Mercuès, 25 de mayo de 1650
Padre:
Recibí oportunamente dos cartas suyas, del 30 de abril y del 14 del corriente, en las que he visto su continuo interés y diligencia en nuestro asunto de Chancelade, por lo que me siento muy agradecido. En adelante procuraré no escrlbirle tantas veces para no obligarle a que me conteste.
El padre Montal me ha escrito desde Lión diciendo que se extrañaba mucho de que el padre Vitet insistiera tanto en nuestros dos títulos, hasta el punto de escribir sobre ellos al señor abad Tinti. El padre Vitet me ha escrito también y me dice que no opina ya de la misma forma que antes, dado que no cree tener nada en común con nuestras diligencias en Roma. Nuestro hombre de negocios había salido de París para volver, antes de recibir la carta que le escribió mi vicario general, etcétera.
Las diócesis que me rodean están dejando a la mía sin sacerdotes, mandándoles buscar para darles beneficios. El señor obispo de Sarlat me tomó hace algún tiempo al vicario que atendía a la iglesia de nuestro seminario de San Bartolomé; no me gustó la cosa. Ayer me ha quitado otro; y anteayer el señor obispo de Périgueux me quitó otro. Si tuviera más de los necesarios, no pondría inconvenientes; pero creo que, si esto continúa, las cosas se van a poner mal…
El señor obispo de Tulle ha sufrido hace poco una apoplejía. No creo que pueda ya vivir mucho por la edad que tiene y las disposiciones en que se encuentra. Le ruego que disponga a la reina, cuando quede vacante este obispado, para que se lo dé a un buen sujeto, porque se encuentra en muy mal estado; hágame el favor de decirle a Su Majestad que se lo suplico de todo corazón, a fin de que por este medio podamos renovar la devoción a la Virgen en Rocamadour, que es la más célebre de este reino.
Cuando vea usted al señor abad Olier, le ruego que le pregunte en qué concepto tiene al señor deán de Carennac, de mi diócesis, y si lo cree idóneo para ser obispo, puesto que yo no veo en Guyena a nadie que pueda llevar ese obispado mejor que él. Ya le he hablado a usted de él en otras ocasiones. Es una persona de mucha piedad y un ejemplo de virtud en mi diócesis. Le digo esto para que, si la reina le preguntase si conoce usted a alguna persona adecuada, vea usted si es conveniente proponerlo. Es una diócesis pequeña que no vale más de siete u ocho mil libras.
Es preciso que le diga que el corazón me sangra de dolor ante los reproches que se me dirigen todos los días por la vida que está llevando un joven prelado de los que nos rodean. Hace poco que ha alquilado una casa fuera de su ciudad por seiscientos escudos para tener allí a su jauría y a sus perros de caza. En fin, todos sus ejercicios consisten en ponerse a cazar, in brevibus, con una escopeta al hombro. Tenía usted mucha razón al oponerse a su nombramiento. ¡Ojalá hubieran seguido su consejo!
Le pido a Dios que inspire a la reina para que nombre obispos a personas dignas de tan eminentes cargos. Entretanto, hágame el favor de considerarme, etcétera.
ALANO
obispo de Cahors







