22 de junio de 1650
Me parece muy bien que haya enviado usted a nuestro hermano Jamin a Saintes, debido a la gran necesidad que de él tenía aquella casa. Sé muy bien que esto no le gusta a usted y ya había previsto yo las razones que usted tenía para decirme que le dejase a ese hermano; pero hay una providencia general que obliga a estos cambios. Quienes los sufren y no ven los motivos para ello creen que no hay derecho y se quejan; pero Dios sabe que todo eso se hace para mayor bien.
Así pues, no enviaremos hermanas a Champigny, ya que por todas partes se quejan de ese proyecto; en efecto, temo que no ha dado usted ocasión para que actúe la Providencia, sino que ha intentado una cosa que Dios no quiere. ¡Dios mío, padre! ¡Qué bueno es fiarse de él en esas ocasiones, sin querer adelantarse a sus órdenes!
Cuando tenga usted alguna propuesta que hacer al señor obispo de Poitiers, le ruego que me lo comunique previamente. Lleva muy poco tiempo usted en su diócesis para conocer suficientemente la manera de ser de la gente y los asuntos y temo que, si no hace usted lo que le digo, podrán surgir algunos inconvenientes.
A este propósito, le insisto expresamente, padre, en que no debe cambiar, destruir o hacer ninguna innovación, tanto en lo temporal como en las costumbres de la casa. Cuando crea usted que hay que hacerlo, haga el favor de escribirme, y veremos los dos juntos el tiempo y la manera de llevarlo a cabo. No pretendo hablar de las cosas ordinarias que van y vienen y que pertenecen propiamente a los cuidados del superior particular, sino de las que tienen cierta importancia, bien sea por su mérito, o bien por sus consecuencias.
No me dice usted cuántos pensionistas tiene, qué pensión pagan, si tiene usted seminaristas que no paguen nada, quién es su regente y su director, y las demás cosas por el estilo que valdría la pena decir. He visto comenzar algunos seminarios, que luego han durado muy poco, por no haberlo pensado bien antes.
Me gustaría también que hubiera un poco más de trato y de confianza entre usted y el padre Maillard, procurador de la casa. Le aseguro que puede usted tratar con él como con una de las personas más prudentes, fieles y entendidas que conozco en la compañía, y que mira con mucho esmero por todos los intereses de la misma; le ruego que no dude de ello. Si yo estuviera en su lugar, practicaría el consejo que le doy; y se lo digo, no porque no haya recibido de él ninguna queja, ya que no me ha escrito ni una sola palabra de este asunto, sino por el conocimiento que tengo de lo que vale.







