Es cierto, señor obispo, que he deseado su moderación, pero ha sido para que siga adelante su trabajo y para que el exceso con que continuamente se enfrenta con sus obligaciones no prive tan pronto a su diócesis y a toda la iglesia de los bienes incomparables que usted les proporciona. Si este deseo no está en conformidad con los impulsos que le inspira su celo, no me extraña de ello, ya que los sentimientos humanos en que me muevo me apartan demasiado de ese estado eminente en que le ha puesto a usted el amor de Dios. Todavía soy demasiado sensual, mientras que usted está por encima de la naturaleza; y tengo tantos motivos para llenarme de confusión por mis faltas como para dar gracias a Dios, como hago, por las santas disposiciones que le da a usted. Le suplico con toda humildad, señor obispo, que le pida usted para mí, si no unas disposiciones semejantes, al menos una partecita de las mismas, o aunque sólo sean las migajas que caen de su mesa.
Vicente de Paúl, Carta 1282: A Un Obispo

[Entre 1643 y 1652]






