimiento, los deseos, etcétera, con mucha brevedad. Sobre todo, padre, procure no pedir nada ni presentar ninguna queja. Y si acaso le preguntan si está usted contento con sus feligreses, responda que sí, que son buenas personas y temerosas de Dios, ya que esto puede decirse en general, que son también buenos servidores del rey que han tenido un buen señor y una buena señora que se lo han enseñado con su ejemplo, etcétera. Basta con unas palabras por el estilo para mover a Sus Majestades a concederles alguna gracia, como la de confirmar sus privilegios. Infórmese por medio de alguno de los capellanes de la forma con que debe recibir usted al rey en la iglesia: si con la cruz, o no; si tiene que darle a besar la cruz, o no; si tiene que presentarle el hisopo. Si pasa algún domingo en Richelieu, tenga usted mismo la homilía o la predicación y entérese previamente de las ceremonias de misa y de vísperas; procure tener la casa bien limpia y todas las cosas en orden; y como existe la costumbre de alojar a los capellanes en casa de los eclesiásticos y de las comunidades de los lugares en que se detiene la corte, quizás los tenga usted allí a todos, y quizás también al señor obispo de Rodez, preceptor del rey, al padre Paulin, su confesor, y a algunos otros. Por eso convendrá que tenga preparadas varias camas, de las más decentes. Las personas de la compañía podrán ir a alojarse a algún salón todos juntos, para dejar libres sus habitaciones. Le ruego que acoja a todo el mundo con cariño, que les ofrezca todo lo que tenga o lo que pueda, que les dé a todos el mejor trato que le sea posible, sin ahorrar ningún esfuerzo. Si tiene usted tiempo, puede mandar usted a Tours a comprar lo que se necesite; si falta más de una semana para que llegue el rey, será conveniente que exhorte a la ciudad a que lo reciba bien, demostrándole su alegría y su gran afecto mediante aclamaciones y alabanzas a Sus Majestades y de todas las maneras que pueda hacerse. Le pido a Nuestro Señor que le inspire todo lo demás que tenga usted que hacer en esta ocasión.







