El padre Hurtel se nos marchó el domingo por la tarde, para ir a la eternidad bienaventurada, dejándonos con su muerte tan grande aflicción como consuelo nos dio su vida inocente. Fue una persona tan buena que puedo asegurarle que nunca descubrí en él ningún defecto. De ahí puede usted deducir el bien que hacía y la obligación que tenemos delante de Dios por habernos dado como hermano a este siervo suyo. Démosle gracias por todos los favores que le concedió y cumplamos con su alma los últimos deberes; si él no los necesita, otros se aprovecharán de ellos.
Vicente de Paúl, Carta 1276: A Un Sacerdote De La Misión

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